
—Pero, en definitiva, ¿qué es ese olor?
—Adrenalina –responde el ingeniero.
—¿Adrenalina? –repite el cronista.
—Sí, en inmensas dosis, claro.
—¿Y esa adrenalina proviene de la gente que está a punto de volar? ¿Tanto miedo tienen?
—Puede ser, pero es más seguro que provenga de los pasajeros que acaban de abandonar el vuelo. Usted sabe, un avión también es rentable en la medida en que es capaz de llegar a destino y emprender la vuelta o dirigirse a otro en el menor tiempo posible. Lo que usted huele es la adrenalina de los pasajeros que acaban de bajar.
Interesante. Como corolario, Fernando Alonso nos lleva a visitar su “laboratorio”, un avión A380 interiormente equipado con todo tipo de sensores y computadoras, que le permiten recabar una serie inmensa de datos en los vuelos de prueba.
—¿Y estos tanques aquí, en el medio? ¿Qué son?
—Eso, tanques de agua con los que simulamos el peso de los pasajeros.
No creo que don Fernando Alonso reciba en persona a todos los visitantes, pero es posible llegar contratando visitas guiadas (“Visitez Airbus, le plus gran site aéronautique d’Europe ainsi que la Cité de l’espace”, se lee en los hoteles toulousinos. Al parecer nuestro itinerario no es muy distinto al de cualquier visitante ignoto, pero no creo que Fernando Alonso haga subir a su “laboratorio” a todos.
Pero esta planta es suficiente para saciar la curiosidad del visitante más curioso. En enero de 2005 Airbus presentó en sociedad su nuevo superjumbo, el A380, con el que pretende competir contra el B747 de su rival estadounidense, Boing. Se trata del avión de pasajeros con más plazas del mundo. Con un tamaño de casi 71 x 80 metros y 540 toneladas de peso máximo, posee 2 plantas para pasaje y una bodega inferior de carga; puede transportar a más de 800 pasajeros. Recorremos el interior de una maqueta de tamaño natural. Los espacios dedicados a la business class y a primera parecen escandalosamente lujosos, digamos, de un lujo árabe. Una barra donde consumir tragos durante el vuelo, un espacio destinado a las computadoras, para navegar en Internet durante el vuelo y responder mails con palabras como: “¡Cómo como! Te contesto desde tierra, porque no quiero perder este tiempo precioso respondiendo mails. Espero sepas entenderlo. Todo termina, los viajes y el amor”. Butacas de primera clase dotadas de una puerta que aísla al pasajero del resto del mundo (si es que no dejó el mundo atrás en el momento en que se subió a este coloso). Butacas que parecen convertirse en esas mínimas habitaciones japonesas de hotel, como las que se ven en la película New Rose Hotel, de Abel Ferrara.
En la década del 90 Airbus presentó dos modelos de doble pasillo, concebidos para rutas de largo alcance: el bimotor A330 y el cuatrimotor A340. Su diseño aerodinámico y las características de sus motores los convirtieron en aviones muy económicos. En todos sus modelos Airbus ha ido incorporando cabinas de mando revolucionarias, ya que se prescinde de un número elevado de instrumentos clásicos, que se sustituyen por varias pantallas de video en las que aparecen los datos y la información que interesan a los pilotos en cada momento.
Eso puedo comprobarlo in situ, en el simulador de vuelo. Temporariamente no se nos permite deslizarnos por el tobogán de evacuación (se lo ve tan tentador...), pero sí ingresar a la cabina de un A330 y “volar”, o hacer lo más parecido a pilotear un avión. Un empleado británico de Airbus nos asiste, es decir, nos dice lo que tenemos que hacer, o lo que es conveniente que hagamos. Lo extraordinario de un simulador de vuelo es que uno tiene la tranquilidad de que sus indefectibles errores no arrojarán resultados. Cuando hayamos salido de aquí, no importa los desastres que hayamos hecho, el mundo seguirá girando, siempre igual. Alguien se atreve a hacerlo despegar (“Good, good!”, dice, tranquilizador, nuestro británico. Llega mi momento, y como por un pase de magia me encuentro manejando un coloso que no es tal, pero que se presiente con bastante realismo. Pero, a decir verdad, volar es aburrido. Me refiero a que hacerlo despegar y, supongo, hacerlo aterrizar, debe tener sus picos emotivos, pero volar, lo que se dice volar, es aburrido. De modo que pregunto:
—¿Me permite estrellarlo?
—¿Cómo?
—¿Puedo hacerme pelota contra el suelo?
—Obviously!
Y con su mano, el británico impulsa la mía, con la que aferro el joystick, hacia adelante. Y de inmediato todo cambia. No sólo porque delante de mí no se ve más que el campo abierto que se acerca, sino porque de inmediato empieza a sonar una alarma ensordecedora, y una voz humana, grabada, que advierte: “Danger! Danger!”.
Estoy más que dispuesto a hacerme pedazos contra el campo otoñal (¿pero en Europa no estamos en verano?), cuando la mano del británico vuelve a posarse sobre la mía y la impulsa hacia atrás, para que el avión vuelva a levantar la trompa hacia el cielo, diciendo: “Ya está bien”.
Decepcionante no es la palabra exacta, pero está cerca. Al salir, mientras fumamos un cigarrillo antes de seguir la recorrida, le pregunto al británico:
—¿Por qué no me dejó estrellarlo?
—Porque estamos aquí para divertirnos –dice–, y le puedo asegurar que estrellar un avión, aunque sea en el simulador, no es algo agradable.
Me gusta la gente terminante, y el británico lo es. Ya había demostrado serlo cuando me prohibió tirarme por el tobogán de evacuación. Un hombre que sabe imponer su voluntad y que sólo permite que se juegue un juego: el suyo.
Pero no quiero irme sin consultar con el gran ingeniero algo que me carcome:
—Perdón, ingeniero, ¿por qué no pueden usarse los celulares en los vuelos?
—No sé –responde–. No causan la más mínima interferencia. Supongo que, en algún momento, cuando los celulares eran más aparatosos, deben de haberla causado. Pero no ahora.
Lo sabía. Otro mito celeste que cae. De todos modos, ahora sé mucho más de aviones que antes. Una visita a una fábrica de aviones puede ser tan enriquecedora como la visita a un museo. O más. En los museos uno, como Valéry, tiene que dejar el bastón afuera antes de entrar. Y aquí, cuando llueve, gentilmente lo dotan a uno de paraguas. ¿En qué ciudad suministran paraguas a los turistas cuando llueve? Solamente en la ciudad del espacio.
*Desde Toulouse
La brújula
*Coordenadas: Toulouse, capital de la región Midi-Pyrénées, se sitúa entre Carcassonne, Lourdes y Albi. El Canal de Midi, Patrimonio de la Humanidad, y el río Garona atraviesan la ciudad.
*La mejor ruta: la línea aérea Air France ofrece pasajes para el mes de agosto, con escala en París, por US$ 1.894.
*Hospedaje: una habitación en un hotel 3 estrellas, desde 90 euros la noche. En uno 5 estrellas, desde 250 euros.
*Un souvenir: se ofrecen réplicas de la basílica de Saint-Sernin, desde 4 euros.
Vientos de Toulouse
Toulouse es la cuarta ciudad francesa, después de París, Marsella y Lyon, en cantidad de habitantes (435 mil), distribuidos en una superficie de 118 km2.
La ciudad goza de las confluencias de los climas oceánico y mediterráneo. El resultado es un clima templado, pero Toulouse se ve habitualmente azotada por el viento austral, conocido como “el viento de la locura”, porque se lleve todo a su paso, secando la tierra y arrancando la vegetación. El 4 de mayo de 1916 consiguió volcar un tren. Se le atribuye además cierta influencia en el comportamiento humano y animal (lo cual explicaría por qué, durante los días en que sopla intensamente, los habitantes de Toulouse son tan fácilmente irritables).
Recibe el apodo de “ciudad rosa” por el color dominante en los edificios antiguos, hechos con ladrillos a la vista. El Gobierno francés la clasificó como la “ciudad del arte y la historia” debido, sobre todo, a su capital arquitectónico y su superabundancia de museos. De hecho, se encuentra allí el de la Fundación Bemberg, en el Palacete de Assézat. El argentino Georges Bemberg, hermano de María Luisa, la cineasta, aficionado a las artes y letras, pianista, bibliófilo y coleccionista, quiso compartir con el público su pasión por las obras que fue adquiriendo a lo largo de toda su vida.