
Dos regímenes de locos. Textos y entrevistas (1975-1995) es una paleta que ejemplifica a la perfección la diversidad, fuerza y vitalidad del pensamiento de Deleuze. Segundo tomo luego de La isla desierta y otros textos. Textos y entrevistas (1953-1974), acá podemos aislar grosso modo tres problemáticas del pensador: las cuestiones políticas (Oriente Medio, Palestina, Israel, Mayo del ’68), su interés en la pintura (Francis Bacon) y el cine (que originará los dos tomos dedicados al estudio de los códigos cinematográficos) y, por último, sus relaciones con el campo intelectual francés de la época (los debates con los “nuevos filósofos” y sus relaciones nutritivas con Guattari o Foucault).
Lo que nos permite decantar estos textos del último Deleuze es algo así como su axioma originario (valga la contradicción, ya que para el filósofo no hay origen). Algo que no para de afirmar, una y otra vez: “La filosofía es creadora”. Dice Deleuze en El retrato del filósofo como espectador: “Es igual en filosofía: si no se inventan conceptos nuevos, ¿para qué hacer filosofía? Sólo hay dos peligros: repetir lo que ya se ha dicho mil veces y buscar lo nuevo por lo nuevo (…) En ambos casos se trata de copiar, copiar lo antiguo o copiar la moda”.
De nada sirve la repetición escolástica o lo nuevo por lo nuevo mismo. La filosofía debe capturar de forma continua conceptos de entre la marea del pensamiento. La lección de Deleuze, en el fondo, es la separación del mero repetidor del creador. La filosofía es una disciplina estilística, como la música, la literatura, la pintura o el cine: el filósofo como artista (he aquí la deuda con Nietzsche); no como científico, divulgador, profesor, experto, sino el filósofo como creador. Todos los pensadores sobre los que Deleuze escribió lo fueron: Duns Scoto, Leibniz, Hume, Kant, Spinoza, Nietzsche, Bergson, Foucault. Pero aun más interesante y diagonal es la aproximación de Deleuze a las artes. Jamás se podrá ver este gesto como una “estética”, nada más lejano que esa mirada. La literatura (particularmente, la angloamericana, con Kerouac, Ginsberg, Lawrence, Miller o Scott Fitzgerald), la pintura (Bacon), el cine (Godard), la música (contemporánea: de Debussy y Satie a Phil Glass y Cage, pero también las referencias al rock de Bob Dylan y Patti Smith y a la electrónica de Stockhausen) son otras formas o sistemas que piensan los temas que su filosofía piensa. José Luis Pardo, en el prólogo, lo dice de un modo muy simple y claro: “… el discurso deleuziano acerca del arte es lo menos parecido a una estética o una filosofía del arte (…) Todo lo que Deleuze dice del cine, de la literatura, de la pintura, de la música, debe entenderse, según su propia intención, como una suerte de análogo del trabajo filosófico en su más pura expresión”. De manera que no hay captura de un sujeto que define sus categorías de la percepción y la producción poética; hay sistemas que, al igual que la filosofía, permiten pensar, con otros signos, con otros códigos, los mismos problemas que Deleuze piensa.
Tal vez se acerque a la idea de Foucault del pensamiento como “caja de herramientas”; esa utilidad, ese uso que hace de los escritores y los artistas, es lo más sobresaliente de Deleuze. No es casual que los deleuzianos más conspicuos sean tan heterogéneos. Esta herencia está, claramente, en la filosofía política desterritorializada y multipolar de Toni Negri y Michael Hardt (Imperio y Multitud), aparece en los textos (Rhythm Science) y en la música electrónica del neoyorquino DJ Spooky (Paul D. Miller), en los libros de guerra y técnica del mexicano/estadounidense Manuel De Landa, toma forma en el corpus de los pensadores italianos biopolíticos como Roberto Esposito y Maurizio Lazzarato, pero también en el pensamiento cibercultural de Scott Lash, Paula Sibilia y los españoles de Cibergolem. Su influencia recién comienza a verse porque su pensamiento aún no está totalmente en la superficie. La sentencia de Foucault de un siglo XX deleuziano quizá se pueda enrocar para lograr más efectividad y contundencia: el siglo XX quizás haya sido foucaultiano (y heideggeriano), pero el XXI será, indefectiblemente, deleuziano.