
—Estás en actividad, pero hay una sensación de que llevás una carrera inconstante.
—Es real, es una inconstancia. Se debe al hecho de que los productores, u organizadores, quieren menospreciar tu trabajo, te ningunean, y terminás apartado. Lo mío siempre ha sido una cuestión testimonial, y por lo general está el organizador, que no quiere tomar compromisos, cuanto más distraiga mejor. Prefieren que la cosa sea más pasatista, que haya más humo que pensamiento. Se dicen: “Este trae problemas porque la gente toma partido, piensa”. Pero por otro lado, tengo la gratificación de que puedo juntar a tres generaciones, la abuela, la madre y la hija, que sienten las mismas reacciones al escucharme. Eso hace que me sienta vigente, con el mismo grado de voz.
—¿Tu jubilación está lejos?
—Ja, ja. Me daré cuenta cuando sea el momento de dar las hurras. El compromiso está y la gente distingue, sabe lo que viene a escuchar. No la voy a sorprender cantando como Luis Miguel. Es más, te piden. Si voy a un lugar y no hago Revuelo de poncho rojo o Argentino hasta la muerte, es como que no pasé por ahí. No es que sean caballos de batalla, sino que calaron hondo, como motivo de pensamiento, de tener un compromiso con una toma de conciencia de identidad.
—El “Argentino hasta la muerte”, que es un concepto, ¿tiene lugar en el país de hoy?
—Tiene vigencia, se podría aplicar. Es cuando la gente se siente orgullosa de la pertenencia, de la identidad; así fue pensada. Está en la conciencia colectiva, si vos raspás, la gente lo tiene a flor de piel. Lo que pasa es que no hay personas que lo divulguen, o no falta el que enseguida te va a endilgar el tema del fachismo porque vos querés defender lo tuyo, o chauvinista porque querés tener la idea de patria.
—¿Tenés idea de cuántos discos grabaste?
—Uy, long plays debo haber hecho cuarenta, y compactos unos 15. El último fue La marca del tigre, el año pasado...
—Suficiente producción como para haber vivido holgadamente de la música.
—Sí, he vivido muy bien, con etapas buenísimas. Yo era un loco de los fierros. Llegué a tener siete autos, de marcas como Jaguar, Corvette, Ferrari... Una vez me hice traer una motor home desde los Estados Unidos, que era increíble. Televisor, cocina, baño con ducha. Luego incursioné en la navegación. No, he vivido muy bien. No sólo yo, sino toda mi familia. Mi actividad de hoy en día es el reflejo de toda esa etapa.
Rimoldi Fraga se encarga de recalcar que también le ha ido muy bien como actor, y también se muestra reconfortado por su paso por la política, el año pasado, como candidato a intendente de Pilar, su ciudad, acompañando al empresario Francisco de Narváez.
—¿Qué mirada tenés del conflicto del campo?
—Que es una llama ardiente, arriba de la mesa. Esta historia la veo desmedida, con un Ejecutivo que debió gestionar con sentido común, con inteligencia. El Gobierno ganó cifras astronómicas y lo lastimoso es que el pueblo está en contra del Gobierno por una actitud de no atender algo que para mí se hubiera resuelto con inteligencia y con capacidad. Hoy en día, en una negociación, el hecho de retroceder no es un signo de debilidad.
—Se equivocó Cristina.
—Sí, pero no porque lo diga yo, sino que lo dicen los constitucionalistas. El tema de la retención está afuera de la Constitución. Es un problema que viene de la época del gobierno militar, donde no existía el Congreso.
—¿Qué pensás, en este contexto sobre la figura de Alfredo De Angeli?
—Que se inventó un líder. Desde lo que significa su compromiso sectorial y sindical, porque es un hombre de la Federación, se puso el conflicto al hombro pero por una cuestión de estar al frente de sus pares. Es un hombre que palpita y tiene la sensibilidad de la gente de campo. El tema es que esto se está dilantando, y es un error porque va a generar un conflicto social mucho más grande.
—¿Por qué decidiste incursionar en política?
—Mi enfoque fue más social que político. Trabajé mucho en la calle, en lugares marginados, demostrándole al Ejecutivo que hay cosas que se pueden hacer. Quise buscar las formas de dar todo aquello con lo que yo me fui nutriendo de muy pibe. Las sociedades de fomento, donde se contiene lo que es el avance social del barrio... Para mí el resultado fue buenísimo. Yo no venía de ningún partido tradicional, se dio batalla en las elecciones en el sentido de lealtad y credibilidad: la gente busca un mensaje claro.
—¿Cómo llegaste a relacionarte con De Narváez?
—El Colorado se arrima a mí, lo conocí en el Interior, él hacía su trabajo de campaña y yo andaba en festivales, creo que en Saladillo. Un día tuvimos una conversación y me ofreció la intendencia. Lo escuché y me convenció. Me pareció algo inédito, un tipo que venía de la empresa, con un muy buen respaldo económico, y le compré el tema de que no venía a enriquecerse con la política, sino a dar socialmente su capacidad de participar, para cambiarle la cara a la Provincia de Buenos Aires. Es un hombre potable, con posibilidades en lo que viene en el mundo de la política. Tengo muy buen diálogo con él.
Mano a mano con Lanusse
Rimoldi Fraga se casó con Estela, la hija del general Alejandro Agustín Lanusse, presidente de facto de la Argentina entre 1971 y 1973. “Me separé hace una pelota de tiempo, en el ‘87, pero bueno, hay una familia que se amucha, con cuatro hijos –tres varones, una mujer y dos nietos– y un fuerte vínculo con la idea de mantener vivo el concepto de familia”, cuenta él.
—¿Cómo era ser el yerno de una figura política fuerte?
—Fue cuestión de respeto mutuo. Cuando Lanusse viene de Córdoba, yo la conozco a Estela y estuvimos dos años noviando, antes de que él se convirtiera en presidente. Yo ya era una figura. Imaginate, nos escapábamos antes del cine, si no, se paraba la película. Era mucha mi popularidad. Pensá en Rodrigo, pero multiplicado por diez.