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el observador

de la lucha ideologica a los reclamos practicos

Cambia la militancia en los colegios

El Movimiento de Unidad Secundaria (MUS) nuclea a 500 estudiantes de todo el país que coordinan acciones tendientes a lograr mejoras edilicias, cambios en las prácticas educativas y contención social para los sectores más marginados. Plantean sus diferencias con las ideologizadas pujas de los 60 y los 70, y prefieren fijar objetivos puntuales de acuerdo con la necesidad de cada escuela, desde gas hasta charlas sobre educación sexual. Reivindican la participación política, aunque reniegan de los partidos como canal de acción porque consideran que ya no los representan.

Por Ayelen Bonino

Sin techo. Cuando se produjo la protesta por las severas deficiencias edilicias en el Mariano Acosta, el MUS acompañó la movida.

Aunque pareciera que quedaron atrás los días en que en las aulas y recreos se debatía sobre el Che Guevara, Juan Domingo Perón o Mao Tsé-tung, la militancia de los estudiantes secundarios no se extinguió. A diferencia de las grandes luchas de los 60 y 70, los reclamos ya no giran en torno de discusiones ideológicas ni de la utopía de futuro mejor vía una revolución.

Educación, pobreza, desempleo y sexualidad son los temas puntuales a los que más de 500 chicos de Jujuy, Tucumán, Salta, Entre Ríos, Corrientes, Córdoba, Santa Fe, Neuquén, Santa Cruz y Buenos Aires, entre otras provincias, buscan solucionar. Nucleados en el Movimiento de Unidad Secundaria (MUS) –la única agrupación de este tipo a nivel país–, estos adolescentes se juntan varias veces por año para promover debates y encabezar protestas, como la que llevaron adelante en el colegio Mariano Acosta de Capital Federal cuando se les vino el techo abajo. Hoy, las bajas temperaturas y la falta de gas en 53 escuelas porteñas son el nuevo motor de las discusiones.

El MUS nació a principios de los 90 en el seno de la Juventud Comunista Revolucionaria. Los chicos que allí confluyeron buscaban organizarse en contra de la Ley Federal de Educación sancionada en 1993, pero de a poco comenzaron a transitar su propio camino. Marchas, sentadas y cortes de los puentes provinciales han sido su forma de lucha pacífica. Fiel ejemplo de una democracia participativa, la principal consigna es el armado de cuerpos de delegados en las escuelas. Lo que se busca es fomentar el debate, en especial de aquellos que no se animan.

En la actualidad, el MUS está integrado por chicos de 13 a 20 años, de escuelas públicas y privadas y con diversas ideologías. Se juntan a debatir dos veces por año en diferentes lugares del país, donde analizan los problemas puntuales de cada región. Para costear los pasajes organizan fiestas, recitales y torneos deportivos, pero cuando el dinero no les alcanza les piden una mano a sus padres o a diferentes gremios docentes.

“Hoy los jóvenes quieren participar, hay una gran necesidad de debatir. No pasaba lo mismo años atrás”, se emociona Gabriel, alias el “Colo” (23), coordinador general del Movimiento. Sus primeros días en el MUS de Neuquén (su provincia natal) datan de la época menemista y la implementación de la Ley Federal de Educación en 1997. Aunque ya egresó hace tiempo, les sigue prestando una mano a los que recién están comenzando.

“Por esos días, no sólo conseguimos el piso del gimnasio, la calefacción y el reequipamiento de los talleres, sino que también evitamos la sanción de muchas leyes”, explica, y aclara que allí no se implementó la Ley Federal porque los alumnos, los padres y los maestros salieron a la calle.

La descentralización y la desregulación de las políticas educativas y sociales en los 90 tuvieron un fuerte impacto en la vida de los más chicos. Así, el MUS concentró a muchos adolescentes de escuelas públicas y privadas que buscaban mejorar las condiciones de estudio.

“Este movimiento nuclea a un montón de estudiantes de diferentes zonas que están preocupados por la enseñanza”, remarca Belén (17), de la Técnica Nº 2 del barrio del Fonavi. Entre los mayores problemas de su colegio, en Escobar, subraya el deterioro del edificio, los bajos salarios de los docentes y la falta de lugar en el comedor escolar para todos los que almuerzan ahí. “Gracias a las protestas y sentadas que hicimos en 2004, conseguimos becas y proyectos de alfabetización en el barrio”, comenta.

En el colegio de Facundo (19), el normal Alejandro Carbó de Córdoba, no existía un centro de estudiantes. El, junto a sus compañeros, comenzó a organizarlo buscando una rebaja del pasaje de colectivo. “Hicimos tres marchas con más de 200 alumnos, pero no nos atendieron”, confiesa decepcionado. No obstante, no perdió las ilusiones y siguió militando.

Entre los principales reclamos de los integrantes del MUS sobresalen la construcción de nuevos edificios, la refacción de aquellos en mal estado, la disminución del pasaje escolar de colectivo y, por sobre todo, un aumento del financiamiento educativo.

“El aumento del presupuesto es muy importante, porque hoy hay superávit, pero en las aulas no se ve: los techos se caen, hay cables pelados, cañerías rotas y falta el gas. La educación está abandonada y a la juventud no se la apoya”, afirma Santiago (16), de Lomas de Zamora, que comenzó a recorrer la militancia luchando por una mejora en los planes de estudio.

Sofía (17), de la Escuela de Cerámica Nº 1 de Capital Federal, asegura que un problema fundamental es que no se les da importancia al deporte y al arte: “Cada vez hay menos acceso a actividades recreativas o deportivas. Por eso nosotros, desde los centros, organizamos torneos y recitales”. Gracias a la movilización con sus compañeros, llegaron a crear talleres de alfarería y molduras.

Para estos cinco adolescentes, los altos niveles de pobreza y la desigualdad social no son independientes de la enseñanza. Así, los problemas cotidianos tienen repercusión en las aulas.

“En los barrios periféricos de las grandes ciudades es en donde más pobreza se ve. Hay pocos colegios y son pocos los que pueden asistir a clases. Muchos tienen que ‘changuear’ o salir a robar”, detalla el “Colo”.

En sus recorridos por las diferentes provincias, se dio cuenta de la gran crisis que pasa la juventud argentina. Para él, las escuelas se convirtieron en un lugar de contención, donde ya no se va sólo a estudiar, sino en busca de ayuda.

La droga, el hambre y el sexo precoz también son problemas visibles en los cursos.

“En mi secundario hay muchas chicas embarazadas, que no saben cómo tomar las pastillas anticonceptivas. También se ven problemas de aborto: muchas se la pasan llorado”, explica Belén, que además detalla cómo, junto a un grupo de compañeros, logró organizar charlas extraescolares sobre sexualidad.

Con las adicciones pasa algo similar. “Los pibes de hoy agarran la droga y el alcohol muy fácilmente. Vos muchas veces sabés que a la siguiente reunión del MUS hay muchos que no van a ir porque se los consume el paco”, reflexiona Facundo.

Esta misma necesidad de contención es para estos jóvenes el motor principal que hace que los chicos se interesen cada vez más por los problemas de la educación, aunque reconocen que existe un alejamiento de la política.

“Hoy, a los partidos políticos no se los quiere porque manejan las protestas hacia sus propios intereses y no hacen nada en beneficio de los estudiantes”, confiesa Sofía, y remarca que en la actualidad hay que buscar soluciones inmediatas a problemas puntuales.

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Una participación alternativa

La sociedad argentina no suele estimular la participación: ni la de los jóvenes ni la de los adultos. La palabra “política” suele estar asociada con disvalores y son pocos los que se atreven a clamar públicamente su importancia. La opinión pública tiene altos niveles de desconfianza en los políticos como grupo social, al igual que en muchas instituciones de la democracia, como el Parlamento o los partidos. La participación política, además de escasa, aparece como negativa.

Las generaciones más jóvenes suelen desconfiar de la política, reproduciendo el sentido común de sus mayores. La indiferencia es algo que se ha constatado con jóvenes electores que no pueden definir el espectro básico de las ideas políticas, que no saben ubicarse en él, que desconocen a sus candidatos.

Hay quienes han querido ver en ello una forma de rebeldía. Otros, un abandono encaminado a búsquedas más gratificantes.

Sin embargo, aunque minoritaria y poco visible, la participación política y social de los jóvenes existe. Aun cuando es débil y poco organizada, persiste. Con medias palabras, discursos inocentes, categorías incompletas, insiste. Es decir, renace.

Estas nuevas manifestaciones parecen resistir a los mayores tradicionales y a los otros mayores juvenilizados de los años setenta. En estos días adversos para la participación, este bienintencionado impulso juvenil aparece como una iniciativa casi contracultural.

Esperemos que la sospecha antipolítica de la sociedad argentina no vuelva a confirmarse con la cooptación, la manipulación o el manejo maquiavélico de adultos afanosos por renovar su legitimidad dilapidada. Hace falta reencantar la política para que vuelva a ser el arte de lo posible y no la ciencia de lo imposible n

Marcelo Urresti, Sociólogo, docente investigador de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

Edición Impresa

Domingo 29 de Junio de 2008
Año III Nº 0273
Buenos Aires, Argentina