
Quiso la historia que el panteón de los Grandes Escritores (con letras ampulosas y en mayúscula) fuera ocupado por otros nombres. No es la primera vez que ocurre y no significa esto que ella no hiciera méritos suficientes. Este 14 de junio se cumplen 20 años de la muerte de una escritora que tiene vigencia por varias razones: por la atemporalidad de su prosa, inmune a modas o vanguardias, y por construir una obra alejada de cualquier prototipo de escritora.
Nació en 1931 y a los 27 años publicó su primera novela, Enero. Luego, escribió Pantalones azules (1963) y Los galgos, los galgos (1968). Le seguirían Eisejuaz (1971), donde le puso voz a un indio mataco que inicia un camino espiritual, y El país del humo (1977), un lúdico paseo de relatos. Su último libro fue La rosa en el viento (1979). En paralelo, se dedicó también al periodismo y a la escritura de cuentos infantiles.
Cuando por estos días el campo se aleja de lo bucólico, de esa visión ilusa que a veces se construye desde la ciudad, y aparece en la escena pública ganando escenario y por ende múltiples representaciones, entrar en Gallardo es encontrar una ruralidad diferente.
La autora pasó parte de su vida en el campo, con el ritmo sostenido en la tranquilidad de las siestas, con la vida pendiente del devenir climático, con el paso aletargado de los días. Entre carneadas, borracheras y barro, el catolicismo late, como centro de poder y reconocimiento, como dedo acusador; ésas son algunas de las cuestiones que habitan en su obra, donde la pampa seca es reincidente y, en sus entrañas, el campo y lo profano conviven en relación dialéctica.
Ese catolicismo –latente o manifiesto–, más que en un sentido religioso, parece tomar vida como reloj que modela la conducta y que muchas veces la oprime aturdiendo los impulsos.
Haciendo un trazado imaginario, el campo y la ciudad funcionan como fronteras. Y hasta podría decirse que no es la misma escritora la que plasma cada uno de esos lugares. En el primero, las imágenes afloran con vida, saltan al lector con percepciones vívidas, desde un mundo que recorrió y que no fue sólo mirado desde su ventana aristocrática. Sara Gallardo fue nieta del naturalista Angel Gallardo y tataranieta del general Bartolomé Mitre, pero puede adivinarse en ella una cercanía con el campo y su gente. Una comunión con ese ambiente, donde la pluma puede captar el latido mudo de la tierra y quienes la habitan.
Quien metió sus pies en un charco, o sumó cicatrices a causa de un alambrado mal cruzado, puede percibir la veracidad con la que Gallardo da vida a peones, aparceros, cocineras. Están también las clases altas, los patrones, pero éstos aparecen generalmente como personas presas de sus propias apariencias.
Hay una distinción notable entre los personajes que habitan el campo y los que sobreviven la ciudad. Estos últimos son seres desacomodados, perdidos, que no anclan, que ven el entorno con un dejo de extrañeza. El filonazi aristocrático de Pantalones azules, que soporta el verano en la pastosa capital; el sujeto de El hombre en la araucaria, que se niega a tocar el suelo, son sólo algunos de los personajes que deambulan Buenos Aires. La ciudad, abrumadora, se escenifica en la zona norte, entre Retiro y Recoleta. Ahí sí, Gallardo no explora. Quizá porque la ciudad no la llamaba a recorrerla.
La primera persona en la obra de Gallardo es, principalmente, masculina. En Enero, su primera novela, una joven de la peonada queda embarazada y anda por ahí, con el crío ensanchando su vientre, sin saber adónde ni a quién recurrir. No hay palabras de comprensión para ella. Su familia ignora lo que ocurre hasta último momento. Su “madrina”, la dueña de la estancia, cada vez que la ve la fastidia con una impostada clase de dignidad.
Gallardo se inicia con la voz de una mujer, pero es de pocas palabras, una voz oprimida por las convenciones que la rodean. En el relato Las treinta y tres mujeres del emperador Piedra Azul es una voz esquiva, que se corporiza en un relato coral (amantes, vengativas, independientes). Como si no se decidiera a ser una. O no quisiera. Es que uno lee sus relatos y es difícil notar que fueron escritos por una mujer. Una reiterada anécdota da pistas de esta decisión. Su padre alabó una vez un libro escrito por una mujer que parecía de autoría masculina. Eso quedó en su memoria. “No sé cuánto de machismo había en esa afirmación, pero desde entonces la bondad de las obras literarias quedó para mí ligada a su carácter masculino”, confesaría Gallardo.
Su Narrativa breve completa, editada en 2005 gracias a la labor de Leopoldo Brizuela, puso al lector frente a una escritura que consiguió eludir las modas críticas o del mercado con un estilo cortante y concentrado.
Reeditada –y agotada– hace un par de años, incorporada a una colección de literatura argentina dirigida por Ricardo Piglia –quien eligió la novela Eisejuaz–, también en esta década los libros de Sara Gallardo son difíciles de hallar: sólo con un golpe de suerte es posible toparse con alguno y, ahí sí, disfrutar de esa obra en la que conviven el campo y el resplandor leve de quienes soportan el vago estadio de no pertenecer a ningún lado.