
Los diecisiete relatos que componen el volumen transcurren durante los siglos XVI y XVII bajo los tentáculos opresivos que la Inquisición expandió hasta Lima. A mitad de camino entre la recreación histórica y la creación literaria, el autor sintoniza el lado B de esa ciudad virreinal y pinta una aldea pecaminosa regada por el oscurantismo de las sotanas rasgadas. Con una prosa hilarante, construyó uno de los más bellos capítulos que ha dado la historia de la “ciencia fricción” universal. Toneladas de documentos y un regocijo lúdico bastaron para retratar casos como el del fraile Cristóbal Pan y Agua, quien, según los escribas del proceso, murió en el Convento de San Francisco de Lima con el miembro viril erecto y emanando “un olor un poquito bueno”. Obispos sodomitas, monjas endemoniadas, feligreses de rodillas.
—Una certeza: si los tipos que desfilan por el libro vivieran en esta época, protagonizarían un bonito festín televisivo.
—Totalmente, por eso es que con cada reedición el libro se me ponía más contemporáneo, porque la televisión está llena de alumbrados, visionarios, sicalípticos y charlatanes que ahora cobran por ir a los platós para responder las mismas preguntas que en el siglo XVII formulaba un inquisidor.
—¿Y por qué creés que el lector puede juzgar al libro como inverosímil?
—Porque ahora nos parecería inverosímil que un cura invocara al demonio para seducir a una señora, existiendo como existen el Messenger y las páginas amarillas. Es que antiguamente la gente se tomaba demasiadas molestias.
—A trece años de la primera versión, ¿qué te sugiere el libro?
—Marx dijo alguna vez que la historia se repite primero como tragedia y después como farsa. La Inquisición es una institución tan estudiada que ya no hay que recrearla en su lado funesto, sino en todo lo que ofrece de cómico y melodramático.
—Apelo entonces a ello y te pido una definición de la Inquisición.
—La inquisición fue la CIA erótica de los siglos XVI y XVII, que, con el pretexto de velar por lo teológicamente correcto, se especializó en lo sexualmente incorrecto. Nació como una institución siniestra, pero se extinguió como una institución folclórica.
Fácil: entre los papeles que engordaron su colosal proyecto, Iwasaki se enfrentó a un desparramo deliberado de “fellatio”, “cunninlingus” y “coitus inter mammas”, variedades latinas biengastadas por los candorosos clérigos inquisidores. Feligreses sodomizados, monjas perturbadas y otros guardianes de la fe abrazados al pecado carnal. El escritor caricaturizó todo un mamotreto documental y transformó rigurosa bibliografía en una obra alucinatoria, picaresca y delirante.
—¿Cómo fue el proceso de documentación?
—A comienzos de los 90 estaba preparando una tesis doctoral acerca de los más de 15 procesos de santidad que se abrieron en Lima colonial, e investigué por archivos de Madrid, Sevilla y Roma. Fue así como descubrí una multitud de criaturas rocambolescas que quizá no merecían un estudio histórico, pero sí un desagravio literario.
—Y también descubriste Sevilla, donde vivís hace 20 años. ¿Recordás aquel arribo?
—Cuando llegué a Sevilla no podía imaginarme que me quedaría para siempre. El primer año fue increíble, orgiástico y alucinante, pero cuando decidí quedarme todo cambió. Los años siguientes fueron los más críticos, pero poco a poco fui seducido por los encantos de esta maravillosa ciudad que ahora no cambiaría por ninguna.
—¿Continúa el interés en España por la literatura latinoamericana?
—Lo “latinoamericano” ya no es tan exótico para los españoles, quienes acaban de descubrir la literatura de Europa del Este, la japonesa y la de India. Quienes leen a Piglia o Bolaño nunca leerían a Isabel Allende o Laura Esquivel, y mucho menos a Bucay o Paulo Coelho, pero a Murakami y a Sándor Márai sí, porque la literatura japonesa y de Europa del Este disfrutan hoy del prestigio que hace veinte años tenía la latinoamericana. Por lo tanto, si nadie se entera de que soy peruano, quizá venda más como japonés y pague mi hipoteca antes.
Su vida ya no se dirime entre el ceviche y la paella. Y en esa multiplicidad biográfica estriba su particular estilo literario, un mestizaje de categorías diferenciado por la abolición de fronteras genéricas, propiciando la liberación de su vitalismo, su erudición, esa imaginación desbordante y un finísimo sentido del humor. Así, y lejos de cualquier mojiganga comercial, Iwasaki promueve un onanismo literario, más próximo a la autosatisfacción que al complacimiento del lector.
—¿Recordás tus primeras lecturas?
—Siempre he reconocido mis deudas con la literatura infantil, sobre todo con los cómics de superhéroes, ya que me prepararon para leer a Borges, pues cuando leí El otro –primer cuento de El libro de arena– me di cuenta de que a Borges le había pasado lo mismo que a los Cuatro Fantásticos: había caído en una brecha temporal o en una dimensión paralela. Por eso admito que vengo de Stevenson, Verne y Mark Twain, pero también de Márvel Cómics, Asterix y Mafalda. Después llegaron Los mitos griegos de Robert Graves, Cortázar con Historias de cronopios y de famas, García Márquez con Cien años de soledad, todos leídos durante la secundaria. Ya en la universidad llegaron otros.
—Universidad a la que ingresaste con tan sólo 16 años, siendo un comelibros en una época que se ligaba leyendo. Imagino que te habrás perfumado de Don Juan.
—Cuando entré en la universidad tenía 16 años, pero mis compañeras ya estaban en los 18 y por lo tanto sólo se fijaban en los mayores de 20. Lo que es cierto es que aquellas chicas –que hoy tienen cuarentitantos– eran las últimas de una maravillosa generación de mujeres que valoraban a los hombres en función de sus lecturas. Así que si no habías leído a Cortázar o Hermann Hesse, con ellas no tenías ninguna posibilidad. Para mí no hay chicas más atractivas que mis contemporáneas setenteras. Ninguna chica de veintitantos podría encarnar hoy día a la Maga de Rayuela.
—Y ninguna soñaría ya con un revolucionario. A propósito: ¿qué quedó del intelectual comprometido de aquella época?
—Los jóvenes revolucionarios de los 70 han cambiado la manivela de los viejos mimeógrafos por las máquinas de fitness de los gimnasios contemporáneos; la mayoría se ha desprendido de sus compromisos ideológicos, y seguro que Paulo Freire les sonará a un antiguo wing izquierdo del Palmeiras.
—Sintonizo y te tiro un centro: los cinco libros imperdibles de la literatura universal…
—Sencillo: La Ilíada, El Quijote, Moby Dick, La metamorfosis y Ficciones.
—¿Qué le aportó Borges a la literatura para que lo posiciones tan alto?
—Yo sólo puedo decir lo que Borges me aportó a mí: ordenó todas mis lecturas, le dio sentido a cada una de ellas y multiplicó el placer que ya experimentaba a la hora de leer.
“La Iglesia tiene cada vez menos poder”
—Tanto en “Inquisiciones peruanas” como en “Neguijón” (Alfaguara, 2005) criticás duramente a la Iglesia, habiendo sido escolarizado en colegios católicos…
—Yo me lo pasé muy bien en la escuela, porque conocí a gente maravillosa que todavía son mis amigos, a pesar de la distancia; con los curas tampoco me llevé mal. Por otro lado, hasta los 22 años fui creyente y mis simpatías siempre estuvieron con la Teología de la Liberación, que sigo respetando muchísimo aunque ahora sea agnóstico. La Iglesia Católica de hoy no es la misma de Neguijón o de Inquisiciones peruanas, y no creo que nadie se sienta ofendido o ridiculizado por esas historias. Creo que hoy ya no tiene ningún mérito artístico ridiculizar a la Iglesia Católica, porque es una institución que cada vez tiene menos poder, menos influencia y menos seguidores. Más bien, la mojigatería políticamente correcta es la nueva religión y también la nueva Inquisición. ¿Qué me podría ocurrir si mañana me burlo de un obispo, de una procesión o de un símbolo cristiano? Seguramente nada. Pero como se me ocurra bromear sobre el feminismo o el Día del Orgullo Gay, ahí sí que me podría pasar de todo y nada bonito.
Vida de un ilustre
Fernando Iwasaki nació en Lima, Perú, el 5 de junio de 1961. Hijo de un coronel del ejército peruano y de Lila Cauti, es el segundo de siete hermanos. Realizó sus estudios de licenciatura y maestría en la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde asimismo ejerció como profesor de Historia. En 1985 obtuvo una beca otorgada por el gobierno español, con la cual pudo dedicarse a la investigación en el Archivo General de Indias en Sevilla. En 1989 decidió afincarse en España definitivamente. Fue director del área de cultura de la Fundación San Telmo de Sevilla (1991-1994). Fue columnista de Diario 16, La Prensa, La Razón, El País y ABC, y publicó, entre otros, los ensayos Nación peruana: entelequia o utopía, y El comercio ambulatorio en Lima; las novelas Libro de mal amor y Neguijón; y los libros de relatos Tres noches de corbata y otras noches, Helarte de amar y Ajuar funerario. Fue galardonado con el Premio Copé de Narrativa (1988) y el Premio de Ensayo Alberto Ulloa (1987). Actualmente dirige la revista literaria Renacimiento y la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco.
Posee un sitio web: www.fernandoiwasaki.com