Con mucha modestia, Oscar medita sus respuestas, reconoce que es un buen momento para él y acepta que la cámara de Burman cautive casi permanentemente su rostro en la película, que se permite entremezclar, sin tregua, los tiempos de la vida. No importa demasiado si la escena pertenece a la realidad o a la fantasía. Allí está siempre el rostro sensible de Oscar, para indicarle el camino al espectador.
—¿Cómo se logra este fenómeno de integración? –le preguntamos.
El busca una respuesta y, finalmente, contesta:
—Olvidándose de la cámara y... teniendo muy claro que la expresión del rostro o del cuerpo es la consecuencia de un proceso interior de vivencias, sensaciones y pensamientos. Es el resultado de algo. De modo que... no trabajé poniendo “cara de”, sino tratando de estar compenetrado con lo que el personaje estaba viviendo en cada situación. También te diría que no puedo objetivar todo eso. Yo no puedo “verme”. Muchos me dicen lo mismo que vos, porque en El nido vacío tengo la cámara encima, muy cerca. Hay muchos primeros planos. Pero de eso no me doy cuenta. No puedo verme como podría mirar a otro actor. ¡No puedo ser juez de mí mismo!
—Sí, pero para el espectador allí salta el profesionalismo. Incluso en la toma que se refleja en los lentes de la dentista (vos con la boca abierta, que, convengamos, ¡no es un momento de los más felices de nuestras vidas!), estás absolutamente fuera de vos mismo, y en cambio, ¡sos totalmente el personaje! ¿Lograrlo es fruto de una disciplina, de años de trabajo, o te sentías muy a gusto dirigido por Burman?
—Es fruto de todo esto que decís –contesta sin titubear–: del oficio, del conocimiento que obviamente uno va adquiriendo y perfeccionando, y también, si querés, de la madurez existencial y del trabajo del director. Yo me sentía muy, muy a gusto, y tengo que confesarte que cuando, un año antes, leí el libro, trabajando a solas con Daniel una o dos veces por mes y elaborando sucesivas versiones del guión, lo primero que le dije fue: “Esto no es para mí. ¿Por qué pensaste en mí? Este no es un personaje para que yo lo trabaje”. No me veía en ese personaje. Y relato esto como reconocimiento a Burman. El me hizo comprender que sí, que podía hacerlo yo, y me entregué sin ninguna clase de retaceos a lo que me pedía. Traté de cumplir minuciosamente con lo que él quería, y llegué a decirle cosas como: “Si querés que camine con las manos, camino con las manos”. Y esto es muy importante: que el actor se sienta comprendido por el director. Sea teatro o cine. Quizá en el caso del cine esto se logra todavía más, porque la película es del director y no del actor.
—Explicame, ¿cómo es eso?
—En el teatro, el actor tiene un espacio de autonomía, digamos, más libertad, porque es el que llena el espacio escénico. Es el actor el que dirige el ojo del espectador. Lo atrae, lo maneja, lo deja, lo vuelve a tomar. En el caso del cine, en cambio, no es así. Es claramente el director quien marca el tiempo y el relato. Entonces, confiar... poder confiar, fue una suerte muy grande para mí. Y como Daniel sabía muy bien lo que quería, esto también es tranquilizador para el actor. Lo que acabás de mencionar es verdad pero creo que el hecho de que Daniel dirigiera la película y tuviera tan en claro lo que buscaba y cómo era el protagonista me ayudó enormemente.
—De las películas anteriores de Daniel, ¿cuál era la que más te había gustado? ¿“El abrazo partido”, “Derecho de familia”...?
—Me había impactado muy especialmente El abrazo partido. Me sorprendió mucho y me gustó enormemente. Además, me pareció una película atrevida por las rupturas de lenguaje que tiene, por lo logradas que están ciertas cosas. Esa galería... en fin, muchas cosas... Sí –reflexiona en voz alta–, me encantó esa película. Derecho de familia también me gustó, pero no tanto. Y si me das a elegir una de las dos, elijo El abrazo...
—Se me ocurre que el haber trabajado en el libro de una película, aun cuando la película no sea tuya, debe haber influido en el conjunto. Es una aventura maravillosa. Como inventar la vida, ¿no?
—Sí, es un viaje fantástico. –Oscar se afloja y se ríe, repitiendo:– Fantástico... Como todo viaje, tiene sus riesgos, porque hasta que la película tomó contacto con la gente, no sabíamos qué podía pasar. Cuánto podía gustar, o no. ¿Qué iba a decir la crítica? Y finalmente lo que ocurrió fue realmente lo soñado, porque ni en nuestras más altas expectativas esperábamos una unanimidad como la que obtuvo la película. Es muy raro que esto ocurra, aun tratándose de obras muy superiores a la nuestra. Fijate que toda la prensa escrita y toda la prensa oral coincidieron. Esto es algo muy raro, que ocurre muy pocas veces. También que la respuesta del público (en un año en que la gente va muy poco al cine) haya sido la que fue. Por ejemplo: las cifras que hizo la película el día sábado fueron superiores a las que habían hecho durante toda la semana anterior las grandes producciones. ¡Es decir que en un solo día llevamos más gente que otras en toda la semana! Esto también es algo mágico, que no termino de comprender. ¡Y menos cuando te está ocurriendo a vos mismo! Tiene que pasar un tiempo para que uno pueda tener una lectura más o menos correcta de lo que pasó...
—¿Tenés hijos en edad de abandonar “el nido”?
—¡Varios! Tengo cuatro hijas, y la única que todavía vive con su mamá en su casa y conmigo en la mía es Manuela, que acaba de cumplir 13 años. Las otras hijas son grandes, e incluso la del medio tiene una hijita hermosa, Violeta, que ha cumplido dos años, y la más grande tiene, a su vez, un bebé que ahora cumple un año.
—Pensé que tenías hijos más chicos...
—No. Manuela, a los 13, tampoco es tan chiquita, así es que ya he atravesado esa experiencia...
—Te diré que lo notable de la película es que no se circunscribe al momento en el que se van los hijos (lo cual, de alguna manera, siempre es un golpe), sino que aborda las fantasías de los padres. Eso es fascinante. ¿Estaba en el guión original o lo fueron agregando?
—No. Estaba en el guión original, e incluso creo (y no sé si coincidís conmigo) que la película desborda el tema de “el nido vacío”. A tal punto que yo le había dicho a Daniel que le cambiara el título, porque la película está atravesada por distintos temas, como el paso del tiempo o la vejez. Las fantasías que se plantean respecto a... ¿cómo van a resistir esos cambios los vínculos más entrañables? La relación del protagonista con su mujer. Dice Daniel que esta cosa de no estar en el presente... –Oscar permanece un minuto rumiando sus pensamientos–. Según Daniel, el personaje está extraviado, perdido en su presente. Entonces, esa noche en que la hija no vuelve por primera vez a dormir, el personaje se fuga del presente y proyecta sus temores a diez años de distancia en el tiempo. Por eso te digo que la película está entrecruzada por muchas cosas. En definitiva, la historia de El nido vacío no le está ocurriendo a él, al personaje, en este presente...
—Bueno, es una de las sorpresas que nos depara la película...
—Exactamente. El fantasea permanentemente. Todo esto ocurrió en su cabeza, y es la posibilidad de un nuevo guión. En esas horas en las que se queda esperando que la nena vuelva... La mañana... ¡las medialunas calentitas!...
—Fijate qué curioso, Oscar. En este momento de tu vida (y supongo que es una casualidad, como suele ocurrir), tanto la obra de teatro (“Dos menos”) como la película te presentan la misma pregunta: ¿cómo es ser más grande, distinto?... ¿cómo es ser viejo? Y en ultima instancia: ¿cómo es la muerte?
—Así es. Así es –repite Oscar, pensativo–... y yo no creo en las casualidades. Siempre que hice algo en teatro, en cine, en lo que fuere, terminé entendiendo por qué extraño azar se habían dado así las cosas. Lo cierto es que uno termina entendiendo que no está haciendo esa obra por casualidad. En general, hay un aprendizaje personal por el que uno tiene que pasar cuando está haciendo “algo” que es para los otros. Yo no había pensado en lo que vos decís, pero, por la edad que tengo, mi temor (y debo empezar a elaborarlo de la mejor manera posible) es justamente ese tema: entrar en la tercera etapa de la vida y mantener la alegría, la creatividad y el deseo.
—Claro, porque aun cuando el sujeto sea exitoso, como en tu caso, esto siempre es la tercera etapa. Es muy impresionante, porque uno piensa: “Eso, a mí, no me va a pasar nunca”...
—Por supuesto. ¡Era algo que estaba tan lejos! Y en realidad, es un pestañeo. Cuando te querés acordar, decís: “Pero, ¿qué pasó? ¿Cómo es esto?”. Además, lo curioso es que Burman tiene solamente 34 años y se siente atraído por contar una historia como ésta, para la que le faltan veinte años de vida! Esto también es muy notable.
—Bueno, en “Derecho de familia” ocurre lo mismo.
—¡Lo notable es que a los 34 años Burman fantasea con un personaje que puede tener más o menos diez años más que él, y que a su vez fantasea acerca de cómo van a ser las cosas cuando tenga más de 50! Porque no es sólo “el nido vacío” el tema de la película...
—Sí, estoy absolutamente de acuerdo con vos en que debería haberse llamado algo así como “El espejismo de un hombre que camina”...
—No sé. Pero a mí me parecía que El nido... era un título que además podía aludir a algo melancólico o triste, y en cambio la película tiene humor. Es muy tierna, esperanzada. Es una película luminosa. Para nada oscura. Bueno, ¡me equivoqué! Daniel tuvo razón. Estudió la posibilidad, durante meses, de cambiarle el título y, finalmente, no lo hizo y... ¡acertó! Fijate cuán equivocado estaba yo, puesto que, desde el primer día, con ese título, la película convocó a muchísima gente.
—Es que, de algún modo, esto nos ha pasado a todos los que hemos visto independizarse e irse a los hijos... Ahora, vos decís que no creés en las casualidades, y a lo mejor tenés razón...
Oscar retoma:
—Te dije que estas sincronicidades responden a un orden misterioso, que no me preocupo por comprender demasiado, pero que respeto mucho. Es un misterio frente al cual soy muy respetuoso.
—¿Sos una persona religiosa? ¿O creés en el destino como parte de la realidad?
—No tengo ningún dogma. ¿Cómo podría decirlo...? No soy religioso en el sentido que le adjudicaba Borges cuando decía: “La teología es una rama de la literatura fantástica”. Estoy de acuerdo con esa ironía maravillosa, pero, al mismo tiempo, también en otras oportunidades, Borges dijo que no creía en Dios, pero que la idea de Dios era la más refinada de la humanidad. Entonces, creo que, en definitiva, eso importa poco. No me gustan los fanatismos de ninguna especie. Y mucho menos los religiosos. Pero soy muy respetuoso del misterio de la vida y del misterio del tiempo... Creo también que hay diversas capas de la realidad y que no todo es solamente lo que podemos ver, oír o tocar. De eso estoy seguro. Hay otras cosas, otros planos y otros órdenes en los que también existimos y nos ocurren cosas. En ese sentido, estoy más cerca de pensar como un oriental que como un occidental. ¡Los orientales no creen en la casualidad, sino en la causalidad! Y me parece que están más en lo cierto.
—¿Y qué tal es esta experiencia tan reciente de dirigir a dos monstruos sagrados como Héctor Alterio y José Sacristán?
—En primer lugar, es un halago muy grande, y además es una fiesta. ¡Voy a empezar a extrañar estas últimas semanas que me han dado tanto placer! Mucho goce, mucha diversión.
—¿Me imagino que mucha angustia, también?
—¿Vos sabés que no? Ha sido un proceso muy descansado, alegre, relajado. No hubo angustias. Y después, como siempre digo, es más fácil de lo que se puede pensar, y por una simple razón: cuando uno trabaja con gente talentosa y experimentada y responsable, tiene allanados muchos de los problemas que, a veces, ocurren con gente más joven o menos talentosa, o también con menos experiencia escénica. Es más o menos lo le ocurre a un director técnico de fútbol. Me imagino que si tiene un equipo de estrellas que juegan muy bien, eso facilita su trabajo. En este caso, es lo mismo.
—De alguna manera, por lo mismo que el teatro es cada noche una nueva historia de acuerdo al estado de ánimo de los actores y del director y del público, no sé si hay tanta dicotomía entre el cine y el teatro...
—Yo no encuentro dicotomía... pero son lenguajes distintos. No son contrapuestos, pero son diferentes, y creo, también, que el trabajo del actor, si bien es esencialmente el mismo, tiene otra dimensión expresiva. Debe tenerla más en el teatro que en el cine. En el cine, vos “leés” los pensamientos del personaje. Atravesás sus ojos. Estás como metido dentro de su cabeza y de su alma. Para que eso ocurra en el teatro, hace falta otra expresión, otra manera, que tiene que ser genuina para que ocurra lo mismo que vos decís que te pasó viéndome actuar en la película. Son hechos diferentes. ¡No es lo mismo tener una pantalla enorme con una cara en primer plano que ver a un actor de cuerpo entero desde la fila ocho! Y tanto Alterio como Sacristán son actores que han hecho mucho teatro y mucho cine. Así es que todo eso ya lo saben. Con recursos más económicos, lográs en cine lo que no lográs en teatro.
—Vos has hecho tanto teatro... ¿Cómo te sentís mejor?
—Me sentí muy bien haciendo una película como ésta. Disfruté muchísimo. Eso ocurre cuando me siento contenido por un director que sabe lo que quiere y está muy seguro de lo que quiere. El caso de Daniel, claro. Sin embargo, entiendo que el sitio del actor es el teatro. El teatro es el lugar en el que uno aprende y perfecciona su oficio, y donde, además, no hay ninguna clase de intermediación técnica entre el espectador y el actor. El cine es un fenómeno industrial en el que podés haber estado muy bien... y terminar muy mal. Y no hay nada que pueda hacerse al respecto. La mesa de edición es la que decide el destino de la película.
—Es lo que decía Torre Nilsson...
—Mirá, si esto fuera una escena, yo te miro antes de hablar y esa mirada y ese silencio tienen un valor expresivo, una significación. Y a lo mejor el director o el montajista la sacan y eliminan así el proceso previo. Sin contar que también depende de dónde está ubicada la cámara y con qué lente de la cámara te está mostrando lo que se ve. Eso, obviamente, en el teatro no ocurre, porque, como decíamos antes, el actor es el que “llama” y, de alguna manera, dirige tu mirada como espectador.
—No es fácil explicar el magnetismo del actor, pero existe.
—Sí, existe. Y debe existir, porque si no estar allí arriba (en el escenario, sobre tablas) y no tener eso... bueno, es un sufrimiento no sólo para el espectador, sino sobre todo para el actor. Hay muchos sinónimos o palabras que podríamos emplear en lugar de lo que hoy llamamos magnetismo... Se habla de “tener ángel”, y eso es algo imponderable. Hay actores y actrices que lo poseen naturalmente, con independencia del desarrollo de su experiencia, de su destreza, y otros que no. Las cosas son así, pero a mí me parece que ese magnetismo inicial que una persona puede tener por el solo hecho de estar parada en el escenario, si no está sostenido por un buen trabajo personal y colectivo no dura lo que dura un espectáculo. ¡A los diez minutos, ya hemos visto todo lo que hay por ver!