
Cuando Elena Smuk, de entonces 14 años, regresó a su hogar en Hust, Checoslovaquia, comprendió que las circunstancias habían cambiado para miles de judíos en Europa al comienzo de la década de 1940. La joven Hela –como la llaman todos–, que venía de visitar a una amiga, encontró su casa vacía y la noticia de que sus dos hermanas, su madrastra y su abuela esperaban en un vagón de ganado la orden para partir a Hungría, donde serían fusiladas en julio de 1941. Fue así, por azar, que logró eludir el genocidio nazi la primera de cinco veces.
El temor a quedar sola la impulsó a acercarse a la estación. Allí encontró a su familia, “pero mi madrastra, que ya sabía todo, me prohibió subirme”. Al contrario, la obligó a esconderse en una zanja entre los yuyos, para ocultarse de un gendarme que la buscaba, al ser señalada “por judía, por una amiga cristiana”. Esa fue la segunda vez que sobrevivió.
En Hust vivió tres años más, junto con su padre, un viajante comercial que estaba fuera del pueblo cuando se llevaron a su familia. Tras un mes de vida en el gueto de la ciudad, la llevaron con lo que quedaba de su familia a Auschwitz en un viaje de tres días en tren, parados, sin comer ni ver la luz. Hela quiso engañar a un guardia para acompañar a su abuela a las barracas. El alemán se dio cuenta y le perdonó la vida. Fue la tercera vez. Mujeres embarazadas, niños y ancianos eran llevados a la cámara de gas.
Ofrecerse para realizar trabajos en fábricas era la única opción para abandonar el campo de concentración. A su prima la seleccionaron, pero para Hela ya no había lugar. “No vuelvo”, le dijo a una oficial nazi que la amenazó con una fusta y perros. Eso significaba la muerte, pero “no se cómo” finalmente la trasladaron. En la fábrica se le presentó el tifus y la abandonaron 40 días en un a habitación. Su prima le llevaba viandas sin que nadie se diera cuenta.
El 8 de mayo de 1945, unas 300 mujeres caminaron por el bosque en medio de bombas y ametralladoras dirigidas por un comandante nazi. Les dijo: “Ustedes están libres”, pero luego aceptó guiarlas al frente norteamericano. Dos años después se casó en Austria, tuvo un hijo, y llegó en 1947 a la Argentina desde Italia, vía Paraguay.
Vive hoy en Villa Crespo. Tiene dos hijos y diez nietos. Forma parte de la Asociación Tzedaká, que trabaja ayudando a sobrevivientes.
Recuerdos de los años presos en el infierno
Raia Mazur, su hermana mayor y sus padres tenían una “linda vida” en Vilno, una ciudad polaca hoy ubicada en Lituania. En 1938 Raia finalizó quinto grado, el último en libertad. La Unión Soviética y la Alemania nazi firmaron en 1939 el pacto de no agresión Ribbentrop-Molotov, por el que Polonia quedó dividida en dos. Con Vilno del lado ruso, la familia Mazur vivió “sin muchos cambios”, hasta que el pacto se quebró años después y Alemania tomó el control de la ciudad.
“Ahí empezó el infierno”, recuerda Raia. Los padres debieron abandonar su trabajo, las escuelas cerraron y la comida fue racionalizada. A los tres meses de ocupación se fundó el gueto de Vilno, un lugar “fantasmagórico, donde no había agua, comida, y se llevaban a los niños y abuelos”.
En 1943, se produjo la liquidación del gueto. Al padre de Raia lo llevaron a una mina de carbón y murió de hambre. Toda su familia, con excepción de ella y su hermana, fue asesinada. “En la selección, como era chiquita me hicieron ir a la izquierda, pero mi hermana se arrojó a los pies del nazi para que fuera con ella. Así sobreviví.”
En tren viajaron hasta un campo de concentración cerca de Riga. Cuando bajaron del vagón de ganado se ofrecieron luego a hacer trabajos en una fábrica de ladrillos y meses después las llevaron a otro campo.
En enero de 1945 Raia y su hermana participaron de una caminata por la nieve de más de tres mil mujeres que se alejaban del frente de guerra. En abril, las tropas rusas ingresaron en un establo en donde pasaban la noche: “Cuando nos vieron, los soldados se largaron a llorar”. Raia tenía 16 años y pesaba 25 kilos.
Luego de dos años en Italia, viajaron a la Argentina. Aquí conoció a Szlomo Sznajderhaus, también polaco y sobreviviente. El había estado cinco años al servicio del ejército ruso y en 1947, vía Uruguay, llegó a la Argentina. Se casaron y tuvieron tres hijos.
Una vida de pérdidas y encuentros
La historia de Celia Kuc es una historia de éxodo y de pérdidas. Nació en Brezne, pero vivió desde chica en Mielnitze, Polonia, junto con sus padres y sus hermanos mayores, hasta que comenzó la Segunda Guerra. “Sabíamos que algo estaba pasando, pero por falta de recursos no podíamos emigrar”, recuerda. En la Argentina ya estaban sus hermanos Meishke y Azne. Ella quiso seguirlos, pero cuando consiguió el dinero para hacerlo ya era tarde. En junio de 1941, comenzada la guerra, su padre fue trasladado por un supuesto trabajo, y fue asesinado.
A Celia su hermana Sure, tres años mayor, le inculcó el temor a los nazis, por eso cuando empezó la contienda decidió escapar. Tenía 17 años. El objetivo era ir al Este, lejos del frente alemán, aunque en el camino el Ejército Rojo le quitó todas sus pertenencias. Con el objetivo de llegar a Kiev cruzaron la antigua frontera polaca en un camión que llevaba trigo.
Sin saber nada de la suerte de sus familiares Celia se encontró con los Szalisman, a quienes conocía de su pueblo. Ellos la adoptaron como parte de la familia. De Kiev fueron a Rostok, hoy Ucrania, y más tarde a Ural, cerca de Siberia. Siempre se dirigían hacia el Este, con el deseo de ir a la Unión Soviética. Terminaron en Uzbekistán, en un pueblo llamado Mitán, donde vivieron en una casa para refugiados. Durante todo el viaje sufrió de malaria.
Las cosas empezaron a mejorar a principios de 1944. La Alemania nazi retrocedía en el terreno y Mielnitze fue liberada. Entonces Celia pudo volver: “El pueblo estaba destruido”. Con 22 años se enteró de que su madre y sus hermanas Sure y Jasl habían muerto. Allí conoció a Elías Dikstein y se casó con él.
En su camino a Occidente fueron a Polonia, donde Celia se reencontró con su hermano Ieilik. De allí viajaron a Austria y luego a Francia, hasta que llegaron a la Argentina y rearmaron su vida en Resistencia, Chaco. Tuvieron tres hijos y seis nietos.