
La excusa de esta visita de José Sacristán es la obra Dos menos, donde lo acompaña Héctor Alterio y los dirige Oscar Martínez, y que se estrenará el próximo 2 de mayo en el Paseo La Plaza. Allí, compone a uno de los dos ancianos que, enfermos terminales, emprenden un viaje a ninguna parte, movidos por la ima-ginación y con un humor reincidente, alejado del color negro.
—¿Cómo te sentís hoy que te dan papeles de hombre mayor o incluso un enfermo terminal?
—Desde ya que no me siento un enfermo terminal (risas). Mira, he cumplido setenta años y creo que no los aparento. La dificultad mayor para un actor es hacerse cargo de personajes estúpidos en historias estúpidas. Yo no tengo ningún empacho en representar un hombre de una edad determinada al que le queda poco de vida, porque, vamos, me importa un carajo.
—¿Cómo es tu relación con la vejez?
—Me parecen lamentables los liftings, tanto los físicos como los psíquicos y los morales. El tiempo pasa y noto la forma en que ha dejado la huella en mí. No me resulta desagradable esa huella. Hay que enfrentar el paso del tiempo sin perder el sueño, siempre tratando de preservar la salud. Entre otras cosas, para ser lo menos dependiente posible. La muerte no me asusta tanto como la inutilidad, como el no valerme por mí mismo. Eso es lo que realmente me aterra: ser un inservible; que la naturaleza venga, despiadada, a humillarme en lo físico y lo mental.
—¿Qué queda hoy de la filmografía que hiciste luego del regreso de España a la democracia?
—Quedan las buenas películas, y las malas se irán a hacer puñetas. Lo que se hace por necesidad coyuntural es lo primero que desaparece, porque pasa su moda. En aquel tiempo de transición española, luego de los años del franquismo había muchas ganas de decir demasiadas cosas de repente.
—¿Cuáles películas de aquella época volvés a ver y te gustan?
—¡No las vuelvo a ver! ¡Ni se me ocurre! Fueron años muy singulares en mi país. A unos cuantos nos pilló –por edad, por formación– con la posibilidad de hacer. Sin ser demasiado complaciente, creo que la peor de las películas se salva por una cierta inocencia. No soy de los que entiende que el vehículo de mi trabajo vaya a cambiar la historia o la sociedad. La historia la hacen los cañones y los políticos. En el mejor de los casos, nosotros contribuimos. Incluso una de mis películas más queridas, Solos en la madrugada, cuando la hicimos nunca pensamos que iba a tener el alcance político que tuvo en este país.
—¿Por qué?
—Mira, el discurso de Solos en la madrugada está compuesto de frases hechas y lugares comunes. Es casi es un libro de autoayuda. Está muy bien, pero es un refrán atrás de otro. Esta tendencia que existe en la Argentina a dejarse a atrapar por los discursos refleja un poco la inocencia de los argentinos. Agradezco esa película, pero confío en que un día se acabe eso de que este país siga siendo hipnotizado, embaucado, conducido por cuatro o cinco vendedores de alfombras que ordenan un poco el discurso y luego a la hora de los hechos no están a la altura de las circunstancias.
—¿Te referís al menemismo o al período actual?
—La época actual no la evalúo, porque recién empieza y hay que dejar un tiempo lógico, sobre todo en un país como éste, donde quedan cosas muy jodidas por resolver.
—¿Cuáles cosas?
—Los intereses encontrados. Hay sectores de la sociedad donde... (se interrumpe) Pero tampoco quiero yo meterme donde no me llaman.
—¿Pecaste de inocencia en política?
—Mi manera de pensar, en lo que a política se refiere, ha sido siempre estar a la izquierda del PSOE español. He militado en el Partido Comunista, que en las últimas elecciones casi fue borrado del mapa político. No me desencanto, porque nunca estuve encantado. Seguramente (los comunistas) estamos en el lugar que nos corresponde. Las últimas elecciones dejaron a la vista cosas muy jodidas, que creíamos enterradas, pero la derecha española ha vuelto de la tumba de una forma bastante desagradable.
—¿Este resurgimiento de la derecha tiene que ver con la mayor presencia de inmigrantes?
—Uno de los ejes de la campaña fue la relación inmigración/inseguridad. Desde que el señor Zapatero ganó las elecciones luego del atentado de Atocha –cuando Aznar se tuvo que retirar del gobierno por la puerta de atrás manchado de barro, sangre y mierda–, la derecha se puso en pie de guerra, decidida a deslegitimar a este gobierno. Todos y cada uno de los pasos que ha intentado dar este gobierno han sido atacados. Han aparecido muchas cosas, no sólo la inmigración.
—En una época del cine español representabas un tipo de hombre específico...
—(interrumpe) Sí, el español promedio.
—¿Le sacaste provecho a esa etapa, a la hora de la seducción?
—Pobre de aquel que crea que puede sacar provecho de las señoras. Ella son las que sacan provecho. Lo que puedes aprovechar es ser aceptado, pero la verdad es que el donjuanismo siempre me ha parecido bastante patético. Estoy perfectamente satisfecho de mi relación con el sexo contrario. Eso sí: jamás he puesto el énfasis en ser un Don Juan, porque te llevas unas hostias monumentales. Vamos, que los hombres somos mucho más tontos que las mujeres. El origen de esto son las mujeres, y nosotros somos un accidente, los proveedores.
—¿Cómo te gustaría que te recuerden?
—Como alguien de a pie, que contaba historias, que quizás entretuvo un poco. Alguien que pasó y fue bueno conocerle y digan: “No fue tan desagradable charlar con él”.
Un talento de la hostia
—Representaste mucho de una generación del cine español, ¿qué pensás de las generaciones que los sucedieron, como la de Pedro Almodóvar o la de Alejandro Amenábar?
—Es gente con un talento de la hostia. Por suerte, han abandonado la declamación y las voces impostadas que había antes. Nunca el cine español ha tenido la proyección internacional con la que cuenta hoy. Nunca jamás en la puta vida, ni siquiera con Buñuel, aunque él sigue siendo el cineasta más grande que ha dado el cine español y universal. El reconocimiento que tienen en el mundo Javier (Bardem), Pedro (Almodóvar), Penélope (Cruz) y (Alejandro) Amenábar, es muy grande. Lo que nos falta es lo de siempre: la industria, que no hay. Es dificultoso alcanzar mercados, pero por lo demás el panorama es de gente de un gran talento.
—¿Por qué no trabajaste con esos directores?
—Sencillamente, porque no me han convocado.
—¿Puede ser porque te identifican con el período anterior?
—Eso deberían explicarlo ellos. De un tiempo a esta parte, procuro que este oficio siga siendo un juego. Como cuando era un niño y jugaba al vaquero o al gánster. Tiene que valer la pena el personaje, el compañero y la historia. Tiene que haber un personaje que me importe. Sino, afortunadamente, el recibo de la luz tengo con qué pagarlo, por lo que puedo decir que no acepto el papel. Si no es muy interesante... Como digo siempre: un trabajo tiene que valer la pena como para madrugar.
—¿Qué hora es, para vos, madrugar?
—¡Es levantarse a las 11 de la mañana!