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Sobre el “boom” de la crónica periodistica

La narración de la mirada extrema

La crónica es un género tan viejo como la escritura. De Heródoto a los modernistas del siglo XIX, los cronistas aportaron sus relatos trabajados formalmente como la mejor literatura. Pero en los últimos años cada vez más editoriales apuestan fuerte a este género de no ficción: tres sellos fundaron su colección de crónicas y en los últimos meses aparecieron dos antologías que reúnen los mejores textos de una nueva generación de cronistas locales. ¿Auge o nueva moda del mercado editorial?

Por Hernán Arias

Genealogía. Precursores y maestros del género: el cubano Martí, el polaco Kapuscinski, el estadounidense Anderson y los argentinos Raab, Walsh, Martínez y Caparrós.

En una lúcida ponencia titulada Sobre algunas mentiras del periodismo, leída a fines de 2006 en un encuentro organizado por la revista colombiana El Malpensante, la periodista argentina Leila Guerriero se mostró sorprendida frente al incipiente “auge de la crónica latinoamericana”. Según Guerriero, las dificultades que deben enfrentar los cronistas son de tres tipos: en primer lugar, conseguir dinero para financiar su trabajo, ya que “pocos medios gráficos están dispuestos a pagarle a un periodista para que ocupe dos o tres meses de su vida investigando y escribiendo sobre un tema”; en segundo lugar, el de convencer a los editores para que les concedan el tiempo necesario para proyectar y ejecutar sus investigaciones, ya que “los editores suelen funcionar con un combustible que se llama urgencia y con el que la crónica suele no llevarse bien”; y, en tercer lugar, el de conseguir publicaciones donde darlas a conocer, debido a que “pocos medios están dispuestos a dedicarle espacio a un texto largo ya que, se supone, los lectores ya no leen”.

Si bien las dificultades de las que habla Guerriero son ciertas, paradójicamente desde hace unos años distintos medios y editoriales muestran un creciente interés por la crónica periodística. La propia Guerriero es autora de Los suicidas del fin del mundo, un extenso trabajo sobre los jóvenes suicidas de Las Heras, un pueblo de la Patagonia, publicado por editorial Tusquets en su colección “Andanzas crónicas”, que dirige el escritor Sergio Olguín. Esta colección incluye además Los viajes de Penélope, de Roberto Herrscher; Los imprudentes, de Josefina Licitra; y La conexión latina, de Osvaldo Aguirre. Otro catálogo importante del género es el de la editorial Seix Barral, donde aparecen, entre sus últimas publicaciones, La vida de una vaca, de Juan Pablo Meneses y Golden Boys. Vivir en los mercados –Premio Crónicas Seix Barral 2006–, de Hernán Iglesias Illa; y que además promete para el año próximo la segunda parte de El Interior, de Martín Caparrós.

Por la crónica. Precisamente es Martín Caparrós quien, en un texto titulado Por la crónica –escrito para ser leído en otro congreso de periodistas en Colombia–, analiza la situación del género en los últimos tiempos y describe con precisión cuáles son, a su entender, sus posibilidades y características. Para Caparrós, la crónica constituye “un género bien sudaca y es –quizá por eso– un anacronismo”, que en su momento fue desplazado de los medios por decisión de los editores, “en su desesperación por pelearle espacio a la radio y a la televisión”. Como Guerriero, Caparrós opina que en los medios gráficos se impuso la extraña idea de que los lectores no quieren leer, y por esta razón los textos largos son resistidos.

Pero la falta de espacio no es el principal problema que debe enfrentar un cronista. Según Caparrós, la problemática que subyace aquí es una cuestión política. En esta ponencia, el autor de las crónicas de viaje de Larga distancia y La guerra moderna opone la “información” –aquello que habitualmente circula en los medios– a la crónica, y señala que, mientras la “información” pretende saciar la curiosidad del lector y así tranquilizarlo, la crónica intenta despertar su interés e inquietarlo. Para esto, es necesario “descentrar el foco periodístico”: mientras el periodismo de actualidad “mira al poder”, y le cuenta “a muchísima gente qué le pasa a muy poca”, la crónica pone su atención en lo cotidiano, encuentra “la maravilla en la banalidad”, y de esta manera cuestiona a la información y su política del mundo.

De este modo, la crónica pondría en discusión la supuesta “objetividad” de la “información”, puesto que en ella aparece el yo del autor, la primera persona. “La prosa informativa –despojada, distante, impersonal– es un intento de crear la ilusión de una mirada sin intermediación –escribe Caparrós–: una forma de simular que aquí no hay nadie que te cuenta, que ‘esta es la realidad’.”

Mientras que en la crónica siempre hay alguien que mira y narra y se hace cargo de lo que dice. “Es imposible que un sujeto dé cuenta de una situación sin que su subjetividad juegue en ese relato –afirma–, sin que elija qué importa o no contar, sin que decida con qué medios contarlo.”

Una arqueología del presente. En su libro La invención de la crónica, Susana Rotker señala que este género reconoce dos antecedentes importantes. Por un lado, el cuadro de costumbres francés o inglés, cuyos mejores exponentes en Hispanoamérica fueron el peruano Ricardo Palma y el español Mariano José de Larra; y, por otro lado, la chronique periodística francesa de mediados del siglo XIX, especialmente el fait divers de Le Figaro de París. En este periódico la crónica ocupaba el lugar de las variedades, de los hechos curiosos, sin la relevancia suficiente para aparecer en las secciones “serias” de la publicación. De esta manera, afirma Rotker, “la crónica viene del periodismo, de la literatura y de la filología, para introducirse en el mercado como una suerte de arqueología del presente que se dedica a los hechos menudos y cuyo interés central no es informar sino divertir”.

Los precursores de este tipo de crónicas en América latina fueron Manuel Gutiérrez Nájera en el diario El Nacional, de México; y José Martí en La Opinión Nacional de Caracas, a fines del siglo XIX. Rotker señala que estos escritores no se conformaron con la escritura como mero entretenimiento, sino que “le imprimieron al espacio de la crónica un vuelco literario”. Y si bien en los textos de Gutiérrez Nájera resuena más el estilo de la chronique, “con un tono mundano y abundantes galicismos”, en sus crónicas José Martí “nunca cesa de reflexionar sobre la ética y la condición humana a través de imágenes muy cuidadas, de información exhaustiva y gracia narrativa”.

En esta operación de reflexionar “a través de imágenes muy cuidadas” parece estar pensando Caparrós cuando establece la siguiente diferencia entre la “prosa informativa” y la “prosa crónica”: la primera, dice, “sintetiza lo que –se supone– sucedió; la otra lo pone en escena. El informador puede decir ‘la escena era conmovedora’, el cronista trata de construir esa escena –y conmover”. Y asegura que para esto resulta indispensable llevar a cabo un minucioso trabajo de escritura: “Reponer una escritura entre lo relatado y el lector es casi una obligación moral: la forma de decir aquí hay, señoras y señores: sujetos que te cuentan, una mirada y una mente y una mano”.

Los nuevos cronistas. Entre 2007 y 2008 aparecieron dos antologías de crónicas cuyos autores promedian los treinta y cinco años. Una se titula La Argentina crónica. Historias reales de un país al límite, compilada por Maximiliano Tomas, en la que encontramos, entre otros nombres, los de Cristian Alarcón, Emilio Fernández Cicco, Daniel Riera, Julián Gorodischer, Josefina Licitra, Esteban Schmidt, Martín Sivak y Leila Guerriero. La otra antología se llama Los mejores relatos de la Rolling Stone: Crónicas filosas, y en el índice se repiten los nombres de Alarcón, Guerriero, Schmidt, Riera y Licitra; y aparecen además Juan Ortelli y Pablo Plotkin, entre otros.

Ya en los títulos de las crónicas que conforman estas antologías vemos que, si bien los nuevos autores muestran un interés por lo cotidiano, por aquello de lo que difícilmente llegue a ocuparse la “información”, parecen interesados fundamentalmente en cronicar lo marginal: desde el texto ya clásico de Licitra, Pollita en fuga, que entrevista en la clandestinidad a la jefa de una banda de secuestradores adolescentes, pasando por Balas en la lengua, de Ortelli, que indaga en la cultura hip hop de los suburbios de Buenos Aires, hasta la crónica de Alejandro Seselovsky, Skinheads antifascistas: el lado rojo de la fuerza, que le da una vuelta de tuerca más a esta búsqueda de lo marginal al registrar a los skinheads que están en contra de los prejuicios raciales.

En lo que parece haber una ruptura, o al menos un desvío en relación con lo que señalaba Caparrós, es en la relación entre la crónica y el poder. En su ponencia, Caparrós sostenía que la crónica, al “descentrar el foco periodístico”, deja de mirar a las minorías que detentan el poder para poner su atención en aquello que interesa a las mayorías. Sin embargo, algunas de estas crónicas proponen otro vínculo con el poder. En ellas, sus autores intentan mostrar a los poderosos con esa “mirada extrema” de la que también habla Caparrós, y parecen confiar en esa capacidad del género para poner en escena.

En En campaña con Duhalde y Ortega, Emilio Fernández Cicco registra lo que sucedió durante el viaje del Tren de la Esperanza, en 1999, que llevó a los entonces candidatos a presidente y vice en un viaje por 111 pueblos de nuestro país. En este texto, Cicco muestra la sofocante cocina del poder, cómo funciona el aparato del partido y la avidez de los candidatos de las pequeñas localidades por robarles en una foto algo de popularidad a los candidatos nacionales. Duhalde y Ortega aparecen tomando vino en vasitos de plástico, atontados por el aburrimiento y escapando al asedio de los pobres que pretenden alcanzarlos con reclamos. Esta es sin duda otra cara del poder, de la que nunca se ocupa la “información”. De todas maneras, en esta crónica hay cierta tendencia a la exageración, lo que parece ser un tic más o menos frecuente, aunque fugaz, en algunos de los trabajos de estos nuevos cronistas. Cito un pasaje del texto de Cicco: “La Argentina es un inmenso baldío con esquinas pavimentadas. En los pueblos, sus habitantes tienen hijos retrasados, se cortan un dedo con la tijera de podar, parecen quince años más viejos, están mortalmente aburridos, son abuelos a los treinta y han perdido la dentadura”.

En este sentido, resulta interesante la reflexión de Martín Sivak –quien, como cada uno de los autores que aparecen en La Argentina crónica, debió responder a la pregunta “¿Cuál es su definición de ‘crónica periodística’?”–, cuando dice: “La sobreestimación de la crónica y de sus poderes casi mágicos potencian herramientas irritantes como el yo muy fuerte y estimula, lo que es más grave, la exaltación del ‘cuento lo que veo’. Como si ese ‘cuento lo que veo’ fuese un periodismo más puro que el de reconstrucción que supone lecturas y entrevistas que recrean situaciones que no podemos ver”.

Otra característica interesante de algunas de estas crónicas es que deciden abordar los mismos temas que son tratados por los medios como mera “información”. Es el caso, por ejemplo, de Un día en la vida de Pepita la pistolera, de Cristian Alarcón, en donde Margarita Di Tullio deja de ser ese personaje estereotipadamente reo que mostraban los diarios y la televisión, y pasa a ser una mujer compleja envuelta en situaciones por lo menos difíciles y sobre la que no resulta sencillo, después de leer esta crónica, emitir cualquier opinión. Otro ejemplo es el excelente trabajo de Licitra Y parirás con dolor, en el que registra el caso de Romina Tejerina, la adolescente jujeña que mató a su hijo segundos después de haberlo parido, y que explicó que había visto en él la cara de su violador. En esta crónica, admirablemente escrita, Licitra consigue “poner en escena” el caso: lo que sucede en el hospital cuando llega el bebé apuñalado, las repercusiones en el pueblo, cómo fue recibida la noticia por los padres de Romina, la versión de los hechos que da la propia Romina y también la del supuesto violador, aparecen entrelazados en un texto denso y complejo que, como lo pide Caparrós, “repone una escritura entre lo relatado y el lector”.

Tal vez, en nuestros días, el principal mérito de las crónicas de estos nuevos autores sea el de poner el tiempo de su lado. Estos cronistas muestran un respeto por el tiempo que dista mucho del vértigo con el que se maneja la “información”: respetan el tiempo de los hechos, el tiempo que requiere una investigación y el tiempo que reclama la escritura. Y parece algo cierto que, con textos de la calidad de los que aparecen reunidos en estas antologías, en poco tiempo los problemas que señala Guerriero en su ponencia irán encontrando soluciones.

Sigue

Donde termina la noticia

El viernes 11 de abril la agencia Télam informó que tres jóvenes skinheads fueron condenados a prisión por el crimen de Iván Kotelchuk, de 19 años, ocurrido en junio de 2005 en Buenos Aires. La noticia comenzó a circular de inmediato a través de los medios. Al día siguiente, entre otras repercusiones, un diario porteño la ilustró con la fotografía de un joven en cuya cabeza rapada podían leerse las siglas SS y otro recordó que los skinheads son violentos y de ideología neonazi. Los enfoques periodísticos se desarrollaron en ese sentido, el de un estereotipo que no necesita ser explicitado dado que los lectores, supuestamente, saben de qué se está hablando.

El cable de Télam contenía una información clave para abordar el caso: los acusados, consignaba, “pertenecían al grupo skinheads variante sharp, cuyas siglas en inglés significan skinheads contra los prejuicios raciales”. Pero ese dato aparecía en la última frase, es decir en el punto menos significativo de un texto, el que puede suprimirse sin afectar a su contenido básico, de acuerdo a las estructuras narrativas convencionales. Y se perdió en las ediciones de la noticia.

Skinheads antifascistas: el lado rojo de la fuerza, la crónica que publicó hace dos años Alejandro Seselovsky en la revista Rolling Stone (y luego recogida en el libro La Argentina crónica), comienza precisamente donde termina el cable, con la información que deshace la ecuación skinheads igual a nazis y muestra que la ideología de esos grupos es una formación compleja y contradictoria. El crimen de Kotelchuk aparece en segundo plano en su relato, pero al reunir las voces de los personajes del ambiente, la crónica nos dice mucho más de la historia que cualquiera de las notas publicadas en estos días, porque reconstruye la trama de creencias, valores y circunstancias en que tuvo lugar. Atribuir el asesinato a unos repudiables individuos que profesan ideas antisociales es en definitiva tranquilizador y obtura cualquier reflexión; acercarse a esos personajes, en cambio, se vuelve perturbador porque reconocemos a personas con gustos y preocupaciones comunes (ir a la cancha, participar en protestas sociales). En vez de las certezas recicladas, nos quedan la perplejidad y los interrogantes ante un suceso que también es un producto de la propia sociedad.

La mejor literatura está en las crónicas

¿Cómo diferenciar un libro de crónicas de una novela argentina de estos años? Muy fácil: si trata de conflictos actuales, de situaciones que nos resultan familiares e inquietantes a la vez, si se mete con temas jodidos, si se descubre detrás a un autor apasionado con la escritura, entonces es una crónica. Es posible que exagere (no sería la primera vez), pero lo cierto es que la crónica ha tomado lo que la novela ha abandonado o menospreciado en las últimas décadas. Mientras los novelistas seguimos escribiendo que la dictadura militar fue muy mala o sobre la primera pelota de Maradona (me hago cargo de lo mío), los cronistas se meten en la villa, en un pueblo chico o en un canal de televisión para descubrir el entramado social que genera la realidad. En las crónicas los crímenes ocurren a la vuelta de casa, en la escuela, en la quinta. No en universidades inglesas.

Contrariamente a lo que se suele pensar, la crónica es un género más cercano a la literatura que al periodismo. Toma la técnica del periodismo y la utiliza con fines literarios. A diferencia de esos libros periodísticos de denuncias o de biografías no autorizadas que poblaron las librerías en los ’90, los libros de crónicas nacieron para sobrevivir a las circunstancias que los generaron. Como la buena literatura.

Tengo una teoría arriesgada difícil de desarrollar en pocas líneas (o no): donde hay plata, está la mejor escritura. Los que mejores escriben (salvo que hayan nacido con la cuchara de plata en la boca) necesitan ganar dinero. Y hoy por hoy, los diarios pagan bastante bien por una buena crónica (es cierto, podrían pagar mejor). Las editoriales ofrecen buenos adelantos, mientras que muchas no pagan un peso por una novela de autor novel. Ni qué decir del autor de cuentos. Tal vez por eso los mejores narradores, provenientes del periodismo o de la literatura, escriben crónicas. De Leila Guerriero a Osvaldo Aguirre, pasando por Elvio Gandolfo; de Cicco a Christian Alarcón, pasando por Josefina Licitra, la literatura argentina más interesante está en las crónicas y se publican en algunos diarios y revistas. Las editoriales no hacen más que reflejar este auge de la literatura de no ficción.

Edición Impresa

Domingo 20 de Abril de 2008
Año III Nº 0253
Buenos Aires, Argentina