
La medida organizada por la World Wildlife Foundation (WWF) se llamó “Una hora por el planeta” y se llevó a cabo de 20 a 21, según la hora local de cada país. La intención fue apagar luces de espacios públicos y proponer que la sociedad civil haga lo mismo. En Buenos Aires pasó poco y nada en el caso de los particulares y empresas. La nacional Fundación Vida Silvestre le había pedido al Gobierno porteño que apagara algún lugar emblemático de la Ciudad y, aunque nadie respondió, el Obelisco y sus alredores estuvieron a oscuras.
Como corresponde por su ubicación geográfica, el primer lugar en oscurecerse fue Sidney: su emblemática Opera estuvo sin luz, tal como había sucedido el año pasado. Luego le siguieron, progresivamente, Melbourne, Manila, Bangkok, Copenhague, Chicago y San Francisco. Ciudades como Londres, Roma y Seúl no adhirieron a la iniciativa de manera oficial, pero llevaron a cabo apagones en algunos lugares céntricos para concientizar a la población sobre el calentamiento global. El rey Carlos Gustavo de Suecia apagó las luces de tres de sus castillos, entre ellos el de Estocolmo. También se adhirió la página argentina del buscador Google que, al ponerse negra, no sólo hizo un gesto simbólico: los monitores gastan menos energía con ese color de fondo.