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Armand Leroi: biologia y poder

Una historia de la belleza

¿De qué manera un libro escrito por un biólogo sobre las mutaciones genéticas puede devenir en un ensayo sobre la belleza? ¿En qué punto podemos leer la inmensa paleta de variaciones genéticas del cuerpo como una manifestación física? Ambas preguntas parecen responderse en “Mutantes”, de Armand Leroi, una especie de hijo conceptual de la genealogía de Michel Foucault y la biopolítica de Roberto Esposito, procesado por “Freaks”, de Tod Browning.

Por Luis Diego Fernandez

El biologo llama “casino genético”, a la variable que determina y discrimina a los bellos de los feos.

El análisis que Armand Marie Leroi realiza sobre la deformidad o la imperfección genética abarca todos los fenómenos (freaks): de siameses a pigmeos, de mujeres barbudas a cíclopes, de gigantes a hermafroditas, de longevos a atrofiados, de sirenas a embriones deficientes. El inmenso fresco de descripciones de códigos genéticos, virus, genoma, ADN y terminología biológica parece tener una finalidad más que evidente: el dar cuenta de que todos, de una u otra manera, somos mutantes. Y, precisamente, Mutantes comienza con una cita de la Metamorfosis de Ovidio que constata el postulado del autor: “Este libro trata sobre la construcción del cuerpo humano”. Efectivamente, lo que se deja entrever en cada caso de mutación que postula Leroi es el carácter de constructo, de edificio de genes, que es nuestro cuerpo. Un edificio que ante la mínima variante produce errores fatales.

Claramente, lo más interesante que plantea Leroi se encuentra en el inicio y en las conclusiones. Una frase tan lapidaria como polémica cierra el libro: “El verdadero significado de la belleza es la ausencia de error genético”. De alguna manera emparentado con el planteo de una fisiología del arte de Nietzsche, Leroi ve el cuerpo como una maquinaria de enlace de genes y códigos; como un sistema de enclaves no sólo biológicos sino también de poder.

Esto se hace patente cuando narra el caso de longevidad de Luigi Cornaro en 1550. Cornaro era un noble veneciano que llegó a vivir más de ochenta años, algo nada desdeñable para la época, y que escribió un tratado llamado Discorsi della vita sobria. En este ensayo, el autor daba su receta para vivir mucho tiempo. La respuesta era simple: ingerir menos calorías diarias que las que el cuerpo necesita. Pero también es necesario desarrollar ciertos anticuerpos para las presiones y agentes externos (sociales, se entiende). Aquí talla la cuestión del individuo inmerso en redes de poder. En cierto sentido, hablamos de belleza pero también de salud, algo que Leroi remarca con contundencia: “El significado de la belleza es un tema más polémico. Y aquí deseo reivindicar una sola idea: tiene algo que ver con la condición fisiológica; es, de hecho, un certificado de buena salud. La piel clara, los ojos brillantes y los dientes blancos son, de manera manifiesta, signos de belleza y salud. No es casual que los hombres brasileños, al ver a una hermosa carioca, suspiren: ‘Que saúde’”.

En este sentido, Leroi deja en claro que el azar también tiene sus implicancias, hasta llama “casino genético” a la variable que determina y discrimina, en cierta forma, los bellos de los feos. Y de este azar todos formamos parte. De modo que la belleza física resulta un lugar de confluencia de determinantes genéticas y sociales. En la medida en que dichas interrelaciones sean congruentes, decimos o predicamos la belleza de una persona. La ecuación podría ser: a mayor error genético, la mutabilidad se hace más evidente; por ende, la fealdad o el error son visibles.

Mutantes se encuadra dentro de los libros que son hijos de la cosmovisión biopolítica, en particular de raíz italiana, de la mano del Roberto Esposito de Bios. El sistema de la vida, el cuerpo en primer lugar, incluso la genética en su microsistema, son el centro de atención, constituyen el espacio de legitimidad, de sentido. Algo que también aparece en el campo de la estética a través de la obras de bio-arte o arte genético del artista brasileño Eduardo Kac. Otro caso notorio es la película XXY, de Lucía Puenzo. Vemos, entonces, cómo una episteme bio aparece y toma protagonismo desde diferentes ángulos: filosóficos, científicos o estéticos. En todas estas obras la cuestión del marco bio aparece en primer lugar. Y Mutantes es otra obra que va en esta dirección, muy propia de principios del siglo XXI.

Cerca de Foucault, lejos de la divulgación. Mutantes es un libro clave. No es un libro de mera divulgación científica. No tiene ni el tono ni la levedad ni la indolencia paternalista del docto frente al ignorante que caracterizan al género. Nada más lejos de ello, Mutantes es, ante todo, un brillante ensayo sobre el cuerpo humano, sobre su constitución fisiológica y genética. Un ensayo donde pueden convivir Stephen Jay Gould y Stendhal, donde se dan cita, al mismo tiempo, Francis Bacon y los experimentos eugenésicos de Joseph Mengele. Las comparaciones en cuanto al tono del libro con los cursos de Michel Foucault en el Collège de France no son disparatadas; Leroi, al igual que Foucault, pone a la luz toda su erudición de un modo tan estimulante y nutritivo como lo hacía el filósofo. Y luego juega con esas investigaciones de un modo original. El método de trabajo conceptual es una suerte de genealogía o hasta deconstrucción de su objeto.

Mutantes habla de lo bello desde su par opuesto, desde su contaminación implícita; y en esto se revela como un libro tan provocador como lúcido. ¿Cómo podría no serlo una obra que para hablar de la belleza se focaliza en las aberraciones genéticas? ¿De qué manera no lo sería un texto que en el fondo postula una teoría estética a partir de la mutación y del error? Nada más interesante e hijo de nuestro tiempo.

Edición Impresa

Domingo 30 de Marzo
Año III Nº 0247
Buenos Aires, Argentina