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Viaje en alfombra mágica

Exótica y majestuosa, la ciudad turca que divide Asia y Europa es el centro mundial del regateo. Entre todo lo imaginable, allí se venden las mejores alfombras persas del mundo, la primera trama de un mercado global que hoy mueve miles de millones de dólares.

Por Donovan Webster

Gran bazar.El acceso es un portal de mármol, al costado de una alta muralla de piedra. Turistas y locales abarrotan los pasillos repletos de brillos y colores. Allí todas las transacciones se concretan mientras se toma una taza de té y se discute el precio. Es ley pedir rebaja.

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La alfombra es idónea. Con el diseño tribal de los kurdos iraníes, medidas aproximadas de 4 por 3 metros, y unos 80 años de antigüedad, fue teñida con tintes naturales en tonalidades de óxido, granada, lapislázuli, pistacho y azafrán. Yace extendida en el piso de uno de los negocios de alfombras más antiguos del Gran Bazar de Estambul.

Afuera, el pasillo de mármol resuena con voces que regatean y el tintineo de los vasos de té, como ha ocurrido desde hace más de 550 años. ‘‘Vamos –exclama el tendero, Hasan Turkeri–, le hemos ofrecido un buen precio. Terminemos de una vez.’’ Sólo necesito estrechar su mano, anotar mi dirección en Virginia, EE.UU., y como dice el hombre, ‘‘la alfombra llegará a la puerta de su casa antes que usted’’.

Desde hace años he anhelado la alfombra oriental perfecta para mi oficina fui a Estambul, una de mis ciudades predilectas, a zambullirme en su antigua tradición cultural. Donde siempre me hospedo es Sultanahmet, el barrio más añejo de Estambul, de 660 a.C. Forma parte del Estambul antiguo, rodeado por una muralla romana, con hoteles cómodos, aunque pequeños, y siete colinas: cada una coronada con una enorme mezquita de aguzados minaretes. El distrito posee una complaciente majestuosidad que evoca el pasado. Entre uno y otro paseo, saboreo una brochette de cordero y disfruto de un baño turco en el Cagaloglu Hamami, un sauna de 265 años de antigüedad construido con mármol blanco. Hacia la tarde, llega la hora de ir al Gran Bazar para hacer negocios.

Visto desde cualquier callejón, el Gran Bazar tiene un aspecto humilde: el acceso es un portal de mármol con forma de arco, al costado de una alta muralla de piedra. Sin embargo, las 3.300 tiendas que ocupan una kilométrica cuadrícula de pasillos de piedra y mármol, son un ataque a los sentidos. Multitudes de lugareños y turistas, por igual, abarrotan un mundo de brillantes luces, joyería de oro, antigüedades de bronce, narguiles, diamantes, camisetas de fútbol, cajeros automáticos, mezquitas, mapas antiguos, restaurantes, zafiros, rubíes, chaquetas de piel, lámparas viejas y cimitarras para turistas. Todos en el Gran Bazar están empeñados en vender, comprar o regatear. El incesante murmullo del comercio, la esencia de Estambul, se eleva hacia el alto y abovedado techo. Siempre hay que regatear pero se pueden hacer amistades. Me abro camino hacia varias tiendas de alfombras donde, con la consabida taza de té, me ofrecen exhibiciones de 15 a 30 minutos. Algunos negocios tienen costosas alfombras de seda pura, tejidas a mano para lucir en una pared. Otros muestran tapetes de precios más accesibles, de algodón o lana, con diseños florales, medallones o estampados geométricos copiados de antiguos tapetes. No hay duda de que son atractivos, pero no lo bastante originales para mí. Sin embargo, muy pronto topo con un grupo de hombres que charlan frente a Kemal Erol, el negocio de alfombras más antiguo del bazar, según dicen. ‘‘Entre a dar un vistazo’’, invita un joven de cabello negro. En un abrir y cerrar de ojos, me encuentro sentado en un sofá de piel, bebiendo té con sabor a manzana, con un tipo de unos 30 años llamado Hasan Turkeri, uno de los socios de Kemal Erol. Al otro lado de la habitación, dos hombres empiezan a bajar montones de alfombras para mostrármelas. Le digo a Turkeri las dimensiones, los colores y el diseño que tengo en mente. ‘‘Sólo mire un poco –sugiere–. Las buenas alfombras siempre aparecen por sorpresa, si alguna es para usted, ésta casi gritará su nombre’’.

Turkeri me explica que casi todos los diseños son decorativos o abstractos porque la ley islámica prohíbe hacer representaciones de personas y animales. El diseño de cada alfombra, agrega, tiene un colorido y una personalidad propios, desde refinado hasta atrevido. Las alfombras más finas, con rebuscadas volutas, medallones o delicados adornos, fueron creadas para la nobleza o la alta sociedad. Las alfombras que usan intensos colores primarios y diseños caleidoscópicos con ‘‘agradables irregularidades’’ son típicamente tribales. ‘‘Las alfombras más duraderas son de lana –prosigue Turkeri–, y están teñidas con colorantes naturales que se desgastan con más elegancia que los tintes químicos’’.

Noventa minutos después, he visto unas 80 alfombras y, como vaticinó Turkeri, una de ellas gritó mi nombre. Procede de la región históricamente kurda de Heriz, en Irán (antigua Persia), y tiene 80 años de antigüedad. Entonces veo la etiqueta: 16 mil dólares. ¡Ay! Cuando Turkeri nota mi interés, cambia inmediatamente la actitud de maestro por la de comerciante y me ofrece el descuento instantáneo para ‘‘nuevos amigos’’: apenas 14 mil dólares. ‘‘No hablemos de dinero todavía’’, le ruego. Invito a Turkeri a comer conmigo. Turkeri, marido y padre, me cuenta que vive en el lado asiático de Estambul. ‘‘Mis padres son kurdos, del clan Gilkon –dice–. Cultivábamos albaricoques en Anatolia Oriental y vinimos a Estambul cuando yo tenía cinco años.’’ Siendo adolescente, comenzó a trabajar en distintas tiendas sirviendo té a los clientes y cargando alfombras para exhibirlas. Por la noche, asistía a una escuela de idiomas y ahora habla inglés, italiano y español, además de turco y kurdo. ‘‘Pero siempre trabajé –recuerda–. Vendí muchas alfombras y con el tiempo me invitaron a ser socio de Kemal Erol.’’ Hoy en día, Turkeri conduce un Range Rover y tiene intereses comerciales en Estados Unidos. Turkeri enriquece mis conocimientos sobre las alfombras. ‘‘En un principio, sólo se hacían para protegerse del frío, ya que la mayoría de los pastores vivía en carpas. Las tribus desarrollaron diseños propios y, con el paso de los siglos, la confección de alfombras se transformó primero en un arte y luego en un negocio.’’ Llegaron a Occidente en los siglos XVI y XVII gracias a los turcos. Enrique VIII de Inglaterra las admiraba y en varios retratos posa con su colección. En el siglo XX, las alfombras viejas se volvieron muy valiosas, y los comerciantes sin escrúpulos comenzaron a visitar las provincias asiáticas para canjearlas por alfombras nuevas industriales. “Aquellos comerciantes obtuvieron enormes fortunas y fue así como se creó una industria global que hoy representa miles de millones de dólares. Todo debido a que los pobres pastores de Asia central tenían frío’, cuenta’

Después de comer, me despido de Turkeri, que ya había bajado el costo de la alfombra de Heriz a 11.000 dólares. Voy a la orilla del Cuerno de Oro y abordo un transbordador que me lleva por el estrecho, en 15 minutos, hasta Harem, un activo puerto marítimo en el lado asiático. Me asombra la variedad del tráfico del Bósforo: desde buques petroleros hasta pequeños botes para un solo pasajero. De vuelta en Sultanahmet, al ponerse el sol, un muecín inicia su adhan o llamado a la oración. Desde los altavoces situados en lo alto de los minaretes de la Mezquita Azul se escucha la frase árabe que proclama ‘‘Dios es grande’’: ‘‘Alllaaaahhh hu Akkbarrrr... Alllaaaahhh hu Akkbarrrr’’. La siguiente tarde visito Capadocia, una tienda de alfombras en Sultanahmet administrada por Ali Ergolu, cuya familia es originaria de, justamente, Capadocia, hermoso y desgastado distrito del centro de Turquía, donde tienen una fábrica de alfombras. Algunos de sus tapetes son imitaciones de factura industrial que copian diseños tradicionales. Dos días más tarde, el precio de Turkeri es de 9,000 dólares y me encuentro en su Range Rover rumbo a Europa por el Puente del Bósforo. “Iremos a Hereke, donde hacen las alfombras de seda más finas –me dice Turkeri–. Hasta que se instituyó la democracia, en 1923, las mujeres de Hereke hacían tapetes sólo para reyes y dignatarios extranjeros, pero el dinero es lo único que importa ahora. Si tiene suficiente, puede comprar lo que quiera.’’ Nos recibe Hasan Ibis, gerente de producción de una compañía local de alfombras de seda, Sirinoglu. Lo seguimos al interior de un edificio, por una angosta escalera. En su oficina, donde las paredes están adornadas con patrones para alfombras, Ibis toma tres velludas bolas blancas con forma de uva y me las entrega. ‘‘Son capullos de Gusano de seda–destaca–. Cada capullo produce aproximadamente 1,600 metros de fibra de seda y está hecho con una sola hebra. Para hacer el hilo, trenzamos 40 hebras y luego las teñimos con tintes naturales. Tenemos más de 150 telares donde tejemos alrededor de 30 alfombras al mes.’’ ‘‘¿Cuánto cuesta una buena alfombra de seda de Hereke?’’, pregunto. ‘‘Depende del tamaño, la cantidad de nudos por centímetro, la calidad de la seda. Alrededor de cinco mil por un tapete pequeño.’’ Ibis nos conduce por la calle hasta una residencia a medio reparar con las paredes fracturadas. Nos quitamos los zapatos y al entrar nos recibe una mujer llamada Sudamin. En la habitación principal de la casa hay una estufa de carbón y un televisor. Contra una pared, se levanta un telar de 1.20 metros de ancho por 1.80 metros de alto donde reluce la luminosa superficie azul, blanca, roja y amarilla de una alfombra a medio confeccionar. ‘‘Miro la televisión mientras tejo. Tomo descansos para cocinar y limpiar la casa, y luego regreso al telar. Así me paso el día’’. Demora cinco meses en terminar una alfombra, explica que cada centímetro cuadrado contiene 20 nudos pequeños y bien apretados, característicos de los tapetes más durables del mundo. Gana 800 dólares mensuales por su trabajo, buen dinero en esa región y ha desempeñado su oficio durante 20 años, desde que tenía 15. ‘‘Mis alfombras son mis bebés –agrega–. Les hago una fotografía para recordarlas y luego envío mis bebés al mundo para que alguien los adopte.’’

De regreso a Estambul, Turkeri me dice: ‘‘¿ya está listo para cerrar el trato? ¡Me está volviendo loco! ¡De acuerdo! 8,000 dólares. ¡Es mi mejor precio!’’ No, no era su mejor precio. Cuando regreso a Virginia, encuentro que la alfombra ya había llegado. Y mi nuevo amigo, el vendedor de alfombras Hasan Turkeri, vendrá este año a Estados Unidos para visitarme.

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Joya turca

La capital histórica de Turquía ha sido denominada ‘‘la ciudad deseada por el mundo’’. Más populosa y exótica que Nueva York e indiscutiblemente más antigua, esta urbe de 10 millones de habitantes, otrora conocida en distintos momentos como Bizancio, Constantinopla y Stamboul, fue el punto histórico de encuentro de docenas de culturas del mundo antiguo. Dividida por el Bósforo, este canal es, de hecho, la frontera que separa Europa de Asia. Antigua encrucijada, Estambul es ante todo un mercado. Si usted necesita algo, aquí lo puede encontrar, o se lo consiguen. Los vendedores hacen todo lo posible por entablar una conversación, y cuando lo logran, lo invitan a su tienda a tomar té y negociar. Pero no se ofenda por su actitud directa: es una antigua costumbre. Para explorar este sitio que la Unesco ha declarado Patrimonio de la Humanidad, se recomienda comenzar por el magnífico santuario abovedado de Hagia Sophia, colosal catedral edificada por el emperador romano Justiniano en el año 537. Hasta 1453 fue la iglesia más impresionante del orbe, pero Mehmed el Conquistador la convirtió en mezquita. A unos pocos metros, la Mezquita Azul, más elegante, se encuentra en el extremo de un parque repleto de fuentes, cerca del Palacio Topkapi, histórica morada de los sultanes otomanos quienes, en su mayoría, enriquecieron esta maravilla arquitectónica. Si no toma un recorrido guiado, fácilmente podría perderse en su interior por varios días.

Cuatro rutas posibles

Cómo ir: la línea aérea Lufthansa ofrece pasajes ida y vuelta, con escala en Frankfurt, Alemania, por US$ 1.814 (con impuestos incluidos).

Hospedaje: en el Sultanahmet Palace, una habitación doble cuesta 145 euros la noche; en un hotel 4 estrellas, también en el casco viejo de Estambul, 60 euros la noche una habitación single.

Qué comer: kofte (albóndigas condimentadas) con espinaca cocida y yogur, arroz, brochette de cordero, ensalada de berenjena y tomate, y de postre bademli kek: pastel con almendras y miel.

Moneda: la lira turca, desde 2005, que equivale a US$ 0,73.

Electricidad: 220. Hay que llevar adaptadores.

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Sábado 29 de Marzo
Año III Nº 0246
Buenos Aires, Argentina