
—Qué querés que te diga. La situación, en el mundo de las finanzas, en los bancos y en los fondos, está muy jodida. Porque la mayoría de estos tipos, sobre todo los que laburan en los bancos, cobran una buena parte de su sueldo, treinta, cuarenta por ciento, en stock options, acciones de sus bancos que sólo pueden vender y transformar en plata después de mucho tiempo, a veces años. Y esas acciones valen cada vez menos. Ponele que un tipo normal que tenía, qué sé yo, un palo verde en stock options y contaba con eso para su jubilación o para la universidad de sus hijos, perdió ahora 50% de eso, o más. Los que laburan en Bear Stearns peor, ¡perdieron el 99%! La acción del Citi está en 18, 19 dólares. Hace no mucho valía US$ 70. Merrill Lynch igual, la acción se hizo mierda. Te digo en serio, el humor en Wall Street, en el mundo de las finanzas, es muy malo, porque además ahora van a empezar los rajes. Todo el mundo lo sabe. Es más, ya empezaron. En Credit Suisse, en Morgan Stanley, en los bancos europeos. Estos ya empezaron a echar gente. Y en muchos lugares el bonus del año pasado fue cero. ¡Cero dólares! Un desastre.
Diego, que ha pasado por varios bancos y desde el año pasado, después de ganar millones con la deuda de Ecuador, trabaja en un hedge fund, deja de hablar y de golpe se da cuenta de que el Lincoln está parado en un lugar que no parece el camino hacia el túnel entre Manhattan y Queens.
—¿Qué hacemos acá? ¿Estamos bien? —le pregunta en castellano al chofer.
—Nos desvió la policía, por allá no se podía ir —responde el chofer, con acento caribeño.
—Pero la puta madre. No vamos a llegar.
Diego está de mal humor y preocupado, como casi todos sus compañeros y rivales en el mundo de las finanzas. Aunque su empleo no tiene nada que ver con las hipotecas ni con los sectores más comprometidos en la crisis, sabe perfectamente que es mucho más fácil ganar dinero cuando el mercado está contento y yendo hacia arriba que cuando le agarra una de sus cíclicas depresiones y todo parece súbitamente patas arriba. Su nerviosismo refleja la incertidumbre y la velocidad del costado financiero de la tormenta, que en el último año se ha llevado puestos a decenas de banquitos hipotecarios y, el fin de semana pasado, a Bear Stearns, un banco histórico de Wall Street que había aguantado la crisis de 1929 y todas las que le habían tirado después.
Pero la tormenta tiene también una orilla económica, relacionada con el aspecto financiero pero del que no es hija sino más bien hermana: ambos fueron paridos por la hinchazón y el posterior estallido de la burbuja inmobiliaria de 2002-2005. Son dos crisis distintas: una rápida y turbulenta, que produce titulares catástrofe y se realimenta cada vez que el Dow Jones termina un día en rojo; y otra lúgubre y cansina, que relata el lento hundimiento de la economía en una recesión a la cual nadie se atreve a ponerle fecha de nacimiento pero pocos dudan que en algún momento verá la luz. Le pregunto a Diego si sus pronósticos no están quizá siendo bombeados por la manija típica que se dan unos a otros los miembros de un mismo microclima profesional. Y que quizá, en la calle, en las vidas reales de las personas, las cosas todavía no se han complicado tanto. Piensa un rato y dice:
—Puede ser, y eso también es algo que me sorprende. Esta es una crisis que seguramente va a tener consecuencias económicas, si ya no las está teniendo, pero los hábitos de la gente siguen igual que siempre. Vas a los restaurantes y están todos llenos. Vas a los negocios y la gente compra y compra como si no pasara nada.
Quizás “compran y compran”, o “compramos y compramos”, porque para quienes no tenemos el sueldo atado al desempeño o la acción de nuestras empresas todavía, en rigor, “no ha pasado nada”. Diego se sorprende de la indolencia de sus vecinos neoyorquinos, quizá porque ha visto la podredumbre desde adentro y sabe que las cosas pueden ponerse aún más feas. Los residentes de Estados Unidos que, en cambio, no han (no hemos) visto las tripas del problema con tanto detalle, más entretenidos con la carrera Obama-Clinton que con las abstracciones del enchastre subprime, hemos estado siguiendo la crisis por los titulares de los diarios, los análisis de las revistas y los alaridos de los canales de televisión, que reportan las caídas de la bolsa como si fueran terremotos. Pero la hemos mirado como si la estuviéramos leyendo en los cartelones electrónicos de Times Square, parados en la calle, forzando el cogote hacia arriba y siguiendo algo ajeno, como si estuviera pasando en otro planeta o en una película apocalíptica de Jerry Bruckheimer. Hasta ahora, los que no trabajan en el sector financiero (la mayoría del país) y los que no se compraron una casa con una hipoteca imposible de pagar (buena parte del país) apenas han visto señales de que el derretimiento financiero haya empezado a gotear su veneno hacia la economía real. El desempleo subió un poco pero sigue bajo, apenas por encima del 5%, y las tarjetas de crédito siguen prestando a tasas de un dígito: si la crisis ya empezó, todavía tenemos las armas para engañarnos y hacer como que no existe.
Nos dicen que estamos parados sobre un volcán, “bailando sobre un barril de pólvora”, que éstas son nuestras últimas semanas de prosperidad y que pronto nosotros –los estadounidenses o residentes que hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades, endeudándonos con la plata de los chinos y los japoneses y emborrachándonos de crédito barato en una fiesta de consumo y televisores de plasma– pronto deberemos ponernos en ayunas y volver, obligados, a la austeridad, porque la crisis es inevitable y debemos pagar por nuestros excesos. Eso nos dicen, y eso hemos estado leyendo durante meses, hace ya casi un año, y nadie podrá sorprenderse cuando ello finalmente ocurra.
Lo que sí es sorprendente, sin embargo, es lo mucho que está durando la advertencia y lo mucho que se está demorando el castigo. La economía está al borde de la recesión, o entrando despacito en ella, pero el fin de semana pasado pregunté en una reunión con amigos si notaban en sus trabajos o sus ingresos algún efecto de la crisis, y todos dijeron que no: los clientes de los diseñadores de interiores seguían reformando departamentos que no necesitan ser renovados, los profesores de idiomas seguían teniendo los mismos alumnos de siempre y solamente algún proyecto aislado de los consultores tecnológicos había sido cancelado. Nos dicen que la bonanza no durará mucho más y nosotros les creemos a los expertos: ya estamos resignados, pero que se apuren, viejo, porque, ¿cuánto tiempo podemos esperar una crisis inminente que se demora y nunca llega?
La crisis financiera actual, que amenaza con convertirse en la más severa para Estados Unidos desde el crash de la bolsa de 1929, cumplió un año hace pocos días. Y, con ella, la introducción al léxico global de otra de esas palabras intraducibles con las que Wall Street obsequia al mundo de tanto en tanto: subprime. En febrero y marzo de 2007 quebraron los primeros bancos hipotecarios que les habían prestado plata a personas sin ingresos ni garantías de ningún tipo. Estas familias –algunas en busca de su primera casa; otras, más interesadas en surfear la ola inmobiliaria que había duplicado los precios de los hogares desde 2002– se comprometieron a pagar cuotas que ellas sabían casi imposibles de honrar. Su esperanza era aguantar todo lo posible y después “refinanciar”, algo muy en común en Estados Unidos con las hipotecas y con todo tipo de deudas, incluyendo las tarjetas de crédito: uno puede ir a un banco que promete tasas más bajas y traspasarle la hipoteca que uno había contraído mucho antes con el banco original. Casi nadie le paga los 30 años al mismo banco; lo más común es “refinanciar” en algún momento del camino.
Lo que pasó en 2003, 2004 y 2005, sin embargo, fue una burbuja, y eso cambia todo. Los analistas creen que su origen estuvo en los once recortes de la Reserva Federal a su tasa de referencia entre mayo de 2000 y diciembre de 2001, hasta un piso de 1,75%. Este dinero barato y caliente normalmente ayuda a dar fuerza a una economía perezosa, pero también tiene el problema de que, con demasiada frecuencia, dicen los economistas, contribuye a inflar el precio de los activos fijos. Esos activos muchas veces son las casas y los departamentos: como sus precios subían sin parar, a veces hasta 25% en un solo año, las tentaciones para las familias neo-propietarias eran muchas. Los bancos les prestaban a veces hasta el 100% del valor de las casas o les ofrecían tasas bajísimas los dos primeros años. Millones se tiraron a la pileta: cuando los precios inmobiliarios dejaron de subir, a mediados de 2005, algunos de estos nuevos propietarios dejaron de pagar. Esto aumentó el riesgo y, por lo tanto, la tasa de interés de las nuevas hipotecas, lo que impidió a miles de familias “refinanciar” a tasas más bajas. Se quedaron con pagos enormes que no podían pagar y, en ocasiones, con deudas cientos de miles de dólares superiores al precio de sus casas, que ya había empezado a caer.
Si la crisis hubiera sido sólo esto, un problema entre prestadores irresposables y familias ilusas, habría sido grave, pero fácil de contener. La diferencia, esta vez, ha sido que los bancos, después de conceder cada hipoteca, se daban vuelta y, con la ayuda de un banco de inversión de Wall Street, hacían paquetes con miles de hipotecas y con ese montón de dinero emitían valores parecidos a los bonos. Algunos de estos bonos, hechos con hipotecas de deudores sólidos, pagaban intereses razonables. Otros, armados con hipotecas de tipos sin garantías ni ingresos (algunas de las cuales se hicieron directamente con fraudes, mintiendo sobre la situación real del flamante propietario), pagaban intereses fabulosos: los famosos títulos subprime. Todo el mundo compró bonos subprime, desde los grandes fondos neoyorquinos hasta pueblitos noruegos que jugaron los ahorros de sus habitantes en una timba que terminó chupándoles hasta el último centavo. Cuando los deudores subprime dejaron de pagar (más de 2 millones de personas el año pasado), el precio de esos papelitos se derrumbó hasta desaparecer.
Una de las mayores sorpresas del proceso fue que los bancos de Wall Street, muchas veces acusados de vender a sus clientes espejitos de colores que ellos no se animarían a tocar ni con un palo, esta vez se quedaron pegados y fueron los que más sufrieron. Bear Stearns se esfumó en el aire el fin de semana pasado. Merrill Lynch y Citigroup tuvieron que vender parte de sí mismos a jeques y burócratas chinos para poder sobrevivir. Todos los demás sufrieron pérdidas humillantes, que según algunos cálculos podrían superar los 300.000 millones de dólares, dependiendo de cuánto sigan bajando los precios inmobiliarios.
¿Por qué se clavó Wall Street con estos bonos subprime, casi como si fuera un amateur? Porque estaba cansada de mirar el partido desde afuera. Durante décadas, el trabajo de los bancos de inversión había sido asesorar a empresas que querían comprar otras o salir a bolsa o emitir un bono para financiar proyectos. Hasta hace quince o veinte años, estaba mal visto que los bancos tomaran grandes posiciones propias. Desde entonces, con la explosión y la sofisticación del mundo de las finanzas, gracias a la tecnología y sucesivas desregulaciones, los bancos empezaron cada vez más a invertir su propio dinero en los papeles que antes sólo vendían a otros. Fue una decisión genial, porque durante mucho tiempo el saldo fue ampliamente positivo: multiplicó las ganancias de los bancos y también las de sus banqueros, cuyos bonos de fines de año saltaron a niveles estratosféricos. En esta tendencia, entonces, de participar del juego, de ya no querer ser sólo el referí sino también tratar de meter los mismos goles que los demás, los bancos no sólo proveyeron la ingeniería financiera para empaquetar y vender los títulos subprime: también se quedaron con buena parte de ellos en sus propios bolsillos, seducidos por los enormes retornos y pensando en ganar plata con ellos. Esta vez no les salió bien.
¿Escarmentará Wall Street tras esta implosión? ¿Se darán cuenta sus banqueros y matemáticos de que, como dicen sus críticos, construir castillos financieros con naipes de cartón es un negocio que puede funcionar un año, o dos, pero que en algún momento vendrá la corriente de aire, la corrección, que devolverá todo a sus valores reales? Probablemente no. En parte porque las nociones de “burbuja” y “valores reales”, que tan claras parecen hoy, son muy relativas cuando las cosas funcionan bien: Wall Street pronto volverá a entusiasmarse con algún nuevo instrumento esotérico y se lanzará a él con tantas ganas que, aun aprendiendo lecciones de la crisis actual, muy posiblemente volverá a bordear el precipicio. Los críticos de Wall Street, que desconfían de la abstracción y prefieren los ladrillos y las chimeneas, dicen que la mejor manera de controlar estos bandazos entre la euforia y la depresión es con más regulación de los gobiernos. Los defensores del mercado, por su parte, responden que la sofisticación financiera de Wall Street ha aportado en estos años no pocos beneficios a la economía: cada nuevo instrumento pergeñado por los cerebritos rusos e indios contratados por los bancos ha sido una forma de liberar –es decir: poner disponible para ser prestado, a empresas o familias– capital que antes estaba inmóvil.
Poco después de la crisis argentina de fines de 2001, el entonces presidente de Francia, Jacques Chirac, dijo algo así como: “Este fue el choque de trenes más lento de la historia”, dando a entender que todo el mundo había visto venir la crisis desde mucho antes y que sin embargo nadie había podido hacer nada para frenarla, o por lo menos reducir el daño producido. Algo similar podría decir hoy Chirac, si tuviera un micrófono cerca, de la crisis subprime, tan conversada y analizada como la argentina y que, como aquella, se resiste a morir: cada mes que pasa las noticias son peores, pero, por alguna razón, las cosas no terminan de explotar del todo.
Una de las razones para ello quizá sea la sorprendentemente activa participación en el conflicto del presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, un tipo que es probablemente el mayor experto mundial en la crisis de 1929 y su depresión posterior y para quien sería un enorme papelón pilotear el hundimiento de Estados Unidos en su peor crisis financiero-económica desde entonces. Bernanke ha transpirado la camiseta: bajó las tasas varias veces, de 5,25% a 2,25%, salvó a un banco la semana pasada de la quiebra y mantuvo abierta la manguera de dinero barato para quien la necesitara. “Ha sido un bombero”, dicen quienes lo defienden. “Derrochó el agua de todos en gente que merecía incendiarse”, dicen sus críticos más libremercadistas, quienes se hacen preguntas como: ¿debe el Estado comprometer 30.000 millones de dólares, como hizo el otro día la Fed, para garantizar los pagos que Bear Stearns ya no puede hacer? ¿Por qué no deja que Bear Stearns quiebre y que sus accionistas y acreedores se las arreglen como puedan? Esa era, ciertamente, una de las opciones que tenía Bernanke: ahorrarse el dinero de los contribuyentes y al mismo tiempo dar una lección a los banqueros, advirtiéndoles que no habrá rescates para quienes se excedan en la búsqueda de riesgo y rentabilidad. Del otro lado estaba la estabilidad del sistema: Bear Stearns tenía contratos de opciones y derivados por billones de dólares con contrapartes desperdigadas por todo Wall Street; no pagarlos habría enviado sacudones de terror a todo el mercado. Entre la ideología y la estabilidad, Bernanke eligió la estabilidad.
—Jefe, ¿qué hacemos en esta rampa? ¿No tenemos que ir para el otro lado? ¿No es aquella nuestra autopista? –dice de golpe Diego, asomándose sobre el asiento del chofer del Lincoln.
—No, no, señor, estamos bien, no se preocupe. Tuvimos que dar una pequeña vuelta, pero ya estamos en camino.
—Bueno, pero apúrese que tengo que estar ahí en diez minutos.
Le pregunto a Diego si cree que esta crisis puede ser una bisagra para el futuro de las finanzas. Si, como dicen y piden algunos, pronto habrá una nueva ola de regulaciones gubernamenales que intentarán ponerle correa y bozal a la jauría de traders salvajes. Diego dice que la gran diferencia de esta crisis con las anteriores es el leverage, el método de pedir dinero prestado para abultar las inversiones propias. (Como es cada vez más difícil obtener ganancias mayores que las de los competidores, muchos inversores que quieren apostar cien pesos a algo, ponen diez propios y piden prestados los otros noventa. Si la apuesta sale bien, las ganancias se multiplican por diez; si salen mal, como le pasó a Bear Stearns, es casi imposible detener la avalancha.)
—Esa es la gran diferencia, hermano. En la crisis de las puntocom, en 2000 y 2001, las acciones de las empresas cayeron 85% y la gente perdió un fangote de plata, pero prácticamente no pasó de ahí. Hubo una pequeña recesión, pero no fue gran cosa. Esta crisis de ahora es una crisis de crédito. La gente usaba su casa como un cajero automático. Cuando, ponele, el Banco Francés en Argentina te da un préstamo, se preocupa de que lo pagues, la propia sucursal tiene un problema si no lo pagás. Acá a los bancos les importaba un carajo a quién le daban la guita. Por eso es que esta vez el riesgo está muy disperso. En vez de encallar un banco y punto, estamos encallando todos, o casi todos, un poquito, y no sé qué es peor. Porque así como estamos puede pasar que un día queramos salir de la cancha todos al mismo tiempo. Y eso se puede convertir en un efecto Puerta 12. La Puerta 12 de Wall Street.
Veremos cuánto dura el partido. La cancha ya está bastante embarrada.