
No somos muy sólidos en ciencias duras, dice Mondino, “pero donde hay espacio para la creatividad y la indisciplina siempre habrá argentinos”. Wall Street era hasta hace no mucho un ecosistema bastante anárquico, donde los traders nos buscábamos la vida uno por uno, dándole bola al jefe pero con mucha independencia para arriesgar y probar cosas nuevas. Muchos traders ganábamos más plata que nuestros jefes y a nadie le parecía un escándalo. Es posible que un sistema así, que premiaba la desobe- diencia y la confianza en uno mismo, haya sido un hábitat especialmente fértil para nosotros. Argentina siempre ha sido un país más conocido por sus personajes que por sus sistemas.
Fabricamos muy bien este tipo de figura rebelde y adorable, o sanatero y fanfarrón, según la simpatía que le tengamos o para qué equipo juegue.Mark Mariaschin, un headhunter muy conocido en el mundo de los mercados emergentes –a mediados de los 90 nos consiguió laburos muy buenos a varios de nosotros–, dice que los argentinos, cuando llegamos a Nueva York, sorprendimos a todos: “Los traders en Estados Unidos eran más matemáticos, más fríos. Y los argentinos tenían más personalidad. Eso les permitió ser más exitosos. No podés sobrevivir sólo gracias a tu encanto, pero la combinación de personalidad e inteligencia [de los argentinos] fue muy importante en los primeros años”. Personalidad e inteligencia. Qué tal. El uruguayo Arturo Porzecanski, que nos vio llegar e instalarnos en Nueva York como si el tinglado hubiese sido siempre nuestro, dice que nuestra mayor ventaja no era ni la simpatía ni la inteligencia, sino el cinismo: “Tenían el espíritu correcto para ese momento. No confiaban en nadie, ni en sus propias madres.Venían entrenados así del caos de Buenos Aires”.
Patota de Manhattan
Eso era especialmente así en los primeros años, en la época del trader-dios, donde nos perdonaban la arrogancia y el agrande si los compensábamos con ganancias gordas y generosas.
Ahora, quince años después,Wall Street es más corporativa, se parece más a una empresa normal, donde los jefes mandan y los de abajo obedecen. Los bancos buscan nerds matemáticos especialistas en derivados o pibes todoterreno que se pongan la camiseta del grupo y tengan la sonrisa y el elogio fáciles. El jefe de capital markets de un banco importante, argentino, admite que los argentinos no estamos en general capacitados para la primera opción, pero sí para la segunda: “Si vos me preguntás por qué contrato a argentinos y no contrato de otra nacionalidad es porque el argentino tiene interpersonal skills. El argentino es un tipo pulido, un tipo al que yo puedo llevar a comer y sé cómo va a cortar un cubierto y sé que lo va a cortar bien. Acá hay traders brillantes que agarran el cubierto así y van a una reunión con un ministro de finanzas y están todo el tiempo con la Blackberry y atendiendo el celular. Son unos maleducados. Cuando le hablan a un ministro dicen you guys. ¿Cómo que you guys? Se dice minister”. Un banquero colom- biano amigo nuestro dice además que los argentinos siempre andamos juntos, en patota y a los gritos por los pasillos. Que no solamente somos muchos, sino que además somos muy visibles porque nos amontonamos unos con otros. “En cambio los colombianos, cuando vemos a otro colombiano salimos corriendo para el otro lado”, dice.
La imagen que tenemos muchos de nosotros de Argentina es la de un paraíso de reglas poco estrictas donde la vida es fácil y tibia, el Estado no aprieta tanto y podés vivir bien sin tener que esforzarte al cien por ciento todos los días. Por eso tantos queremos volver. Por varias razones, sin embargo, el regreso siempre se demora.
“Hace siete años que digo que dentro de dos años nos volvemos.” A nuestras mujeres siempre les decimos que falta poco y ellas, pobres, cuentan los días, acumulando navidades blancas lejos de mamá y papá, soñando con Ezeiza.
Es una espera beckettiana la nuestra, casi siempre involuntaria y muchas veces inconsciente, que ha tenido un efecto muy importante: ha extendido el ciclo laboral de los argentinos en Nueva York, contribuyendo a engordar nuestra presencia en los grupos de mercados emergentes. Los argentinos estamos sobrerrepresentados en los bancos de inversión desde siempre y una de las causas es que nos queremos volver pero nos quedamos. La fase Wall Street de nuestras vidas laborales dura muchos más años que las de nuestros colegas brasileños, mexicanos o chilenos, que se vuelven más rápido a sus países.
Nuestra prevalencia en Wall Street empezó en los 80 porque en Argentina estaba la generación de traders universitarios y curtidos que Wall Street necesitaba para empezar a mover sus préstamos latinoamericanos. Buenos Aires era un bazar financiero, ruidoso y alocado, y su población universitaria era proporcionalmente más alta que la del resto de América latina.
Casi todos aquellos traders éramos de clase media y habíamos estudiado en la universidad pública y gratuita. Cuando el mercado latinoamericano creció y maduró, en los 90, Wall Street necesitó tipos más prolijos, mejor vestidos y menos rebeldes que aquellos pioneros nuestros. Fue a buscarlos a las escuelas de negocios de Estados Unidos: allí estábamos esperándola una nueva horneada de argentinos clasemedieros, que nos habíamos educado gratis en Buenos Aires y habíamos aprovechado el dólar barato de la convertibilidad para pagarnos, a veces con la plata de nuestros viejos, másters en el extranjero.
No éramos sólo argentinos los egresados de los MBA de Wharton o Harvard que aterrizaron en Wall Street a mediados de los 90: también había brasileños, mexicanos, chilenos, colombianos, de todo, tan dispuestos como nosotros a poblar y multiplicar los mercados de capitales de sus países. La diferencia era que muchos de nuestros colegas latinoamericanos, hijos de industriales o banqueros o terratenientes, veían su paso por Wall Street como un entrenamiento, preparatorio para su vida verdadera: reemplazar a papá o volver a casa para ser un capitán de la industria o las finanzas.
Y los que no tenían esa posibilidad, tenían por lo menos un mercado interno para darles refugio: los mexicanos y brasileños con morriña de quesadillas o feijoadas podían volver a casa y conseguir trabajo en los burbujeantes mercados financieros del DF o São Paulo. Los argentinos nunca tuvimos eso: la city porteña, a pesar del quilombo que hace, siempre fue un mercado pequeño, sobre todo en el lado de la inversión, donde los fondos han sido históricamente pocos y no muy sofisticados. Hubo un momento, en 1998, en el que varios argentinos de Wall Street pensamos que esta situación había cambiado.
Fue nuestra primera ola de regresos. Nos tragamos el incipiente desarrollo financiero de aquella época, creímos en el evangelio imperante –Argentina es el futuro, decían nuestros amigos analistas: su camino al nirvana financiero no tiene obstáculos– y les dimos el gusto a nuestras mujeres. Justo cuando llegamos empezó todo a irse al demonio. La crisis de 2001-2002 destruyó el poco mercado financiero que quedaba, pero también, gracias a la bruta devaluación del peso, nos abarató los costos de vivir en Argentina.
Los que estamos volviendo ahora a Buenos Aires no lo hacemos porque sea un buen negocio. Volvemos porque la familia no aguanta más, porque queremos que los chicos tengan amiguitos argentinos o porque nos rajaron del laburo y en Buenos Aires es más barato sobrevivir. O porque ya ahorramos lo suficiente y vamos allá a hacer vida de golf y cóctel. A gastar plata y a vivir bien, haciendo como que laburamos pero en realidad viviendo de nuestros ahorros.
Nadie se va a Argentina a generar más plata de la que genera acá. El Pelado Marcelo Blanco, jefe de capital markets de América latina de Deutsche Bank y que lleva casi veinte años en Wall Street, tiene una explicación muy buena sobre la diferencia entre vivir en Buenos Aires y en Nueva York: ––Yo sería el tipo más feliz del mundo viviendo de lunes a viernes acá y los sábados y domingos en Argentina. Por la vida que llevás en Argentina. En Argentina vos tenés lo que yo llamo “patrimonio de uso”, que acá no lo tenés. En Argentina vos te levantás, decís “me voy a la casa de tal, a la quinta de tal”. Eso es patrimonio de uso. Acá eso no existe.
Acá, si vos querés ser socio de un club, te sale una fortuna. Yo tengo una lancha los fines de semana. ¡Me sale una fortuna bancar la lancha! Y no es que llamás a un americano y le decís “bancame tu lancha mañana”. Eso no existe.
Si yo quiero jugar al golf con mi mejor amigo americano, tengo que pedir línea un mes antes. No sale lo improvisado, no existe la improvisación. Yo, si me quedo un fin de semana en Buenos Aires, el viernes a la noche llamo a alguno de mis amigos: “Che, boludo, ¿tenés línea mañana?”. “Sí, vamos a jugar a tal lado.” Y ya está. Un asadito en lo de tal: “Che, caigo a tu casa”. Eso acá no existe.
Por eso en Nueva York nos obsesio-namos con la guita, porque algunos no tenemos bien trabajado el costado afectivo y compensamos la falta de cariño lo mejor que podemos, sobre todo los que todavía somos solteros. Los pibes de veintipico, recién llegados, nos pasamos los fines de semana gastando fortunas en restaurantes y televisores de plasma, en trajes de dos mil dólares y fines de semana en París o Londres.
Para nosotros, el tamaño de nuestro ego es equivalente al tamaño de nuestro bonus de fin de año, la única manera que tenemos de medirnos unos con otros. Importa más que el carisma, el atractivo físico o la popularidad social. Si un nerd feo y gruñón, casado con una mujer insoportable, gana más que un trader querido por todos y que mantiene de su bolsillo una pequeña red de escuelas chaqueñas, el más ganador será el nerd, y nadie lo cuestionará demasiado. Billetera mata todo.
El indeseable se mudará a Greenwich y comprará una casa cuyo valor, que verificaremos fácilmente en Internet, nos comunicará el tenor de sus ingresos recientes. Entrenados en aplicar el Excel a las matemáticas del status, llegaremos rápido a una cifra precisa. Nuestro trader solidario también hará lo posible para informarnos sobre sus éxitos, quizás anotando a su hijo en un colegio privado.
En general no somos de mostrar de menos: la austeridad puede enviar las señales equivocadas. Puede parecerse al fracaso o al estancamiento. En Argentina sí tratamos de tener perfil bajo, porque no podés andar mostrando. Es peligroso y está mal visto. Acá no: acá la casa de verano en los Hamptons o el barco amarrado en el club náutico de Greenwich será todo lo que podamos pagar y desear. Los gustos, en vida.
Los que vivimos en Manha-ttan casi siempre pasamos los veranos en casas que alquilamos entre varios en los Hamptons, la línea de playas y pueblitos divinos pero carísimos en Long Island, un par de horas al este de Nueva York. Como cuesta bastante guita, acceder finalmente a poder ir los fines de semana a los Hamptons está muy bueno, nos da una sensación de poder importante.
No es un lugar paradisíaco ni nada por el estilo. Se parece a Punta del Este, pero menos lindo. Unos pocos, los más vete-ranos, tienen casa en los Hamptons. La mayoría, los treintañeros, no podemos comprar casas pero sí alquilar: agarramos cuatro amigos y nos alquilamos una casa que si tenemos suerte tiene pileta o cancha de tenis o las dos cosas. Las casas cuestan entre veintilargos y cuarenta mil dólares todo el verano, así que pongamos que si vamos cinco parejas nos cuesta alrededor de dos lucas por mes a cada uno.
Es plata, pero vale la pena. Para pasar el verano en Nueva York tenés que tener algún programa: no podríamos quedarnos en Manhattan, nos moriríamos. Ir al Central Park es muy divertido, pero después de un tiempo pierde la gracia. Imaginate: en nuestra vida fuimos a un picnic en los bosques de Palermo y acá al principio íbamos todos los fines de semana al Central Park, chochos de la vida. Si podés pagar los Hamptons, es un no brainer. Nos escapamos de la ciudad, vegetamos en la playa, los sábados a la tarde jugamos el famoso fútbol de los sábados con tipos de todo el mundo pero una base fuerte de argentinos. Es muy divertido. Y no paramos. Las chicas siempre nos gastan: “¿Puede ser que estén todo el fin de semana detrás de la pelotita?”. Es que nos levantamos a las nueve de la mañana, vamos a jugar al golf, volvemos, jugamos al tenis, después vamos a jugar al fútbol, en la playa corremos atrás del frisbee. “¡Parecen tontos!”, nos gritan las brujas. Y nosotros, que venimos a los Hamptons con toda la carga de la semana, estamos sábado y domingo de acá para allá, de asado en asado, poniéndonos unos pedos bárbaros.
Igual es todo bastante relativo. Casi todos nosotros somos técnicamente millonarios, pero eso en Manhattan o en Greenwich no quiere decir mucho. La gente cree que venimos acá y ganamos mucha guita. Y es cierto, pero sólo comparado con Buenos Aires. Acá, al menos por unos años, somos el último orejón del tarro. La facilidad con la que otros, con más guita, nos dejan priced out, fuera del mercado, es tremenda.
Algunos de nosotros vivimos en Manhattan en departamentos de ape-nas 100 metros cuadrados. Ninguno de nuestros amigos en Buenos Aires vive en departamentos de menos de 100 metros, y menos si tienen hijos. Si alguno vive en un lugar tan chico es porque es soltero. Y seguro que se va a la quinta los fines de semana. Uno de nosotros, banquero, de treinta y pocos años, dijo hace poco: “Me di cuenta recién ahora.Compré mi departamento en el Upper West Side hace tres años y subió un 30% o un 40% de precio. Pero ni en pedo soy más rico. Seré más rico el día que lo venda y me vaya a Buenos Aires”.