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cultura

Literaturas del Apocalipsis

Los últimos hombres en la Tierra

Existe un subgénero del fantástico –surgido a mediados del siglo XVIII– que llega hasta la actualidad con “La carretera”, de Cormac McCarthy: el de contar, en un clima posapocalíptico, cómo vive el último sobreviviente del planeta. Varios escritores aceptaron el reto. Una invitación a revisar esta literatura del día después, y encontrar diferencias y semejanzas entre ficciones.

Por Guillermo Piro

Solo, acompañado. Los guionistas de la nueva versión de Soy leyenda desestimaron ciertos elementos importantes de la novela. En ella, Robert Neville no tiene un perro. Y al final, redime a los monstruos que lo acechan.

Cuando un día que usted sabe que es miércoles comienza como si fuese domingo, algo anda mal en alguna parte”. Con frases como ésta de El día de los trífidos (1951), de John Wyndham, deberían empezar todas las novelas que después de El último hombre de Jean-Baptiste Cousin de Grainville (1746-1805) y The Last Man de Mary Shelley (1797-1851) fueron apareciendo en la historia de la literatura del siglo XX como expresiones de una paranoia apocalíptica que era inevitable que tuviera lugar algún día.

La Guerra Fría y la amenaza atómica pueden ser el origen, en tanto y en cuanto lo que prevalece es la pregunta: “¿Qué sería de nosotros si alguna vez...?”. Lo que ocurriría es algo parecido a lo que plantea Wyndham: plantas mutantes y grotescas, de más de dos metros de altura, convertidas en una amenaza terrible. O a lo que plantea George R. Stewart en La tierra permanece (1949) a partir de la extinción de la civilización humana a causa de un virus de origen desconocido. El personaje, Ish Williams, debe de enfrentarse al hecho de ser el último ser humano que subsiste en el planeta Tierra, y vagabundea, armado de un martillo. junto a su pequeña tribu, enfrentándose a dilemas y situaciones que el hombre ordinario no podría imaginar.

El mundo está por terminar. Se nota. Cuando un mundo está por terminar hay estos movimientos, estas contracciones, estos espasmos. Se equivocaban aquellos que decían que el fin estaba lejano. Se hablaba de él desde hacía tanto tiempo que ya todos habían comenzado a ponerlo en duda. Se lo veía tan distante que su mera posibilidad era eterna; había nacido con el tiempo y moriría con él. De pronto el movimiento y el ruido se detuvieron, las máquinas dejaron de funcionar. Y en el completo silencio, alguien pudo escribir las palabras que sabía, las últimas palabras. El miedo entró en él, petrificó todos sus músculos, lo volvió una estatua. Entonces dijo la verdad, porque ya no quedaba nadie a quien mentirle. Las palabras son ahora como esos insectos locos que dan vueltas a la luz de la lámpara. La Tierra no es más que un soporte, un decorado lamentable a través del cual dejar señales de su paso, ciudades incendiadas.

Probablemente, la solución de un hombre por planeta es bastante natural e higiénica. Hasta el punto que cualquier otra solución resulta inconcebible, o inverosímil. Que la Tierra se haya hecho para él, que Londres se haya levantado para que él pueda disfrutar del heroico espectáculo de su destrucción, que la historia haya existido con el objeto de acumular, para su satisfacción, sus inventos y reservas de vino, ya no le parece más extraordinario de lo que le parecería a un duque de otros tiempos ser el amo de unas tierras que sus antepasados les habían quitado a los que las tenían, matándolos. Ese es el decorado, el personaje y la acción ideales. Un mundo devastado, deshabitado, en silencio. La naturaleza, sin freno ni control, reproduciéndose a su antojo, invadiéndolo todo.

En otro lugar, muy lejos, hay otro hombre. Es de noche, en la llanura no se divisan más que algún que otro espejo negro de un lago. Busca incansablemente una luz, una señal de vida. Las extensiones son inmensas, inmóviles, y a falta de caballos para atravesarlas al galope, las distancias se cubren en bicicleta. El avanza en medio de los signos, de tanto en tanto empuña su escopeta. Busca, incansablemente, una señal de vida. Pero contra la costumbre del otro solitario incendiario, éste busca una vida para aniquilarla de inmediato. Es bueno que el hombre esté solo, parece decir. Pero dice: “Es una suerte que todo haya terminado”. Una sola persona ha sobrevivido a la catástrofe general producida por la guerra atómica y bacteriológica.

Una mujer se topa con una pared invisible, imposible de atravesar. Aceptó la invitación para acudir a la cabaña de unos amigos. Tras su llegada, la pareja anfitriona fue a hacer compras al pueblo cercano y no ha regresado. Ahora, detrás de ese muro invisible, reina una mudez cadavérica. Rodeada de unos pocos animales, la mujer se prepara para sobrevivir.

Lúcido, irónico, hipocondríaco, otro hombre decide ahogarse en un pequeño lago que está en el fondo de una caverna, en la montaña. Pero a último momento saborea un trago de cogñac y cambia de idea, vuelve sobre sus pasos. En ese breve intervalo, la especie humana desapareció, se volatilizó, se disipó. Todo el resto ha quedado intacto: las pantuflas al lado de la cama, el hueco mullido en los sillones, los utensilios bien dispuestos a ambos lados del plato.

Otro, con la misma abulia con que un habitante cualquiera de una gran ciudad se dispone a ir a su trabajo, carga sus herramientas en un bolso de mano, echa mano al martillo y a las estacas de madera y sale a la calle en busca de vampiros durmientes. Luego, a su regreso, acondiciona la casa para el ataque nocturno de sus enemigos: ristras de ajo, espejos, cruces, que serán destrozadas por los habitantes de la noche. Y así todos los días.

La historia jamás contada. En su ensayo Robinson y los libros (Itcaca y más allá) Claudio Magris reclamaba una historia que jamás fue contada: “La historia de la absoluta soledad, de un hombre verdaderamente solo y carente de toda relación con los demás, aunque sea de un modo eventual o imaginable; la historia de un hombre solo como podría ser el primer habitante de la Tierra, ignorante de cualquier Dios e inconsciente de generar descendientes; o como podría serlo el último individuo del planeta, científicamente seguro de ser tal y de arrastrar consigo, en una eterna nada, toda la historia y la memoria de la vida humana”. Para Magris, la literatura puede fácilmente imaginar a un personaje semejante, pero no puede penetrar en su pensamiento ni colocarse desde su punto de vista: “No puede hacernos vivir su historia ni mostrarnos el mundo con sus ojos y con sus sentimientos”. Para él, ni siquiera el perfecto sobreviviente de una catástrofe cósmica está verdaderamente solo, “porque el narrador de esa soledad lo pone en relación, por lo menos, con los lectores de su ficción, insertándola en un contexto general en el cual ella ya no es absoluta y total; el propio autor es un compañero, un interlocutor para su personaje”.

En los cinco casos enumerados (La nube púrpura, de M.P. Shiel; Espejos negros, de Arno Schmidt, El muro, de Marlen Haushofer, Dissipatio H.G., de Guido Morselli y Soy leyenda, de Richard Matheson), los sobrevivientes escriben, y escriben para nadie. Conscientes de su más absoluta soledad, se proponen dejar un último rastro de su paso por la Tierra. El intento ya de por sí es presuntuoso, pero los tres narradores evidencian un cierto desapego con la función “testimonial”: escriben para nadie, la historia no los absolverá, sólo necesitan pasar el tiempo, dar cuenta de sus aventuras, de sus proyectos. En determinado momento, el personaje solitario de Arno Schmidt se propone construir su propia casa. Durante páginas y páginas describe minuciosamente el proceso de elección del terreno, selección de las maderas (vigas abandonadas en una estación de tren cercana), su transporte, hasta el levantamiento de una cabaña a medida, con provisiones, muebles y decorados robados en Hamburgo. Pero al finalizar sucede lo imprevisto: el personaje en cuestión sale en busca de un número para el frente de su casa, la cifra mágica que la vuelve verosímil a sus propios ojos y a nadie más.

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El personaje de La nube púrpura construye un castillo todo de oro. Saquea ciudades, tesoros públicos, funde y esculpe el castillo de sus sueños. Pero una vez que lo ha terminado, toma conciencia de que su propio esfuerzo no lo llevó a ninguna parte, que sigue tan vacío y tan solo como antes. La mujer de El muro, en cambio, se limita a ocupar la cabaña de sus anfitriones. Su espíritu se adecua a la perfección al pacifismo natural, cría animales y, con el cambio de estación, emigra a una casa que se encuentra en la montaña. Escribe su diario, se preocupa por el destino de un gato.

El personaje de Dissipatio H.G. se mueve en un mundo parecido: sus pulsiones violentas están aplacadas, cuando descubre una brizna de hierba creciendo en el cemento se sienta a contemplar cómo evoluciona. El de Espejos negros, en cambio, es casi el antihombre (y por eso mismo es el hombre por excelencia): no quiere compañía, es feliz en la soledad más absoluta. En la utopía ecologista de Haushofer, una misteriosa catástrofe nuclear libera a la protagonista de las ataduras del hogar burgués.

El caso de Soy leyenda, en cambio, representa hoy un paradigma de la zaga debido a la versión fílmica recientemente estrenada en la Argentina.

La minoría silenciosa. La novela de Matheson se inscribe en el tipo de literatura adulta de consumo juvenil, ese pequeño ramillete de novelas y autores que o se leen en el momento oportuno o se pasan por alto para siempre, junto con algunas novelas de Herman Hesse, Ray Bradbury y Antonin Artaud. No es como esos novelistas que resisten el crecimiento intelectual: hay un momento oportuno para ser leído, porque es un libro que crea conciencia, y una conciencia nueva no tiene cabida donde ya existe otra. En un punto es pedagógica, porque, a fin de cuentas, lo que pone en juego es la pregunta acerca de lo que es normal y anormal en la sociedad moderna. Robert Neville, el protagonista caza vampiros, comprende, al final del libro, que él, el último sobreviviente de la Tierra en un mundo habitado por vampiros, es el anormal, y que la normalidad es un concepto mayoritario: norma de muchos, no de un solo hombre. Entonces mira de otro modo la expresión de los rostros de esos monstruos que lo acechan: angustiados, horrorizados. Tienen miedo de él, porque en realidad él es un monstruo terrible y desconocido, algo maligno, aún más espantoso que la plaga. “Un espectro invisible que había dejado como prueba de su existencia los cadáveres desangrados de sus seres queridos”. Neville comprende, y entonces deja de odiarlos. Es el fin de la violencia, entendida en sentido humano. Es decir, es el fin.

Anacronismo y novedad. Galardonada con el Premio Pulitzer 2007, es sin duda la peor novela de Cormac McCarthy publicada hasta ahora –lo que demuestra, una vez más, que sólo los grandes escritores son capaces de escribir porquerías verdaderamente abominables–. Luego de un holocausto nuclear que ha devastado todo el territorio de los Estados Unidos, un padre viaja con su hijo, constantemente amenazados por caníbales. Anacrónica (una novela de 2006 que debería haber sido escrita en los años 60), no hace más que repetir los estándares de la zaga del último sobreviviente sin un solo aditivo, una sola novedad. Hasta los caníbales se parecen a los zombis-vampiros de Matheson.

Porque si bien es cierto que los novelistas del apocalipsis se retroalimentan entre sí, cada uno parece obstinado en otorgar a lo que hace una visión más actual y menos anacrónica que la precedente. Es decir, tanto Shiel, como Matheson, como Schmidt, parecen conectados por el hecho de que sus tres sobrevivientes encuentran, al final, una mujer. Shiel la conservará, en lo que parece que será una historia de amor ejemplar, pero Matheson y Schmidt la pierden. Pero Schmidt agrega algo más: su último sobreviviente no sólo se alegra de que todo haya terminado, sino que, por las noches (“noches ciclópeas”, iluminadas solamente por la luna) sale de su casa, al mejor estilo diurno del Neville de Matheson, armado, en bicicleta, en busca de algún otro sobreviviente al que cree necesario “limpiar” de inmediato. No lo encuentra, y el hallazgo de una mujer demuestra que su pretensión teórica es más débil que su curiosidad cuando se topa frente a otro ser humano.

El último hombre en Buenos Aires. Estamos viviendo el ocaso de una civilización. Hay un relato genial de Umberto Eco: Fragmentos (Diario mínimo). En el IV Congreso Intergaláctico de Estudios Arqueológicos, el profesor Anouk Ooma comunica a sus colegas un hallazgo: la catástrofe ocurrida en la Tierra en el año 1980 de la era antigua borró toda huella de vida. Milenios después, cuando la contaminación radiactiva se ha disipado, una expedición arqueológica ha encontrado rastros de una antigua civilización: Italia. Todo lo que ha quedado es una serie de “frágiles e inciertos documentos”, como el que parece ser el primer verso de un larguísimo poema: Me ilumino de inmenso (en realidad se trata de un poema compuesto por un solo verso escrito por Giuseppe Ungaretti). La poesía italiana del siglo XX de la era antigua fue una poesía de crisis, virilmente consciente del destino en decadencia, como lo atestiguan los siguientes versos hallados: “Giovinezza, giovinezza/ primavera di belleza...” (los primeros versos del himno fascista italiano).

Preocupado por dejar pistas erráticas, la tarea del último hombre en Buenos Aires será la de dejar para la posteridad lejana un testimonio de lo que fue la “gran” literatura argentina: su broma colosal estará dirigida a los futuros visitantes de otras galaxias. Dejará intactos, custodiados, los que serán la prueba tangible de las cimas alcanzadas por nuestra cultura. No sé qué elegirá, pero me inclino a pensar que el Himno Nacional Argentino resultaría a sus ojos el más claro ejemplo de ciencia ficción y el ápice de la fantasía argentina. Así quedará asegurada la trascendencia argentina en el futuro lejano. Un mensaje de fe y solidaridad desde el abismo del dolor, belleza, muerte y renacimiento en el que nuestros hijos podrán ver el rostro vago y amado de sus infelices padres.

Edición Impresa

Domingo 20 de enero de 2008
Año II Nº 0227
Buenos Aires, Argentina