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La polemica relacion de Macri con la cultura

Barrido y limpieza

La ensayista reflexiona sobre el reciente pase a disponibilidad de los responsables del Festival de Teatro y del Festival de Cine Independiente, Graciela Casabé y Fernando Martín Peña, por la actual gestión de Mauricio Macri. Según Sarlo, el error es considerar a los festivales áreas de gestión política en sentido restrictivo, ya que Berlín, remarca, no cambia la dirección de sus teatros de ópera cada vez que cambia el gobierno local, y Daniel Barenboim sigue dirigiendo la Staatsoper a través de elecciones de distinto resultado. Los riesgos de la privatización de lo público.

Por Beatriz Sarlo

Cambios. “En otras partes se considera que una ciudad debe tener políticas de mediano plazo y por fuera del calendario electoral”, escribe Sarlo.

Algunos artistas e intelectuales están viviendo un síndrome que antes se llamaba oportunismo, pero que ahora se denomina “ocupar espacios para que no los ocupe alguien peor”. Se aceptan nombramientos bajo condiciones en que, en otras circunstancias, hubiera sido simplemente normal tomarse por lo menos un tiempo para aceptarlos. Un poco por todas partes, se impone la idea de que alguien inteligente y, supuestamente, con buenos proyectos puede incorporarse a cualquier estructura en cualquier condición. Para no hacer responsable sólo a Mauricio Macri de este clima político, reconozcamos que no sucede sólo en la Ciudad de Buenos Aires.

Sin embargo, Macri ofrece generosamente ejemplos de reclutamiento sin principios (¿a quién se le ocurre escribir esta palabra desacreditada?) y de rápidas patinadas de un lugar a otro. El macrismo ya se ha ganado un nombre en materia de forzamientos, malos tratos y desconocimiento de la cuestión cultural. El ministro Hernán Lombardi, ex radical, ex ministro de De la Rúa, no dio signos de colocarse mucho mejor en el campo que le asignaron.

Lombardi no sólo despidió a Graciela Casabé, la directora del Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires, sino que le exigió que desalojara sus oficinas en 48 horas. Casabé fue responsable de ese festival, de gran éxito, durante años que incluyeron cambios de gobierno. A ninguno le pareció que había que sacarla ni, mucho menos, con malos modos. Pero a Lombardi, sí. Rubén Szuchmacher sucederá a Casabé. La cuestión no pasa por la capacidad de Szuchmacher para dirigir ese festival. Es un director de teatro reconocido, gestiona un pequeño teatro también reconocido y seguramente tiene ideas interesantes para el festival. La cuestión pasa por otra parte.

Pero antes de ir a esa otra parte es necesario agregar una noticia reciente que, el viernes 21 de diciembre, salió extensamente publicada por el crítico Diego Batlle en el blog otroscines. Copio lo que informaba Batlle: “Luego de dirigir el festival durante tres ediciones, el crítico e investigador Fernando Martín Peña decidió poner fin a su gestión ante la falta de respaldo que percibió en las reuniones que mantuvo con los actuales responsables del área de festivales (los ex militantes sushi Viviana Cantoni y Alejandro ‘Conejo’ Gómez) y con Blas Martínez, asesor del ministro de Cultura macrista Hernán Lombardi. ‘Después de una reunión con Lombardi en la que no se avanzó demasiado en aspectos concretos, de muchas demoras en poner en marcha la estructura y estando yo en el Festival de La Habana, me ofrecieron vía mail seguir en el cargo, pero luego me encontré con que no iba a contar con las condiciones mínimas de independencia y autonomía que yo considero necesarias para dirigir y producir un festival y sin asegurarme tampoco una continuidad más allá de abril próximo’, indicó Peña. Hace algunos días, prácticamente toda la plana intermedia del Bafici ya había sido barrida por decisión de los nuevos funcionarios macristas, que pretenden armar todos los festivales de la Ciudad con una única estructura integrada por tropa propia”.

Veamos si es posible separarse un poco de la coyuntura y serenar la indignación que produce la mezcla de rusticidad, patoterismo y ambiciones que matan. La pregunta que debería hacerse es qué lugar ocupa en el organigrama de un gobierno los festivales de cine, los teatros y las salas públicas. Si se las considera áreas de gestión política en el sentido más estricto, es lógico que cada nuevo gobierno barra a los que estaban y ubique sus propios cuadros. Pero el error es considerarlas lisa y llanamente áreas de gestión política en sentido restrictivo. Berlín no cambia la dirección de sus teatros de ópera cada vez que cambia el color del gobierno de la ciudad, y Barenboim sigue dirigiendo la Staatsoper a través de elecciones de distinto resultado. Tampoco es usual en el mundo que se cambien los directores de los grandes hospitales públicos con cada nuevo ministro de Salud (y un hospital público es una máquina tan compleja como un gran teatro o un festival, o quizás más). No voy a mencionar el caso clásico de la BBC, cuyos directores son intocables.

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En otras partes se considera, con razón, que esos niveles del organigrama de una ciudad, una provincia o un país deben tener políticas de mediano plazo y permanecer independientes de los calendarios electorales y de la comparsa de ambiciosos que rodea un nuevo gobierno. Cuando hablamos de privatización de lo público, hablamos de esto: los gobernantes piensan que son dueños de los lugares a los que llegan para servir y no para servirse de ellos, entregándolos como botín a quienes los apoyaron o a quienes, después de la victoria, se muestran dispuestos a convertirse en samurais del nuevo señor.

¿Esto quiere decir que nunca es posible cambiar al director de un gran hospital público, de un gran teatro, o de un festival de cine? Ciertamente no. Hay varias circunstancias que vuelven un cambio completamente legítimo.

Se puede cambiar un director cuando el gobernante explica con claridad que su proyecto para ese teatro, festival, hospital, etc., es diferente del que el director actual ha venido llevando a la práctica. El gobernante que gana las elecciones tiene derecho a tener proyectos diferentes. Pero, antes de cambiar a nadie, debe hacer explícitas sus diferencias con el director anterior, explicar por qué considera que ese director en funciones no está en condiciones de organizar el nuevo proyecto, o aclarar que se le ofreció gestionarlo pero que, por estar en desacuerdo, lo rechazó. O sea que un nuevo gobierno, por lo menos en teoría, tiene derecho a cambiar a todos los directores de teatro, hospitales o festivales (salvo en los cargos a los que se haya llegado por concurso), en la medida en que antes deje en claro que lo hace porque sus políticas requieren que esos teatros o festivales sean distintos. El gobierno de Macri, como queda claro en los testimonios de Peña y Casabé, no hizo nada de esto. Simplemente les dijo que se consiguieran una caja de cartón corrugado, pusieran adentro sus pertenencias y se fueran rapidito.

La otra circunstancia que, por supuesto, justifica cambios, es que el nuevo gobernante desee terminar con un festival o cambiarle el signo o la especialidad a un teatro, hospital o cualquier otro organismo. Deberá cumplir condiciones semejantes a las mencionadas más arriba: explicar claramente, antes de echar a los directores, cuáles son las razones políticas o culturales. Incluso una de esas razones puede ser la de presupuesto. Sería discutible, pero muy claro, que un gobernante dijera que no tiene dinero para la cultura o que no lo tiene para un hospital de tal especialidad, porque necesita reasignarlo a dispensarios, hospitales generales o escuelas. Podrá hacer esto, pero no con un presupuesto ya votado por la Legislatura (como pretende hacerlo Macri), sino en el próximo ejercicio.

Finalmente un director se cambia a causa del vacío provocado por su propia renuncia. Alguien no desea colaborar con un gobierno cuyas medidas políticas generales le generan problemas ideológicos o valorativos. Agrego este motivo, porque no creo que quien pueda llegar, por su formación académica, intelectual o cultural, a un lugar de tanta responsabilidad tenga derecho a pensarse a sí mismo como un empleado raso, ni concebir su tarea simplemente como un “trabajo”.

Ninguna de las circunstancias enumeradas, que avalarían un cambio, están presentes en lo sucedido en las primeras semanas del gobierno de Macri. Lo que sabemos es lo que cuentan los directores de los festivales de teatro (echada con grosería) y de cine (forzado a la renuncia por las condiciones impuestas).

El ministro Lombardi no ha hablado de estas cuestiones. Parece interesarle más hacer declaraciones sobre el “control de autenticidad” de los circuitos turísticos o sobre el fortalecimiento de los nexos entre turismo internacional y festivales locales, nebulosa fórmula que tiene más verosimilitud si se piensa en el festival de tango que si se piensa en el festival de cine (cuyas entradas se agotan con el público predominantemente local, cosa que sucede igualmente con el Internacional de Teatro).

Una pregunta que no puedo responder con los datos presentes: ¿son ávidos de poder, desconfiados o simplemente ignorantes?

Edición Impresa

Domingo 30 de Diciembre de 2007
Año II Nº 0221
Buenos Aires, Argentina