
—La realidad es también una historia que nos contamos a nosotros mismos, que creemos y en cuya madeja a veces quedamos atrapados. Creo que es útil volver a contar esta historia de la realidad. Más envejezco y más caótico y absurdo se vuelve el mundo, las historias que escribo son para mí el único lugar posible para creer.
—Su obra está claramente dividida en dos partes: la ficcional, que trata con materiales de la vida íntima, y la no ficcional, que trata con los conflictos públicos del Medio Oriente. ¿Cómo se relacionan ambas partes?
—Ambas son inevitables para mí, aunque prefiero más la parte literaria porque me gusta crear mundos. Si en mi escritura ficcional me atraen las situaciones extremas, como la de los celos, en mis escritos documentales intento resolverlas. Cuando escribo sobre la realidad que me rodea, necesito describirla con mis propias palabras, hacerla mía y relacionarme con esta realidad exterior de un modo íntimo. Porque no conozco otra manera de relacionarme con el mundo.
—¿Es la ficción un escape de la realidad política?
—Quizá la política sea un escape de la cosa real, ¿no? La gente está tan ansiosa de tratar con la política porque los problemas que plantea son más familiares e, incluso, más simples. Mientras que la realidad interior, la realidad del alma, de las emociones, de la imaginación, es a veces mucho más espantosa. Creo que nos esforzamos tanto en abordar los problemas políticos inmediatos que no quedan energías para tratar con los problemas existenciales de otros seres humanos. Nosotros, israelíes y palestinos, por ejemplo, ponemos toda nuestra energía en la frontera que nos separa. Al final podríamos convertirnos en una armadura sin hombres adentro. Pues si invertimos todas nuestras fuerzas en defendernos, nada va a quedar para ser defendido. Cuando escribo literatura quiero recuperar mi derecho a la individualidad, mi derecho a tratar con los problemas existenciales humanos básicos, no sólo con el conflicto entre Israel y Palestina.
—Es irónico que para olvidar los traumas de la vida pública se escape a una vida privada no menos traumática…
—Es cierto. Pero otra vez usted habla de escapar, y yo no puedo escapar. Un año atrás perdimos a nuestro hijo en la guerra. Francamente, tampoco deseo un escape, quiero ser parte de mi tiempo e, incluso, ser parte de mi propia tragedia, no escapar de ella, pero realmente comprenderla tanto como pueda.
—A propósito de “Delirio”, usted dio una maravillosa definición de los celos: “El celoso es aquel que construye un paraíso para ser expulsado de él”. ¿No se aplica lo mismo para el racismo y otros tipos de intolerancia pública?
—Creo que hay un elemento muy fuerte de celos en el racismo. Siendo judío puedo decirle que he sido confrontado con muchos celos, todos esos estereotipos sobre los judíos y su poder. Pero creo que los celos entre un hombre y una mujer son diferentes a los celos raciales. Ambos reflejan un sentido de inferioridad. El celoso siempre se siente inferior y curiosamente enfatiza su inferioridad, de donde extrae un placer total, colocándose a sí mismo en esa posición infantil de contemplar a dos adultos capaces de hacer el amor del modo correcto. Cuando traza esta comparación a nivel nacional, lo que puedo decir es que la gente que estereotipa al judío como un ser inferior, intenta expulsarnos no del paraíso, pero de la realidad. Hay algo en la actitud hacia los judíos a lo largo de la historia que les priva del derecho a ser parte de la humanidad. Somos nosotros quienes estamos siendo expulsados del derecho a ser gente normal, a la normalidad de tener un país seguro y protegido... Sólo quería hablar en Delirio de los celos entre un hombre y una mujer, esto es mucho más interesante... En la novela, Shaul, celoso de su mujer, se expulsa a él mismo del paraíso de la vida que ella puede ofrecerle, pero también la expulsa a ella. Ella también es excluida de la vida normal. Porque de algún modo ella no vive su vida, ella es sólo un instrumento de sus fantasías y alucinaciones.
—¿No cree que el primer paso hacia la paz en el Medio Oriente debe ser para ambos bandos admitir que no hay una solución justa?
—Estoy totalmente de acuerdo. Si adherimos a una justicia absoluta, tendremos una destrucción absoluta. Porque no hay nada como la justicia absoluta en este largo y complicado conflicto. Las personas que andan buscando este gran mundo de justicia son fanáticos y rechazan cualquier compromiso. Debemos reconocer el sufrimiento de los otros y permitirnos leer la realidad a través de la historia de nuestros enemigos, permitir que su historia se filtre en nuestra piel hasta llegar a nuestros órganos, entonces estaremos en condiciones de comprender su miseria y su tragedia, y también sus errores. Y los palestinos deberían hacer lo mismo con nosotros.