
—Primero, el nivel de libertad que va a encontrar en el ombudsman, que es uno de los desafíos que yo viví aquí. Un ombudsman con peso de opinión en la cuestión editorial, no sólo formal del diario, lo que al lector de PERFIL no le es indiferente. Segundo, se va a encontrar con una redacción que percibe lo molesta que es la presencia del ombudsman, pero reconoce su valor. Tercero, va a vivir la experiencia de una posición pionera. Esta defensoría del diario PERFIL está abriendo un camino en la Argentina y en la región.
—Andrew, ¿sobre qué áreas pensás poner más énfasis como ombudsman?
—Creo que el lector tiene que ser alentado a usar el diario. Los argentinos somos bastante apocados en el uso de nuestros derechos, entonces, si hay una puerta abierta al lector, que la use. Apoyen el diario, pero úsenlo. Es de ustedes. Hemos visto años con muy poca participación ciudadana en la política y se puede abrir una puerta desde los diarios. Ese es mi sueño.
—Nelson, ¿tu amplia formación en radio, donde el contacto con el público es más intenso y directo que en los medios escritos, te hizo priorizar la atención del lector por sobre otros aspectos de la tarea de ombudsman?
—Sí. En la radio el oyente pesa en la agenda, porque vos decís algo y te llama. El desafío que teníamos que crearle a una publicación semanal era que el lector sintiera que el intercambio valía. Y el lector de PERFIL ha respondido.
—¿Preferías ser vos lo más escueto posible para darle más espacio al lector?
—Sí. Uno de los aprendizajes que intuitivamente tuvimos fue que con la columna del ombudsman entramos en un debate que tiene mucho valor para nosotros en la profesión, pero que el lector no valora igual porque está esperando cosas concretas. Por eso mi idea fue no tener una columna fija, sino en lo que fuera necesario.
—¿Te hacían bromas tus amigos por tu muletilla “Gracias por tu carta”?
—Sí, no quisimos caer en la tentación de ser el editorialista de las cartas del lector. “Gracias por tu carta” significaba que había sido leída, procesada en su dimensión y tenía su protagonismo puro.
—Andrew, ¿cuáles son las principales diferencias entre el periodismo en inglés que se practica en el diario “Buenos Aires Herald” y el de los diarios de la Ciudad de Buenos Aires?
—Hay que recordar que el BAH tiene 130 años. También se nutrió de un periodismo anglosajón, pero más británico que norteamericano. La ironía es que el diario fue en sus comienzos propiedad de un norteamericano, que lo vendió a angloargentinos y en el ‘68 pasó a ser norteamericano. O sea que hace más de 40 años que es propiedad de norteamericanos, pero la dirección siempre ha sido angloargentina, lo que marca la diferencia. Y no quiero sonar arrogante: es la experiencia. Quizás porque hemos tenido en la Argentina una represión tremenda sobre los medios que llevó a la autocensura y el periodismo en inglés no necesitaba acatarla tanto. El periodismo británico es más estridente, más de barricada, de ir a pelear. Un placer casi diario sería para mí poder ofender a algún funcionario.
—Fuiste secretario de redacción del “Herald” entre 1966 y 1976, luego regresaste a Londres y volviste como director del mismo diario en 1994. ¿Qué cambio encontraste en el periodismo argentino en esos casi 20 años que no estuviste en Buenos Aires, de los cuales casi por mitades iguales fueron de dictadura y de regreso de la democracia?
—La diferencia grande que había era que el diario se había quedado en el tiempo, estaba viviendo en los laureles ganados durante la dictadura. Traje de Inglaterra un rediseño hecho por colegas del diario donde pasé siete años. Encontré un periodismo mucho más pujante, había todo esto de las facultades, las escuelas, los seminarios, que daban una formación mucho más amplia. Aunque había muchas direcciones anquilosadas, de pareceres bastante antiguos de: “¿Se podrá decir?”; “eso queda feo...”, había una generación joven que estaba dispuesta a arrasar con todo eso, y me parece hermoso.
—Escribiste columnas y notas en muchos diarios y revistas argentinas, pero ¿es correcto decir que ser ombudsman de PERFIL será tu primer trabajo regular en el periodismo local en español?
—Sí, es mi primer trabajo continuo en idioma castellano.
—Nelson, vos has participado de foros de ombudsman de diarios de distintos países y te has integrado a la organización mundial que los agrupa, ¿qué experiencias te dejó el intercambio con otros ombudsman?
—Varias. Primero, las dificultades que implica para un medio tener un ombudsman, porque su exposición es mucho mayor. Me impactó mucho conocer la experiencia de The New York Times que decidió no tenerlo más, y la de Boston, que por denunciar una cosa muy similar a lo que nosotros hicimos acá con Botnia (N. de la R.: hace un año Castro acusó a PERFIL en sus páginas de no cumplir con su Código de Etica al no aclarle al lector que una nota sobre una planta similar a Botnia en Finlandia había sido realizada por una invitación de la empresa papelera), no sólo perdió su puesto, sino que se cerró la defensoría. Segundo, me hizo sentir muy bien porque nos permitió demostrar que estábamos en el camino correcto de lo que significa el peso del ombudsman con opinión propia, con relación al tema de fondo del diario. Y tercero, el desafío permanente que significa para el periodismo la credibilidad. En la reunión me enseñaron que una cosa es anunciar la credibilidad y otra asumir el compromiso de mantenerla. Y cuando asumen este compromiso con una institución como la del defensor de los lectores, muchos medios entran en contradicciones propias que no les permiten soportar la presión. La verdad es que las experiencias de San Pablo y Boston me impactaron, y espero que a Andrew le pase algo similar en la de Estocolmo, que es la próxima.
—Andrew, has dicho que en el hemisferio norte se considera al ombudsman como un “editor de lectores”, ¿qué quiere decir eso?
—Es el nombre que se pone a la persona a cargo de la sección Lectores. Hay que recordar que ombudsman tiene su origen en los países escandinavos y que, posiblemente, haya un poco de amor propio en encontrar un nombre propio. Es algo retorcido lo de editor de lectores: readers’ editor. En inglés se acomoda.
—Te leí afirmar que el periodismo es un oficio y no una profesión. ¿Es correcto decir que así fue en el pasado y cada vez más es una profesión?
—Todavía depende mucho del oficio y no es una profesión. Primero, gracias a Dios, no nos une una especie de corporación. No quiero ser parte de una corporación que rige cómo voy a trabajar o desarrollarme. Prefiero la idea de oficio, que es el que usa el talento, el conocimiento y busca darle una forma buena, elegante y completa a lo que produce. Ese es el artesano de la palabra. El título de comunicador me parece muy interesante, muy útil, porque permite llevar a la redacción gente formada. Pero eso no lo hace una profesión.
—Muchas universidades clásicas de Estados Unidos, y supongo que también de Inglaterra, decían que ellos no enseñaban oficios, ellos enseñaban ciencias: Física, Matemática, pero no, por ejemplo, a ser contador.
—Una universidad de California ha abandonado su curso de periodismo, con la idea de que la universidad da una universalidad al estudiante. Eso es necesario en cualquier oficio.
—Yo discrepo —interviene Nelson Castro—, porque creo que es una profesión que le ha agregado a esto del oficio la formación, porque hay una necesidad de la responsabilidad, conocimiento, análisis de temas, en esto que hacemos. Necesariamente convierte el periodismo en una profesión, no en el sentido corporativo, pero sí en el sentido formativo.
—Nelson, ¿a qué atribuís que la enorme mayoría de los diarios argentinos se resistan a incorporar la figura del ombudsman?
—Es que es difícil.
—¿No ganarían en credibilidad?
—Creo que sí, pero es un cambio de mentalidad muy fuerte. Una cosa es el defensor del lector que corrige acentos, ortografía, y otra cosa es cuando irrumpe en temas que tienen que ver con conductas editoriales del diario. Me acuerdo de tres episodios que hoy es motivo de análisis en las escuelas de periodismo: el de Botnia, el conflicto (sindical) y tu contratapa “Es difícil tener un ombudsman”. Creo que ganarían todos enormemente en credibilidad, pero tienen que superar miedos
—¿Qué comentaban los colegas sobre tu papel de ombudsman?
—Cuando surgió, muchos creían que esta posición así encarada no se iba a mantener; otros, que el diario había apostado al nombre y que cuando se produjera algún tipo de hecho, Fontevecchia me iba a decir que no seguía más. Después, se generó una actitud de enorme respeto por gente que no comparte la línea del diario o que es crítica, tuya, de Jorge Fontevecchia. Hay dos o tres estudios que se están haciendo sobre la defensoría de PERFIL. Y se ha tomado nuestro caso como un tema de análisis importante de referencia.
—¿La percepción es mejor que hace dos años?
—Por supuesto. El año pasado empecé a recibir invitaciones de escuelas de periodismo para hablar del tema del ombudsman.
—Andrew, vos estás dejando la dirección de la redacción del “Herald”, limitando tu participación sólo al directorio de esa empresa y, generacionalmente, sos un contemporáneo de dos míticos directores que te precedieron: Robert Cox y James Neilson, dos colaboradores y amigos de siempre de PERFIL. ¿Con tu salida de la redacción se acaba la época heroica del “Herald”, cuando sus directores tenían que irse al exilio, tu caso en 1976 y el de Cox dos años después, o vivir bajo la presión de las amenazas, como Neilson?
—Sí, y todos terminamos en PERFIL (risas). La página se dio vuelta hace rato, la época heroica también terminó hace rato. Que actúe gente más joven, no digo en la dirección, pero sí he tratado de traer gente muy joven, de 22, 23 años, para que no tengan nada que ver con el pasado, que participen en hacer un diario bien de hoy. Espero que no sea clasificada época heroica por mucho tiempo porque eso nos encasilla como viejos, y yo no quiero ser viejo todavía.
—Una de las causas por las que te fuiste en 1976 fue porque al ser miembro de Amnesty International tu vida estaba en peligro. Contale a los lectores jóvenes qué era Amnesty.
—No me fui por ser representante de Amnesty, que era bastante secreto, sino porque tenía una causa penal y tres pedidos de captura: San Isidro, Azul y San Martín.
—El ministro del Interior, el general Harguindeguy, había dicho que los de Amnesty eran “comunistas antipatria”. Y vos eras uno de ellos.
—Bolcheviques, terroristas… Hubo gente que salió con el nombre mío y dirección y teléfono de Amnesty en Londres y desapareció. Un domingo me dijeron: “Nosotros no te podemos bancar, te podemos apoyar, pero no te sirve de nada que te apoyemos después de muerto. No queremos que vengas a Londres. Francia te va a dar asilo y Air France te va a mandar los cinco pasajes”. Amnesty funcionaba en poco más que un galpón, se fundó en 1961 por el entonces allegado a la dirección de The Observer (N. de la R.: diario dominical inglés), y en el ‘71 entré accidentalmente. Había que sacar rápido del país a una mujer brasileña cuyo marido había sido muerto en Chile. Las embajadas no querían saber nada, así que empecé a presionar mediante Amnesty y ahí quedé. Un buen día pregunté a quiénes más tenían en Buenos Aires y me dijeron: “Eras el único, no podíamos decirte”. Hay que recordar que en el ‘77 Amnesty recibió el Nobel de la Paz, y se convirtió en una enorme ONG, como es hoy.
—La primera organización en denunciar desaparecidos argentinos.
—Todavía tengo las publicaciones que son las listas preparadas por ellos, bastante limitadas, porque no querían incluir ningún nombre sin número de documento, domicilio, así que es una lista de unos 9.000. Hoy Amnesty es un consultor de Naciones Unidas, se moviliza en todo el mundo.
—Pero en ese momento para el gobierno militar argentino el máximo enemigo, la institución de mayor importancia a nivel mundial en la defensa de los derechos humanos. Y vos eras el único hombre en la Argentina.
—El único informante. Mandaba las cosas por vía aérea porque había que esperar cuatro horas de demora por teléfono. En esas cuatro horas, escribía unas largas cartas con recortes, iba al Correo Central y en dos o tres días estaban en Londres. Era una movilización de comunicación interesante.
—Fuiste el informante de lo que pasaba aquí para Amnesty y cuando gana el Nobel bastante de ese mérito tiene que ver con la Argentina.
—Un día que el general Harguindeguy hizo ese discurso denunciando a Amnesty como peligrosa fuente de terrorismo bolchevique, me quedé como hasta las 4 de la mañana en el diario escribiéndole una carta: “Señor ministro, entienda que es una entidad humanitaria”. Al día siguiente, miré la carta y me dije: “Yo estoy loco”. La rompí, por suerte. Fueron seis años en los que uno se sentía útil. Hasta el día de hoy, hay gente en la Argentina que se acerca y me dice: “Gracias por lo que hizo por mi hija”. No sólo en Buenos Aires, en Jujuy, en Córdoba...
—Una vez dijiste que mientras en Europa la guerra “hace” periodistas, en América latina un periodista se consagra por denuncias de corrupción. Cubriste la guerra de Malvinas para el diario inglés “The Guardian”: ¿Cómo fue esa experiencia?
—Llegué el 3 de abril y me fui poco después de la visita del Papa, el 16 ó 17 de junio. The Guardian no era la corporación fortísima de hoy, era un diario pequeño, inestable, con muchos problemas, y yo me tenía que arreglar. No tenía dinero para pagar un télex en Río Gallegos, no podía utilizar Reuters porque de repente les agarró un ataque de pánico y dijeron que no querían que los metieran en cana o los cerraran por mandar lo nuestro. Por intermedio de amistades, encontré una oficina pequeña, de contadores o abogados, que muy amablemente me dijeron: “Nosotros te mandamos todos los télex, lo que vos quieras; lo único que queremos es que The Guardian nos deposite en la cuenta tal el costo del tiempo”. Cubrí la guerra desde esa oficina, muy cerca de la avenida Santa Fe. Lo interesante es que desde el sur era mucho más fácil mandar un télex doméstico. El gran problema era el pinchado de lo que salía al exterior. En The Guardian se portaron bárbaro, y, además, contentísimos: yo vivía en casa de amigos, no en el Sheraton, y así ahorraba los pesos de un diario en una situación financiera, no precaria, pero no muy fuerte. Cuando volví, me dijeron: “Fabuloso, todo lo que pudimos ahorrar con vos lo utilizamos para cubrir la invasión del Líbano” (risas).
—Nelson, vos comenzaste como periodista deportivo y te debía gustar mucho porque en la misma época que te graduaste con diploma de Honor en la Facultad de Medicina cursaste en el Círculo de Periodistas Deportivos de Buenos Aires. ¿Qué te enseñó el periodismo deportivo que apliques hoy al político?
—Tres cosas. Primero (me recibí de periodista deportivo en el ‘75), el único periodismo que se podía ejercer sin arriesgar la vida era el deportivo. Segundo, me permitió hacerme del oficio porque trabajar sin censura permite formarte. Y tercero, me permitió conocer toda Sudamérica, porque yo a esos viajes los aprovechaba enormemente. Cubría lo que tenía que hacer y después estaba en contacto con la realidad, y conocí muchísimo. Y hoy todo eso tiene una vigencia enorme.
—Los periodistas deportivos tienen más posibilidades de viajar.
—En aquel momento era una cosa única. No por nada somos muchos los que teníamos inquietudes, los que salimos del deporte, valiéndonos mucho de aquello que aprendimos. Mi ingreso al periodismo político se produce porque no había movileros. Sólo Radio Rivadavia, Continental y Del Plata tenían, porque el movilero en aquel momento era imposible, ya que ¿cómo lo controlás? En general, se iban con un grabador y cuando volvían alguien escuchaba lo que se había grabado para ver si podía salir al aire o no.
—¿Qué diferencias de fondo más relevantes encontrás entre el periodismo audiovisual y el escrito?
—El lenguaje. El audiovisual es vertiginoso, cada vez más. Es un elemento de alto impacto, pero con poca posibilidad de explayarse. En el periodismo escrito quien te lee está esperando algo más, la interpretación más profunda de las cosas, aun en la información.
—A tu juicio, ¿la presión del Gobierno sobre los medios escritos y audiovisuales es similar?
—Sí. Es muy interesante lo que dijo (N. de la R.: en la presentación del libro Cómo leer el diario, el manual de estilo de PERFIL) el corresponsal del diario El País: que no ha visto en ningún país el nivel de presión que hay hoy en la Argentina desde el poder presidencial hacia los medios independientes. Es una cosa única, pareja, y una de las más terribles que estamos viviendo. El Gobierno va trabajando con el archivo, le conoce el paño a cada uno y según cada uno, actúa. Ahí se pone a prueba muy bien lo que es la integridad de cada uno.
—Andrew, al ser el “Herald” un medio en inglés, ¿el Gobierno los dejó siempre tranquilos o también recibieron alguna presión?
—La presión ha sido el ocasional llamado telefónico. La gran presión a la publicidad disponible. El Herald no tiene, o tiene muy poca, publicidad oficial. Históricamente, se dijo que al Herald lo toleraron los militares porque era en inglés y porque lo leían los extranjeros, y podían decir: “Ven, el Herald es un pasquín que publica cualquier porquería de nosotros y no lo cerramos”. Es cierto hasta cierto punto. Yo fui preso, procesado penalmente y con tres pedidos de captura. Cox fue detenido, no procesado, por suerte. Y Neilson era el que más advertencias coleccionaba.
—Acabás de volver de casi un mes en Inglaterra. ¿Cómo es el grado de presión de los gobiernos ingleses con su prensa?
—La hay, pero no la hay. Hay, si uno le presta atención. Publicidad oficial no hay, el diario depende de sus avisadores y lectores. Hay ciertos hábitos enquistados, como el off the record. Los ministros se reúnen con sus amigotes, desde la oficina del Primer Ministro para abajo, y dan información a la gente que quieren y en la que confían, y hay diarios excluidos de ese procedimiento. Eso es una forma de presión.
—Esa actitud de intercambiar una mercancía que debería ser pública a cambio de que los amigos hablen bien del funcionario, ¿es distinta con los laboristas que con los conservadores?
—Cambia de forma, pero la información no atribuible está instalada desde hace décadas.
—¿Los conservadores usaban alguna otra técnica de presión que ahora no se usa?
—Sí. Me acuerdo que Margaret Thatcher durante la guerra de las Malvinas acusó al Guardian, al Daily Mirror (laborista) y a parte de la BBC de traidores. Uno se ríe de eso, pero en pleno conflicto armado y en un país guerrero, acusar a alguien de traidor públicamente no es poca cosa.
—Sé lo que es eso, aquí yo fui puesto a diposición de Poder Ejecutivo tras Malvinas acusado de tración a la Patria.
—Me acuerdo. Los conservadores presionaban más estridentemente porque tienen a su favor que se consideran los dueños del patriotismo. El gran problema de la izquierda laborista es que tiene miedo de no ser suficientemente patriota, y es un tema que divide a la izquierda y la derecha.
—Hace unos años sostuviste que la autocensura es peor que la censura, ¿por qué?
—La censura es algo contra lo que uno siempre tiene que pelear, es parte del oficio. La autocensura significa la declaración de la derrota propia sin haber combatido, es lo peor que nos puede pasar en este oficio. Es desistir de enfrentar una situación sin haberla peleado. Como decían en varias redacciones de Buenos Aires: “Nosotros no podemos publicar esto de desapariciones, pero vayan al diario de los ingleses que ellos son tan locos que por ahí se lo publican”.
—Nelson, ¿percibís autocensura en el periodismo argentino actual?
—Sí, y coincido con Andrew en que es difícil de combatirla porque implica una actitud psicológica.
—¿Más que hace una década?
—Sí, y me preocupa ver que la gente joven no está dispuesta a luchar por esto. El camino para el periodismo libre va a ser siempre difícil. Nosotros venimos de vivir lo que fue el menemismo, que fue igualmente duro.
—¿Con el menemismo existía esa pulsión de lucha y ahora se abdica?
—Además, este Gobierno ha hecho un uso fenomenal del doble discurso: habla desde una posición progresista que no es tal, lo que le da una impronta mucho más brutal.
—Vos decís que como Menem era políticamente incorrecto a nadie le podía quedar la excusa, como ahora con Kirchner, de justificar su moderación por estar contribuyendo al bien común.
—Totalmente. El Gobierno utiliza esto de una manera permanente, es un gran manipulador.
—¿Estimás que con Cristina Kirchner como presidenta la política comunicacional del Gobierno cambiará o será la misma?
—En lo que se viene viendo hasta aquí, es exactamente lo mismo.
—La confirmación de la mayoría de los ministros y de secretarios como Moreno y, probablemente, Jaime, sumado a la eventual confirmación en el área de prensa y comunicación de Núñez y Albistur, ¿indica que no hay “cambio del cambio” sino “permanencia de la permanencia”?
—Además, en los poquitos reportajes que dio la presidenta electa mostró su visión del periodismo como un elemento conspirativo permanente, y la dificultad para el acceso a la información es exactamente la misma. Como lo venimos diciendo en el Panorama, casi el eslogan que claramente identifica al Gobierno que viene es el cambio que no cambia y que finalmente se confirmó la semana pasada en el reportaje de Página/12.
—Andrew, dado que la Argentina tendrá una presidenta, ¿si tuviéramos una ombudsman mujer habría que llamarla ombudswoman?
—Si fuéramos políticamente correctos, tendría que ser ombudsperson.
—Nelson: vos sos miembro de la ONO, Organización de Ombudsman de Noticias, ¿cómo es la ONO?
—La ONO es la organización internacional de ombudsman de organizaciones noticiosas que se reúne todos los años. Los miembros somos 150, 156... vamos variando, y hay algunos que tienen ombudsman, pero que todavía no forman parte. La columna del ombudsman fue un tema de debate muy importante, y ahí se vio que cuando aparece de manera rutinaria se lee menos que cuando lo hace ante un hecho muy específico de interés periodístico y del lector. El lector te dice que quiere dar su opinión sobre lo que no le gustó del diario. Nosotros hicimos una experiencia muy interesante, que mencioné en la última reunión en Harvard y que llamó la atención, que fue la reunión que tuvimos con los lectores, y que la aprovecharon para pedir lugar para ellos. Es un desafío seguir en la ONO, porque hay muchas dificultades. Acá ha sido muy buena la reacción de los redactores porque ninguno, sintiéndolo como molesto, ha dejado de decírmelo. Pasa lo mismo en todas partes. La ombudsman del Washington Post contó que le costó una barbaridad conseguir una reunión con el Secretario de Redacción del diario, y que después de mucho trabajar durante dos años, pudo lograr que todos los viernes le dedicaran parte del almuerzo.
—Vos fuiste miembro de Periodistas, ¿por qué esa agrupación de los más destacados colegas argentinos tuvo que disolverse?
—Lo vivo como un gran fracaso y creo que se disolvió porque hubo intereses ajenos a lo que eran los objetivos de la organización. Tenía un fin estupendo, que era la defensa de la libertad de expresión como elemento absoluto, pero las visiones políticas de distintos miembros generó un cisma. Pudimos frenar algunas cosas muy importantes que tenían que ver con invasión y avances sobre la posibilidad del periodista de trabajar con libertad.
—¿Kirchner logró dividir no sólo al radicalismo sino hasta la asociación Periodistas?
—(Risas).
—Andrew, ¿las presiones sobre la prensa que ahora se perciben con más claridad, no hacen necesario que se vuelva a formar algo similar a Periodistas?
—Sería una buena idea y tendríamos que superar las cuestiones de ego.
—Nelson: acabás de publicar un nuevo libro, “Los últimos días de Eva”, ¿ser médico, además de periodista, te ayudó en la elaboración de ese libro y de “Enfermos de poder”, en ambos casos sobre la salud de esos protagonistas de la política?
—Sí, muchísimo, porque son libros donde lo médico tiene un valor político. Te permite encontrar historias que no las ves, incluso, si sos historiador, tanto en Enfermos... como en Los últimos días de Eva, que es una historia que supera a cualquier ficción. Cuando vos ves la posibilidad de reconstruir una historia con los testimonios de los protagonistas ves cómo la salud, cuando afecta a un poderoso, tiene un efecto político insuperable y, por supuesto, como siempre, cuando lo afecta es por algo devastador, encierra tramas políticas increíbles y muy alucinadoras.
—¿Evita también murió de poder, porque si se hubiera tratado de una mujer normal los médicos se habrían animado a revisarla más profundamente y con un diagnóstico más precoz se habría salvado?
—Así es. La mamá de Evita padeció lo mismo que ella, y por ser una mujer del común tuvo un tratamiento que se pudo haber aplicado también a Evita. Pudo haber tenido la posibilidad de una curación. El poder mata.
—Andrew, tenés más de 28 libros publicados, 10 en inglés y 18 en español, ¿te da el mismo trabajo escribir en español que en inglés?
—Sí, en los dos soy deficiente (risas). Pertenezco a dos culturas; es un lujo, pero en el momento de escribir muchas veces el facilismo me lleva a recurrir al otro idioma, entonces así surge el espaninglés. Tres palabras en inglés y araño una en español.
—Los libros de los viajeros ingleses a nuestro país en la primera mitad del siglo XIX inspiraron la naciente literatura argentina de entonces motivando a Alberdi, Echeverría, Mármol, Sarmiento. La mayoría de tus libros, incluso en inglés, son sobre la Argentina. ¿Te sentís también vos un poco un viajero inglés como aquellos del siglo XIX?
—No, yo soy un individuo que decidió contar la historia de un grupo social y de idioma que merece mi respeto, mi afecto, y creo que hizo mucho por la Argentina.
—¿La comunidad británica?
—Sí, y que es fascinante: construyó un pseudoimperio fuera del Imperio, la colonia olvidada. Mi fascinación ha sido contar la historia de esta gente.
—¿Vos naciste en la Argentina y tus padres, ingleses, te anotaron en el consulado británico?
—Sí, naturalmente.
—¿Y qué hacían acá?
—Mi padre era escocés y chacarero. Mi madre era inglesa, vino como institutriz. Se conocieron acá. Mi madre viajó ida y vuelta varias veces a Inglaterra; mi padre vino en 1928 y nunca salió de Sudamérica. Yo estudié en la Argentina, Uruguay e Inglaterra. Me fui a Montevideo a los 14. De ahí a Inglaterra y volví en el 60. Del 62 al 66 recurrí a la colectividad. Fui a pedir trabajo a un frigorífico británico.
—Nunca antes habías trabajado en periodismo, pero escribías…
—Intenté escribir desde los 12 años, pero fui colectivamente ridiculizado, entonces dejé por un tiempo y retomé gracias a un profesor, en Montevideo, a los 15, un hombre de Oxford, de un humor finísimo que decidió que yo, académicamente, no iba a ser gran cosa, pero me dijo que leyera, y que la biblioteca del British School era mía. Hasta faltaba a las clases para quedarme en la biblioteca.
—Nelson, durante tu época de ombudsman PERFIL agregó a su Código de Etica, que se incluye en el libro “Cómo leer el diario” que ustedes presentaron, tres nuevos artículos. Dos de ellos sobre un mismo tema: la obligación de la firma y sus excepciones. ¿Es importante que las notas estén firmadas?
—Sí, y me parece que tiene una evolución buena en el periodismo en cuanto a la responsabilidad propia. Y también hoy al lector le interesa saber quién escribe.
—Sabés que en muchos diarios no se ponen notas firmadas, casualmente, para colocar allí las cosas que nadie quiere firmar…
—Lo sé. Y a mí, que trabajo en el medio audiovisual, donde todo el tiempo estás diciendo “estoy acá”, me parece que es un desafío importante de evolución de la prensa escrita.
—El otro artículo agregado es Normas para viajes, que fue redactado a partir de una recomendación tuya después de aquel controvertido viaje a Finlandia a una planta similar a Botnia que fue pagado por la papelera. Me gustaría una reflexión tuya sobre este punto.
—Viajar pagados por una empresa está en la antítesis de lo que son los códigos de ética, por lo menos de la prensa evolucionada. Y yo diría que los viajes por invitación, salvo situaciones muy excepcionales, es una norma que tenemos que desterrar.
—Andrew, ¿deberían los medios aceptar la invitación a viajar con el Presidente en el avión presidencial?
—Yo creo que es fácil decir que no. En los Estados Unidos se invitaba a ciertos medios, pero pagaban sus pasajes en el avión presidencial. Entonces, había cierto equilibrio.
—Lo que pasa en Estados Unidos –agrega Castro– es que viaja el cuerpo de corresponsales acreditados. Pagan, pero viajan todos. Eso lo transparenta y nadie obtiene ninguna ventaja personal.
—Andrew, hace dos domingos el diario “Página/12” publicó un reportaje a la presidenta electa hecho en su casa de El Calafate y los periodistas viajaron a Santa Cruz en uno de los aviones de la flota presidencial. ¿Hay algo cuestionable en que hayan viajado de esa forma?
—Yo estaría atacado, por un lado, por la curiosidad, y por el otro, por lo ético. Estaría en un conflicto, porque la curiosidad me ha llevado a meterme en líos que pude haber evitado. Pero lo cierto es que hay una ostentación de privilegio, de dominio del poder.
—Nelson, ¿para vos hay algo cuestionable en ese viaje?
—Entiendo que está la curiosidad de por medio, pero yo no lo hubiera hecho.
—No —aclara Graham-Yooll—, por supuesto que yo tampoco.
—Nelson, escuché reflexionar a Andrew sobre que antes un periodista se podía jubilar de cronista y que en la era de los movileros a los 30 años ya sos viejo para estar en la calle. ¿Fueron los medios audiovisuales los que produjeron ese cambio?
—Sí. El móvil hoy tiene una dinámica tal que casi produce un límite biológico, porque es un trabajo desgastante. Estás todo el día en la calle, ocho o nueve horas con una situación muy difícil. En la dictadura sólo un puñado de emisoras privadas lo tenían, el resto tenía que grabar, volver al estudio para que alguien escuche y autorice lo que se iba a emitir.
—¿Lo físico importa cuando tenés que resistir que te empujen?
—Yo tengo 52 años, fui movilero a los 25 o 26 y, la verdad, el físico es otro.
—Andrew, “The Guardian”, donde trabajaste, que en los 90 apoyó al laborismo, proviene del liberalismo. Como en la Argentina existe una seria confusión con el término liberalismo, se lo reduce sólo a cuestiones económicas de libre comercio, se le agrega despectivamente el prefijo neo y nunca se lo asocia al liberalismo cívico, la Revolución Francesa o el constitucionalismo, te pido que nos expliques por qué en el mundo sajón un liberal puede ser de izquierda y en el mundo latino sólo es considerado de derecha.
—Liberal es el que opina y actúa en función a la libertad. Que se aplicó la visión manchesteriana después a un concepto económico, bueno… hasta Keynes era liberal,: creía en el esfuerzo privado, pero también en el centralismo económico. Creo que el liberal acepta que muchas cosas pueden funcionar bien aunque parezcan estar enfrentadas. Y en la economía es donde más sucede. A los más de izquierda se les rasca un poquito la piel y bajo la superficie hay un liberal y a la derecha un conservador.
—¿Margaret Thatcher, Reagan y Bush eran liberales o conservadores?
—Eran conservadores que aceptaban un grado de función liberal dentro de la democracia que ellos presidían. El prefijo neo significa la anulación del concepto. No es que sea menos liberal por ser neo: no es liberal.
—¿La política que aplicó Menem era liberal o sólo tomaba del liberalismo el librecomercio?
—Menem era un conservador. El tronco principal del peronismo es conservador, aunque no lo quieran admitir. Sus cambios económicos tuvieron la posibilidad de ser liberales si no hubieran estado tan teñidos de corrupción.
—Lo mismo para los militares: ¿se puede ser liberal y establecer una dictadura?
—Lo ridículo de la dictadura del 76 fue prometerle a Martínez de Hoz que podía hacer una economía abierta cuando el mayor grupo militar que dominaba el poder político quería una economía centralizada y cerrada.
—¿Podríamos sintetizarle al lector argentino que ni en la dictadura militar ni con Menem hubo liberalismo?
—En la dictadura el liberalismo no existió. Los militares dijeron: “Bueno, no hay más restricciones aduaneras, traigan heladeras, bañaderas llenas de televisores, pero nosotros vamos a seguir adelante con nuestra ‘liquidación’ y no nos van a molestar porque se están divirtiendo”. Y lo lograron. Pero eso no tiene nada que ver con el liberalismo, y es difícil pensar que Martínez de Hoz pueda creer que él practicó un liberalismo. Con Menem había elementos de descentralización que parecían liberales desnaturalizados por su aceleración y su corrupción. Hay que pensar que Thatcher tardó 10 u 11 años en lograr algunas privatizaciones y Menem las logró en un año y medio... y muchas veces en dos semanas.
—Nelson, en la última conferencia de FOPEA, una de las mesas de debate fue “Relaciones entre publicidad y línea editorial”. A un año y medio de haber comenzado un juicio de amparo contra el Gobierno por el uso político que realiza de la publicidad oficial, ¿cómo evaluás la evolución de ese problema?
—Yo creo que la publicidad oficial no debería existir, salvo en situaciones muy puntuales de interés público, de anuncio de un concurso de profesores en la universidad, de un cronograma de pago… Esta resolución de la Corte Suprema con relación al caso de Río Negro es un elemento positivo. En el resto, no ha cambiado el concepto del Gobierno de utilizar la publicidad oficial no sólo como presión sino como injerencia sobre los medios; y extendido a buena parte de la dirigencia política, es un modus operandi de las estructuras de poder.
—Pero es importante hacer la salvedad que en los países donde no hay publicidad oficial, como Inglaterra o Estados Unidos, el Estado tampoco es dueño de empresas. Aquí pasa a ser pública una publicidad que en otros países sería privada.
—Por supuesto, por eso digo que hay un concepto que en algún momento habrá que discutir.
—En tu rol de ombudsman, durante un año fuiste la imagen del “Fideicomiso contra la discriminación con la publicidad oficial”. ¿Qué te quedó de esa experiencia de participación activa de los lectores en defensa de un medio?
—En principio, fue muy interesante el desafío de explicarle, no a la gente, sino al medio periodístico, lo que era el fideicomiso. Nosotros no estábamos a cargo de ninguna tarea recaudatoria, habíamos sido un instrumento, porque la carta de la cual nació la idea del aporte sobre la que se basa la idea del fideicomiso me la mandó un lector, como ombudsman de la publicación, cuando apareció la presión definitiva sobre el diario en cuanto a la publicidad oficial y respecto a los anunciantes privados que querían anunciar acá y a los cuales el Gobierno les decía que no lo hicieran. Fue motivo de mucha pregunta, mucho análisis, y una idea interesante en todo el país.
—¿Se logró colocar el tema en la agenda de la opinión pública?
—Exactamente. Me pareció un tema muy importante que nosotros enmarcamos como idea cuando nació la defensoría del lector. Es decir, transmitirle a la sociedad que el periodismo es un instrumento al servicio de la sociedad para hacer una sociedad más transparente; entonces a la sociedad le interesa defender un medio plural.
—Andrew, vos trabajaste siete años en “The Guardian”, qué sale sólo de lunes a sábado, y, paralelamente, hay varios diarios sólo dominicales, como “The Observer”, por ejemplo. ¿Qué diferencias hay en Inglaterra en cuanto a la forma de hacer periodismo entre los diarios de todos los días y los dominicales?
—Un diario de domingo tiene pequeños equipos de investigación y un personal mínimo los sábados que atiende las noticias de último momento y lo que sale de internacionales. Se considera un periódico de lectura. El ejemplo sería el Sunday Times, que tiene una redacción separada. El dominical utiliza muchísimo del diario, pero los equipos son mucho menores y se prepara mucho con antelación. También la aspiración es que lo de tapa produzca un cimbronazo que mantenga el ímpetu para entrar a la actividad política de los lunes. Lo importante del dominical radica en que tiene más tiempo para prepararse.
—También trabajaste dos años, como editor, en “The Telegraph”, que es el diario de la clase media de más venta en Londres. ¿Qué diferencia ideológica hay entre el lector típico de clase media que en Buenos Aires compra mayoritariamente “Clarín” y su equivalente inglés que compra “The Telegraph”?
—La diferencia radica en que The Telegraph siempre ha apoyado al conservadurismo. Tal es así que los directores podían ser amigos personales de gente del gobierno conservador, a muy alto nivel; podían ser invitados a la casa del primer ministro o a cenar.
—Nelson, vos viviste en Estados Unidos en 1986, cuando realizaste un Máster de Especialización en Periodismo Político tras obtener la Beca del World Press Institute. ¿Cómo podrías sintetizar las diferencias que percibiste entre el periodismo norteamericano de entonces y el argentino?
—Lo que más me impresionó fue la discusión sobre la defensa de los principios, de los procedimientos en cuanto al resguardo de la libertad del periodista. Excepcionalmente, me habían permitido ingresar a una conferencia de prensa de Ronald Reagan; le hice una pregunta y me contestó: “Mire, señor, no voy a responder su pregunta, por capciosa”. Ya me estaba sentando, y el corresponsal en la Casa Blanca del New York Times se para y le dice: “Señor Presidente, por favor, respóndale al periodista porque usted está acá para responder las preguntas, no para juzgar su intencionalidad, porque si nosotros hiciéramos lo mismo con su respuesta, nos iríamos a casa porque ya sabemos lo que podemos creer o no de sus respuestas”. Cuando le fui a agradecer, me preguntó: “¿Agradecer por qué? ¿O usted no hubiera hecho lo mismo por mí?”. Y le respondí: “La verdad es que hasta el día de hoy, seguramente, no”. Así que eso es lo que más rescato de ese periodismo, porque después de septiembre de 2001 ha sufrido un retroceso muy fuerte, del que le va a costar recuperarse. El cambio del mundo, la guerra contra Irak y el síndrome de Vietnam atrás le han hecho un daño enorme.
—Algunas universidades norteamericanas enseñan periodismo como una carrera de posgrado, como es el caso de la célebre Universidad de Columbia, de Nueva York: para cursar Periodismo, primero hay que tener un título equivalente a una licenciatura en otra disciplina. Por tu experiencia personal, de haber estudiado Medicina con especialización en Neurología antes de hacer periodismo, ¿creés que el planteo de Columbia es correcto?
—En mi caso se dio una cosa muy circunstancial, porque eran dos vocaciones y cursé las dos carreras simultáneamente, y me recibí de periodista antes que de médico por la duración de la carrera. Yo creo que sí es importante, porque Columbia lo encara como posgrado y el máster que yo hice fue de ese nivel; es muy útil y es muy necesario cuando tenés esta posibilidad de formación profesional y el oficio. Siempre le recomiendo a la gente joven que estudia periodismo que, si tiene una oportunidad, se adentre en alguna otra carrera, más corta o más larga, porque la diversidad es importante.
—Andrew, ¿cómo ve la prensa inglesa a los Kirchner y el hecho de que una esposa suceda al esposo?
—Es motivo de intriga, y no ha habido mucho intento de explicar la situación, porque hay un problema de incomprensión. Varias veces me preguntaron: “cómo es eso de que va a haber una Presidenta que sigue al marido”. Yo también vivo intrigado. ¿Cómo hace un Presidente para ponerle la faja presidencial a la señora? ¿Le da un beso, le da la mano, la acaricia? ¿Qué va a pasar? Yo voy a estar mirando eso… (risas).
—Nelson, ¿qué consecuencias tendrá aquí la derrota de Chávez en su referéndum?
—No lo sé. Creo que la derrota de Chávez es una buena noticia para el concepto de democracia. Me preocupa la idea de que Chávez es sinónimo de progresismo. Me resulta muy chocante, porque muchas de las organizaciones y de las estructuras del pensamiento progresista en la Argentina, que luchan por la defensa de la libertad, la pluralidad y la tolerancia, apoyan a Chávez. Es una contradicción tan impresionante que me impacta.
—Andrew, mientras vos estabas en Inglaterra, en la Cumbre Iberoamericana que se desarrolló en Chile el rey de España le ordenó a Chávez que se callara, generando controversias sobre la monarquía y la época de la colonia. ¿Tienen las ex colonias inglesas, más allá de las notables diferencias que existen entre ellas, algún tipo de resentimiento contra Inglaterra?, y ¿cómo podrías comparar ese sentimiento con el que tienen los países latinoamericanos frente a España?
—Aunque me crucifiquen por esto, yo creo que acusar hoy al rey hoy de lo que hizo alguien hace 500 años está fuera de época y de lugar. Y ese discurso es el recurso de la pobreza intelectual. El que tiene en su haber el mejor comentario respecto a la situación España-Iberoamérica es Carlos Fuentes, que en el Congreso de la Lengua, al recibir la medalla de oro, dijo: “Qué bueno es recibir la devolución de un poquito de lo que se llevaron”. Es una ironía magistral, pero está contenido en eso.
—Respecto a las ex colonias inglesas, ¿existe resentimiento ante Inglaterra?
—Debe haber, porque cada vez que hay alguna elección, vuelve el tema de si Canadá o Australia deben seguir al monarca británico como jefe de Gobierno. Creo que la opinión que prevalece es: “no revolvamos demasiado”.
—¿Es mayor el resentimiento de América latina con la corona española que el de las ex colonias británicas con Inglaterra?
—La vocalización del resentimiento es mayor. Aquí sabemos que eso existe. Pero también tiene mucho que ver con el gobierno de cada país.
—Australia, que todavía tiene protocolarmente como cabeza del Estado a la reina inglesa, tuvo elecciones contemporáneamente con las presidenciales de Argentina, y allí perdió el partido que apoyó a Bush en la guerra. Lo mismo sucedió en España con el Partido Popular, y el propio Blair pagó caro su apoyo a la invasión de Irak. ¿Bush fue una calamidad para los Estados Unidos y sus aliados?
—Calamidad es la palabra apropiada. Tenemos puntos de comparación muy fuertes. Lo que fue la primera Guerra del Golfo en 1991 se acepta no como razonable, pero sí explicable. Cuanto más se miran estos cuatro años de la invasión de Irak, más fallas se encuentran: no había las armas que se decía; Saddam Hussein era un dictador terrible, pero había sido derrotado; no le pudieron adjudicar la autoría del atentado a las Torres Gemelas, y el error de Estados Unidos en esto es haberse comportado peor que su enemigo y revelar al mundo que a Bush lo único que le interesaba era el petróleo.
—Nelson, si Hillary Clinton fuera electa presidenta de Estados Unidos, ¿podría augurar una mejor relación con nuestro país y nuestra presidenta que Hillary sea del Partido Demócrata, sumado a su condición de mujer?
—Seguramente habría entre ellas una mejor relación, pero de ahí a que esto signifique un posicionamiento mejor del país... no, eso no. Porque esta región no está presente en la dirigencia de los Estados Unidos, y como no está presente, no la conoce, y como no la conoce, cada vez se le hace más difícil entenderla.
—Andrew, recientemente fuiste presidente del jurado de los Premios Konex de Periodismo y Comunicación, y vos mismo ganaste ese premio en su anterior entrega, en 1997. En esta década, los Konex agregaron la categoría “Periodismo de Investigación”. ¿Hay menos periodismo de investigación con Kirchner que con Menem?
—Si comparamos con un centímetro, sí. Creo que Menem se prestaba por el carnaval que encumbraba y dirigía, se le veía la hilacha por todas partes y, además, su forma de reaccionar… Algunos juicios, quizá, pero no le importaba lo que decían de él. Entonces, ¿cuál era el fin del periodismo de investigación? Además, creo que el periodismo no se ha acostumbrado en estos cuatro años y medio a analizar a un gobierno cerrado.
—Nelson, cumpliste un mes haciendo el Panorama Político de los domingos en PERFIL. ¿Cómo te sentís en esta nueva tarea?
—Estoy muy feliz de hacerlo, y es una exigencia intelectual muy fuerte. Es un enfoque distinto. Creo que Jorge Lanata estableció una base muy nueva, y la idea ha sido no cambiarla: no sólo aportarle al lector el análisis de las cosas, sino además documentar muy bien lo que se está analizando, lo que exige un trabajo fuerte de investigación.
—Cuando te convocó el jefe de Redacción de PERFIL, Claudio Gurmindo, para ser ombudsman de un diario dominical, ¿te imaginabas la evolución que terminó teniendo?
—Fue una verdadera sorpresa, porque yo había sido muy crítico con PERFIL en 1998, por lo que había significado en aquel momento para muchos que se quedaron sin trabajo. La verdad es que yo tenía la expectativa de que el diario pudiera funcionar, y el ahogo publicitario fue un verdadero momento clave. Pero sí, todos estábamos ilusionados con que la idea de PERFIL funcionara.
—Andrew, ¿cómo se ve la evolución de PERFIL en estos dos años desde el “Herald”?
—Si no es molesta la palabra, creo que con sorpresa. Porque después del desenlace del intento del diario del 98, que siempre me pareció muy triste, fue una sorpresa volver a verlo en los kioscos y con una presencia muy fuerte, y eso es bueno. Lo importante es hacer no sólo un producto de calidad, sino tener la fuerza de la presencia, que ayuda a seguir adelante.
—Nelson, ¿qué mensaje le darías a la redacción de PERFIL después de haber sido su ombudsman durante dos años?
—Que apoyen al ombudsman que sigue. Y, por supuesto, les agradezco enormemente porque sentí un acompañamiento permanente. Les quiero transmitir mi agradecimiento personal, que sigan apoyando a esta institución porque es por el bien de todos ellos.
—Andrew, después de haber dirigido tantos años un diario, ¿qué recomendación le harías a la redacción de PERFIL, ahora que te tendrá como ombudsman?
—Hay que decirles siempre a los redactores que no se preocupen ni se enojen con la crítica. Este es un foro abierto y todo periodismo debe serlo. Y la crítica es parte del periodismo: se toma hoy y se sigue adelante.