
Que sea necesario hacer un balance de la gestión del Canal 7 al concluir el mandato del presidente Néstor Kirchner ya da una pista de que la Argentina (al menos en el rubro “TV pública”) no califica entre los países serios. Desde 1951, año en el que se trasmitió por primera vez TV en la Argentina, Canal 7 ha estado ligado indisolublemente a los designios de quien ocupa la Casa Rosada. Ha tenido períodos malos, pésimos, horrorosos y hasta aceptables. Pero en las casi seis décadas que lleva en el aire, no hubo ninguna gestión que trabajara realmente para convertirlo en un canal público independiente del gobierno.
La gestión del canal (a cargo de Rosario Lufrano) durante el gobierno de Néstor Kirchner no se diferencia sustancialmente de todas las anteriores: sigue siendo un ente gubernamental, sin independencia política. A pesar de eso, es visible que esta gestión generó cuatro o cinco programas dignos: especialmente destacables son Peter Capusotto y sus videos, un programa de rock, y Filmoteca, que conducen Fernando Martín Peña y Fabio Manes (de los que ya hemos hablado en extenso en la nota titulada “De mal en mejor”, el domingo 9 de abril pasado). Los otros pocos cambios “positivos” que hubo en la programación son todos de tipo cosmético: en los segmentos informativos, por ejemplo, ahora no hay que exhibir un oficialismo fanático, sino apenas un moderado “clamor kirchnerista”. Quizá porque no daba muestras de ese “clamor” fue levantado el ciclo que conducía Víctor Hugo Morales.
De los cambios no cosméticos, la única diferencia notable con todas las gestiones anteriores es la cesión, en beneficio del canal privado C5N, del lugar en la grilla del cable. De esa forma, Canal 7 se transformó, para más del 70% de los hogares del país (que son los que tienen cable), en Canal 15. Y eso se paga: esta gestión de Canal 7 termina con un rating de apenas 0,8. Es el único canal de aire que tiene menos público que varios canales de cable.
La actual programación se caracteriza por la puesta en escena de una cultura embalsamada. Aunque el canal estatal no depende de la Secretaría de Cultura de la Nación, está sin embargo en sintonía fina con la política que esta dependencia impulsó estos últimos años: la irrelevancia absoluta, cuando no la ineficiencia total. Salvo la increíble gestión de Rubén Stella, secretario de Cultura del gobierno de Eduardo Duhalde, la de José Nun es la más pobre de las gestiones culturales que haya realizado jamás un gobierno democrático. En tres años, llamó a concurso y puso en funciones al director del Museo Nacional de Bellas Artes: ése es el principal punto positivo de la Secretaría. En los años de la gestión Nun, la Biblioteca Nacional se reconvirtió en un centro cultural de la zona Norte, el Teatro Nacional Cervantes dejó de funcionar y Jorge Alvarez, el director del Instituto del Cine, acaba de ser denunciado en una carta pública por cuatro sindicatos del sector (de músicos, de directores, de la industria cinematográfica y del espectáculo público).
En ese contexto no extraña que Canal 7 desarrolle una política cultural momificada. En realidad, tampoco desarrolla una política cultural: eso significaría que habría un proyecto constructivo, aunque no se lo valorase positivamente. Lo que sucede es que hay una especie de repartija “azarosa” de espacios (más o menos opaca, más o menos translúcida, nunca del todo transparente). Y así, sale lo que sale. Si el azar es benéfico, los convocados pueden ser artistas interesantes o gente capaz de sostener un proyecto valioso (como los citados programas de Capusotto y Peña y Manes). Si el azar se tira en contra, el resultado es vergonzoso: y aparecen engendros que atrasan tres décadas como Folclorísimo (conducido por Carlos Giachietti) o programas tan fútiles como Usted, ¿qué hubiera hecho? (conducido por los hermanos Korol).
Refugiados. La programación específicamente “cultural” oscila entre la solemnidad y el circo. En el rincón solemne brilla el perenne Refugio de la cultura (conducido por Osvaldo Quiroga), que convoca a los autores publicados cada semana para que muestren en cámara las tapas de sus libros. Este programa presenta a la literatura como algo poco estimulante, aburrido y obsoleto. En la esquina contraria se ubica La vida es arte (conducido por Lalo Mir), que provoca algo de piedad, ya que quizá confunda las payasadas con el espíritu irreverente debido a una ignorancia profunda. El resto de la programación es, en el mejor de los casos, intrascendente. Mantener en el aire esa “intrascendencia” nos cuesta varias decenas de millones de pesos.
En el mundo contemporáneo, en el que hay decenas de canales de cable y en el que las grandes producciones de los canales abiertos convocan a millones de espectadores, la repercusión de la TV pública es cada vez más limitada (y más limitada aún si es mala). De toda formas, Canal 7 podría convertirse en un formidable instrumento en beneficio de la democratización cultural. Pero para eso tendría que dejar de ser un instrumento del gobierno (instrumento inútil, encima –aunque rentable para algunos–) y convertirse en un medio público independiente.
El gobierno que mañana asume contará por primera vez en la historia nacional con un ministro de Ciencia y Técnica. Además, la presidenta electa ha declarado que una de las bases de su gobierno consistirá en mejorar la educación. No es desatinado en ese contexto soñar con un milagro: la transformación del intrascendente y caro Canal 7 en un medio moderno de gestión independiente. Ese milagro sería hito histórico, no menos importante que el haber dado rango ministerial a la investigación científica. ¿Se hará realidad?