
Los ensayos de Barthes son lecciones acerca de cómo puede alguien tomar plena conciencia del valor de un objeto, una novela, un cuadro. Cómo disponer la gracia de un desconcierto, una revelación: “Si tuviera que crear a un dios, lo dotaría de una ‘comprensión lenta’: especie de gota a gota del problema. Las personas que comprenden rápido me dan miedo”. Maniático de los neologismos y las etimologías, Barthes fraguó un nuevo modo de lucrar con la letra bastardilla. Itálica: la de Barthes es una sensibilidad táctil, mediterránea.
Excepto espíritus como Deleuze y Blanchot, ¿quién en el mundo fue capaz, como Barthes, de hablar con tanto encanto de afinidades, vecindades, margen, entrelínea, disolución, diseminación, traslación, distanciamiento, reencuadre, escalonamiento, oscilación, desborde, derrape, deslizamiento, discreción, sutileza, impasibilidad, reverberación?
La suya fue una vida dedicada al matiz. A efectuar distinciones: “Podría definirse el estilo como la práctica escrita del matiz (es por ello que el estilo está mal visto en la actualidad)”. Es por ello que la escritura para Barthes es “una clase (y no una suma) de detalles”.
Firmar su vida. A Barthes le gustaban: la canela, el queso, la pimienta, la lavanda, Glenn Gould, la cerveza bien helada, el pan tostado, Handel, las peras, las cerezas, los relojes, las lapiceras, el café, Julio Verne, los trenes. No le gustaban: las fresas, Vivaldi, los coros de niños, la espontaneidad.
Nació en Cherburgo el 12 de noviembre de 1915. Al año, pierde a su padre en las maniobras inaugurales de la Primera Guerra Mundial, al mando de un buque llamado Montaigne. Infancia en Bayona: “De mi pasado, es mi infancia lo que más me fascina... Porque no es lo irreversible lo que en ella descubro, es lo irreductible”. Veranos en la vecina Biarritz y en París. Admiración por su abuelo marino, explorador en el Africa. Primeras lecciones de piano con su tía. Mudanza: en París a partir de 1924, se invierte la dirección de las vacaciones.
Estudios en el Liceo Montaigne y en el Liceo Louis-le-Grand: “¿Por qué los profesores son buenos conductores del recuerdo?”. Su madre encuaderna libros. 1934: se descubre su tuberculosis pulmonar. Recluido en una pequeña aldea de los Pirineos para su convalecencia y luego en un sanatorio de los Alpes franceses. Bibliotecario del sanatorio. Transferido más tarde a un sanatorio en Suiza. Lenta rehabilitación: “El tiempo del relato termina con la juventud del sujeto: no hay biografía más que de la vida improductiva”. Viajes a Hungría, Italia, Grecia. Un texto sobre este último país inaugura su escritura fragmentaria. El segmento: las horas del día cuidadosamente divididas por el resto de su vida. Las amistades compartimentadas. Una vida religiosa (no sólo por el celibato y a pesar de sus andanzas amatorias), devota, fervorosa. Seminarista crónico. Barthes y la oración. Barthes, el ritmo de una frase y la arritmia afectiva. La vulnerabilidad de Barthes (refutando a su sempiterno impermeable) fortalece discretamente al lector.
Barthes y su madre en el mismo edificio de la calle Servandoni, entre los jardines del Luxemburgo y Saint-Sulpice. Cómo vivir juntos: curso que prepararía años más tarde, su vida convertida en una materia, una asignatura: “He tenido como principio no disimular nunca nada, pero también no hacer nada público”. Escapadas a Urt en el sudoeste, en su pequeño Volkswagen rojo. Redacta varias cartas por día y responde toda la correspondencia. Muere su madre: “Lo que he perdido no es una Figura (la Madre) sino un ser, y no sólo un ser sino una calidad (un alma): no algo indispensable, sino lo irremplazable”. Relación obsesiva con lapiceras y lápices, que acumula en cantidades innecesarias: “Sin dudas ya no hay un solo adolescente que tenga este fantasma: ¡Ser escritor! De qué contemporáneo querer copiar, no la obra, sino los métodos, las posturas, esa manera de pasearse por el mundo... Lo que el fantasma impone es el escritor tal como podemos verlo en su diario íntimo, el escritor menos su obra: forma suprema de lo sagrado”. Roland Barthes y sus dos vocaciones clandestinas: el piano y el dibujo.
La voz de Barthes, “sin acento”, voz acostumbrada a escucharse en público. Dieciocho años en la Escuela Práctica de Altos Estudios y un trienio en el Collège de France: “La palabra oral me inquieta porque siempre temo teatralizarme cuando hablo, le tengo miedo al teatro, tengo miedo de eso que se llama histeria”. Una clase de vida que logró articularse –murmurarse– como más le convenía. R.B.: amigo fiel un poco quejumbroso, de una gran disposición para escuchar. Anglófilo en su manera de vestir, glotón, apasionado por el chocolate de la casa Cazenave.
Biografía/autobiografía. Indicios de la vida de Barthes se encuentran en el libro R.B. por R.B., una autobiografía en tercera persona, ficción atenuada: “Toda biografía es una novela que no se atreve a decir su nombre”. Incidentes cuenta la remota intimidad de la infancia y de una estadía en Marruecos, más ciertas intimidades parisinas, nocturnas: “Aquello que escribo acerca de mí no es nunca la última palabra”. Hablar de un Barthes más oculto nos permite abordar a aquel que quería trabajar desde el desconocimiento –la discreción– y que buscaba rastrillar el territorio de lo desconocido en los autores adorados. Leer: montar la vida de un extraño.
Otros rastros se reunieron en el libro de Louis-Jean Calvet, que logra reformular el arte de la biografía: pasar a una mejor vida. Una vida mejor: tramada, dibujada, sombreada definitivamente. Nadie lo cristalizó como el mismo R.B. que hubiera querido escribir la biografía de Schumann: “Si yo fuera escritor y estuviera muerto, me agradaría que mi vida se redujera, mediante los cuidados de un biógrafo amistoso y desenvuelto, a algunos detalles, a algunos gustos, a algunas inflexiones, digamos a algunos ‘biografemas’ cuya distinción y movilidad pudieran trasladarse fuera de todo destino y llegar a tocar, como átomos epicúreos, algún cuerpo futuro, destinado a la misma dispersión”.
Al menos dos amigos dejaron huella de su relación con Barthes. Patrick Mauriès tiene un pequeño libro cuyo título es el nombre y apellido de su maestro. Es acaso lo mejor que se ha escrito sobre R.B.: “Cosas que perdimos con Roland Barthes: un timbre de voz; un cuerpo encorsetado, incómodo; unos dedos cortos golpeteando un cigarro; una geografía personal en el interior de un barrio –perímetro que comprendía la plaza Saint-Sulpice y la rue Bonaparte hasta la rue des Beaux-Arts, que se extendería hasta un restaurant del muelle Voltaire cuyos higos con crema eran para Barthes una delicia (se sirven únicamente durante un breve período del año), luego subiría por la rue du Bac hasta la rotonda de la rue de Sèvres, e incluiría la rue du Cherche-Midi y la rue de Tournon–. Se trataba de una geografía de pequeños placeres amorosos, de encuentros puramente eventuales, de contemplaciones y de discusiones en cafés, de pequeños círculos semi-mundanos, semi-intelectuales”.
El aprendizaje, la amistad. Eric Marty, editor de varios tomos póstumos de Barthes y autor de un interesante estudio sobre René Char, ha publicado una semblanza de Barthes que abre con un epígrafe de Char: “Pensar en nuestras deudas”. Lo más interesante de la obra es precisamente el retrato que ocupa las primeras cien páginas. Roland Barthes, el oficio de escribir nos ofrece un Barthes detrás de cámara: “Subo las escaleras del edificio de la rue Servandoni. Me detengo en el segundo piso. A través de la puerta, el sonido de un piano. Escucho. Son algunos de los preludios de Debussy o Schumann, o de Fauré, no sé. Espero un poco. No bien pulse el timbre, la música se interrumpirá al instante. Toco. Como un autómata, Barthes deja de tocar”. Barthes y la siesta (como en su admirado Gide). Barthes en su estudio: “Un diamantista en su taller, a tal punto el espacio de trabajo concebido por Barthes evoca el de un artesano. Espacio increíblemente material con sus estuches de plumas, sus secantes, sus diferentes tipos de papeles, sus péndulos, sus calendarios, sus instrumentos a veces desconocidos, sus libretas, agendas, gomas, sus casilleros, sus ficheros de madera”.
Según Marty la madre “hablaba con el estilo de Barthes. ¿Cómo decirlo? Algunas palabras, ciertas inflexiones, un tono, un espíritu ‘Barthes’ presente en todo lo que decía, como si, en el fondo, ella fuera realmente la lengua materna en la que Barthes abrevaba para escribir”. Al regalarle un libro, Barthes le dice a Marty que “los objetos, como las personas, deben ser para quienes los desean”. A pocas páginas de distancia, Marty nos desconcierta –nos exaspera– cuando confiesa: “Destruí todas las demás cartas de Barthes, así como los dibujos que me regaló y los libros que me dedicó”. También más adelante, cuando admite que en su caso “la relación del discípulo con el maestro no es una relación de admiración. Yo no admiraba a Barthes y, como ya dije, sus libros, una vez que los conocía, me parecían extrañamente decepcionantes”. El que decepciona, claro, es el alumno de cero grado. (No, Marty, no toda mediación es un fracaso: la traducción del libro –como la de los seminarios editados por Siglo XXI– es impecable.) Lo que salva la obra es la anécdota, la puntería, el recato moral del mentor: “Si Barthes aceptaba escribir prefacios, cartas de recomendación, artículos para quien le era indiferente, nunca habría hecho otro tanto con el discípulo, la persona a quien amaba. Lo decepcionaba e irritaba que aquellos a quienes quería pudiesen pedirle algo, un objeto, un privilegio. De modo que el discípulo es aquel que, en lo material, menos debe recibir del maestro”.
Marty cuenta de almuerzos y cenas después de los cursos. Lo que nos lleva a esos tres ejercicios espirituales que llevó a cabo Barthes entre los años 1977 y 1980. Sobre la escritura, La preparación de la novela; sobre la convivencia, Cómo vivir juntos; y sobre la conducta, Lo neutro. Barthes encuentra en la idea de lo neutro un norte ético y busca definirlo buceando en el arte del té y de las flores en Japón: “Hacia el detalle inútil o misteriosamente útil: la minucia: en el límite de lo extravagante”. (Y uno se pregunta si el impulso por trabajar en lo neutro no le vino de mudarse a París, donde es tan difícil –eso se ve claramente en el cine– encontrar espacios que no sean ni ostensiblemente bellos ni obvios, zonas con un mínimo grado de indiferencia.) Cómo vivir juntos se toca con otros proyectos de Barthes como El imperio de los signos, su incomparable ensayo sobre Japón: “¿Por qué en Occidente la cortesía está considerada sospechosa? ¿Por qué la cortesía se ve como un distanciamiento (si no una huida) o una hipocresía?”. La preparación de la novela funciona como un manual de iniciación a la escritura, acaso el mejor –por sutil, simpático y sugestivo– que se haya escrito nunca: “El origen de la obra no es la primera influencia, es la primera postura: copiamos un rol, por ende, por metonimia, un arte: comienzo a producir reproduciendo aquello que quisiera ser. Este primer deseo funda un sistema secreto de fantasmas que persisten de una época a otra, con frecuencia independientemente de los escritos del autor deseado”. Aquí Barthes insiste sobre la notación, el haiku y la forma de arte que permite comprender el haiku: la fotografía. Al autor de La cámara lúcida, lo que le interesa de la fotografía es el impacto afectivo que provoca: “Yo era semejante a aquel amigo que se había dedicado a la fotografía sólo porque esta le permitía fotografiar a su hijo”.
Cabeza de serie del ensayo del siglo XX, Barthes –como Maurice Blanchot, Jean Paulhan y Gilles Deleuze– es otra corriente alterna sin igual, otra rara inteligencia francesa despojada de neurosis y mala fe: sensual, sinuosa, precipitada. Hace más de treinta años que Barthes alimenta, figurativa y literalmente, a profesores de Occidente. Roland Barthes se había escudado –educado– al compás de dos iniciales y hoy R.B. equivale a una flamante graduación de lápiz negro, un trazo único en la historia de la literatura.
En primera fila
Una tarde, Roland Barthes observaba a unos chicos jugando en una plaza y se decía que debía filmar ese momento e insertarlo en una película. Imaginaba una técnica que le permitiera filmar inmediatamente la escena, “una cámara perfecta en el lugar de un botón de mi camisa”. Lo que lo contrariaba a Barthes del cine es la imposibilidad del fragmento, del haiku. En una entrevista que le hicieron Jacques Rivette y Michel Delahaye para Cahiers du Cinéma, incluida en la excelente compilación Teoría y crítica del cine, Barthes señala: “En cuanto a la elección de las películas, en el fondo nunca se hace con total libertad. Me gustaría ir más al cine solo. El problema que se plantea en la vida del usuario de cine es que existe una especie de moral más o menos difusa de las películas que es necesario ver; los imperativos son bastante potentes cuando se pertenece a un medio cultural”. Barthes, que comparó el procedimiento de su escritura con los ensayos teatrales que campean en los filmes de Rivette, alguna vez eligió El ángel exterminador de Buñuel como modelo: “Las mejores películas son aquellas que mejor suspenden el sentido”. Para este profesor que actuó como Thackeray en una película de André Techiné, el sueño de un crítico “es poder definir un arte a través de su técnica”. Al confrontar literatura y cine afirmó que en el cine “su esencia no se encuentra en su técnica, al contrario que en la literatura. ¿Se imaginan ustedes una literatura-verité, análoga al cine-verité? Con el lenguaje eso sería imposible, la verdad es imposible con el lenguaje”. Fue Antonioni, en definitiva, quien le hizo decir: “Trabaja para hacer sutil el sentido de lo que el hombre dice, cuenta, ve o siente, y esa sutileza del sentido es la de todos los artistas cuyo objetivo no es esta o aquella técnica, sino un fenómeno extraño: la vibración”.
Barthes y Twombly: escritura y color
El pintor Cy Twombly es una suerte de espejo de Roland Barthes, aquel que Barthes hubiera querido ser (al menos como pintor). A comienzos de la década del setenta, alentado por las maravillosas grafías que descubrió en Marruecos y Japón, Barthes comenzó a probar mano con la pintura. Con el tiempo consiguió crear imágenes que se asemejan a las de Twombly pero de un modo natural, como el parecido que se da entre familiares. Barthes escribió diversos textos sobre Twombly, muchos de ellos reproducidos en los espléndidos catálogos de Gagosian y Schirmer Mosel: “El arte de Twombly no quiere capturar nada; él permanece, flota, deriva entre el deseo –que sutilmente anima la mano– y la cortesía... Son las migajas de una pereza, y por ende de una elegancia extrema... Es un arte de la sacudida más que de la violencia, y se ve con frecuencia que la sacudida es más subversiva que la violencia: es precisamente la lección de ciertos modos orientales de conducta y pensamiento”. Dibujar como imaginando que uno está escribiendo. Barthes boceta con la mano derecha pero –“revancha del pulso”– colorea con la izquierda: “Dicen que Twombly es un anti-colorista. ¿Pero qué es el color? Un gozo. Y este gozo está en él”. Ya lo subrayó Barthes, la obra de Twombly es la escritura. Su trazo “es inimitable (prueben imitarlo: lo que ustedes hagan no será ni de él ni de ustedes; será nada). Porque lo que es inimitable, finalmente, es el cuerpo. La obra de Twombly ofrece la lectura de esa fatalidad: mi cuerpo nunca será el tuyo”. Barthes elige los colores por su nombre y escribe sobre otros artistas que subvierten la letra, Saul Steinberg y André Masson: “He aquí uno de los pequeños tormentos del lenguaje: jamás se puede explicar por qué algo te parece bello; el placer engendra una cierta pereza del habla”. Pero Twombly es su patria y su horizonte: “Como en una operación quirúrgica de una extrema delicadeza, todo se juega en Twombly en ese momento infinitesimal en el que la cera del crayón se aproxima al grano de papel”. Indulgente con Jackson Pollock, incómodo con Joan Miró, Barthes formula la pregunta que no oculta la respuesta: “¿Quién puede escribir mejor que un pintor?”