
A los 85 años –con una carrera de once libros de ficción y seis ensayos–, Robbe-Grillet demostró que conserva intactos sus reflejos juveniles: fiel a su reputación de provocador, desencadenó un escándalo que propulsó su libro a los primeros puestos de los rankings. Ese fenómeno fue facilitado, en parte, por la eficaz estrategia de venta que utilizó la editorial Fayard. La presentación de Un roman sentimental en las librerías evoca el packaging de las revistas pornográficas. El libro se vende dentro de un envoltorio plástico con una etiqueta de advertencia: “El editor previene que este ‘cuento de hadas para adultos’ es una ficción fantasmagórica que puede herir ciertas sensibilidades”. Luego agrega: “Como el volumen no está guillotinado –en los bordes de las páginas–, para abrirlo conviene usar un instrumento cortante en lugar de los dedos”. Esas frases permiten adivinar el contenido del libro.
“Es patético que un escritor de esa envergadura haya llegado a estos extremos”, se escandalizó Edouard Launet, crítico literario de Libération, un diario de izquierda que frecuentemente coquetea con el libertinaje.
Enclaustrado en su castillo de Normandía, Robbe-Grillet se deleita con esta leyenda de Barbazul que fue cincelando durante los 54 años de su carrera literaria. Esa fábula nació en realidad hace exactamente medio siglo. En 1957, la publicación de La jalousie, mal traducido al español como La celosía, marcó el nacimiento del nouveau roman (nueva novela), una de las corrientes literarias más influyentes de la literatura de posguerra en Francia. A esa escuela pertenecieron, permanentemente o en forma fugaz, autores como Samuel Beckett, Michel Butor, Marguerite Duras, Jean Cayrol, Nathalie Sarraute y Claude Simon. Algunos de ellos también solían acudir a esos juegos prohibidos que organizaba el padre de la nueva novela en su castillo de Normandía, con su esposa. Robbe-Grillet conoció a Catherine en 1951, cuando ella tenía 19 años y se enamoró del contraste “entre mi aspecto de niña inocente y mis instintos viciosos”, según confesó en Memorias de una recién casada.
A partir de ese momento se convirtieron en la pareja más libertina de la literatura francesa. Casi 20 años antes de la revolución sexual, Robbe-Grillet y Catherine se abrieron a todas las experiencias: en una ocasión, “Alain me levantó la pollera para mostrarle a Jerôme Lindon [su editor] que yo no tenía ropa interior. Luego le tomó la mano y la colocó sobre mi sexo”, recordó Catherine en esos “escritos íntimos” en los que mezcla teorías literarias y reminiscencias de sus prácticas voluptuosas. En una visita guiada –organizada para Judith Perrignon, del diario Libération–, le hicieron conocer algunos secretos del castillo, en particular la habitación de las ceremonias secretas, con una panoplia de objetos sadomasoquistas colgados de las paredes. “Catherine acordó frecuentemente sus favores a mis jóvenes asistentes”, confesó ese día Robbe-Grillet. En una oportunidad, en el momento de enviarle uno de ellos, le dijo: “Es una buena ocasión para que resuelvas tu Edipo”.
Catherine siempre se proclamó “orgullosa de estar casada con un hombre que tiene hermosas amantes”. Ahora, en el crepúsculo de sus piruetas, el escándalo que desencadenó su nuevo libro amenaza con cerrarle las puertas de la Academia Francesa. Elegido en 2004 para entrar a ese templo de las letras –creado en 1635 por el cardenal de Richelieu–, Robbe-Grillet se niega a plegarse al ceremonial. A diferencia de otros escritores, que darían su vida por sentarse bajo la cúpula que domina el Sena frente al Louvre, Robbe-Grillet rehúsa vestir el famoso traje verde de etiqueta, se niega a pronunciar el tradicional discurso y anunció que no asistirá a la ceremonia de recepción. La única excepción fue Henry de Montherlant, recibido en sesión privada porque sufría de agorafobia. Después de la publicación de Una novela sentimental, considerada como una apología de la pedofilia y del incesto, algunos académicos son partidarios de “dejar que el tiempo cumpla su obra”. La muerte puede evitar que R-B algún día se presente a la puerta de la Academia a reclamar su banca. A él le tienta mucho más la idea de inscribir su nombre junto a Sade en el panteón imaginario de los escritores libertinos.
*Desde París.