
Poco antes de que nuestra nación invadiera Irak, nuestro senador más veterano, Robert Byrd, de Virginia Occidental, se levantó en el Senado y dijo: “Esta Cámara, en su mayor parte, ha guardado silencio, un silencio terrible, ominoso. No hay debate, no hay discusión, ningún intento de explicar a la nación los pros y los contras de esta guerra en particular. No hay nada. Guardamos un silencio pasivo en el Senado de Estados Unidos”.
¿Por qué guardó silencio el Senado?
Al describir de esa forma la Cámara vacía, Byrd postulaba una versión concreta de la misma pregunta general que nos hemos formulado millones de nosotros: “¿Por qué la razón, la lógica y la verdad parecen tener un papel cada vez menos importante en la forma en que Estados Unidos toma decisiones importantes?”. Para muchos estadounidenses, la persistente y prolongada dependencia de falsedades como base de la política, incluso enfrentada a sólidas y rotundas pruebas de lo contrario, ha alcanzado niveles inimaginables.
Un número cada vez más creciente de estadounidenses se están preguntando en voz alta: “¿Qué le ha pasado a nuestro país?”. Cada vez más gente intenta desentrañar qué ha sido de nuestra democracia, cómo podemos encarrilarla.
El descubrimiento de que nuestro gobierno había torturado de manera rutinaria y cruel a prisioneros (y continuaba haciéndolo obedeciendo a una política oficial) provocó escasas protestas, aunque amenaza los valores y la autoridad moral de Estados Unidos en el mundo. De manera similar, la revelación de que la rama ejecutiva había espiado masivamente a los ciudadanos estadounidenses, sin respetar el imperativo constitucional de obtener mandatos judiciales (y continuaba haciéndolo), provocó tan escasa controversia que el Congreso aprobó la legislación y consolidó la práctica.
¿Cómo hemos podido llegar a estar tan confundidos sobre la diferencia entre las amenazas reales y las amenazas ilusorias? ¿Estamos acaso exhibiendo el tipo de acción irresponsable y vaga ante los peligros que acechan a la república, que consiguen incapacitarnos para apoyar el buen funcionamiento del gobierno constitucional estadounidense?
Es demasiado fácil, y demasiado partidista, culpar únicamente a la política del presidente George W. Bush. Todos somos responsables de las decisiones que toma nuestro país. Tenemos un Congreso. Tenemos un poder judicial independiente. Tenemos controles y balances. Somos una nación de leyes. Tenemos libertad de expresión. ¿Es que todo eso ha fallado?
Tras los desastres provocados por el huracán Katrina, durante un breve período de tiempo gozamos de una claridad y transparencia de nuestro discurso público que recordó a algunos estadounidenses, incluidos algunos periodistas, que esa claridad y transparencia eran más habituales cuando hablábamos entre nosotros de los problemas y decisiones que afrontábamos. Pero después, como una tormenta de verano, el momento se desvaneció.
No siempre ha sido así. ¿Por qué el discurso público de Estados Unidos se ha vuelto menos claro, menos razonado? La fe en el poder de la razón (la convicción de que los ciudadanos libres pueden gobernarse con prudencia y justicia, utilizando el debate lógico en función de las mejores pruebas disponibles, en lugar del poder puro y duro) fue y continúa siendo la premisa principal de la democracia estadounidense.
Esta premisa se halla ahora sometida a un ataque. Tendemos a embellecer el pasado, por supuesto, y jamás existió una edad de oro en que reinara la razón, que expulsara la falsedad y la demagogia de las deliberaciones del autogobierno estadounidense.
Pero, pese a todos los defectos de Estados Unidos, siempre procurábamos rendir homenaje a la verdad y la razón. Nuestro mejor presidente, Abraham Lincoln, dijo en 1838, cuando tanto Estados Unidos como él eran muy jóvenes: “La razón, la fría, calculadora y desapasionada razón, debe aportar todos los materiales de nuestro futuro apoyo y defensa. Ojalá dichos materiales se integren en la inteligencia colectiva, la sólida moralidad y, en particular, en el respeto a la Constitución y las leyes”. La verdad es que la democracia corre peligro ahora en Estados Unidos, no por culpa de un conjunto de ideas, sino debido a una serie de cambios sin precedentes que se han dado en el medio ambiente, dentro del cual las ideas viven y se propagan, o bien se marchitan y mueren. No me refiero al medio ambiente físico, sino a lo que se conoce como la esfera pública, o mercado de las ideas.
Ya no es posible ignorar lo extraño de nuestro discurso público. Sé que no soy el único convencido de que algo ha ido muy mal. En 2001, albergué la esperanza de que se tratara de una aberración el hecho de que las encuestas demostraran que las tres cuartas partes de los estadounidenses creían que Sadam Husein era responsable de los atentados del 11 de septiembre. Más de cinco años después, no obstante, casi la mitad de los estadounidenses siguen creyendo que Sadam estaba relacionado con los atentados.
Al principio, pensé que la cobertura exhaustiva e interminable del juicio de O.J. Simpson era un exceso desafortunado, una desagradable desviación del buen gusto y juicio de nuestros medios informativos de la televisión. Ahora sabemos que sólo fue el primer ejemplo de una nueva pauta de una serie de obsesiones múltiples, que de vez en cuando se apoderan de los medios de comunicación.
A finales del verano de 2006, la cobertura informativa estadounidense estaba saturada con la falsa confesión de un hombre que afirmaba haber estado presente en la muerte de Jon Benét Ramsey, la reina de la belleza de seis años, cuyo asesinato sin resolver once años antes había generado otra obsesión duradera. Pocos meses antes de la detención de John Mark Karr en Bangkok, la desaparición de una estudiante de instituto en Aruba y la búsqueda de su cadáver y de su presunto asesino consumieron miles de horas de informativos televisivos.
Ambos casos siguen sin resolverse en el momento en que escribo estas líneas, y ninguno provocó un impacto apreciable en el destino de la república.
Al igual que Jon Benét, recientemente O. J. ha vuelto a ser el centro de otro ataque compulsivo de histeria informativa, cuando su hipotética no confesión dejó de publicarse y no se emitió su entrevista televisada. Esta particular explosión de “noticias” sólo se vio truncada cuando una ex estrella de una sitcom utilizó insultos raciales en un programa de humor. Y antes de eso, fue el caso de la “novia que se dio a la fuga” en Georgia. Y antes, el juicio de Michael Jackson y el juicio de Robert Blake, la tragedia de Laci Peterson y la tragedia de Chandra Levy. Y, por supuesto, no olvidemos a Britney y KFed, y Lindsay y Paris y Nicole. Tom Cruise dio saltitos sobre el sofá de Oprah y se casó con Katie Holmes, que dio a luz a Suri. Y por lo visto, Russell Crowe arrojó un teléfono contra el conserje de un hotel.
A principios de 2007, la cobertura agobiante de la muerte, embalsamamiento y planes para el funeral de Anna Nicole Smith, además del fárrago legal sobre la paternidad y custodia de su hijo, así como la herencia, se convirtieron en otro ejemplo extravagante de las nuevas prioridades de la cobertura informativa estadounidense. Y mientras los teleespectadores estadounidenses dedicaban cien millones de horas de su vida cada semana a estas y otras historias similares, nuestro país estaba tomando sin hacer ruido lo que los historiadores futuros describirán como una serie de decisiones catastróficas sobre la guerra y la paz, el clima global y la supervivencia humana, la libertad, la barbarie, la justicia y la imparcialidad.
Por ejemplo, ya casi nadie discute que la decisión de invadir Irak fue una grave equivocación. A finales de 2005, el ex director de la Agencia de Seguridad Nacional, el teniente general retirado William Odom, dijo: “Creo que la invasión de Irak se convertirá en el mayor desastre estratégico de la historia de Estados Unidos”. No obstante, aunque parezca increíble, todas las pruebas y argumentos necesarios para haber tomado la decisión correcta estaban disponibles en su momento, y al mirar atrás son clamorosamente evidentes.
Tanto si están de acuerdo con el análisis del general Odom como si no, la cuestión a la que apuntaba el senador Byrd antes de la invasión era que, en Estados Unidos, se supone que discutimos a fondo temas tan importantes como la elección entre la guerra y la paz. Entonces, ¿por qué no lo hicimos? Si nos hubiéramos entregado a esa discusión, en lugar de invadir impulsivamente un país que no nos atacaba ni amenazaba, tal vez habríamos evitado los trágicos problemas creados por la guerra y sus secuelas.
Aquellos de nosotros que hemos servido en el Senado de Estados Unidos y lo hemos visto cambiar con el tiempo, tal vez podríamos dar una respuesta a la incisiva descripción del Senado que ofreció el senador Byrd antes de la invasión: la Cámara estaba vacía porque los senadores estaban en otro sitio. Muchos se encontraban en fiestas destinadas a recaudar fondos, a las que ahora se sienten impulsados a asistir casi de manera constante con el fin de recoger dinero (gran parte procedente de intereses especiales) para comprar anuncios televisivos de treinta segundos, destinados a la campaña de su siguiente reelección.
El Senado guardó silencio en vísperas de la guerra porque los senadores opinan que lo que dicen en el Senado ya no tiene importancia, ni para los demás senadores, que casi nunca se hallan presentes cuando hablan sus colegas, ni por supuesto para los votantes, porque los medios casi nunca informan ya sobre los discursos del Senado.
La fe de nuestros Padres Fundadores en la viabilidad de la democracia representativa descansaba sobre su confianza en la sabiduría de una ciudadanía bien informada, su ingenioso proyecto de controles y equilibrios, y su convicción de que el imperio de la razón es el soberano natural de un pueblo libre. Como dijo Thomas Paine: “Al igual que en los gobiernos absolutistas el rey es la ley, en los países libres la ley debería ser rey y no debería haber otro”.
Nuestros Padres Fundadores habían estudiado a fondo el foro romano, así como el ágora de los antiguos atenienses. También sabían muy bien que, en Estados Unidos, nuestro foro público sería una conversación continuada sobre la democracia, en la que los ciudadanos participarían sobre todo a base de comunicarse con los demás ciudadanos a grandes distancias, mediante la palabra impresa. Los Padres Fundadores pusieron un énfasis especial en asegurar que la opinión pública estuviera bien informada, y se preocuparon sobremanera en proteger la franqueza del mercado de las ideas, para que el conocimiento se transmitiera en libertad. De esta forma, no sólo protegieron la libertad de reunión como derecho básico, sino que hicieron hincapié en proteger la libertad de prensa en la Primera Enmienda.
Su mundo estaba dominado por la palabra impresa. Así como un pez ignora que vive en el agua, Estados Unidos, durante su primer medio siglo de existencia, no conocía otra cosa que la palabra impre- sa: la Biblia, los himnos, la Declaración de Independencia, nuestra Constitución, nuestras leyes, las Actas del Congreso, periódicos, libros y panfletos. Aunque temían que el gobierno intentara censurar la prensa, tal como había hecho el rey Jorge, los Padres Fundadores no podían imaginar que el discurso público estadounidense consistiera en algo más que palabras impresas.
Y, sin embargo, hoy, han transcurrido casi cuarenta y cinco años desde que la mayoría de los estadounidenses recibían noticias e información desde la palabra impresa. Una hemorragia de lectores diezma a los diarios. La lectura está en declive, no sólo en nuestro país, sino en casi todo el mundo. La República de las Letras ha sido invadida y ocupada por el imperio de la televisión. Radio, Internet, películas, teléfonos móviles, iPods, PC, mensajes instantáneos, videojuegos y asistentes digitales personales pugnan por conquistar nuestra atención, pero todavía la televisión es la que domina los canales de información en el Estados Unidos moderno.
Durante los años transcurridos desde entonces, la cuota de audiencia total de noticias e informativos no ha dejado de aumentar, y su ventaja sobre los periódicos impresos, también. Millones de estadounidenses han dejado de leer periódicos. Los diarios de la tarde fueron los primeros en ir a la quiebra. Ahora, casi todos los periódicos han visto disminuir sus beneficios, la publicidad y la circulación y bastantes, su tamaño material. Un día, hace muchos años, un joven e inteligente consultor político se volvió hacia un cargo electo de mayor edad y describió de una manera sucinta la nueva realidad del discurso público de Estados Unidos: “Si no sale en la televisión, no existe”.
Cuando estudiaba en la universidad, escribí mi tesis sobre el impacto de la televisión en el equilibrio del poder entre las tres ramas del gobierno. Un individuo que dedique cuatro horas y media diarias a ver la televisión es muy posible que posea unas pautas de actividad cerebral muy diferentes de las de alguien que dedique cuatro horas y media a leer.
Actualmente, la razón sufre el embate de unas fuerzas que usan las técnicas más refinadas: propaganda, psicología, medios electrónicos de comunicación de masas... Sin embargo, también los defensores de la democracia están empezando a usar sus propias técnicas, no menos refinadas: Internet, la organización on line, los blogs y los wikis.
Ya estamos asistiendo a la aparición de defensas innovadoras contra el asalto a la razón. Mi mayor esperanza es que los lectores de este libro elijan sumarse a un nuevo movimiento cuyo propósito es reavivar el verdadero espíritu del país.