—¿Qué te sentís más, músico o poeta?
—Ambas cosas van de la mano. Empecé a estudiar música a los seis años y empecé a componer a los trece. Igual, no sé si diría que soy un poeta. Soy un músico que escribe canciones, y por ahí me salen algunos poemas buenos.
—¿Cómo escribís?
—Escribo como hablo yo. Escribo de la misma forma que hablo.
—¿Qué pensás de cómo ha-blan hoy los adolescentes?
—Y, hablan distinto. Cada época tiene una melodía específica. Por ejemplo en los 40 tenían otro canto, como el de Gardel, el de Tito Lusiardo, que cuando vos los escuchás hablar... Era un estilo, una época. Después la cosa cambió, se hizo canchera de otra forma, y ahora los pibes le cambiaron de nuevo el dibujo y hablan con otra tonalidad.
—¿Y qué pensás de los jóvenes de hoy en relación a cuando vos eras joven?
—Actualmente, la sociedad es un desorden total. Esa es la sensación que tengo.
—¿Los jóvenes te dan esa sensación?
—Los pibes, la sociedad, el país, todo. Me da la sensación de que se están volcando los fideos y nadie baja la llama.
—¿Por qué creés que los jóvenes se enganchan tanto con vos?
—Te juro que no puedo explicar por qué de repente prendo el televisor y veo un pibe que canta Garganta con arena. Yo compuse un tema que es para el Polaco, un tema adulto. Ahora, por qué lo agarraron los pibes...
—¿Cómo era tu relación con Goyeneche?
—Laburé los últimos diez años de su vida junto a él. Era una relación muy afectiva, muy de hermano mayor. Me dejó marcas, me dejó inflexiones, a veces lo imito y no me doy cuenta...
—¿Qué te hace gozar de la vida?
—Yo disfruto todo lo que pude hacer, el haberme podido manifestar como artista. Fui profesor de música, toqué el piano en orquestas típicas de tango, hice teatro de revistas, comedia, cine, tengo discos de oro, de platino. Soy un tipo feliz, realmente, con mis logros. Y hoy por hoy me hacen feliz los pequeños detalles. Estoy más tranquilo. Es una especie de reposo del guerrero, ¿no? Cuando te casás y te calmás un poco, dejás de vivir otra vida. Te obliga la edad, también.
—¿Y te obliga tu mujer?
—Ella también, claro.
—Después de cantar más de cien veces un mismo tango, ¿se siente lo mismo al cantarlo?
—Si me doy cuenta de que ya no lo estoy sintiendo, lo borro del repertorio. Pero lo vuelvo a tomar al poco tiempo y arranca con la misma intensidad de antes. Con Café la humedad no me pasó nunca, porque llego a sacarlo del repetorio y se arma un quilombo bárbaro.
—¿Qué cantante que hoy escuchás te hace temblar?
—Alejandro Sanz es el que más me gusta. Me emocionan las letras que escribe, cómo compone, cómo lo canta, cómo lo dice. Me encanta.
—¿Qué extrañás de la noche de Buenos Aires?
—Extraño cómo era yo hace veinte años, con la misma noche. Ya no salgo tanto como antes. Me gusta quedarme en casa. Lo que pasa es que cambiaron los códigos, más que nada. La amistad se manosea mucho, la palabra ya no es la misma que antes. Antes había otro respeto. Hoy no hay respeto. Los chicos están muy mal, porque hay una generación de padres separados que largaron todo en banda, y por eso están los pibes en banda.
—Decías que la amistad ya no tiene el mismo valor, ¿por qué?
—Tuve muchas desilusiones. Con amigos y con gente que no era tan amiga.
—¿Te duele la traición?
—Que la mina te meta los cuernos es viejo... Creo que Eva lo engañó a Adán, a alguien habrá encontrado para cuernearlo. La historia de la mujer que te es infiel es bastante habitual. Por eso está el tango. En el hombre una traición es más jodida. Porque el hombre tiene otros códigos, como a veces tienen las mujeres entre ellas. Las mujeres tienen otros códigos. Por ejemplo, vos llegás a tu casa y venís de mandarte una macana, y saludaste y aunque no digas nada tu mujer se avivó de lo que te mandaste.
—¿Te ha pasado?
—Me ha pasado a mí y le ha pasado a mucha gente. La mujer olfatea, tiene otro sentido.
—¿Las mujeres son todas iguales?
—Yo llegué a una conclusión. Como me dijo el filósofo Jorge Corona, contemporáneo, erudito: “Castaña, a la mujer no hay que pegarle más, porque es inútil”. La mujer no cambia más.
—¿Cuál de tus mujeres te valorizó más cómo artista?
—Ni idea. Nunca me detuve a pensar en eso. Y si alguna me valorizó como artista ellas entonces se estaban acostando con el cartel, no con el tipo.
—¿Y cuál te quiso más?
—En este momento, quiero creer que mi mujer.
—¿Y sin contarla a ella?
—Me imagino que debe haber por ahí algún par de locas que todavía me quieren. Hay algo que es esencial. Cada vez que yo dejaba a una mina, la mina se me abrazaba y lloraba y me decía: “Nno me dejes que me muero”. Esas minas que decían eso, ni gripe tuvieron.
— La pregunta clásica: ¿cómo le va con el Viagra?
— ¡Bárbaro! Es como tener la de otro.
—¿Qué te enoja, de la vida que te toca hoy?
—Soy calentón, chinchudo, leche hervida. Me enoja que la gente me defraude, que se confundan. Lo que pasa es que uno sigue creyendo en la gente. No hay otra forma de vivir, no podés guardarte el afecto en el bolsillo por las dudas.
—¿Cuáles sentís que son tus asignaturas pendientes?
—A veces me agarra por el lado del hijo. Pasan los años y tener un hijo me sigue dando miedo. Me parece que uno tiene que estar preparado. Es mucha responsabilidad, y yo nunca quise tener tanta responsabilidad. Puede ser por ese lado.
—¿Querés agregar algo?
—¡No, si me preguntaste de todo! Esto más que reportaje fue psicoanálisis...