
Fama y frustración. Relatos de piratas, de campamentos militares, historias de boxeo. Nadie, de inmediato, asociaría esos tópicos con la literatura de Arthur Conan Doyle. La frase: “Elemental, Watson”, en cambio, funciona como esas marcas que se convierten en nombre del producto, para tristeza de los nuevos representantes del marketing. Porque a pesar de la publicación de sus heterodoxos relatos de aventuras (aquí en la Argentina, por el sello Claridad), Conan Doyle funciona como sinónimo de Sherlock Holmes, aún a 120 años de la publicación de Estudio en escarlata, la primera novela protagonizada por el detective. En sus Memorias se lee la ambigüedad de la relación personaje-autor. Por un lado, el placer de la fama gracias al detective (y también del dinero; Doyle cuenta al detalle cuánto cobra).
Por otro lado, hay un estado de conflicto, una dualidad irreconciliable con el deseo de que trascienda otra parte de su obra que él considera mejor. “Todas las cosas acaban encajando en su sitio, pero creo que si yo no me hubiera interesado nunca por Holmes, que ha tendido a oscurecer mi obra más enjundiosa, ocuparía en la literatura un puesto mucho más alto.” Confesión que viene a confirmar la poca capacidad que suelen tener los escritores para juzgar su propia obra.
Icono. Si con sólo cinco relatos Edgar Poe sentó las bases del género, fue Conan Doyle, con varias novelas, libros de cuentos y entregas en folletines, quien las afianzó para que su personaje se convirtiera en ícono del policial analítico. Los escritores posteriores y también contemporáneos a Doyle fueron moldeando aquellas claves y creando nuevos detectives, como el adorable Padre Brown de Chesterton, la versión más alegre que recrea e invierte algunos ticks de Holmes: el gordito católico hace todo lo posible para esconder su sagacidad; a menudo lo creemos ingenuo y torpe. Si Conan Doyle se ganó el lugar como representante por excelencia de la novela-problema de fines del siglo XIX y principios del XX, la depresión del 30 en los Estados Unidos da una vuelta radical en la composición de personajes, trama y método en la resolución del conflicto. En el policial negro norteamericano, el deseo de venganza y la motivación mercenaria reemplazan la abstracción del misterio, que se resuelve midiendo fuerzas. La razón da lugar al cuerpo y a la ley del más fuerte; la policía es tan corrupta como los delincuentes.
Pero desde el principio, el policial “clásico” presenta claves más que reconocibles. Si cualquier lego no tiene muy en claro los elementos que ponen en marcha, por ejemplo, la novela rosa, los relatos de Conan Doyle, más que los de cualquier otro cuyas reglas son más difusas para el sentido común, son emblemáticos. Se sabe que siempre tiene que haber un delito, un misterio, un detective, una resolución racional y que la policía, desde luego, es inoperante. Si para Holmes la inteligencia es el arma, pensar como el delincuente, seguir sus pistas de manera lógica y reconstruir hacia atrás es el método. Conan Doyle dedica gran parte de sus memorias para referirse a la difícil construcción de la trama de este género que, industrial, aún da cuenta de un mundo que puede ordenarse y entenderse en clave racional. “La mayor dificultad, con Sherlock Holmes, estribaba en que cada relato necesitaba un argumento tan bien perfilado y tan original (...) si la trama es demasiado fina, tiende a romperse”. La narración alcanza una pureza lógica casi perfecta que permite al lector resolver el misterio junto al detective, aunque otras veces su misma perfección conspire contra la verosimilitud.
Paradojas de un gran personaje. Borges decía, pensando en los policiales de Poe, que eran más que nada un género fantástico. Pero ¿qué pasa con la obra de Conan Doyle? Si el policial no es un género realista, Sherlock Holmes está envuelto en una circunstancia paradojal. Es sabido que el autor no sólo recibió amenazas cuando decidió dar fin a la saga del detective, sino que se generó una suerte de simbiosis: hubo lectores que le acercaban casos reales para que los resolviera. Reacciones desencajadas para un escritor no realista.
Entonces, ¿cuándo Holmes deja de ser un muñequito astuto, una máquina de razonar, y se convierte en un personaje vivo? ¿Es contradictorio que un género fantástico, sostenido por abstracciones, perturbe tanto que los lectores crean en la existencia de su protagonista?
Aún hoy, el atractivo de cualquier superhéroe se acrecienta cuando –sin ser del todo humano– comprobamos que su poder convive con sus debilidades. El caso Holmes puede pensarse (el cine y el pulp del siglo XX se acomodan con gracia a los tópicos de la literatura del XIX), como un estadio previo a las duplas de superhéroes. El detective tiene, como los personajes que lo siguieron y ganaron el gusto popular, un sincero afán de justicia y un enemigo que reaparece: “Lo digo con toda seriedad, Watson, que si yo consiguiera vencer a ese hombre, si me fuera posible libertar de él a la sociedad, tendría la sensación de que mi carrera habría alcanzado su cúspide, y estaría dispuesto a consagrarme a un género de vida más sosegado”. Fundante también de la doble ocupación, el detective escribe monografías en sus ratos libres, y cuando deje la profesión se dedicará a la apicultura (es autor del Manual práctico del apicultor, con algunas consideraciones sobre la separación de las reinas).
Si la actuación del detective es magnífica, lo cierto es que las preguntas de Watson, el narrador, son las que le permiten lucirse. A veces petulante, siempre cerca de la verdad, Holmes tampoco teme brindar consejos de vida. Su sabiduría se pretende más que científica; sus cualidades, bajo la descripción fascinada de Watson, son tanto físicas como morales e intelectuales. Una vez le dice a una mujer que había intentado suicidarse: “¿Qué sabe usted? El sufrir con paciencia constituye por sí mismo la más preciosa de las lecciones que se pueden dar a un mundo impaciente”.
El mérito Watson. La cercanía –el contrapunto– con Watson también nos acerca aspectos íntimos y puntos débiles del héroe. Holmes desdeña el reconocimiento oficial aunque se sonroja ante el halago de su compañero. “Era capaz de conmoverse hasta las entrañas ante la admiración y los elogios espontáneos de un amigo.”
Esa relación tiene la ambigüedad de la mirada que, como en toda convivencia, se vuelve tan compinche como crítica. Watson detesta el desorden de la casa de su amigo (una vez más los opuestos: el desorden doméstico contrasta con la prolijidad intelectual). “Mi peor cruz eran sus papeles. Le causaba horror destruir documentos”, dice. También se refiere a su misoginia militante y a su gusto –que reprueba– por ciertas drogas. Holmes “tenía costumbres que en su sencillez llegaban al borde de la austeridad. Salvo que, de tanto en tanto, se entregaba a la cocaína”. (¿Cómo se lee a los niños ciertos pasajes?¿Qué cuento reproducía aquella antigua edición de Billiken?).
Todo intento de traducir el policial analítico en estas tierras dio un resultado artificioso y pobre –no así el policial negro. En una entrevista citada en Leyenda, de Daniel Link, Sasturain dice que el género es casi imposible de ejercer en la Argentina. “No hay muchos detectives ni muchas novelas policiales. Ni mucho menos sagas de detectives”, afirma el escritor. Y Link agrega: “Los detectives argentinos siempre son un poco ridículos”. Desde el célebre borgeano La muerte y la brújula, incluso, siempre han ganado las versiones paródicas.
No queda más, entonces, que entregarse a la lectura original, británica, elegante, anacrónica; asumir el disfrute del disfraz, de un personaje muy otro, como los niños hasta que encuentran su propia forma o la literatura (el policial) local: su propia voz.
HOJA DE VIDA
* Nació en Edimburgo el 22 de mayo de 1859.
* Crecido en el seno de una familia culta, de joven estudió en Stonyhurst antes de ingresar en la Universidad de Edimburgo, donde cursó Medicina. En la Universidad conoce al doctor Bell, quien inspiró en parte la personalidad de Sherlock Holmes.
* Trabaja como cirujano y abre su propio consultorio, en el que atiende entre 1882 y 1890.
* En 1887 aparece la primera novela de Sherlock Holmes, Estudio en escarlata.
* A causa de la tuberculosis que sufre su esposa, se instala por un tiempo en Egipto. Allí escribe La tragedia de Korosko y Las hazañas del brigadier Gerard. En esa época estallan los enfrentamientos entre Sudán y Egipto, y el escritor viaja al frente para trabajar como corresponsal.
* En 1902, le otorgan el título de Sir.
* En 1916, confiesa públicamente su afición hacia el espiritismo.
* Muere en Sussex, Inglaterra, el 7 de julio de 1930.