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Con Cristina, Susana Ortiz salva la ropa

En sus viajes al exterior, Cristina Fernández de Kirchner se cambia de ropa no menos de cuatro veces por día. Su guardarropas viajero jamás se repite, y contiene prendas variopintas para cada ocasión. La mayoría, fruto de la creatividad y prolija realización de una diseñadora que nació en Mar del Plata, eligió su oficio a los 9 años y goza las mieles del kirchnerismo.

Por julio petrarca

Como en cada una de sus incursiones fuera de las fronteras argentinas, Cristina Fernández da pie para que legos y profanos hablen sobre su aspecto exterior: el pelo, el maquillaje, las joyas y –en particular– el cúmulo de ropa que alimenta un equipaje siempre excedido de peso.

De vestirse para gustar y/o deslumbrar se trata, y en esto tiene mucho que ver Susana Ortiz, la diseñadora argentina a la que más recurre la candidata oficialista a la Presidencia. Es ella la que acepta sus inquietudes estéticas (muchas veces más allá del gusto sobrio y medido que caracteriza a la modista), en las que abundan colores y texturas al borde del protocolo.

Arena y cemento. Cuando tenía 9 años, Susana Ortiz hartó a su familia con su pasión por los trapos, que estaba yendo más allá de la ropa para las muñecas. Fue entonces cuando la mandaron a corte y confección, un curso que por esa época –la década del 60– competía con inglés, teoría y solfeo y dactilografía en el interés educativo de las familias argentinas. No tuvo retorno, Susi: “Creo que no podría hacer otra cosa en la vida”, explicaría 40 años más tarde para definir cuán fuerte fue su vocación. Un camino que la llevó a los brazos de Carlos Di Doménico, tan marplatense como ella y modisto en ascenso. Treinta años estuvieron juntos unidos por el amor y los intereses.

La playa quedaba chica y el cemento porteño resultaba un escenario casi obvio: con la firma del hombre, abrieron una maison en la porteña calle Uruguay, a pasos del piso que ocupaban dos oscuros políticos sureños: Néstor Kirch-ner y Cristina Fernández, el gobernador y la senadora por Santa Cruz.

Cristina le compraba entonces –apenas entrado el siglo XXI– alguna que otra prenda. Luego se hizo habitué, hasta encargar decenas de conjuntos, chaquetas, abrigos y vestidos.

Prima donna. “Ahora nos vemos muy seguido: ella es muy coqueta y me parece fantástico”, definía Ortiz su relación con la flamante Primera Dama en enero de 2004.

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Ella la había enfundado en el vestido color manteca que lució Cristina el 25 de Mayo de 2003, día de la asunción de su marido. La modista estuvo dos días sin dormir: el encargo le llegó el 23 y lo puso en marcha desde cero, sin diseño previo. “Con ella me esfuerzo más –explicó como si hiciese falta–. Ahora me acostumbré a fijarme más en los detalles mínimos: en los ruedos, en los ganchitos, en el cierre”. Lo curioso es que Ortiz estaba en plena explosión de cambios en su vida: se separó de Di Doménico, abrió su propio local, eligió un camino estético distinto e independiente. Conserva todavía un raro acento italiano que nada tiene que ver con su origen español. “Viajo tanto a Milán que se me pega”, reconoce riendo al contar que los taxistas la confunden con una turista.

Ella y su clienta más famosa (tiene otras, como Moria Casán y Mirtha Legrand, pero se niega a dar la lista de celebrities a quienes viste) no hablan de política porque, confiesa, no entiende nada. Es, sí, fervorosa kirchnerista y temible crítica del menemismo pero por motivos no políticos: antes de Elsa Serrano, fueron ella y su marido quienes vistieron a Zulema y Zulemita y sufrieron (lo asegura) la misma odisea para cobrar que padeció la italiana.

No es el caso de Cristina: paga religiosamente (ella o su entorno, particularmente el vocero y cuasi secretario que la acompañó desde sus tiempos en el Congreso, Miguel Núñez) y encarga con más tiempo que en aquel debut en el balcón de la Rosada.

Silencio de radio. Nunca fue muy locuaz, pero al menos no estaba cerrada a los medios como ahora. En los viejos tiempos, cuando aún necesitaba de ellos para seguir creciendo en el mundillo de la alta costura, podía llegar a definiciones como ésta que sintetiza la pasión de Cristina por verse espléndida: “Nada la detiene cuando una prenda le gusta y le queda bien, aunque la tela, el color o el modelo estén fuera de protocolo”, confiaba Ortiz, que en estos días cierra su boca y su coqueta maison sobre la avenida Callao a toda inquietud y curiosidad periodística.

“La señora no hace declaraciones”, jura una asistente. n

Edición Impresa

Domingo 16 de septiembre de 2007
Año II Nº 0196
Buenos Aires, Argentina