Se publicó Paula en España con una foto tuya en la tapa, que te había tomado Willie, en la que apareces sonriendo y plena de vida, con tu melena oscura cubriéndote como un manto. Pronto empezaron a llegarme centenares de cartas, que llenaban cajones en la oficina; a Celia no le alcanzaban las horas para ordenarlas y responder. Durante años había recibido cartas de lectores entusiastas, aunque admito que no todas eran motivadas por simpatía hacia mis libros: algunas eran peticiones, como la de un novelista de dieciséis obras inéditas, que me ofrecía galantemente asociarse conmigo y que nos repartiéramos los derechos de autor por la mitad, o un par de chilenos en Suecia que me pedían pasajes para volver a Chile, porque por culpa de mi tío Salvador Allende ellos tuvieron que exiliarse. Sin embargo, nada pudo compararse con la avalancha de correspondencia que nos inundó a raíz de Paula. Quise contestar a todo, aunque fuese sólo con un par líneas garabateadas en una tarjeta, porque cada misiva había sido escrita con el corazón y enviada a ciegas, algunas a mis editores, otras a mi agente, muchas a través de amigos o librerías. Pasaba parte de la noche fabricando tarjetas con papeles japoneses que me regalaba Miki Shima y pequeñas piezas de plata y piedras semipreciosas de Tabra. Las cartas que recibía eran tan sentidas, que años más tarde, cuando el libro había sido traducido a varios idiomas, algunos editores europeos decidieron publicar una selección de aquella correspondencia. A veces me escribían padres que habían perdido un hijo, pero la mayoría era gente joven que se identificaba contigo, incluso muchachas que deseaban conocer a Ernesto, enamoradas del viudo sin conocerlo. Alto, fornido, moreno y trágico, atraía a las mujeres. No creo que le faltara consuelo: no es un santo y el celibato no es su fuerte, como él mismo me ha contado y como tú siempre supiste. Ernesto asegura que si no fuera porque se enamoró de ti, habría entrado al seminario para hacerse cura, pero lo dudo. Necesita una mujer a su lado.
Ocupada con las cartas, no tuve tiempo para la escritura y hasta la comunicación con mi madre disminuyó. En vez del mensaje diario que nos mantuvo unidas durante décadas, hablábamos por teléfono o enviábamos breves faxes, evitando confidencias que podían quedar expuestas a la curiosidad ajena. Nuestra correspondencia de esa época es muy aburrida. Nada como el correo, con su paso de tortuga y su privacidad, nada como el placer de esperar al cartero, abrir un sobre, sacar las hojas, que mi madre había doblado, y leer sus noticias con dos semanas de atraso. Si eran malas, ya no importaba, y si eran buenas, siempre se podían celebrar.
Entre las cartas llegó la de una joven enfermera que te había atendido en la unidad de cuidados intensivos del hospital de Madrid. A Celia le tocó abrirla y verla primero. Me la trajo, pálida, y la leímos juntas. La enfermera decía que después de leer el libro consideró que era su deber contarme lo que había ocurrido. La negligencia médica y un corte de electricidad, que afectó a la máquina de oxígeno, te destruyeron el cerebro. Muchas personas en el hospital sabían lo sucedido, pero trataron de ocultarlo, tal vez con la esperanza de que murieras sin que hubiese una investigación. Durante meses, las enfermeras me veían esperando el día entero en el corredor de los pasos perdidos y a veces quisieron contarme la verdad, pero no se atrevieron a enfrentar las consecuencias. La carta me dejó mareada durante varios días. “No pienses en eso, Isabel, porque ya no tiene remedio. Ése fue el destino de Paula. Ahora su espíritu está libre y no tendrá que sufrir los sinsabores que siempre depara la vida”, me escribió mi madre cuando se lo conté. “Con ese criterio deberíamos estar todos muertos”, pensé.
Esas memorias atrajeron más interés del público y la prensa que la suma de mis libros anteriores. Hice muchos viajes, cientos de entrevistas, decenas de conferencias, firmé miles de autógrafos. Una mujer quiso que le dedicara nueve libros, uno para cada una de sus amigas que había perdido a un hijo y otro para ella. Su hija quedó parapléjica a raíz de un accidente de coche y, apenas pudo maniobrar con una silla de ruedas, se tiró a una piscina. Dolor y más dolor. Por comparación, el mío era soportable, porque al menos pude cuidarte hasta el final.
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La película basada en mi primera novela, La casa de los espíritus, se anunció con gran bombo porque contaba con un elenco formidable de las grandes estrellas de entonces: Meryl Streep, Jeremy Irons, Glenn Close, Vanessa Redgrave, Winona Ryder y mi favorito, Antonio Banderas. Ahora, al pensar en ellos varios años después, estos actores me parecen tan antiguos como los del cine mudo. El tiempo es implacable.
Cuando se publicó mi primera novela, varios miembros de la familia de mi madre se molestaron conmigo; unos, porque nuestras ideas políticas están en extremos opuestos y otros, porque consideraron que yo había traicionado secretos. “La ropa sucia se lava en casa” es el lema de Chile. Para escribir ese libro tomé como modelos a mis abuelos, a algunos tíos y a otros personajes extravagantes de mi numerosa tribu chilena, y utilicé también las anécdotas que durante años le escuché contar a mi abuelo y los acontecimientos políticos de la época, pero nunca imaginé que algunas personas lo tomarían al pie de la letra. La mía es una versión torcida y exagerada de los hechos. Mi abuela nunca pudo mover una mesa de billar con el pensamiento, como Clara del Valle, ni mi abuelo era un violador y asesino, como Esteban Trueba en la novela. Durante muchos años esos parientes no me dirigieron la palabra o me evitaron. Pensé que la película sería como echar sal en la herida, pero sucedió lo contrario. El poder del cine es tan apabullante que la película se convirtió en la historia oficial de mi familia, y me he enterado de que ahora las fotos de Meryl Streep y Jeremy Irons han reemplazado a las de mis abuelos.
En Estados Unidos se rumoreaba que la película arrasaría con los Premios de la Academia en Hollywood, pero antes de que se estrenara, aparecieron críticas negativas porque no se había contado con actores hispanos en un tema latinoamericano. Dijeron que antiguamente, cuando necesitaban a un negro en la pantalla, pintaban a un blanco con betún para los zapatos, y que ahora, cuando querían a un latino, le pegaban bigote a un blanco. Fue filmada en Europa por un director danés, con dinero alemán, actores anglosajones y hablada en inglés. De chilena tenía poco, pero a mí me pareció bastante mejor que el libro y lamenté que fuese recibida con anticipada mala voluntad. Meses antes, el director, Bille August, nos había invitado a Willie y a mí a la filmación en Copenhague. Los exteriores se hicieron en una finca en Portugal, que después se convirtió en un sitio turístico, y los interiores en una casa construida dentro de un estudio en Dinamarca. Los muebles y adornos se alquilaron en anticuarios de Londres. Quise echarme al bolsillo, como recuerdo, una cajita esmaltada, pero cada objeto tenía un código y había una persona encargada de llevar la cuenta. Entonces pedí la cabeza de Vanessa Redgrave, pero no me la dieron. Me refiero a una réplica en cera que debía aparecer en una escena dentro de una sombrerera, pero la omitieron por temor a producir hilaridad en el público en vez del espanto deseado. ¿Qué habrá sido de esa cabeza? Tal vez la tiene Vanessa en su mesita de noche, para que le recuerde la fragilidad de la existencia. A mí me habría servido por años para romper el hielo en cualquier conversación y asustar a mis nietos. En el sótano de la casa tenía escondidas calaveras, mapas de piratas y baúles con tesoros; nada mejor que una infancia de terrores para estimular la imaginación.
Durante una semana, Willie y yo nos codeamos con las celebridades y vivimos como la gente importante de este mundo. Cada estrella tenía su corte de ayudantes, maquilladores, peluqueros, masajistas, cocineros. Meryl Streep, hermosa y remota, estaba acompañada por sus hijos y sus respectivas niñeras y tutores. Una de sus hijas pequeñas, con el mismo talento y aspecto etéreo de la madre, actuó en la película. Glenn Close, quien andaba con varios perros y sus cuidadoras, había leído mi libro con gran atención para prepararse para el papel de Férula, la solterona, y pasamos horas entretenidas conversando. Me preguntó si acaso la relación entre Férula y Clara era lesbiana y no supe contestarle porque la idea me sorprendió. Creo que a comienzos del siglo XX en Chile, época en que está situada esa parte de la novela, existían relaciones amorosas entre mujeres que nunca llegaban al plano sexual por los impedimentos sociales y religiosos. Jeremy Irons en la vida real no era precisamente el helado aristócrata inglés que solemos admirar en la pantalla; podría haber sido un simpático chofer de taxi en los suburbios de Londres: hacía gala de una ironía negra, lucía los dedos teñidos de nicotina y se jactaba de un repertorio inagotable de historias extravagantes, como una en la que perdió a su perro en el metro y durante una mañana completa el perro y el amo se cruzaron en varias direcciones, saltando de los trenes cada vez que se vislumbraban en alguna estación. No sé por qué, para la película le pusieron algo en la boca, como un frenillo, que distorsionó un poco su cara y su voz. Vanessa Redgrave, alta, patricia, luminosa y con ojos azul cobalto, se presentaba sin maquillaje y con un trapo de babushka en la cabeza, sin que eso disminuyera para nada el impacto formidable de su presencia. A Winona Ryder la conocí después; era una especie de muchacho bonito, con el pelo cortado a tijeretazos por su madre, que a mí me pareció encantadora, aunque tenía fama de mimada y caprichosa entre el equipo técnico. Dicen que eso dañó su carrera, que pudo haber sido brillante. En cuanto a Antonio Banderas, yo ya lo había visto un par de veces antes y estaba enamorada de él con ese amor tímido y ridículo de las adolescentes por las estrellas de la pantalla, a pesar de que podría ser mi hijo, estirando un poco las cosas. En la puerta principal del hotel siempre había una cola de curiosos medio muertos de frío, con los pies enterrados en la nieve, esperando que pasara una celebridad para pedirle su autógrafo, pero éstas entraban por una puerta de servicio y los fanáticos debían conformarse con mi firma. “¿Quién es?”, oí que alguien preguntaba en inglés, señalándome. “¿No ves que es Meryl Streep?”, le contestó otro.
Justamente cuando ya nos habíamos acostumbrado a vivir como la realeza, se terminaron las vacaciones, volvimos a casa y pasamos de inmediato al anonimato absoluto: si llamábamos por teléfono a cualquiera de aquellos famosos “amigos”, debíamos deletrear nuestros nombres. El estreno mundial de la película no fue en Hollywood, ya que los productores eran alemanes, sino en Munich, donde enfrentamos una muchedumbre de gente alta y un bombardeo apabullante de cámaras y focos. Todo el mundo vestía de negro y yo, del mismo color, desaparecí bajo la línea del cinturón de los demás. En la única foto de prensa en que figuro, parezco un ratón asustado, negro sobre negro, con la mano amputada de Willie sobre un hombro.
Hay algo que me ocurrió diez años más tarde que la película La casa de los espíritus y que sólo puedo contarte aquí o callar para siempre, porque se refiere a la fama y ese tema no te interesa, hija. En 2006 me tocó llevar la bandera olímpica en los Juegos Olímpicos de Invierno en Italia. Fueron sólo cuatro minutos, pero me sirvieron para alcanzar la fama: ahora la gente me reconoce en la calle y por fin mis nietos se jactan de tenerme por abuela.
Las cosas sucedieron así: un día me llamó Nicoletta Pavarotti, la esposa del tenor, una mujer encantadora, treinta y cuatro años menor que su célebre marido, para anunciarme que yo había sido seleccionada como una de las ocho mujeres que llevarían la bandera en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos. Le respondí que debía tratarse de un error, porque soy lo opuesto a una atleta; en realidad, no estaba segura de que pudiera dar la vuelta al estadio sin un andador. Me explicó que se trataba de un gran honor, las candidatas habían sido rigurosamente escogidas, sus vidas, sus ideas y su trabajo habían sido muy bien investigados. Además, sería la primera vez que la bandera sería llevada sólo por mujeres, tres atletas con medallas de oro y cinco representantes de los continentes; a mí me correspondía América latina. Mi primera pregunta fue, naturalmente, cómo iría vestida. Me explicó que llevaríamos uniforme y me pidió mis medidas. Con terror, me vi dentro de un traje acolchado en un repulsivo color pastel, gorda como el anuncio de cauchos Michelin. “¿Puedo llevar tacones altos?”, le pregunté, y escuché un suspiro al otro lado de la línea.
A mediados de febrero llegamos con Willie y el resto de la familia a Turín, una hermosa ciudad a nivel internacional, pero no para los italianos, que ni siquiera se impresionan con Venecia o Florencia. Multitudes entusiastas aclamaban el paso de la antorcha olímpica por las calles o el de cualquiera de los ochenta equipos que competían, cada uno con sus colores. Esos jóvenes eran los mejores atletas del mundo, se habían entrenado desde los tres o cuatro años y habían sacrificado sus vidas para llegar a los Juegos. Todos merecían ganar, pero existen los imprevistos: un copo de nieve, un centímetro de hielo o la fuerza del viento pueden determinar el resultado de una carrera. Sin embargo, lo que más pesa, más que el entrenamiento o la suerte, es el corazón, ya que sólo el corazón más valiente y determinado se lleva la Medalla de Oro. Pasión, ése es el secreto del vencedor. Las calles de Turín estaban cubiertas con afiches que anunciaban la consigna de los Juegos: “La pasión vive aquí”. Y ése es mi mayor deseo, vivir con pasión hasta el último de mis días.
En el estadio conocí a las otras portadoras de la bandera: tres atletas y las actrices Susan Sarandon y Sofía Loren; además de dos activistas, la Premio Nobel de la Paz Wangari Maathai, de Kenia, y Somaly Mam, quien lucha contra el tráfico sexual de niños en Camboya. También recibí mi uniforme. No era el tipo de ropa que uso normalmente, pero tampoco era tan horroroso como me había imaginado: suéter, falda y abrigo de lana blanco invierno, botas y guantes del mismo color, todo con la marca de uno de esos diseñadores caros. No estaba mal, en realidad. Yo parecía un refrigerador, pero las demás también, salvo Sofía Loren, alta, imponente, pechugona y sensual a sus setenta y tantos años. No sé cómo se mantiene delgada, porque durante las muchas horas que estuvimos esperando entre bastidores no dejó de mordisquear carbohidratos: galletas, nueces, bananas, chocolate. Y no sé cómo puede estar bronceada por el sol y no tener arrugas. Sofía es de otra época, muy distinta a las modelos y actrices de hoy, que parecen esqueletos con senos postizos. Su belleza es legendaria y, por lo visto, indestructible. Hace varios años dijo en un programa de televisión que su secreto era mantener una buena postura y “no hacer ruidos de vieja”, es decir, nada de quejarse, gruñir, toser, resoplar, hablar sola o soltar vientos. Tú no tienes de qué preocuparte, Paula, siempre tendrás veintiocho años, pero yo, que soy una vanidosa irremediable, he procurado seguir al pie de la letra ese consejo, ya que no puedo imitar a Sofía en ningún otro aspecto.
Quien más me impresionó fue Wangari Maathai. Trabaja con mujeres de aldeas africanas y ha plantado más de treinta millones de árboles, con lo que ha cambiado el clima y la calidad de la tierra en algunas regiones. Esta magnífica mujer brilla como una lámpara y al verla sentí el impulso irresistible de abrazarla, lo que suele ocurrirme en presencia de ciertos hombres jóvenes, pero nunca con una dama como ella. La estreché con desesperación, sin poder soltarla; era como un árbol, fuerte, sólida, quieta, contenta. Wangari, asustada ante aquel exabrupto, me apartó con disimulo.
Los Juegos Olímpicos se inauguraron con un extravagante espectáculo en el que participaron miles de personas: actores, bailarines, extras, músicos, técnicos, productores y muchos más. A cierta hora, alrededor de las once de la noche, cuando la temperatura había descendido bajo cero, nos condujeron a los bastidores y recibimos la enorme bandera olímpica. Los altoparlantes anunciaron el momento culminante de la ceremonia y empezó la Marcha Triunfal de Aída, coreada por cuarenta mil espectadores. Sofía Loren iba delante de mí. Mide una cabeza más que yo, sin contar su mata de pelo ondulado, y caminaba con la elegancia de una jirafa en la sabana, sosteniendo la bandera sobre su hombro. Yo trotaba detrás en la punta de los pies, con el brazo extendido, de manera que mi cabeza quedaba debajo de la maldita bandera. Por supuesto, todas las cámaras apuntaban a Sofía Loren, lo que me resultó muy conveniente, porque salí en las fotografías de prensa, aunque entre las piernas de ella. Te confieso que estaba tan feliz, que según Nico y Willie, que me vitoreaban desde la galería con lágrimas de orgullo, iba levitando: esa vuelta al estadio olímpico fueron mis cuatro magníficos minutos de fama. He juntado los artículos y fotos de prensa porque es lo único que no deseo olvidar cuando la demencia senil borre todos mis otros recuerdos.n