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el observador

a un año de la desaparicion de jorge julio lopez

Miradas acerca de una ausencia intolerable

Para intentar entender el sentimiento que genera que nada se sepa sobre el testigo en el juicio a Etchecolatz, un equipo de notables reflexiona sobre el caso: Carrió, Sebreli, Iglesias, Bergman, Gorodischer, Abadi, Maffía y Bello le ponen la firma. Por primera vez, la familia López abrió a un medio las puertas de un hogar plagado de vacíos, donde habita su memoria.

A diferencia de su mujer Irene y sus hijos Gustavo y Rubén, todos simpatizantes de Gimnasia y Esgrima La Plata, López siempre fue un fanático de Boca Juniors. El sillón de cuerina cuadrillé gastado era su favorito. Ahí se acomodaba, cada domingo, para gritar los goles mientras miraba Fútbol de Primera. Eso hizo la noche anterior a su desaparición, el lunes 18 de septiembre de 2006.

Paz y democracia en peligro

Por Juan José Sebreli

La desaparición de Jorge Julio López pone al descubierto serias falencias del Gobierno, ya no sólo por la impericia y negligencia en la investigación o por la inseguridad que padecen todos los ciudadanos, sino en especial por la falta de custodia para el testigo clave en un juicio. En este caso, no se trata tan sólo de falencias de gestión sino, lo que es peor, de carencia de visión política. Era inevitable pensar que los militares y policías implicados en torturas y asesinatos múltiples durante la dictadura no iban a permanecer pasivos frente a un juicio que los conduciría a la cárcel y que sus amigos no iban a limitarse a actos en plazas públicas. Por tratarse, en muchos casos, de miembros residuales de aparatos organizados y entrenados para secuestrar y matar, era de esperar que actuarían en consecuencia.

Supongamos, con mucha buena voluntad y un grano de inocencia, que esta tardía revisión de “cosa juzgada” no se debe tan sólo a intenciones demagógicas o a maniobra de distracción, sino que el Gobierno quería sinceramente hacer justicia. Pero entonces debe responsabilizárselo por no saber que todo fin tiene un medio para realizarlo y que toda acción provoca inevitablemente una reacción. Si se pretende encarcelar a asesinos, deben tomarse los suficientes recaudos para evitar represalias.

Esta falta de conexión entre los fines y los medios, entre las causas y los efectos, entre la ética de los principios y la ética de la responsabilidad nos lleva a reflexionar también por la relevancia de las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final. Su derogación le costó a Kirchner un desa-parecido, tal vez un muerto. No haberlas aprobado le hubiera provocado a Alfonsín un golpe de Estado, como lo muestran los tres motines de 1987 y 1988. Acusar al gobierno que había osado hacer el Juicio a las Juntas de claudicación o traición es como abuchear a un equilibrista que toca el violín en una bicicleta sobre una cuerda floja, pero desafina en una nota.

El valor de la justicia reparadora no es cuestionable, pero sí lo es no haber reparado en que los procedimientos utilizados para conseguirla podían hacer peligrar el logro del fin buscado. Quienes justifican aquellas leyes parten del realismo político y evalúan que, aunque eran objetables desde la perspectiva de la pura justicia, su inminente necesidad era terminar con la insubordinación militar. Hoy, más aún que entonces, es preferible preservar los derechos humanos y las libertades civiles del presente y del futuro que intentar un castigo retroactivo que reverdece las iras de un pasado que ya empieza a ser lejano. Afortunadamente, ahora ya no está en juego la amenaza de un golpe militar, pero como lo muestra el caso de Julio López, todavía son posibles las desapariciones y los asesinatos que hacen peligrar la paz y la democracia.

*Sociólogo y mentor intelectual del suplemento de Cultura de PERFIL.

Contracara siniestra

Por Fernando A. Iglesias*

Así como la derogación de la Obediencia Debida y el Punto Final serán el mejor saldo político que dejará el gobierno de Kirchner, la desaparición de Jorge Julio López constituye ciertamente su contracara siniestra. La situación es de inusitada gravedad, ya que atenta directamente contra la piedra fundamental de la convivencia civil en la Argentina: el Nunca Más adoptado como principio irrenunciable por todas las fuerzas políticas desde el Juicio a las Juntas.

Lamentablemente, ni en la ciudadanía ni en las fuerzas políticas argentinas existe hoy un acuerdo total acerca del juzgamiento de los crímenes cometidos por el Proceso. Hay quienes creen que sería mejor dar vuelta la página, y quienes no; quienes opinan que es un punto fundamental del futuro argentino, y quienes no; y quienes piensan que los actos criminales cometidos por las organizaciones terroristas deben ser juzgados bajo similares parámetros, y quienes no. Existe un acuerdo general, en cambio, sobre que la desaparición de personas es un método abominable que debe ser desterrado de las prácticas políticas y considerado un crimen de lesa humanidad imprescriptible. De manera que el año completo que Julio López lleva desaparecido, sin que se tenga noticia de las circunstancias de su desaparición ni esperanza fundada de su aparición con vida, constituye el más evidente desafío a las normas de convivencia que la sociedad argentina se ha dado desde el retorno de la democracia, que el año que viene cumplirá un cuarto de siglo.

En todo esto, los errores de Kirchner han sido tres: antes, durante y después.

1) Antes, porque la demagógica fijación en las culpas militares y el simultáneo olvido de las responsabilidades del peronismo en la situación que precedió al golpe de 1976, lo llevaron a dejar de lado un hecho evidente: el terrorismo de Estado no comenzó el 24 de marzo de 1976 sino con el gobierno de Isabelita en el poder. De esta distorsión kirchnerista de la historia realmente sucedida surgió la ignorancia de que, en Argentina, las desapariciones también ocurren en democracia, y de ella, la irresponsabilidad de no haber provisto a López de una custodia adecuada.

2) Durante: porque la increíble incompetencia demostrada en la investigación del caso ha llevado a una desgraciada situación en la que la vida de López, si es que aún vive, pende de un milagro. Lo que pone en claro uno de los tantos déficits manifiestos de cuatro años de gestión kirchnerista (evidente, por otra parte, en casos como los del maestro Fuentealba): la completa incapacidad para reformar las fuerzas de seguridad y ponerlas al servicio de la democracia y de los ciudadanos.

3) Después: después es ahora; y significa esta situación de absoluto congelamiento en la que el Gobierno no acierta a dar respuestas investigativas ni políticas al caso.

Si en vez de seguir apropiándose de una lucha en la que jamás participó, si en vez de seguir privatizando en beneficio propio la que es una batalla de todos los argentinos o no es nada, si en vez de seguir jugando con fines electorales a Quijote de los derechos humanos, el presidente Kirchner llamara a la Casa Rosada a toda la oposición, a todos los sindicatos y a todas las organizaciones que representan y expresan a la sociedad argentina, y los comprometiera a participar en una marcha masiva de repudio, sin consignas ni banderas partidarias; si fuera capaz de encolumnar detrás de la aparición con vida de Julio López a todas las voluntades de los que en este país siguen diciendo ¡Nunca Más!, acaso otra sería la suerte de López y la de la Argentina. Pero para eso se necesita un presidente de todos los argentinos, y no a Kirchner.

*Autor de Kirchner y yo, por qué no soy kirchnerista.

La República perdida

Por Sergio Bergman*

Un año más tarde es mucho más tarde que un año.

Las garantías jurídicas, el Estado de Derecho y la Justicia no sólo son instrumentos del orden institucional para aplicar justo castigo a los culpables del terrorismo de Estado, sino que deberían ser, también, para preservar a los testigos que, una vez “utilizados”, fueron desprotegidos para ser de-saparecidos.

Cuando se trata de la República, la Justicia es una institución soberana, independiente y que toma los recaudos del justo proceder para hacer justicia y proteger a quienes, arriesgando sus propias vidas, merecen una seguridad que ya no es represiva sino preventiva.

En la demagogia los individuos se hacen masa, de forma tal que se busca su adhesión a resultados y no a procedimientos donde las individualidades se diluyen y, si es necesario, son ofrendados por una retórica que lo que busca es obtener reconocimientos por reivindicaciones del pasado, en lugar de hacer lo justo tanto por quien debe ser castigado y condenado, como protegido por ser testigo.

La voracidad del populismo es su adicción a la demagogia que alienta venganza en lugar de justicia, que dice medias verdades sin reconocerlas como tales, que busca revancha que no hace otra cosa que alentar rencores y, en lugar de pacificar, sólo logra provocar reacciones que alimentan, como la leña al fuego, más violencia y muerte.

Así, una República que ejerce Justicia hubiera condenado al culpable sobre quien debe caer todo el peso de la Ley, pero esta misma Ley debía resguardar a quien –expuesto– perdió su libertad y presumiblemente su vida por la negligencia del Estado acusador, que no es protector.

En el afán de la demagogia de exhibir resultados, más allá de las formas y los procedimientos, se han alimentado viejos odios y repudiables tácticas que, en la paradoja de ser juzgados, fueron renovados para ejercer venganza, esta vez con un testigo que, habiendo sobrevivido a las manos de sus torturadores, fue inmolado negligentemente para transformarse en desaparecido.

En el populismo que hace demagogia, Jorge Julio López ha inaugurado una nueva dimensión: ser desaparecido en democracia. Punto de inflexión imputable a la actual administración.

Si la República –en lugar de fórmula– fuera gobierno de instituciones, la Justicia independiente y soberana no se vería alentada por presiones y suposiciones ideológicas que la condicionan.

Hoy, el peso de la Ley recaería, también, sobre aquellos que dejaron desprotegido al testigo.

Un desaparecido en democracia requiere de una firme convicción de que la seguridad no es un tema de la derecha ni una exigencia de la izquierda.

Cuando la seguridad es para garantizar el Estado de Derecho y es derecho humano y ciudadano, no es de izquierda ni de derecha; entonces se entendería que la necesidad de garantizar la seguridad física de los ciudadanos no debe pedirse tarde, cuando ya no se puede evitar el mal, sino antes, para todos. Para cuidar el bien.

Pasó un año y ya nos acostumbramos a Jorge Julio López como nuestro primer desaparecido en democracia.

Así somos los argentinos, gente de costumbres que se acostumbra a aquello que nos debería –pacíficamente– sublevar en reclamo de justicia y de seguridad.

Desaparecer en este tiempo es una señal de que el pasado no está pisado, sino reinventado al no poder ser superado.

Pisada está la memoria cuando, en lugar de ejercer la Justicia de la República, se antepone la demagogia del populismo, que hace bandera partidaria de aquello que es de la dignidad del derecho humano básico, que no es otro que garantizar la vida y la libertad.

Jorge Julio López cuenta con el apoyo y la admiración de toda una ciudadanía por su valor.

Hoy, no cuenta con la libertad y –quizás– tampoco con su vida.

Sólo tiene nuestra apatía y se transforma en una sombra en nuestras memorias mientras ingresa en la dolorosa lista de los desaparecidos, esta vez no la de los subversivos ni del terror del Estado asesino, sino por negligencia de una democracia que haciendo bandera de su causa no deja de tomar beneficio de una práctica populista-demagógica mientras se espera que Jorge Julio López vuelva a aparecer libre y con vida y, junto con él, la Justicia y la República perdida.

*Rabino.

El fin de toda ofrenda

Por Angelica Gorodischer*

No hay mayor afrenta a la vida que la ausencia forzada. Allí donde hubo alguien, donde se movió una mano, donde sonó una voz, no es el vacío el que nos mira desde ojos blancos sino algo peor, la presencia rasgada, transparente de quien ya no está. Porque ausencia y presencia no son elecciones peligrosas ante las cuales nos presentamos despojados y silenciosos. No es que una excluya a la otra: es que la ausencia determina, como la silueta de un dibujo sin terminar, el fin de toda ofrenda. Y es que la presencia completa el dibujo y nos da la manera de seguir viviendo.

Lo que de pavorosa tiene la ausencia es la falta de esa posibilidad de algo concreto y terrible que tiene la catástrofe, el fin de la vida, lo innombrable. Aun cuando la ausencia preanuncie o nos haga sentir cerca la muerte, no sabremos jamás lo que es ni tendremos posibilidad de despertar a un mundo en el que la grandeza de un destino tenga cabida y fuerza para obligarnos a mirarla. Alguien ha sido forzado a la ausencia por otro alguien. Saber que no se sabe: suspender juicio, resignación, obligaciones, lucha, todo eso se pierde, desa-gajado por una voluntad apócrifa y tendenciosa que nos hace comparecer ante la nada en la cual tiene sentido sólo eso, la ausencia de la mano que se mueve, de la voz que resuena, del paso que se oye junto a la puerta que se abre. No hay viabilidad de perdón para algo, alguien que engendra una ausencia profanando así el orden de vidas ya creíbles plantadas frente a los días con todo lo que de árbol y esencia tiene un día, cada día. Las horas exudan ese miedo y ese estremecimiento ante lo incomprensible que se alza frente a la agresión que rasga el tejido familiar y oloroso de una casa, una familia, las paredes de las que cuelgan fotos y almanaques, los momentos en los que cambia la dirección de la luz que entra por las ventanas.

No hay quien no haya sentido esta ausencia, no hay quien ignore el nombre del ausente, no hay quien no quiera gritar ni reclamar para que desaparezca la presencia de la ausencia. Sólo el dolor compartido. Y algo que se vislumbra, más allá de toda acción, de toda situación, de toda solidaridad: la Justicia, la mujer de piedra tocada con esa venda que le tapa las órbitas vacías. Allí hay que ir a golpear.

*Escritora.

Ausencias inelaborables y vidas confiscadas

Por José Eduardo Abadi*

La violencia, la agresión anónima, la perversión sádica regresaron a escena. Una acción traumática que suponíamos irrepetible evocó dolorosamente heridas padecidas. Volvieron a nuestra memoria ese conjunto de acciones sádicas y violentas que pretendieron borrar el derecho a la vida. Una vida que, como tal, implica asumir una identidad, pensar libremente y hablar la verdad.

Detrás del dolor que deja esta agresión inefable palpita la decisión de una sociedad que no acepta renunciar a la vigencia de la Justicia. Sabe, lo ha aprendido, que escondida detrás de la violencia subyace una amenaza expansiva e intimidatoria. Sabe, también lo ha aprendido, que postergar los derechos básicos que hacen a la vida del ser humano es igual al desamparo y la soledad.

La repetición de antiguos sufrimientos busca entorpecer su elaboración y el trabajo reparatorio de lo acontecido.

La palabra desaparecido está ligada a ausencias inelaborables, vidas confiscadas y la imposibilidad de concluir un duelo.

*Médico psiquiatra,

psicoanalista y escritor.

Una sociedad dispuesta a ignorar su ausencia

Por Omar Bello*

Las grandes causas son como los huracanes: cuando ganan potencia sólo traen destrucción. Desde la Madre Teresa de Calcuta hasta Gandhi. Alguien empieza a hacer algo por el bien de la humanidad, se reúne con los “misioneros” adecuados y, pasado el tiempo, recluta un ejercito de vampiros bien intencionados (no todos) que viven de esa mística inicial. Es fácil abrazar una causa que se convirtió en remera. Son muchos los farsantes que se esconden detrás de un póster del Che Guevara. Y a veces les sobra esfuerzo.

Es más gratificante marchar a una escuela de frontera que ayudar al amigo que no llega a fin de mes. El compromiso privado está seco de prensa. El social tiene premio. Los yanquis cruzan el océano con el objetivo de adoptar un bebé exótico y salir en la tapa de los diarios, como si rescatar a uno y trasladarlo a ese universo saturado de dólares y estrechez mental, abonara el camino hacia un cambio en serio. Lo más probable es que el pequeño en cuestión termine dado vuelta, odiando el paraíso al que lo condenaron. Después de todo es mejor ser víctima que victimario. El marketing de la buena voluntad está en su apogeo. Un manto de corrección recorre el planeta. Los ciudadanos firman cualquier cosa que resulte políticamente correcta. Lo curioso es que esto ocurre en uno de los momentos más salvajes de la historia. Moraleja: a mayor popularidad, menor posibilidad de transformación. Los oportunistas se prenden cual garrapata. Encandilados por ballenas extinguidas y agujeros de ozono que se ensanchan, salvamos el mundo y dejamos morir al barrio que nos vio nacer. Pisamos la Luna y pasamos por alto el fondo de casa.

El tema de la desaparición de personas no escapa a esta regla general. Abrazar la causa nos llevó treinta años, y lo hicimos justo a la hora de construir museos gigantescos e inaugurar plazas conmemorativas. Apoyados por un Gobierno que enarboló la bandera, los ciudadanos dieron el visto bueno y aprobaron una revisión que la democracia se debía. Claro que semejante legalización social es, al menos, sospechosa. La memoria jamás debe convertirse en moda. ¿Reabrimos el asunto o intentamos cerrarlo de forma definitiva? Quienes critican a aquellos que meten mano en el pasado reciente, suelen invocar al cuco del revoleo indiscriminado de fantasmas. ¿Por qué manosear eso que, se supone, cicatrizó a fuerza de negación? Al contrario, expuestos a la luz del día los fantasmas se disuelven sin remedio. La mejor forma de esconder algo es dejarlo a la vista de todos. Al agigantarse, la causa estuvo a punto de volverse banal. Ahí entró en escena Jorge Julio López.

Hace años visité el bosque petrificado, en el sur argentino. A poco andar, uno de los guías entró en confianza y mostró su “tesoro”: un tronco que, aparentemente, estaba en proceso de petrificación. Según comentó, la cautela en mostrar el hallazgo obedecía al temor que le inspiraba la voracidad de los científicos extranjeros. “Si lo ubican se lo llevan”, dijo. Cierto o no, el cuento del guía sirve para analizar la relación entre López y la sociedad criolla.

Gran parte de la población se abrazó a la causa de la desaparición de personas durante la última dictadura con la ligereza y el confort que da la distancia. Tres décadas no bastan para erradicar el dolor y la necesidad de justicia de los involucrados, pero tampoco exigen compromisos saturados de riesgos o urgencias; bosque petrificado que estaba a punto de convertirse en monumento histórico nacional. El problema es que ciertas lastimaduras tienen una profundidad tal que se resisten al museo. De pronto, Jorge Julio López se desvaneció frente a nuestras narices y la comunidad se quedó sin respuestas. Otra vez anduvimos muy cerca del “algo habrá hecho”. ¿Se fue por voluntad propia o lo secuestraron? ¿Estará escondido en algún lugar? Cada tanto aparece alguien que se lo cruza por ahí.

Pasado un tiempo los temas salen de escena. La gente olvida las cosas, las reemplaza por otras. Salpimentamos una ensalada de información en la que los asuntos se aparean entre sí. El conflicto por las papeleras se junta con la candidatura de Cristina, los chicos devaluados de Gran Hermano quince, la pista de hielo de Tinelli y la valija del gordo venezolano; Frankenstein impresentable que termina metiendo todo en la misma bolsa. Aunque luce natural, el proceso es ideológico. A un año de la desaparición de López, la sociedad argentina parece dispuesta a ignorar su ausencia. Al igual que el guía, esconde los restos frescos de una realidad que está dispuesta a esconder, a no revisar en profundidad. Porque una cosa es inaugurar plazas y otra muy distinta poner el cuerpo. La “gran causa” se achicó de golpe y nos dejó a las puertas del compromiso. ¿Quién se pone la remera ahora? Quizá sea verdad eso de que Dios escribe derecho sobre renglones torcidos. En una de esas, la historia nos está dando otra oportunidad.

*Filósofo y publicista.