
Burroughs, además de artista, se vio convertido en el filósofo y aun profeta de las tres generaciones que por ahora lleva la contracultura anglosajona: los beats de los 50, los hippies y activistas de los 60 y 70, y la cibercultura de los 90, como testimonia la User’s Guide to the New Edge Mondo 2000: “Un relevamiento textual indica que el autor moderno más citado no es otro que William Seward Burroughs. Les guste o no, Burroughs es nuestro Shakespeare”.
Quizás el mayor malentendido con respecto a Burroughs sea considerarlo uno de los representantes de la cultura de la droga y la psicodelia, a la manera de Aldous Huxley, Timothy Leary, Ken Kesey, o de la vida alternativa o under a la manera de Bukowski o Kerouac. Burroughs surge con la Generación Beat, es verdad, pero ésta y su época apenas proporcionan el marco inicial de producción y lectura de sus textos, que la desbordan por todos lados. Lo suyo no es la glorificación de la vida en el camino, o de la bohemia jazzera-rockera, ni la afirmación del carácter trascendente de la experiencia de la droga. Como es sabido, Burroughs fue adicto a la heroína durante más de veinte años, y escribió su novela más importante, El almuerzo desnudo, en Tanger, durante un período de adicción: los papeles desparramados en la habitación de su hotel, reunidos y clasificados por sus amigos Kerouac y Ginsberg, habrían suministrado el material no solo para ésta sino para las otras tres novelas de la tetralogía: La máquina blanda, El billete que explotó y Nova Express (en un reciente viaje a Tánger realicé la peregrinación beat por los lugares que Burroughs, Bowles, Kerouac y Ginsberg solían frecuentar, llegando al punto de intentar alojarme en este mismo hotel. Cuando me mostraron la habitación, pensé: “Finalmente entiendo cómo hizo para escribir El almuerzo desnudo” y me crucé al de enfrente.)
Sobre la droga. Suele suponerse que la droga liberó la imaginación de Burroughs, proporcionándole las imágenes de su inimitable mundo de fantasmagoría y horror pero, en opinión del autor, la droga no libera de las trabas de la vida cotidiana ni estimula la creatividad. Más perspicaz que muchos, Norman Mailer opinó, en el juicio seguido contra El almuerzo desnudo en 1965, que Burroughs habría llegado a ser uno de los grandes genios de la lengua inglesa “de no haber sido por su adicción”. Este juicio, dicho sea de paso, fue el último de la larga serie (Ulises en 1933, Aullido en 1957, El amante de Lady Chatterley en 1960, Trópico de Cáncer en 1961), que en el mundo anglosajón, al menos, liberaron para siempre a la literatura de la censura legal: se entiende que la de Burroughs fuera la última de la lista: después de ella, todo estaría permitido. David Cronenberg, autor de la versión cinematográfica de El almuerzo... (1991), resumió bien la cuestión al comentar: “Si la filmara literalmente… sería prohibida en todos los países del Globo. No existe la cultura que podría tolerar ese film”.
El término “droga”, tal como lo venimos usando y aparece en la obra del autor, es la traducción de junk, que en inglés también significa “basura” y designa específicamente al opio y a sus derivados, la heroína sobre todo. Usada en un sentido más amplio, el de droga, tengamos en cuenta que es una categoría legal, más que médica: designa toda sustancia prohibida por las leyes vigentes. Hablar de “los efectos de las drogas” es ridículo: implica homologar los de sustancias muy diversas, y Burroughs marca las diferencias desde el vamos: “Cuando hablo de adicción a la droga no me refiero al kif, a la marihuana o cualquier preparado de hachís, mescalina, Bannisteria caapi, LSD6, hongos sagrados ni a ninguna droga del grupo de los alucinógenos. El celo del departamento de narcóticos de los Estados Unidos y otros países ha dado lugar a una lamentable confusión entre las dos clases de drogas”.
El junk, en Burroughs, lejos de liberar, sujeta: es un mecanismo de control, pero no uno más, sino el modelo de todo mecanismo de control; y la policía y el sistema de salud, lejos de combatirla, la utilizan para generar adicción, dependencia y, por lo tanto, mayor control; el adicto es el sujeto social ideal. Burroughs desaconseja el consumo, no porque sea inherentemente malo sino porque entrega al sujeto atado de pies y manos al sistema médico-legal-policial. Lo que se busca justamente es la cura, pero una cura definitiva, nunca la que imponen médicos y policías, que consiste en una prolongación sin fin del ciclo de la adicción, que mantendrá al individuo siempre sujeto como paciente y como criminal. En términos biológicos, efectúan una degradación del adicto: pasa del estado humano al animal, de éste al vegetal y finalmente al mineral (que Burroughs denomina estado heavy metal, uno de tantos términos inventados por este autor). El junk tampoco expande la conciencia, ni ofrece una experiencia más rica o intensa, y menos aún trascendental: “No quiero oír más historias sabidas ni más mentiras sobre drogas… nunca pasa NADA en el mundo de la droga”.
Sus tres primeras novelas narran la búsqueda de una alternativa al junk, y su ecuación deshumanizadora, en otra droga, el alucinógeno yagé o ayahuasca, fabricado y utilizado por los chamanes amazónicos: Yonqui (Junkie) cuenta la decisión de iniciarla, Queer, el primer viaje al Amazonas, que termina en fracaso, y las Cartas del yagé (que incluyen su correspondencia con Allen Ginsberg), el hallazgo y la posterior decepción acerca del potencial liberador de la sustancia. En estas tres novelas, todavía a la manera beatnik, búsqueda y huida se confunden en un solo movimiento: buscar el contacto con lo otro (otros estados de conciencia, otras culturas) es escapar de esto (la intolerablemente represiva cultura estadounidense de los 50, particularmente en lo que a drogas y homosexualidad se refiere). Pero ya no existe la geografía que pueda acomodar este viaje romántico: la isla de Gauguin es ahora un resort all inclusive y todos los lugares están ocupados: el primitivismo es una mercancía más.
Ya curado de la fantasía de la huida, Burroughs situará las acciones de El almuerzo desnudo en Interzonas, la primera aldea global de la literatura moderna, donde se puede pasar sin solución de continuidad de un mercado peruano a un zoco marroquí, de una metrópoli como Nueva York a una aldea tibetana. A partir de esta novela no habrá ni huida ni búsqueda: no existe otro lugar. La metáfora y la dinámica narrativa del viaje serán reemplazadas por la de la lucha, mundial en El almuerzo desnudo, universal en Nova Express.
Desde la droga. Yonqui, Queer y las Cartas son textos sobre la droga y su mundo, escritos desde una relativa normalidad de percepción y narración. Las novelas de la tetralogía, en cambio, están escritas desde la droga; y personajes, acontecimientos y secuencias se organizan según la lógica de los estados alterados, de manera similar a lo que Finnegans Wake de Joyce intenta ser no el relato de un sueño, hecho desde la vigilia, sino un análogo verbal del sueño mismo. Al escribir desde la droga, Burroughs deja de escribir sobre ella. Lo que las novelas de la tetralogía revelan es la estructura de nuestro mundo real, desnudado por la percepción diferenciada que, más que la droga, la adicción proporciona. El de estas novelas no es un mundo otro –el de las alucinaciones o los sueños– sino éste, pero visto con ojos no velados. “El ‘almuerzo desnudo’: un instante helado en que todos ven lo que hay en la punta de los tenedores.” La experiencia de la droga y la adicción, inseparable desde ahora de la escritura de la droga, permite –según la formulación de Nova Express– atravesar “la película de la realidad” para llegar a “la sala de proyección” donde aquélla es fraguada. Entonces entendemos que vivimos en un mundo de adictos, donde los poderes del Estado y el mercado nos dominan mediante la adicción: al dinero, al poder, al consumo, al sexo, a la palabra (que, como gracias a Burroughs sabemos, es un virus del espacio exterior) y a la más terrible de todas: a la plaga puritana del self-righteousness, a tener siempre a la razón y a la moral de nuestro lado.
Las últimas obras de William Burroughs pertenecen al género de las utopías de las oportunidades perdidas: históricas en Ciudades de la noche roja (parte de una trilogía que incluye el western El lugar de los caminos muertos y Las tierras de Occidente, versión burroughsiana del Libro egipcio de los muertos), donde el autor nos presenta las colonias anarco-gays de los piratas caribeños del siglo XVIII; biológico-evolutivas en El fantasma accidental (Ghost of Chance), donde la oportunidad perdida la representan los lémures de Madagascar, primates inteligentes, pacíficos y dados a la colaboración: su extinción, lejos de ser una consecuencia fortuita del progreso, es un plan para quitarle al hombre el modelo que los irascibles, violentos y competitivos monos africanos no pudieron proveer, el de una civilización que no tuviera en el hongo de Hiroshima su máximo florecimiento.
Si la obra de Burrougs parece haber perdido algo de su relevancia en los diez años pasados desde su muerte, eso se debe a que, temporariamente al menos, la guerra contra las drogas ha sido reemplazada como modelo del control mundial por su parienta más eficiente, la guerra contra el terrorismo. Y sin embargo, como muestra de la relevancia política de los escritos de Burroughs (más allá de su valor literario, que lo coloca en la gran tradición satírica al lado de Voltaire y Swift) para la actual era Bush, basta esta breve Plegaria del Día de Acción de Gracias: “Gracias por el pavo salvaje y las palomas pasajeras, destinadas a convertirse en mierda en las sanas tripas americanas. Gracias por un continente para saquear y envenenar. Gracias por los indios, que proporcionaron un módico peligro y desafío. Gracias por las vastas manadas de bisontes para matar y desollar y dejar pudrir. Gracias por las recompensas por lobos y coyotes. Gracias por un sueño americano para poder vulgarizar y falsificar hasta que la mentira desnuda brille al trasluz. Gracias por el Ku-Klux-Klan, y los sheriffs que hacen una muesca en sus armas por cada negro muerto. Por las decentes y devotas señoras, con sus rostros mezquinos, tensos, amargos, malvados. Gracias por los stickers ‘Mate un puto en nombre de Cristo’. Gracias por el sida de laboratorio. Gracias por la Ley Seca y la guerra contra las drogas. Gracias por un país donde a nadie lo dejan vivir su propia vida. Gracias por una nación de buchones. Sí, gracias por todos los recuerdos. ¡Está bien, presenten armas! Siempre fueron un dolor de cabeza, y aburridos, además. Gracias por la última y mayor traición del último y más grande de los sueños humanos”.