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cultura

Entrevista con Leonidas Lamborghini

El ajedrecista solitario

Nació en Buenos Aires en 1927 y su carrera literaria, reconocida por escritores como Leopoldo Marechal y Oliverio Girondo, comenzó en 1955. Autor de decenas de libros de poemas, vivió en el exilio en México entre 1977 y 1990. Su nuevo libro se llama “El jugador, el juego”. Aquí habla sobre la reflexión acerca de los modelos literarios, la marginalidad, el reconocimiento, el Borges ladino y la historia detrás de un libro insoslayable: “Verme”.

Por sebastian morfes

A pesar de la hostilidad con la que fueron recibidos sus primeros libros, hoy la obra de Leónidas Lamborghini es leída con admiración por escritores y críticos: Las patas en la fuente y Eva Perón en la hoguera cristalizaron, por ejemplo, como extraños poemas épicos además de documentos históricos. Ahora, acaba de publicar su último libro, El jugador, el juego (Adriana Hidalgo).

—¿El reconocimiento le llegó tarde?

—Fue paulatino y casi ni me di cuenta. En la época en que empecé, los modelos eran muy rígidos y los poetas que se leían eran Rilke o Milosz, grandes pero elegíacos, y obsesionados por el tema de la muerte. Por eso decían que mi poesía era una mácula... La risa no cabía, cómo sería que a Marechal lo habían exiliado más por esa risa que tenía el Adán Buenosayres que por ser peronista. Una risa que hay que entenderla como una especie de inmolación: el poeta se vuelve el bufón de la corte. Como esa parte del Fausto de Goethe en que el emperador dice: “¡Ya tengo al hombre sabio, pero dónde está el bufón!”. Eso también aparece en los gauchescos: Hidalgo, Ascasubi, Del Campo, y el más grande: José Hernández. Esos cuatro son una pléyade.

—A usted lo leían a partir de Jacques Derrida...

—Bueno... Hay que hacerse justicia a uno mismo también, porque si no te sentís muy raro. En el año 1972 hago la reescritura de La razón de mi vida, de Eva Perón, que fue un libro execrado en su tiempo. Hago todo ese poema que se llamó Eva Perón en la hoguera. Te imaginás lo que fue en ese entonces. Y la aldea, como no me comprende, decía “deconstruye”. Es más, si lo pensás, Borges es lo que es porque primero se consagró afuera. Si no hubiera tenido la inteligencia que tuvo para hacer entrar su obra en ese circuito, sería un buen escritor como tantos. Te marca haber nacido acá. El mismo Borges decía: “Tu destino de sudamericano es ése, ser marginal siempre”. Aunque descubras y renueves un arte.  

—¿Cómo elaboró su teoría de escritura?

—En mi caso, tuve que hacerme una teoría propia. Teoría quiere decir ver. Es decir: ver y entender lo que yo estaba haciendo, porque no hay mayor estupidez que un tipo que está jugando pero no sabe a qué. Hay que entender el juego. Yo quería demostrar que el poema no se explica con la idea sino que se gesta en contra de lo que uno había pensado al principio.

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—Siempre critica a Coleridge, cuando dice: “La obra de arte es como una pirámide de la que no puede moverse una sola pieza sin que el modelo se derrumbe”. ¿Se le ocurre un Coleridge que tenga que ver con nuestra lengua?

—Borges, precisamente, tiene eso. Por ejemplo, decía que Oliverio Girondo era un estúpido. ¡El autor de En la másmédula! ¿Por qué? Porque Borges fue un escritor del siglo pasado, una rara mezcla. El diría que lo que hablamos en esta charla es una porquería. Era un tipo que contaba sílabas, que rimaba versos... Que andaba con esa cosa metafísica. Tenía su parte ladina y cuando llegó a cierto sitial terminó rechazando todo lo que no correspondía con su estética.

—Usted es uno de los pocos poetas argentinos que publicó en los grandes sellos...

—Sí. Yo estaba en la Argentina y Ricardo Zelarayán me cuenta que Enrique Pezzoni estaba interesado en editarme por Sudamericana. Le llevé Circus y Verme. Hablamos tres o cuatro palabras. En ese momento Luis Chitarroni era su ayudante. Más tarde, exiliado en México, me llega una caja con las pruebas de impresión de Verme para corregir. Chitarroni me dice en unas líneas que lo había encontrado perdido entre unos papeles, que como Pezzoni había muerto estaba extraviado, y que él lo había buscado hasta dar con él en la basura de la imprenta. Cuando estás afuera y recibís esas noticias, decís: “Estoy en la vidriera”.

—¿Su poema “Verme” habla de las percepciones de un personaje que mira televisión?

—En la contratapa, Chitarroni escribió algo así. Cuando lo vi, dije: “¡Qué lástima!”. De ahí ya te podés agarrar para interpretarlo. Pero si vos sacás esa explicación de que un personaje se queda dormido mirando televisión, el poema se vuelve de lo más extraño. Eso hacía yo en el exilio después del trabajo en publicidad. Llegaba y me ponía hasta que el televisor se ponía en blanco. Y de repente, bueno... aparecían imágenes del oso polar, el dardo, esas cosas. Pero si decís “es un tipo mirando televisión”, estás explicando, y el que explica pierde. Es como culpable, como que no tiene fe en el poema en sí. Como aquel que tiene que meter una moraleja a la fuerza.

—Pareciera que ese poema termina porque sí; nada de su forma hace que necesite un final...

—Sí, podría haber seguido, pero me canso de escribir. Porque uno ha escrito, planteándose problemas y resolviéndolos. Para mí escribir es como una carrera con vallas; lo entiendo a Joyce cuando dice, luego de haber escrito Finnegan’s Wake: “Ahora quiero hacer un libro sencillo”. Yo quisiera hacer una cancioncilla. Eso es lo que trato: escribir cada vez con menos palabras.

Edición Impresa

Domingo 8 de Julio
Año II Nº 0186
Buenos Aires, Argentina