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cultura

Malcolm Lowry (1909-1957)

Mañanitas mexicanas

Autor de “Bajo el volcán”, uno de los clásicos indiscutibles de la literatura del siglo XX, murió hace cincuenta años, un 26 de junio. En vida había publicado un solo libro, “Ultramarina”, y el grueso de su obra se editó de manera póstuma. Un recorrido por la vida y la obra de un autor que fascinó por igual a Cabrera Infante, Burgess, Burroughs, Pynchon, Perec y Cortázar.

Por Matias serra bradford

Afinidades. Amigo de Dylan Thomas, de Julian Maclaren-Ross, Lowry adoraba la natación, el golf, la naturaleza, las largas caminatas, los viajes. Su organismo le exigía acuidad: litros de licor y la cercanía del mar.

Calaveras de azúcar, féretros de chocolate: bienvenidos a México. Solía jurar Malcolm Lowry que había llegado al puerto de Acapulco un 2 de noviembre, Día de los Muertos, de 1936. Dos años antes, y antes de que a ese país lo anexara el reino del surrealismo con las visitas de Artaud, Breton y Perec, el fotógrafo Henri Cartier-Bresson recaló en esas costas y capturó las imágenes que –junto a las del local Manuel Alvarez Bravo– con más fidelidad retratan el ambiente que bendijo y signó a Lowry para siempre. La pobreza, la prostitución, la aridez. En blanco y negro, esfumado, el efecto flou que crea una Leica o un vaso de mezcal. Devoto del cine mudo tanto como Lowry, Cartier-Bresson aseguraba que “cuando no se entiende lo que otros dicen, se observa mejor”. Igual que la mayoría de los ingleses, Lowry fue un pésimo lingüista, lo que en su caso contribuyó a convertirlo en un extraordinario novelista desterrado. Bajo el volcán es, por varios cuerpos, el libro situado en México más perfecto que un extranjero haya escrito nunca. Y conste que los fugitivos anglosajones en tierra maya son legión: D.H. Lawrence, Aldous Huxley, Sybille Bedford, Graham Greene, Ambrose Bierce, Stephen Crane, B. Traven, Hart Crane, George Oppen, William Burroughs, Thomas Pynchon.

Igual que el Ulises de Joyce, Bajo el volcán cuenta un día en la vida –un 2 de noviembre, las últimas veinticuatro horas– de un entonado: el cónsul británico Geoffrey Firmin. La estabilidad de su cargo es tan dudosa como la de su firma. Cuesta abajo, el Cónsul –que le debe esa mayúscula a la acentuación de su alcoholismo– se ve poseído por fuerzas que lo exceden: lo esotérico, los presagios, la numerología, los accidentes y coincidencias “psicológicamente sospechosas”, la intercesión divina, la rueda de la fortuna. Lo visible como diccionario de símbolos. Un alquimista que somete la materia a temperaturas extremas, según Lowry: “las agonías de un borracho encuentran su analogía poética más precisa en las agonías del místico que ha abusado de sus poderes”. El Cónsul, varado en México, se ve preso de la inmovilidad. Está, lo que se dice, duro. Las elipsis, los paréntesis y las transiciones de la prosa de Lowry calcan las peripecias de la adicción con una precisión que es todo lo contrario a la vaguedad errática de un borracho crónico. A la embriaguez técnicamente insalvable, Lowry le opone una maestría técnica excepcional: “El sonido, en la distancia, de lo que sonó como dos explosiones ahogadas, como si alguien hubiera hecho girar una llave invisible en el cielo: dos vueltas”. La novela imanta tantos sucesos, gravitan a su alrededor tantos elementos que a fin de cuentas “no pasa nada. Nada debería pasar”. O, como lo aclaró Lowry años después, “si el relato no se mueve horizontalmente, está visto que puede moverse verticalmente”.

Bajo el efecto. Una adicción protege y condena. Es decir, hace creer que protege y hace todo lo posible por condenar. Convida el romanticismo de un cataclismo siempre inminente. Mitomanía y superstición, dos lados de una moneda aplanada por un tren. Como sea, en el Cónsul Lowry compuso una de las leyendas literarias más resonantes del siglo XX. Anthony Burgess decía que el Cónsul esconde una “claridad sobrenatural (ese don que los dioses les dan a todos los héroes trágicos)”. Toda la medida que le falta al personaje es la que sí posee el autor a la hora de inmolarlo, de excusarlo. El siempre lúcido D.J. Enright apuntaba: “Podemos acordar que, de cualquier modo, los otros personajes o no personajes no importan realmente, lo que realmente importa es el Cónsul, y si él no es un personaje, entonces los personajes no son indispensables en una gran obra de arte”. Dotado de una distancia y una hilaridad inalterables, Lowry admitía que la novela “trata, esencialmente, en palabras de Edmund Wilson sobre Gogol, con las fuerzas en el hombre que le causan estar aterrorizado de sí mismo”. Al fin y al cabo, Bajo el volcán prueba que todas las grandes novelas son grandes novelas religiosas, en el sentido más latín, menos latoso del término. Lowry alienta una relación mágica con lo leído. Sus personajes y sus lectores nunca dejan de ansiar o temer signos de algo que debería adivinar, que torcerá su destino. Cuando se publicó en 1947, el éxito de Bajo el volcán hirió mortalmente a Lowry. “He logrado un éxito absolutamente obsceno. Es una gran catástrofe.” Otra evidencia de que la ecuación entre ambición, logros y reconocimiento siempre da como resultado un número imaginario. A propósito de Lowry, Al Alvarez aseguraba que “después de todo, la primera pesadilla de todo escritor es no haber producido ningún libro capital. Pero la segunda pesadilla es ser el hombre de un solo libro”.

Malcolm Lowry quería ser el primero en escribir, como reclamaba E.M. Forster, la historia de la imaginación, y veía en el escritor al prototipo de la humanidad, en el sentido de que en cualquier persona “un talento mal usado puede destruir una vida”. Acaso por eso es que los protagonistas de sus novelas Ferry de octubre a Gabriola y Oscuro como la tumba y de los mejores cuentos de Escúchanos, Señor... son escritores. Lowry ahondaba en el paralelismo una y otra vez: “La mitad del mundo parecía un escritor al que le han rechazado una obra de teatro. De hecho, por momentos el mismo mundo se parecía demasiado a una pieza rechazada. O una novela rechazada”. El cartero de Cuernavaca alistado en Bajo el volcán, de cuyos mensajes el Cónsul depende como de la bebida, es el mismo que le traería a Lowry la noticia de la publicación de la novela. (En su vida y su obra, Lowry transmite como nadie el grado de impaciencia con que se espera una carta: una medida de la histeria o el afecto.) Malcohol, como lo llamaba su maestro Conrad Aiken, era un remitente compulsivo y su correspondencia redibuja la carta astral de una vida. Las treinta y cinco páginas de correcciones que le exigía al editor en Bajo el volcán son una obra maestra en defensa de otra. Después vendrían otros patronos: Dawn Powell, W.H. Auden, Christopher Isherwood, Alasdair Gray. En la escala Richter de las lecturas, Bajo el volcán ocupa uno de los picos más altos. Es una lectura inaugural, cuyo terreno más fértil no es tanto un período específico –digamos, de los dieciséis a los treinta y dos– sino la edad, en cualquier caso, en la que todavía se lee un libro por vez.

Sigue

Los rituales del caos. Malcolm Lowry nació en Inglaterra, una medianoche de julio de 1909, de madre distante y padre protector que lo mantuvieron casi toda la vida. Era el menor de cuatro hijos que veraneaban en la isla de Man. Estudió en The Leys, Cambridge, por donde luego pasaría J.G. Ballard, tampoco ajeno a horrores de proporciones dantescas ni a las bondades de una botella de Teachers. Según Al Alvarez, “lo cierto es que Lowry tuvo una de esas convencionales infancias británicas que llevarían a cualquiera al alcohol”. A los quince años comenzó a colaborar en la revista de la escuela con crónicas de partidos de hockey. Obsesionado por el tamaño y la forma de sus manos, tocó el ukelele como pudo, de a rachas. Poseído por una memoria fotográfica, el menor detalle –incluso los olvidos– era incorporado a lo que estuviera escribiendo. Las lecturas de Lowry ofrecen un menú variado, rico en vitaminas: los isabelinos, W.H. Hudson, John Clare, John Donne, Thomas Browne, Joyce, Cocteau, Conrad, Melville, Nordahl Grieg. La lectura de los tres últimos lo fue acercando al mar. Hizo un primer viaje a China y Japón, y de Filipinas y Singapur su barco trajo animales para los zoológicos de Londres y Dublín.

Adoraba la natación, el golf (en Bajo el volcán, el campo de golf es uno de los paisajes mejor mitificados), la naturaleza, las largas caminatas, los viajes (como modus vivendi, como forma literaria), los espejos, sobre todo públicos, casuales. Le tenía pánico a cualquier clase de funcionario. Le encantaba citar a Bergson, en cuanto a que el tiempo es un mecanismo para prevenir que todo ocurra a la vez. En el Cambridge de I.A. Richards y F.R. Leavis, conoció a William Empson y colaboraron en las mismas revistas. Empson –nunca ajeno a una botella al mar– lo consideraba el mejor dotado entre sus contemporáneos. Una tarde, mientras nadaban, Lowry le gritó a Empson que si no hubiera sido por sus poemas se hubiera suicidado. Poco después, en un pub de Londres Lowry felicitó a Dylan Thomas por sus poemas, cuando éste no llegaba a los veinte años. Fue el principio de una amistad a distancia que duró toda la vida. A ese círculo de penitentes podrían unírsele Julian Maclaren-Ross y Patrick Hamilton, otro golfista consumado.

Lowry publicó su primera novela, Ultramarina, a los veinticuatro años, plagada, como toda su obra, de alusiones, artificio que la pereza (ajena) suele confundir con el plagio. Después de una temporada en París y Nueva York, desembarcó en el hipnótico infierno mexicano. Alquiló una casa en Cuernavaca, en el 62 de la calle Humboldt: 44 dólares por mes, jardinero incluido. Alcohol barato, de efecto más inmediato en la altura, y cantinas que abrían al amanecer y cerraban a altas horas de la noche. Los extranjeros eran sospechosos por definición. Nada escapaba a la mordida: el diezmo por izquierda, “el diego” azteca, la mano del demonio. Lowry era resuelto para tomar apuntes pero lento para escribir: “La disciplina y la técnica deberían ser algo así como lo que impone el mar: nunca temas, ten paciencia, sé simple”.

La acuidad esencial. Lowry no viajaba, era deportado: de México a Los Angeles, para un intento de rehabilitación, bajo vigilancia. Se divorció de una escritora y se enamoró de otra, Margerie Bonner, su segunda y última mujer. Con ella vislumbró Canadá como horizonte: Dollarton, un pueblo al norte de Vancouver, sobre un estrecho. Allí, Lowry encontró lo que siempre había soñado: una casa, una dirección. Se dedicó a observar pájaros y a nadar. A perder manuscritos y a reescribirlos. A traficar promesas a editores: “Un par de cláusulas harapientas escabulléndose entre dos paréntesis tenebrosos”. A representar a diario –viejo oso amaestrado– la comedia de la caída y la penitencia. A esperar giros de dinero por novelas que se superponían con una facilidad espeluznante. El organismo de Lowry exigía acuidad: litros de licor, la cercanía del mar. A Lowry lo redimía, como al Cónsul, que sabía reírse de sí mismo –“Alcohólicos Sinónimos”, “delowryum tremens”– y que, como confesaba, “tiendo al autoagigantamiento y al autoempequeñecimiento, según las circunstancias”. Finalmente, los días se cansaron de esperarlo en el pueblo de Ripe, al sur de Inglaterra. Más allá de sus ascensos y ocasos, lo que delata el trayecto de Lowry es su fidelidad sin tregua a los juramentos que se hizo a sí mismo lejos y hacía tiempo.

Cuando se habla de la “misteriosa” muerte de Lowry, no queda sino preguntarse: ¿qué otro signo puede tener la muerte que no sea el misterio? Perito en resurrecciones, Michael Holroyd sostiene que una biografía es una obra en colaboración con un muerto. Las dos biografías de Malcolm Lowry –la de Douglas Day y la de Gordon Bowker– impactan como si se leyeran dos novelas únicas, escritas a partir de una misma idea, firmadas por los herederos. Vuelve a ser inútil “romantizar” su vicio y así satisfacer esa baja manía de llevar vidas al cine (sin pasar por los libros). Invenciblemente fallida, la obra de Malcolm Lowry –como quería san Ignacio de Loyola– prueba que todavía es posible que la lectura obre en un desconocido una conversión.

Sed de Malcolm

Como un santo y seña, Lowry incluía en su novela menos ignorada la anécdota –relatada inicialmente por W.H. Hudson– del peludo que alguien quiere arrancar de su madriguera tirándolo de la cola. La imagen acaso oficie de metáfora para lo que el cine no logra hacer con la literatura: sacarla de su cueva, llevarla al gran público. A Lowry lo fascinaba el cine de Griffith y el expresionismo alemán, sobre todo Amanecer de Murnau, El gabinete del Dr Caligari y Las manos de Orlac. Toda su ficción usa y abusa de procedimientos cinematográficos. Lowry, que probó sus armas en el guión con una versión sublime de Tierna es la noche, le envió Bajo el volcán a Orson Welles, pero Welles se quejaba porque después de cuarenta páginas “no había pasado nada”. Pasaron décadas hasta que la novela fue al cine de la mano de John Huston, que ya había adaptado a Melville, Traven y Crane, y más tarde haría lo suyo con Joyce. Huston fue declarado “vencedor y vencido” por Cabrera Infante, autor de otra adaptación de Bajo el volcán y para quien el tema recurrente en Huston es el fracaso. Acaso esa afinidad de propensiones entre Huston y Lowry sea la que consigue que el film no decepcione del todo: la temperatura de la luz, el clima local. Fue allí, en el aire desmayado de Cuernavaca, donde mucho después, a los 57 años, desaparecería Manuel Puig con miles de películas como únicos testigos. Cincuenta y siete: el año de la muerte de Malcolm Lowry.

Edición Impresa

Domingo 24 de Junio de 2007
Año II Nº 0183
Buenos Aires, Argentina