Perfil.com

PERFIL.COM Google
cultura

microrrelato

En sepia

Por Edgardo Lois

Balcón. La luz del día se filtraba entre las ranuras superiores de la persiana. Era un día frío y la luz amanecida hablaba de un sol tímido, de esos que piden permiso para estar un rato sobre esta ciudad.

La mirada recorrió la biblioteca chica del frente, sobre ella había polvo, no lo veía, pero sabía que ahí estaba, hacía semanas que no limpiaba. Sobre la biblioteca chica del frente no veía las fotografías que siempre habían ocupado el espacio; no las veía y no era por culpa del sol que apenas pedía permiso, no las veía porque él mismo las había sacado. Imágenes de un tiempo verde y de otro sol.

Se levantó entre los pliegues del frío y respiró, o le pareció que así lo hacía, en un nuevo día; se puso la bata, lo recuerda.

Comenzó con el izado de cada mañana, no era patio de escuela, no había mástil, sólo la persiana sobre la ventana que espía la avenida. Alta en el cielo, le gustaba pensar en el Alta en el cielo cuando subía la persiana, y eso que nunca le había importado la bandera; de pibe la respetó, después, cuando entendió qué era la patria, la descartó. Pero le quedó aquello de Alta en el cielo cuando la persiana.

La persiana fue subiendo y subió a su cielo de quinto piso; fue cuando él miró las plantas que de a poco se morían en el balcón; junto a la maceta más grande había un hombre sentado, ojos azules, grandes y abiertos; el hombre que estaba sentado en el balcón estaba muerto.

No era un ángel amanecido. No parecía.

Aparicio Bustamante, el hombre muerto en un balcón, fue “la noticia” de la página de policiales del diario Crónica del sábado 10 de julio de 2004. En Buenos Aires, al parecer, también se puede morir en balcones ajenos, sólo es cuestión de subir o de bajar. Así pensó Ismael Núñez mientras viajaba entre el trabajo, en el centro, y su casa en la provincia. Desde el colectivo miraba, a través de las ventanillas mugrientas del bondi, los balcones de los edificios.

Sigue

Cordón. El hombre camina buscando la salida por una de las callecitas adoquinadas del cementerio de la Chacarita.

Al menos en apariencia la muerte había quedado atrás, pero la parca siempre está al llegar, algo así como viajar oteando el horizonte desde el barquito de papel. Un horizonte de muerte vislumbrada como posible pensamiento de un hombre cualquiera que camina hacia la salida de un cementerio.

Camina entre cruces y flores. Nunca se acercó a la cruz, tampoco a la flor.

Avanza desde los escalones, en la entrada del crematorio; camina desde el adiós a una amiga.

A la distancia ve la salida. Justo cuando nota que lleva el cordón de uno de sus zapatos desatado.

Se sienta en uno de los bancos ubicados a los lados de la calle.

Juan Cáceres, acompañado de su más puro y sentido ateísmo, caminaba por el cementerio de la Chacarita. Nadie sabe qué hubiera pensado si, por ejemplo, hubiese mirado hacia atrás, sobre su hombro izquierdo. La prueba innegable de la existencia de otra realidad esperaba silenciosa detrás del banco de cemento. La imagen de la Virgen Desatanudos cumplía con su histórico mandamiento.

Edgardo Lois nació en Buenos Aires en 1962.

Estos textos son parte de su próximo libro, En sepia. Publicó,

entre otros títulos, La Caramba en 24 hojas (2005) y Miradas escritas al acrílico (2006).

Edición Impresa

Domingo 17 de Junio de 2007
Año II Nº 0182
Buenos Aires, Argentina