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cultura

microrrelato

El Museo, por Pablo Alí

Papá detenía el auto frente a la custodia militar que vigilaba la entrada; a veces se nos prohibía el paso. Mamá entonces hablaba mal de los militares y papá buscaba una entrada sin custodia.

Por Pablo Alí

Cuando era chico, los domingos mis padres solían llevarme al Museo de Telecomunicaciones, que funcionaba en una gran casona antigua frente a la Costanera. Llegar a aquel Museo era toda una aventura. Había que pasar por el puerto, y papá debía detener el auto frente a la custodia militar que vigilaba la entrada; a veces se nos prohibía el paso –nunca entendí por qué; mamá entonces hablaba mal de los militares y papá, en silencio, buscaba alguna entrada sin custodia. Del museo, recuerdo las rejas de metal y el parque de árboles frondosos; dentro, el mármol blanco de las escaleras que conducían a los sótanos donde se hallaba la sala de los teléfonos. Mamá pretendía llevarme de la mano para que bajase junto a ella, pero yo siempre me adelantaba: allí había teléfonos de todos los modelos y tamaños, digitales y a disco, una cabina colorada de las que, según las películas inglesas, hay en Londres, y hasta la cabina que en la televisión usaba el súper agente 86; en otra sala más pequeña, sobre una alfombra azul, teléfonos intercomunicados –parecían de juguete pero mamá decía “cuidado que son de verdad”– y podíamos sentarnos en el suelo, ella en un extremo de la sala y yo en el otro, para hablar toda la tarde: ella decía “hablá, hablá” y, como al principio a mí nunca se me ocurría nada, ella siempre inventaba alguna historia: “Buenos días, ¿se encontraría el príncipe de Dulea?” “No, señora”, decía yo. “Qué lástima, quería contarle algo muy importante”. “Si quiere puede contármelo a mí”. “¿Y usted quién es?” “Su mayordomo.” “No pensará que voy a hablar de algo tan importante con un mayordomo”. “Bueno, señora, en realidad yo soy el príncipe, pero me hago pasar por mi mayordomo para que no me molesten”. “Oh, príncipe, qué gusto me da oírlo...”. Esas cosas.

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Mi papá a veces salía al parque a fumar un cigarrillo; cuando regresaba nosotros habíamos visitado los lugares más encantadores (en la sonrisa cómplice, mi madre siempre conservaba algo de aquel encanto que habíamos compartido). En el museo había cosas extrañas, cabinas de cristal, artefactos modernos, sistemas de comunicación vía satélite: aunque todas aquellas cosas están más en mi imaginación que en mi memoria, constituyen, de algún modo, parte de mí.

Por lo demás, en aquel edificio (al que ahora cualquiera puede llegar sin restricciones) funciona un salón para eventos de lujo. Hace unos meses, una amiga me invitó a una fiesta que organizaba la escuela de cine donde ella estudia, y me desilusionó comprobar que el lugar había cambiado tanto (poco queda del parque y de los árboles); en la reja de entrada, dos robustas y ajustadas remeras negras pedían la tarjeta de invitación; dentro, mi amiga, sus amigas, tragos de todo tipo, barra libre, servicio de lunch de un importante restaurante árabe, luces, música electrónica, dos pistas, algunos actores conocidos, gente de la farándula. Las escaleras que conducen al sótano bloqueadas por una soga roja; en cambio, las terrazas (inalcanzables en el viejo museo) abiertas para todos y muy iluminadas. Al subir –ya estaba algo borracho– recordé las visitas de mi infancia y se me ocurrió llamar a mi padre (siempre nos prometemos cenar juntos) sólo para enfrentarme a la triste realidad de que en toda esta casona ya no queda un solo teléfono público.

Pablo Alí nació en Buenos Aires en 1978. En octubre de 2005, su primera novela, Clody, fue distinguida con el segundo premio del Primer Certamen de Novela Joven de la Fundación Aerolíneas Argentinas–Siglo XXI Editores.

Edición Impresa

Domingo 17 de Junio de 2007
Año II Nº 0182
Buenos Aires, Argentina