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| Pepe Eliaschev | |
No nos anoticiamos, tal vez, pero lo que sucede muestra a una sociedad en empate técnico sempiterno, una vida cotidiana en parálisis recurrentes. No hay medida ni ley que se sostenga si el respeto al orden jurídico puede ser obviado desde la acusación impúdica y prepotente de que toda normativa es relativa y, en consecuencia, puede ser ignorada, o incluso saboteada.
Lo que sucede en la Escuela Carlos Pellegrini (formalmente denominada “Superior de Comercio”) exhibe de modo deslumbrante cómo actúan las fuerzas centrales de ese automatismo nihilista, convertido ya en espasmo crónico: todo es arduo y a menudo imposible, porque pequeños protagonistas, pero de capacidad bloqueante suficiente, se reservan el veto funcional decisivo.
El “Pelle” era un colegio secundario prestigioso y admirado. Lo regenteó Abraham Gak durante 14 años. Gak es progresista y teme a todo lo que pueda oler a implantación de orden en las aulas. Supone que ello implica anular derechos y garantías de los jóvenes.
Recuerdo varias entrevistas que le hice en la radio cada vez que estudiantes producían jornadas de descontrol y vandalismo. El siempre se negaba cerrilmente a asegurar cualquier orden que pudiese ser asociado con “represión” y “fascismo”. Por el contrario, con invocaciones compungidas y santurronas, intentaba la defensa de los “chicos”, a los que sería imprescindible “contener” en todos los casos, para evitarles el sufrimiento psíquico del autoritarismo.
Lo cierto es que la terminación de los dos mandatos sucesivos de Gak (¡catorce años!) gatilló la insurrección de algunos padres, junto a aguerridos núcleos politizados que, como siempre, organizan y acaudillan a centros estudiantiles y agremiaciones docentes.
Lástima que esta formidable exhibición de admirable involucramiento político se desacredite por completo, convertida en parodia de autogestión escolar ridícula, tan absurda como pretender que la Universidad, cabeza funcional del Pellegrini y del Colegio Nacional de Buenos Aires, “consensúe” con los estudiantes la elección de las autoridades de un establecimiento que es financiado por el pueblo y educa a 2.400 alumnos año a año.
Había que verlo al petulante joven que dirige el Centro de Estudiantes, retando públicamente, por medio de la siempre semiletrada y atontada TV, al rector de la UBA, exigiendo que negocie con ellos quién y cómo dirige la Escuela.
Probablemente amargado porque se quedó sin nuevo mandato de rector, Gak se abstuvo de mediar a favor de la ley, en lugar de constituirse en la Escuela junto al nuevo jefe designado, Juan Carlos Viegas, para asegurar su jura formal como nueva cabeza de la institución. ¿O Gak no fue elegido de manera “inconsulta”, como braman los adolescentes activistas, y nada menos que por Oscar Shuberoff, a comienzos de los años 90?
El país “Pelle” funciona así: como los excitados militantes, empapados de la doctrina de la “revolución permanente”, no están de acuerdo con que el Consejo Superior de la UBA formalice la jura de Viegas, impiden que pueda siquiera reunirse, deliberar y votar en paz. Taponan las puertas y no dejan entrar a nadie. León Trotsky los correría a patadas en el traste.
Con el cepo puesto y estupefacta, la Argentina exhibe un ámbito social en el que el sistema bloqueante funciona de manera sistemática, con aeropuertos caotizados, estaciones ferroviarias incendiadas, subterráneos con molinetes “liberados”, barcos-casino que no navegan pero emplean a “navegantes” que cobran pero no navegan, y encima muelen a palos a trabajadores del juego que optan por su propio sindicato.
Violencia de bajo voltaje casi siempre, hay que decirlo. No es pertinente sofocarse demasiado ante un panorama que es más incordio estéril y autodestructivo que prólogo de una conflagración social mayúscula.
Sin embargo, la progresiva y aparentemente inexorable impotencia del orden, concepto secuestrado y estigmatizado, puede derivar en esclerosis progresiva de una sociedad, la argentina, donde millares de coroneles de facto pero escasos de soldados comandan cotidianos y pretenciosos “asaltos del cielo”. Son, sobre todo y patéticamente, irritantes, pero propician la licuación del edificio social. Más que crispar, preocupan como creadores de condiciones de posibilidad. La dictadura militar ha triunfado: el orden es despreciable en este país.
Para Carlos Gabetta, el director de Le Monde Diplomatique y a quien nadie en su sano juicio podría llamar “derechista” o “fascista”, lenguaje preferido de corifeos de Kirchner, “las izquierdas (…) no asumen el fracaso o la distorsión, al menos en el contexto en que intentaron aplicarse, de algunas de sus propuestas. El victorioso candidato francés de derechas, Nicolas Sarkozy, hizo de la consigna ‘el profesor y el alumno no son iguales’ uno de los caballitos más exitosos de su campaña. Esa verdad de Perogrullo dio en el centro de las preocupaciones de padres y profesores angustiados ante el desapego por los estudios y la indisciplina de los jóvenes, pero escandalizó al progresismo, que todavía se empeña en confundir la condición de ciudadano con la de alumno y cree en tonterías tales como la eliminación de todo tipo de sanciones y que es posible ‘aprender jugando’, en lugar de aprender trabajando duro y jugar fuera de clase”.
Para Gabetta, “en Argentina, por ejemplo, esto es evidente en la ceguera progresista ante la necesidad de reformas al sistema educativo, en particular la Universidad. Si este caos continúa, la derecha acabará popularizando la privatización del sistema”.
¿Necesito confesarle al lector que mientras estos fuegos fatuos nos encarajinan la vida y horadan el estado de derecho, el sábado 9 de junio una prolija acción comando contra un puesto de guardia del Ejército en Campo de Mayo les reportó a los exitosos incursores un botín de cinco fusiles automáticos FAL y una pistola 9 mm?
¿No vimos ya esa película, mi amor?