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cultura

jorge di paola (1940-2007)

Notas para un homenaje a Dipi

Discípulo de Witold Gombrowicz, escritor excéntrico y genial, murió el lunes pasado en Tandil, ciudad donde desde hace años vivía un exilio interior. Di Paola escribió para diversos medios y fue uno de los fundadores de la revista “El Porteño”. Vivió tres meses en la verdadera isla de Robinson Crusoe y publicó “El arte del espectáculo”, “Minga!” y “Moncada”, entre otros títulos. Sergio Bizzio, uno de sus alumnos dilectos, escribió este texto –tan sentido como desopilante– el año pasado, en ocasión de un homenaje público a su maestro.

Por sergio bizzio

Oculto. Excéntrico y misántropo, Di Paola era una máquina incansable de producir historia personal.

Mi lista de lo que podría llamar “maestros” es larga, pero a los veinte años tuve tres al hilo: dos de ellos no vienen al caso ahora, y Dipi. Ninguno de los tres tuvo nunca el propósito o la intención de enseñarme algo, propia del maestro que se asume como tal, pero nadie promovió como Dipi la idea de que tampoco había nada que escuchar. La ecuación era perfecta: un maestro que no enseña, y un discípulo que no escucha. Pero no había presencia menos inocente que la suya.

Siempre sospeché que Dipi me ahorraba a conciencia el error que él mismo cometió con Gombrowicz, que fue escucharlo, lo cual puede parecer una herejía a quien no estuvo entre sus garras. La extravagancia del maestro de mi maestro me resultaba menos interesante que agobiante, pero Dipi era un festín. A mí no solamente me sorprendían su literatura (en esa época leía y releía los cuentos de La virginidad es un tigre de papel) y su –por decirlo así– forma de ser, sino la combinación de esos extremos: la escritura sutil, casi epigramática y cargada de sentido, con la falta de seriedad más aparente que he visto en alguien durante años.

Dos. Estoy seguro, y a veces también lo creo, que la eterna dificultad de Dipi con el dinero, con el trabajo pago, es una forma loca y paradójica de la generosidad. Dipi no tiene nada porque lo ha dado todo sin renunciar a nada. Una vez me dijo que su problema eran los chistes. Que se hacía chistes en contra, que se tomaba el pelo a sí mismo. Fue un momento dramático, porque se había quedado sin casa y no tenía dónde vivir. Hay que tener mucho valor para reconocer que “el problema” está justo ahí donde nadie mira. Esa fue toda una lección: a lo evidente, sumarle siempre lo central.

Tres. Dipi es una industria de producir historia personal. Ejemplos: el día que se medicó a sí mismo en exceso (por un dolor de muelas). Yo estaba en el living escribiendo y Dipi salió del cuarto muy angustiado diciendo que veía rayas que pasaban de arriba abajo, como las de un televisor descompuesto. Tenía un pantalón corto de plush (de mi madre), pantuflas y una musculosa amarillo limón en la que podía leerse: “Now”. Lo acompañé a un hospital odontológico, y él fue vestido así. Eran las dos o tres de la mañana. En la entrada un Policía nos cortó el paso. No había ningún odontólogo, dijo. Dipi, le empezó a gritar que él era un periodista muy importante y que veía rayas y que si no lo atendían ya mismo iba a escribir una nota en un diario denunciando al hospital y a él en particular. El policía nos dejó entrar. Había un odontólogo de guardia. Lección: de madrugada, y sin ningún motivo, la policía puede mentir.

Dipi cocinero: así como Dipi se automedicaba, también se autococinaba. Decía que sus salsas y guisos eran los mejores del mundo (el mundo argentino) y uno, a veces por distracción, siempre por amistad, lo dejaba hacer. Pausa. Queda el resultado en manos de la imaginación de los presentes. Detalles: en lugar de multiplicar los panes, multiplicaba las ollas. ¿Cómo era posible? No lo sé, sinceramente. Pero lo cierto es que las ollas, a primera vista, daban la impresión de apilarse unas sobre otras, cuando él en realidad había utilizado sólo una. Podía ser un milagro. Más allá del sabor, que no estaba mal (en el mismo sentido en el que no está “mal” que haya autopistas infectadas de autos o manifestaciones con bombos), había modificado el paisaje de la casa entera. Después de comer, uno veía que Dipi, como un Hansel solitario, había dejado sus marcas en cada uno de los lugares por los que había pasado mientras cocinaba su obra, a través de las cuales era posible reconstruir su recorrido: salpicaduras de tomate en los azulejos, esquirlas de cebolla en el teléfono, la piel de un salamín en un libro abierto, una cuchara en el teclado y, no conforme con semejante número de pistas, él mismo, que después de comer dormía con una viruta de papa en el pelo.

Basta leer su cuento La forma para notar que los sueños literarios de Dipi suelen ser geniales. Al lado de Dipi, el iceberg de los paranoicos es nada. (También inventó el “viento tubular”, en Minga!).

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Pero un artista, además de soñar, debe dormir. A mitad de camino entre el insomne y los grandes dormilones del arte (desde Finnegans hasta Eno) Dipi dormía literalmente salteado. No de día en día, como suelen hacer los adolescentes que le copian la energía, sino de hora en hora, y hasta de minuto en minuto. A mí me llamaba mucho la atención lo discontinuo de su descanso. Y más que eso todavía el audio que lo hacía particular: unos gritos ahogados, como de tenista. Lo inquietante de su manera de dormir alcanzaba su forma más alta en aquellas ocasiones en que había visitas, teniendo en cuenta que además de todo Dipi fue siempre bastante imprevisible. A veces abusaba de su capacidad de aparición y desaparición relacionada con el descanso. Cuando mis padres, que lo querían mucho, venían de visita, podíamos estar cenando y charlando amablemente y de pronto, en mitad de una frase, Dipi desaparecía. Era una desaparición silenciosa y fluida, es decir: se levantaba con una cierta naturalidad inherente a la cena misma. Uno podía pensar que había ido a la cocina a buscar la sal, y entonces la charla quedaba cortésmente en suspenso, a la espera de su regreso. Pero de pronto se oía un grito de tenista en el dormitorio. Eso podía durar entre cinco y diez minutos, al término de los cuales Dipi volvía a la mesa y retomaba el hilo de la conversación como si no hubiera pasado nada. Otra lección: lo que desconcierta a los demás no tiene por qué afectar tu narrativa.

Cuatro. Abro Minga! al azar y leo, leo, leo. Me pasó más de una vez: si la leo entera es una novela, si leo sólo una página es poesía.

Cinco. Escribe para él y para nosotros, el gran público. Atenuar el paso del tiempo no parece importarle en absoluto, ni siquiera como coquetería: su angustia no es una práctica, como su literatura, en la que vence al tiempo. Cuando las computadoras empezaron a popularizarse, escribía en una máquina mecánica montada sobre una mesita tan estrecha que no había lugar para apoyar los brazos. Cuando por fin tuvo una computadora, escribía en servilletas de papel. Su obra (la suma de sus frases milimétricas, su respiración inteligente y ese ir y venir por entre los vericuetos de un mundo a la vez desopilante y razonable, con entrada libre, del que el mal lector se expulsa solo) esquiva al tiempo de la misma forma con la que él esquiva los soportes disponibles. El epígrafe de La virginidad, inventado por Dipi y atribuido a un desconocido en un subte, lo dice con toda claridad: “Al tiempo hay que dejarlo para más adelante”.

Seis. Es un grande, por más homenaje que se le haga. (Y además no hay manera de no quererlo. Hasta cuando insulta lo hace sin odio.)

Siete. Eligió ser extravagante en un país que no tolera la extravagancia de sus artistas porque ha invertido toda su paciencia en tolerar la extravagancia de sus políticos. Igual no importa: sus varitas mágicas lo contradicen todo.

Edición Impresa

Domingo 29 de abril de 2007
Año II Nº 0174
Buenos Aires, Argentina