Siempre he tenido la idea de que el éxito universal de un libro como el I Ching reside, sencillamente, en haber conseguido hacerle creer al mundo que es el único libro con propiedades adivinatorias y oraculares, la brújula infalible para la orientación correcta en la vida. Lamento decir que no es cierto. El Ulises, de Joyce, Rayuela, de Cortázar, Cien años de soledad, de García Márquez, cumplen no sólo la misma función sino que lo hacen mucho mejor.
Llamar, como ya es costumbre y casi obligación, a Cien años de soledad “obra maestra de la literatura hispanoamericana y universal” (entre muchos otros apelativos que sería muy largo enumerar) no hace más que de pantalla inhibitoria para un ejercicio que no debe limitarse a su adquisición (parece que, hasta ahora, la nueva edición conmemorativa es lo más vendido en la Feria del Libro), sino a su lectura.
Hace poco, el escritor cubano Eliseo Alberto, durante la presentación oficial en México de esta misma edición revisada por el autor, dijo una frase estúpida. Consideraciones sobre ella: “Les advierto que cuando comiencen a leer esa novela, les va a cambiar la vida, porque es sabia, divertida, entretenida, de una enorme representatividad”. Lo de divertida y entretenida lo admito. Lo de representatividad no lo entiendo. Pero estoy seguro de que los libros no cambian la vida. A lo sumo hacen que uno se olvide de ella. Lo que ya es mucho.