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peter singer, filosofo

“La forma en que nos alimentamos hace sufrir al animal, causa obesidad y afecta al ambiente”

A lo largo de su carrera, el filósofo australiano Peter Singer escribió más de 30 textos y decenas de artículos que tratan cuestiones tan variadas como el uso de embriones en la investigación científica, el aborto o la moral de George W. Bush. Ahora, el profesor de Bioética en la norteamericana Universidad de Princeton acaba de dar a luz un nuevo libro en el que reflexiona sobre la ética de la alimentación. Para Singer, el problema no es que se maten animales para comer, sino el modo indigno en el que se los cría. Sobre este tema habló en una extensa entrevista con la revista brasileña “Veja”.

Por Veja - gabriela carelli

El filósofo australiano Peter Singer, de 60 años, especialista en ética, se volvió mundialmente conocido con el libro Liberación animal (1975), en el cual defendía que nada justifica los malos tratos impuestos a los animales por los productores de alimentos.

Con más de 30 obras publicadas desde entonces, Singer vuelve sobre el asunto con su nuevo libro, La ética de la alimentación. En él asegura que la manera en la que el ser humano se alimenta hoy debe ser revalidada, dado que no sólo tiene un enorme impacto en el sufrimiento de los animales sino también en la salud de las poblaciones. A lo largo de su vasta obra, Singer, hoy profesor de la Universidad de Princeton, en los Estados Unidos, ha tratado asuntos como el aborto, el uso de embriones para investigaciones científicas, la eutanasia y la pena de muerte.

—Usted asegura que es necesario pensar a la comida de una forma ética. ¿Qué significa eso?

—Las personas deben dejar de pensar en la comida simplemente como algo que se disfruta o que hace bien a la salud. El acto de comer también es una decisión ética y moral. Es necesario pensar en las consecuencias de comer, tanto para los animales que nos sirven de alimento como para el medio ambiente y para nosotros mismos. La manera en la que nos alimentamos hoy hace sufrir al animal, provoca una epidemia de obesidad en el mundo y es causa de otra serie de enfermedades en el ser humano. Eso tiene un impacto profundo en el planeta y en el medio ambiente.

—¿Qué hay de malo en la crianza de los animales destinados a la alimentación humana?

—Los animales son criados en haciendas industriales sin ninguna dignidad. Los puercos, que instintivamente les dan abrigo y alimentan a sus crías, no pueden ni mezclarse porque viven en un espacio mínimo. Las crías son arrancadas de la madre cuanto antes para que puedan engordar y procrear. En las granjas, los pollos viven en galpones donde hay hasta 20 mil aves que nunca ven la luz del día, sólo luz artificial. Son abarrotados de antibióticos y hormonas para ganar peso. Quién no se interesa por los bichos debe, por lo menos, pensar en sí mismo. La enfermedad de la vaca loca es un ejemplo del resultado de esa forma de crianza. Más allá de esto, el confinamiento de millones de animales exige una cantidad inconmensurable de plantaciones. China y la India, con sus enormes poblaciones, comenzarán a reproducir métodos occidentales de crianza animal. Y aumentarán los daños al medio ambiente, la incidencia de enfermedades cardíacas y los casos de cáncer del sistema digestivo. Son buenos motivos para pensar moralmente en la comida.

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—¿Qué propone para eso?

—Yo soy vegetariano pero no creo que dejar de comer carne sea la solución para el mundo. Hay maneras más dignas de criar a los animales, respetando su naturaleza y el medio ambiente. Puede parecer contradictorio, pero son los propios productores de alimentos quienes van a realizar esos cambios. En la primera etapa del proceso, el consumidor necesita ser educado. Ese es el objetivo de mi nuevo libro. El mercado sólo produce lo que el consumidor quiere. El consumo de ternera, por ejemplo, cayó drásticamente cuando se hizo público que los becerros son separados de su madre y transformados a propósito en animales anémicos, confinados en espacios minúsculos, para que su carne quede tierna.

—La humanidad siempre mantuvo lazos afectivos con ciertos animales. ¿Por qué ofrecemos tanto amor a las mascotas o a los bichos en riesgo de extinción mientras desprotegemos a los que nos alimentan?

—Siempre fuimos muy selectivos en cuanto a los animales con los que nos queremos relacionar. Tenemos una ligazón más profunda con los bichos en los cuales reconocemos emociones y sentimientos, en particular con los cachorros, debido al amor incondicional que ellos nos ofrecen. Respondemos bien a eso. Las especies en extinción, a su vez, representan los cambios que sufrió el planeta a causa de la actividad humana. La extinción, por ser irreversible, es una representación de la pérdida, un proceso que nos toca hondo. Eso no nos pasa con los animales que nos sirven de alimento. El ser humano no tiene empatía con ellos ni quiere cambiar sus hábitos alimenticios. Es más fácil no pensar sobre eso.

—En su libro, al referirse a la obesidad, hace una reflexión sobre el concepto de la gula. ¿Por qué?

—Comemos demasiado y sin necesidad. Las religiones, de cierta manera, siempre ejercieron un control sobre lo que sus fieles comen. Una lectura moral de la historia de la alimentación revela que, de todas las religiones, la que menos contuvo los excesos en este campo fue el cristianismo. No hay en la cultura cristiana las restricciones alimenticias presentes en el islamismo, el judaísmo y hasta la tradición hinduísta. Lo que existe en la tradición cristiana es el pecado por el exceso de comida, la gula, que fue olvidada a lo largo de dos siglos por los cristianos. Se olvidaron de la gula y se preocupan por otros pecados, principalmente los de naturaleza sexual. El mayor ejemplo de eso son los Estados Unidos. Es un país cristiano por naturaleza y, así y todo, la nación con mayor población obesa del mundo. Necesitamos pensar sobre eso. Al final, una persona que come el doble o más de carne de la que necesita, carne proveniente de animales criados para consumo, no sólo se hace mal a sí mismo. Ese hábito tiene impacto en el planeta y, desde el punto de vista moral, es doblemente ruin.

—¿Qué le diría a alguien que quiere ser ético en relación a la alimentación diaria?

—Lo que defiendo en el libro, y quiero dejar bien claro, es que no necesitamos ser vegetarianos para ser éticos. De la misma manera en que no necesitamos dejar de usar los autos para ayudar a combatir el calentamiento global sino que podemos cambiar el tipo de la energía usada para que el coche funcione. En el tema de la alimentación es posible, por ejemplo, evitar la carne de animales criados de forma tradicional. Una buena opción es escoger productos animales provenientes de las llamadas granjas orgánicas. Ese ya es un gran cambio.

Edición Impresa

11 de marzo de 2007
Año II Nº 0167
Buenos Aires, Argentina