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cultura
chomsky versus foucault
Un ejercicio de esgrima
A principios de los 70, el lingüista norteamericano y el pensador francés se vieron, por primera y única vez, para mantener un debate televisivo. Chomsky participaba por entonces en acciones de “desobediencia civil” contra la Guerra de Vietnam. Foucault se encontraba en el momento más radicalizado de su itinerario intelectual. A pesar de los esfuerzos por evitar las confrontaciones, sus diferencias de base se advierten con claridad en la discusión de Eindhoven.
Por agustin d’ambrosio

25.02.2007
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Dialogo. El libro que testimonia el encuentro.

   

En 1971, en la ciudad de Eindhoven, Holanda, convocados para dialogar en un programa televisivo, Noam Chomsky y Michel Foucault se encontrarían por primera y única vez. Ambos eran profesores de prestigiosas instituciones académicas a la vez que activistas políticos. Chomsky participaba en acciones de “desobediencia civil” contra la Guerra de Vietnam. En el debate, antes que como un especialista, se lo verá como un pensador que intenta derivar consecuencias filosóficas y políticas de su teoría lingüística. También puede destacarse de la obra de Foucault su deuda con las teorías estructuralistas, provenientes de las ciencias humanas. En particular, su celebrado cuestionamiento de las filosofías del sujeto. Foucault se encontraba, en el contexto post-Mayo del ’68, en el momento más radicalizado de su trayecto. A pesar de estas simetrías, sus teorías se dirigían contra blancos muy diferentes, en el marco de culturas políticas y campos intelectuales claramente contrastantes. Estas diferencias se evidenciaron con nitidez en la discusión de Eindhoven. El título del libro que documenta el coloquio entre ambos, La naturaleza humana: justicia versus poder (recientemente publicado por Katz) puede inducir a equívocos. No hubo un acuerdo inicial acerca de la posibilidad de definir una naturaleza humana y un desacuerdo posterior acerca del atributo esencial que la caracteriza.

Es Chomsky quien toma la palabra en primer lugar. Según el lingüista norteamericano, lo que caracterizaría a la naturaleza humana sería una estructura profunda de la mente, un conjunto de principios organizativos innatos del conocimiento y la capacidad individual de desarrollar creativamente enunciados novedosos a partir de estos principios. Inquirido acerca de este planteo por el “moderador” del debate (un tal Fons Elders, quien de manera continua se propone instigar la polémica), Foucault elude con elegancia la confrontación. No dejará de explicitar sus desacuerdos, pero sólo para sugerir, a renglón seguido, la complementariedad de los enfoques. Según el filósofo francés, no es posible aislar una invariante que se sustraiga a las formas históricas de existencia –el entramado de relaciones sociales y de poder– para dar una definición universal de naturaleza humana. De hacerlo, se estaría universalizando una manera de pensar particular, regida por el sistema de saber/poder de una época determinada.

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A pesar de las diplomacias, la oposición planteada entre universalismo metahistórico y particularismo de las formas de existencia histórica no podría ser más extrema. Y si bien Foucault procura evitar esa “lucha de titanes” del intelecto a la que se lo invita, no dejará de dar espectáculo a costa de quien busca provocarlo: “Elders: [...] se ha negado a responder acerca de su propia creatividad y libertad [...] Me pregunto cuáles son sus motivaciones psicológicas. Foucault: Puede preguntárselo, no es mi culpa”.

Sirviéndose de su definición de la naturaleza humana antes esbozada como marco normativo que le permite enjuiciar la facticidad histórica, Chomsky derivará (con demasiada velocidad) en un planteo político. Si el rasgo que define la naturaleza humana es la creatividad, toda aquella institución que la inhiba, limite o reprima debe ser considerada como un residuo histórico perimido. Chomsky propone pensar un modelo de sociedad ideal que permita desarrollar plenamente la esencia humana entendida de este modo. Foucault objeta (con términos que ilustran su pasajera aproximación al maoísmo) que no se trata de construir un ideal social a realizar, sino de inscribirse práctica y teóricamente en los conflictos reales de la sociedad capitalista: la lucha de clases. Extrapolar un ideal de justicia y de una sociedad futura implicaría hacerlo en el marco dispuesto por los modos de pensamiento vigentes, preñados de las oclusiones teóricas funcionales al sistema imperante. La idea de justicia o cualquier otra supuesta idea universal es un arma que puede ser usada en la lucha de clases, pero no una norma universal que fundamente una política. No obstante, el concepto de proletariado no puede ser asimilado tan fácilmente al planteo foucaultiano, ya que éste es concebido por la teoría marxista como una clase universal. Por esto, Chomsky tiene una buena pregunta para hacer: si el proletariado no encarna en su acción la realización de una justicia universal, si su interés no es más que un interés particular, ¿por qué promover la lucha de esa clase? Foucault no articulará una respuesta satisfactoria.

Foucault y el marxismo
“Cuando el proletariado tome el poder, es muy posible que ejerza sobre las clases derrotadas un poder violento y dictatorial, e incluso sangriento. No puedo ver qué objeción podría plantearse a esto”, decía Foucault en Eindhoven. Resulta curioso, tal vez toda su obra posterior pueda leerse como una objeción a esta concepción del poder. Este (retrospectivamente) llamativo paso del coloquio remite a la compleja relación de Foucault con el marxismo. Esta relación ha sido planteada en matices que van desde una oposición irreductible hasta una continuación innovadora, pasando por la complementariedad solidaria. La reciente compilación de artículos Marx y Foucault (editada por Nueva Visión) es una buena muestra de que ésta no es una cuestión agotada y que merece seguir siendo explorada.


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