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cultura
las 10 preguntas
Consiglio: instancias esenciales
El autor de “Intemperie” y “El bien” celebra a Lobo Antunes, Cormarc McCarthy y Onetti. Cuenta que a una isla desierta se llevaría una antología de poemas “inagotable”, que reuniera a Enrique Banchs y Joaquín Giannuzzi, y explica por qué no deja libro sin terminar. Aquí, sus confesiones sobre el oficio de escribir.
Por Judith Savloff

25.02.2007
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Enrique Manuel Abbate

Foto: Cedoc

   

Jorge Consiglio nació en Buenos Aires en 1962. Es licenciado en Letras y ex profesor de Semiología. Publicó los libros de poesía Indicio de lo otro (86), Las frutas y los días (92), La velocidad de la tierra (2004) e Intemperie (2006); el de relatos Marrakech (98); cuentos en antologías, y la novela El bien (2003), que recibió en España el Premio Opera Prima Nuevos Narradores. En marzo, Norma editará su novela Gramática de la sombra. Además, colaboró en diversos suplementos culturales.
Sobre su obra, Consiglio explicó: “Intento dar voz a ciertas instancias esenciales, vinculadas con lo celebratorio o con la arbitrariedad y la pérdida, cuya luz, por alguna misteriosa razón, resulta inusual (...) un indicio de esa vasta otredad como si se tratara de un destello o de un sabor fugaz”.

—¿Cuál es el primer libro que recuerda haber leído?

—Empecé con best sellers policiales, pero me parece que el comienzo de la lectura rigurosa, más atenta, ocurre alrededor de mis catorce años con Iridium, una colección juvenil, Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne, o Fonabio y el león, cuyo autor no recuerdo.

—¿Cuál es su autor favorito vivo?
—Cormarc McCarthy y Antonio Lobo Antunes están a la cabeza.

—¿Qué libro se llevaría a una isla desierta?
—Me gustaría algo inagotable, que resista múltiples lecturas. Primero pensé en Las mil y una noches, pero me quedo con una antología de poesía, en la que debería haber obras de Joaquín Giannuzzi, Mastronardi, Juan L. Ortiz, Olga Orozco, Pavese, Pessoa y Enrique Banchs, entre otros.

—¿Cuál es el último libro que leyó o que está leyendo en este momento?
—Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer, y Paseos con Robert Walser, de Karl Seelig. El primero es un testimonio de la guerra, y una de las cosas que me mata es la estructura: 800 páginas y, cada 150, el autor saca a un personaje del presente para hacer un racconto de su historia. Tiene algo entre lo fenomenológico y lo conceptual que lo torna maravilloso. El otro se trata de las charlas del escritor con su editor, que lo visita en un manicomio. Me atrapan el paseo por la biografía y sus reflexiones sobre la escritura.

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—¿Qué libro reciente no pudo terminar de leer?
—La verdad, soy obsesivo y no dejo ningún libro. Más que por optimismo, porque pienso que debo ser yo el que no está a su altura. Estoy hablando de clásicos, textos antiguos. Por supuesto, hay algunos que no entran en consideración. ¿Por ejemplo? Los best sellers de Paulo Coelho. ¿Por qué los elegiría? Puedo imaginarme la sensación de vacío...

—¿Qué libro quisiera releer pronto?
—Sin dudas: las novelas de Juan Carlos Onetti: El astillero, El pozo, Para una tumba sin nombre...

—¿Cuándo escribe?
—Trato de escribir por la mañana en los bares, una o dos horas. Trabajo en ventas en un laboratorio y paso mucho tiempo en la calle. A la noche no funciono, salvo que esté desesperado.

—¿Quién debería ser el próximo Nobel?
—Desconozco la literatura hindú, árabe o china, así que me voy a restringir a lo que conozco. Si se premiara la calidad literaria, debería ganar Lobo Antunes, pero como lo ganó Saramago, no veo chances para otro portugués, por ahora.

—¿Cuáles son sus rituales o supersticiones a la hora de escribir?

—Rituales no tengo. Sí cuento con algunos compañeros para paliar la ansiedad. En un bar, agua o café a la hora de hilvanar o resolver una frase. En casa, cigarrillos y mate.

—¿Cuál es su comienzo favorito de la literatura universal?
—Pensé y pensé, y elegí el de Cuando ya no importe, de Onetti: “Hace una quincena o un mes que mi mujer de ahora eligió vivir en otro país. No hubo reproches ni quejas. Ella es dueña de su estómago y de su vagina. Cómo no comprenderla si ambos compartimos, casi exclusivamente, el hambre”.


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