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cultura
Ezequiel Martinez Estrada
Un olvidado que vuelve

Medio siglo atrás se lo veía como el Sarmiento del siglo XX. Pero luego de su muerte, en 1964, sus obras cayeron en un olvido del cual recién hoy parecen despertar. Discípulo de Leopoldo Lugones, tuvo a Nietzsche como maestro de pensamiento –de donde provienen tanto su rechazo a la modernidad como la teoría del resentimiento de las masas populares– y su herencia es reclamada por partidarios de las posiciones más antagónicas: el populismo nacionalista, el posmodernismo y el progresismo tradicional. Silencios y contradicciones de uno de los pensadores más controvertidos de la ensayística argentina.

Por Juan JosÉ Sebreli

18.02.2007
  e54
 

Original. Mezcló, de manera indiscriminada, concepciones filosóficas del ideario argentino.

   

Qué significa hoy Martínez Estrada? Hace cincuenta años se lo veía como un clásico, el Sarmiento del siglo XX. Los grupos culturales antagónicos –Sur y Contorno– lo reverenciaban por igual. Después de su muerte entró en el olvido: sus libros se reimprimieron poco, su lectura se redujo a estudiantes especializados y las nuevas generaciones ignoraron hasta su nombre.

Los críticos del boom de la literatura latinoamericana y argentina de los 60 rescataban a Borges y a Marechal, dos autores de la generación de Martínez Estrada, pero no a él. En Primera Plana, la revista que imponía las modas culturales de esos años, señalaban como signo de la época que los escritores argentinos jóvenes no aceptaban a Martínez Estrada como mentor. No es una casualidad que este declive sea simultáneo a la iniciación de la carrera de Sociología, ya que su creador, Gino Germani, desdeñaba la ensayística autodidacta.

Sin embargo, parecería que, en las postrimerías del siglo XX y en los comienzos del actual, se prepara un revival de Martínez Estrada que poco tendrá que ver, sin embargo, con el ídolo de los años 50. Distintas corrientes ven en su obra anticipaciones de ciertas ideas hoy en boga y lo reivindican como un precursor. En los círculos universitarios florece cierto neopopulismo nacionalista, a la manera de Horacio González –Restos pampeanos (1999)–, que redescubre su veta tercermundista y antiliberal.

Los posmodernos, a quienes Martínez Estrada no conoció, lo reconocerán como un aliado en la lucha contra el racionalismo, la técnica y el mundo moderno. Así los antropólogos levistraussianos y el ala extrema, neorromántica, de los ecologistas, coincidirán en el ataque del ensayista a la urbanización y con su prédica del retorno a la naturaleza. Los foucaultianos se identificarán con su concepción total del poder. Los progresistas más tradicionales recordarán su última época de castrismo y antinorteamericanismo. Los neonietzscheanos redescubrirán el olvidado opúsculo de Martínez Estrada sobre Nietzsche.

Ciertas características nietzscheanas, por otra parte, eran las suyas: la oposición de la intuición a la razón, el rechazo de la modernidad, así como la teoría del resentimiento de las masas populares a la que recurrió reiteradamente en sus obras.

El neobarroco latinoamericano puede también encontrar una de sus fuentes en el alambicamiento de ideas, en el uso abusivo de contrastes, dobles sentidos y antítesis paradójicas propias del conceptismo de Radiografía de la pampa. Su estrecho vínculo con Horacio Quiroga –lo llamaba “hermano”– que, imitando el Walden de Henri David Thoreau, vivía en una cabaña en la selva hecha por sus propias manos y adonde lo invitaba a compartir esa existencia, acerca a ambos escritores a los movimientos californianos beat y hippie de alejamiento de las grandes urbes y refugio en la naturaleza.

Influencias y desencanto. Las ideas de Martínez Estrada no eran nuevas: su originalidad estaba en haber mezclado, en forma indiscriminada, diversas concepciones filosóficas y sociológicas que estuvieron presentes en la ideología argentina –reflejo, además, de otras europeas–, la corriente del pesimismo cultural alemán, o filosofía de la crisis –de Spengler a Keyserling– derivada de Schopenhauer y de Nietzsche. Se suele relacionar al psiconálisis con Radiografía de la pampa, por su remisión a los orígenes, con el Freud de Tótem y tabú pero más aún con Jung, ya que el análisis de una conciencia colectiva, y la historia vista a través de mitos y arquetipos, derivaba de éste.
La coincidencia de Martínez Estrada con el populismo y el tercermundismo reflejaba algunas de esas ideas, en auge en los años 60 y 70, prefiguradas, tres décadas antes, en el revisionismo histórico del nacionalismo católico. Martínez Estrada no podía desconocerlo ya que muchos de sus cultores colaboraban en los tiempos anteriores a la Segunda Guerra en Sur y algunos de ellos eran asiduos a las reuniones de Villa Ocampo. Más cerca aún estaba su propio maestro y protector, Leopoldo Lugones, inspirador del nuevo orden fascista, política que no provocó la menor acusación de su discípulo.


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Si se habla de cuestiones políticas trascendentales como el “destino de la Nación”, es más fácil compartir el diagnóstico que superar las fracturas frente a las propuestas de cambio. Oponiéndose a Echeverría, Sastre y Alberdi ven una base confiable en la figura de Juan Manuel de Rosas. Si la revolución había sido sólo una acción desprovista de reflexión, Sastre encuentra en el Restaurador una salida posible. En la inauguración del Salón Literario lee Ojeada filosófica sobre el estado presente y la suerte futura de la Nación, en donde manifiesta su entusiasmo con respecto a la nueva generación que ve gestarse. Su deseo es que ella termine con “todos los errores que han entorpecido el desarrollo inelectual”, y proclama la necesidad de una nueva independencia en el ámbito de las letras y de la ciencia. De Rosas afirma: “Dotado de gran capacidad, activo, infatigable” es “el hombre que la Providencia nos presenta más a propósito para presidir la gran reforma de ideas y costumbres (...) La paz y el orden son los grandes bienes de su gobierno”.

La declaración muestra su entusiasmo y compromiso, a la vez que cierta ingenuidad. Por esta época, Sastre no tenía, como sus compañeros de generación, una obra en que ampararse. Luego, su apoyo al gobierno no le traería más que decepción, el costo que tuvo que pagar por perder el sentido crítico frente a quien detentaba el poder de modo absoluto. En 1838 se cierra el Salón Literario a causa de la censura a la revista Moda, que publicaban sus asistentes. Sastre se retira a San Fernando y, separado de aquel grupo –quizá por este motivo–, pudo por fin escribir su obra. El tempe argentino (reeditada en 2005 en la colección Los Raros de la Biblioteca Nacional). Es un tratado de geografía y biología bastante original para la época. El libro, que inició el camino de la literatura del Delta que luego continuaría Sarmiento, promociona la región con un tono didáctico y exaltado. En 1849, también publica Anagnosia, un tratado para enseñar a leer. Así, sus libros lo situaron más cerca del sistema escolar que del literario; y la apropiación que los programas de estudio hicieron de estas obras logró que Tempe tuviera más tirada que el Facundo. Erudito y autodidacta, Sastre haría carrera como funcionario en instituciones educativas. La trascendencia de su figura quedaría subordinada, para siempre, a su gestión en el legendario Salón Literario y por la asimiliación personal de una región que, en su momento, se creía inhabitable.


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