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fuera De cuadro
De chismes y desconfianza
Por J.S.
18.02.2007
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CELEBRE. Inocencio X, por Velázquez.
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Una leyenda dice que a mediados del siglo XVII, cuando Diego Velázquez viajó a Italia, le ofreció un retrato al Papa. Inocencio X le pidió una prueba de talento. Mascullando la bronca, el genio español inmortalizó a su ayudante, el “esclavo” Juan de Pareja. El Pontífice vio y creyó, es decir, aceptó la propuesta.
También se cuenta que Inocencio no era muy agraciado y tenía fama de paranoico. De cara al célebre retrato que le hizo Velázquez uno piensa: 1) el artista lo embelleció o no era para tanto y 2) la actitud de alerta permanente le salía al Papa por los poros o el pintor quiso que se colaran aquí los chismes –¿su bronca?– que andaban circulando.
No es difícil imaginar por qué Velázquez le podría haber mejorado los rasgos. Y más si se sabe que siguió en este óleo el modelo de pose para retratos que estableció Rafael, es decir, el pintor de las más armónicas y exuberantes madonnas y los más puros ángeles.
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Sí: la expresión desconfiada de la mirada es incuestionable. Al principio, la obra parece evocar poder, solemnidad, soberbia. Pero ¿no asoma también la idea de que el protagonista está rígido como una fiera acorralada?
Hace diez días se vendió en Londres –a 27, 4 millones de dólares– la obra de Francis Bacon, Estudio para retrato II (1956), inspirada en este Velázquez. Allí Bacon muestra un Papa agobiado y vulnerable. Inocencio anduvo, entre tantos asuntos, en acusaciones de nepotismo, presiones de una poderosa cuñada y relaciones tirantes con Francia. “Demasiado real”, se dice que comentó el Papa cuando vio la obra de Velázquez terminada. No es del todo verosímil que se refiriera exclusivamente a la textura y el brillo del traje que lleva.
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