Es sabido: los consejos de un decálogo pueden ser útiles para encontrar las claves sembradas –casi siempre con ingenio– por el propio autor. Y, desde luego, éste suele ser consciente de la operación. Quiroga aprovecha para señalar lo que más le interesa de su propia técnica y busca ampliar el poder de sus maestros desde el primer punto. Entonces, más que descubrir en la obra los principios predicados, será más interesante revisar el rastro de sus omisiones.
Género didáctico, resulta divertido cuestionar sus reglas. Quiroga da consejos que resultan prácticos y motivadores. Pero todo decálogo falla por su propia naturaleza: es imposible apuntar ciertas cuestiones por inaprensibles –y aquí está el núcleo de las críticas más habituales: “La literatura no resiste someterse a fórmulas”– y también por la obvia limitación espacial.
En el punto cinco, el autor defiende una teleología sencilla: “No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas”, y agrega: “En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia de las tres últimas”. Más allá de la valoración –a veces excesiva– del principio y final de un texto, hay, en ese punto, un pequeño engaño: la primera frase no es consecuencia de la última. Incluso, ambas podrían excluirse mutuamente. ¿Acaso no se puede comenzar a escribir sin saber exactamente hacia dónde va la historia? ¿No se puede, tampoco, reescribir el comienzo? ¿No es un tanto desalentador esperar la llegada de la idea perfecta y, sólo si ésta aparece, sentarse y escribir? Es fácil aventurar que muchos textos deliciosos se hubiesen perdido si seguían aquel punto al pie de la letra. Y también que las obras fallidas pueden ser la antesala de las grandes obras de un mismo autor.
Por otro lado, en la lectura de un narrador limitado pueden descubrirse los errores que deben evitarse. Pero, con eso, volvemos al primer punto.