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los relatos de tennessee williams
La palabra como escena posible
Autor de obras de teatro como “Un tranvía llamado deseo”, consideradas clásicos del siglo XX, sus dramas llegaron al cine de la mano de los más importantes directores de Hollywood. Pero, según él, varias de ellas nacieron de sus cuentos, la porción de su obra menos visitada. Acaba de publicarse “La noche de la iguana y otros relatos”, un libro que expande el universo creativo de un autor que pensó su narrativa como anticipación y continuación de su dramaturgia.
Por sonia budassi
11.02.2007
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CELEBRE. Obtuvo el Pulitzer y sus guiones fueron interpretados por estrellas como Marlon Brando.
Foto: CEDOC Perfil |
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M is obras de teatro largas surgen a partir de obras en un acto y relatos cortos anteriores”, solía decir Tennessee Williams. La reedición de La noche de la iguana y otros relatos es una oportunidad para ampliar ese concepto. Coloridos, dispares, intensos, muestran al dramaturgo convertido en narrador y no a la inversa. Williams tuvo un reconocimiento que, al igual que su contemporáneo Arthur Miller, lo llevó a la categoría de celebridad. Su obra Un tranvía llamado deseo le hizo ganar un Pulitzer. Al poco tiempo de estrenarse en Broadway, fue adaptada al cine dirigida por Elia Kazan y protagonizada por un joven Marlon Brando: una combinación eficaz para acercar al autor al gran público y, a la vez, garantizar el éxito con prestigio. Su vida estuvo signada por la conocida mixtura entre tragedia y glamour. Su homosexualidad provocó reacciones encontradas, y su alcoholismo marcó los límites de sus etapas creativas.
Cruces sutiles. En los cuentos de La noche..., la voz del autor se torna reconocible en un doble sentido. Podemos ver, en la estructura de la trama y en la composición obsesiva de los personajes, el método de un dramaturgo puntilloso y acostumbrado a la escenificación de la palabra escrita. Las descripciones son casi pictóricas, y el lector pasa a ocupar el lugar del director al que se quiere indicar al detalle cómo debe ser la puesta en escena. En Rubio y morena* (los asteriscos son del autor), entre otros, dedica varias páginas para definir al protagonista –un escritor– y, antes de comenzar con la acción, nos relata sus costumbres, gustos y traumas. La pluma de Williams es la de un escritor hipercontrolado que arma el cuerpo del texto para que sólo le calce una lectura precisa. Como si usara su temor de manera deliberada para no dejar elementos que se interpreten con excesiva libertad, pone el mismo empeño en construir vertiginosas curvas dramáticas que sólo se asientan y descansan en las exhaustivas descripciones de lugar –a modo de espacios escénicos.
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El libro, entonces, no presenta sinuosidades: Williams construye relatos bajo una fórmula clásica y, en la mayoría de los casos, efectiva.
No se trata de subordinar la dramaturgia a la narrativa, a pesar de los puntos de contacto. En esta continuidad, el autor de De repente, el último verano expande su universo creativo. Las historias de amor –Arena, Lo importante y Algo de Tolstoi– muestran la tensión entre el deseo y la imposibilidad. La disolución de la pareja, sea en la relación de un matrimonio joven o anciano, o una pareja de hecho, o dos adolescentes confundidos, es la excusa para hablar del fracaso personal. Los intentos de superación son casi siempre inútiles en términos prácticos. Pero llevan, a veces, a grandes revelaciones interiores de personajes atrapados en sus propias limitaciones a la hora del encuentro. La incomunicación, la soledad y el enajenamiento no son, en el libro, tópicos abstractos.
La cosmovisión de Williams termina de despejarse en otros cuentos. El poeta contiene el núcleo de su universo narrativo, el mismo que, como dramaturgo, le valió el lugar de gran cronista del sur profundo de los Estados Unidos, o el de retratista de la marginalidad. Para él, el individuo se corrompe, inevitablemente, bajo el influjo de lo social. Y el mal se incrementa (también sucederá en Lo importante) a medida que los adolescentes van creciendo. En El poeta leemos: “Encontraba su público entre los adolescentes, chicos y chicas que se hallaban en ese vacilante estado, breve y dubitativo, situado entre la llegada de la sabiduría y su voluntario rechazo, algo que constituye la condición para que los jóvenes sean admitidos por los estados sociales sin que cuente nada de lo que en su modo de ser era puro”.
Gran creador de climas, con La noche de la iguana logra uno de los relatos más potentes del libro. Si no son marginales, los personajes tienen un estigma social. En este caso el de la “solterona” que se enfrenta a una supuesta “pareja gay”, en un texto sin declamaciones y con una honesta ambigüedad que permite acceder al interior del prejuicio gracias a una sutileza admirable.
Dos curiosidades. Entre la lógica y la arbitrariedad, Williams aprovecha sus cuentos para ironizar sobre escritores y literatura. En La noche... escribe: “Con todo, el escritor no tenía más de treinta años. No era guapo, pero su rostro resultaba distinguido. Había algo como de mono en su cara, como pasa con frecuencia en las caras de los escritores jóvenes serios”. Con menos levedad, Flora, la extravagante –e inadaptada– protagonista de Lo importante, dice: “Creo que lo principal es que uno se exprese con la mayor sinceridad posible. No me interesa el estilo, es una pérdida de tiempo repetir las cosas y conseguir el ritmo adecuado, buscar siempre la palabra justa”, un dilema que el propio Williams parece querer resolver. Cuentos como La venganza de Nicrotis, redundante, efectista y aburrido, deben ser leídos como una curiosidad dentro del libro. Después de todo, según figura al final del texto, Williams lo escribió cuando sólo tenía dieciocho años.
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