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cultura
entrevista con rodrigo fresan
De la escritura como destino
Por judith savloff*
11.02.2007
  e54
 

rodrigo fresan

Foto: CEDOC Perfil

   

—¿Por qué escribe?
—Porque la paso muy bien haciéndolo, me sale más o menos bien y, en todo lo demás, soy bastante desastroso. Tuve la suerte de haberme dado cuenta desde siempre, desde que tengo memoria, de que quería ser escritor, y de poder vivir de eso. Crecí en una casa con una biblioteca muy grande. Cuando mis padres se divorciaron, mi madre vivió un tiempo con Paco Porrúa, el editor de Cien años de soledad y de Rayuela. Así que para mí la figura del escritor era muy próxima. Y para ellos, ser escritor era una vocación infantil tan aceptable como jugar en la selección nacional de fútbol.
Lo primero que rescató de aquellos años de infancia es un cuento publicado en Historia argentina, el del hombre que viaja al imperio azteca. Fue una composición del colegio, de tercero o cuarto grado. El último cuento de ese libro habla del principio del exilio de Fresán en Venezuela, el niño secuestrado que vuelve en Jardines… Un crítico italiano dijo que debía tratarse de un trauma no superado.
—Es una especie de secuestro ridículo, bah, ni siquiera fue un secuestro. Supuestos Triple A me llevaron a dar vueltas en un auto hasta que encontraron a mi madre. Tenía diez años y no tengo un recuerdo traumático. Creo que cuando decidís ser escritor, hay una especie de mantra protector que consiste en pensar en los momentos difíciles: “Esto sería un buen cuento”.
—¿Así pensó a los diez años?
—Sí, es más, para mí, ése fue un momento inaugural: sentí que por fin me pasaba algo para contar. Después, fui y volví a Venezuela. Para la ley argentina, no terminé la primaria, por lo que no hubiera podido seguir un estudio. El único destino posible era la escritura.

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—¿Por qué la atracción por personajes “freaks”?
—Para mí no son freaks. Es cierto que es una cosa que me dicen mucho, que soy un escritor freak, el escritor de los freaks y no sé qué más. Pero no tengo una mirada prejuiciosa, no veo a personas o personajes como fenómenos; más bien me muestran historias atractivas. Aparte, la categoría de freak podría ser aplicable a Borges, digamos: un escritor hecho a partir de su biblioteca, ciego, viviendo en la Argentina y reformulando el mundo desde ahí.
—¿Qué es el “irrealismo lógico”, la categoría que usó para englobar su obra?
—Una respuesta un poco tonta que se me ocurrió para dirimir rápidamente el problema que se plantea en toda entrevista a un escritor latinoamericano en el extranjero: la eterna pregunta acerca del realismo mágico.
Fresán pone gesto de cansancio y dice que en el boom latinoamericano hay “una idea de nostalgia, en esas grandes novelas producidas por un grupo cohesionado de escritores-amigos, con militancia política”. Pero que esas grandes novelas ya fueron escritas. Y está bien que permanezcan. “Lo que no me parece muy correcto es que se las siga pidiendo a cualquier escritor latinoamericano”.
—¿Cuál es su relación con ellas?
—En mis libros hay gente que vuela, más allá de Peter Pan (risas), y lo de Canciones Tristes –territorio imaginario de algunas de sus obras– no es una parodia del Macondo de Cien años de soledad. Lo que pasa es que la literatura argentina es muy peculiar en el contexto de América latina. Mucho de la literatura latinoamericana tiene las raíces muy hundidas en el suelo donde se escribe y las de la literatura argentina están en la pared y generalmente en la pared está la biblioteca. La idea del escritor-lector nutriéndose de todo. No sólo Borges: están Cortázar, Piglia, Marcelo Cohen. Está en el ADN del escritor argentino la idea de no límite.
—¿Cambió su literatura en España?
—No soy muy consciente de eso. Es cierto que en los últimos dos libros no aparece la palabra “Argentina”, pero se venía dando. Vine a España como corresponsal, no para cambiar literariamente. Admiro al escritor que escribe sobre su manzana durante toda su vida, como Rulfo. Pero no podría: el volver a empezar te limpia la cabeza y las pupilas.
—¿Ve desde España una “literatura argentina”?
—Mi impresión, es sólo eso, es que se viró bastante hacia un realismo social muy inmediato. Por el cine, básicamente. Pero las reseñas también suelen mostrar libros muy instalados en el momento, como una especie de creatividad de la crisis y de cierto pedido de cuentas a la década de los 90, una actitud un poco “Conde de Montecristo” para con el pasado. Yo no siento que tenga que matar a ningún padre o abuelo. El único requerimiento social que se puede hacer a un escritor es que cuente buenas historias. Recuerdo el efecto que me produjeron los libros cuando era chico, la apertura de mundos, y eso me parece ya bastante loable.

*Desde Barcelona.

Literatura y mercado

“Lo digo no porque piense en el tema, sino porque me lo preguntan. No pienso en el mercado. No termino de entender de qué se habla cuando se habla de eso. ¿Qué es el mercado? ¿Una editorial? ¿Una librería? ¿Una crítica en un suplemento? ¿Un determinado número de lectores? ¿La literatura es todo aquello que no pasa por una editorial o una librería o no se critica o no se lee? Las grandes novelas vanguardistas son parte del mercado, está claro. Y los que denuncian al mercado lo hacen siempre desde plataformas que también son parte del mercado. Me parece una discusión bastante absurda y cuyo único atractivo es el de no tener final a la vista o fin alguno”, dice Fresán. Y, ya puesto a reflexionar sobre el asunto, agrega: “Cabe suponer que mis libros están reñidos con lo que el mercado puede esperar. Un libro sobre Peter Pan escrito por un argentino no creo que haya hecho saltar de alegría a ningún gerente de marketing. Un libro de cuentos que trataba ciertas coyunturas históricas desde un punto de vista sarcástico firmado por un desconocido tampoco era algo que estuvieran esperando. Y sin embargo… Me parece que hay algo paradojalmente patológico –y tal vez fascinante en el peor sentido del término– en el hecho de que aquellos que aseguran que el mercado no les interesa sean los mismos que se la pasan todo el tiempo hablando y escribiendo sobre el mercado. Para mí el mercado siempre será ese lugar al que se va a comprar carne, frutas y verduras”.

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