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cultura
la faceta menos difundida del escultor
Rodin, el dibujante erótico
Se hizo célebre por piezas como “El pensador” o “El beso”. Pero Auguste Rodin (1840-1917) también realizó, a lo largo de su vida, más de siete mil dibujos. Y, entre 1890 y su muerte, trabajó en 145 lápices y acuarelas centrados en el sexo crudo, de manera independiente a sus estudios para esculturas. El Museo Rodin de París, Francia, exhibe hasta marzo esas polémicas “Figuras de Eros”.
Por Judith Savloff
21.01.2007
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ALTO VOLTAJE. Con estos trazos atrevidos, ligeros y espontáneos, el artista se proponía atrapar, para siempre, un instante de goce pleno. Se los tildó de “pornográficos”.

Fotos: gentileza museo rodin

   

Las chicas con las piernas bien abiertas, retorciéndose de placer sin vergüenza. El sexo, siempre en primer plano. No es raro que los 145 dibujos y acuarelas y las cinco esculturas que exhibe el Museo Rodin de París hasta marzo hayan recibido, en el mundillo artístico más acartonado, el calificativo absolutista de “pornográficos”. Más si el que mira sabe que el patriarca de la escultura moderna fue en su madurez un amante insaciable, capaz de rivalizar con las más de 130 aventuras de Casanova.
Cuando Rodin realizó estas obras, independientes de los estudios para sus esculturas, ya tenía fama de artista y de huraño. Trabajaba catorce horas por día. No le importaba pronunciarse sobre el caso Dreyfus. Su carrera le había costado. Lo rechazaron tres veces en la Escuela de Bellas Artes a los 17 años. Recién cuando cumplió 40, llegó el gran encargo: un portal de bronce esculpido para el Museo de las Artes Decorativas de París, con escenas del Infierno de La Divina Comedia. No lo terminó. Pero de allí brotaron obras célebres como El pensador o El beso.
Trabajó con modelos, amigas, amantes, mucamas, bailarinas, verdaderas contorsionistas. Frente a estas láminas, cómo no recordar su historia con Camille Claudel, joven alumna y modelo, una pasión trágica tantas veces contada. O cuando la bailarina Isadora Duncan posó para él. Ella contó: “De pronto tiró el lápiz y vino hasta mí para empezar a acariciar mi cuerpo como si fuese barro, soltando esos bufidos que al mismo tiempo que me quemaban hacían que me entregara”. Ese era el tipo de instante que Rodin quería hacer memorable.

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Rodin tuvo otros amores. Uno solo filial: el de su hermana María, que murió cuando él tenía 22 años. Desconsolado, el escultor entró en la Congregación del Santísimo Sacramento y se convirtió en el hermano Agustín durante unos meses. Y otro, apaciguado, intermitente y duradero, con Rose Beuret. Se conocieron de jóvenes y se casaron poco antes de que murieran, con meses de diferencia.
El Museo Rodin afirma que los trabajos de Figuras... se centran en “cuerpos que transpiran sexo, pero –el autor– va más allá pues elabora todo estéticamente”. Un crítico contemporáneo de Rodin había escrito: “Son de un impudor que haría ruborizar a un mono”. Y alguien señaló por estos días, sin desconocer el valor artístico, que se trata de un material “obsceno”, “lujurioso”, bajo un título que es un “eufemismo retórico”.
Uno mira las láminas y se estremece. Después, piensa. Se puede poner en primer plano lo que narran las escenas: masturbación y penetraciones. O bien la indagación en el deseo que sostienen esos trazos atrevidos, ligeros, espontáneos. O en ambas cosas a la vez. Siempre habrá allí sensualidad plena.
No sería un logro desdeñable que las imágenes de Rodin
excitaran a espectadores de omnipresentes cuerpos esculpidos con bisturí y código de barras adosado. Miren las láminas. Tal vez algunos de sus dibujos también conserven semejante fuerza.

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