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un mexicano en hollywood
“Una película es una bestia que tengo delante”
En un reportaje exclusivo, Alejandro González Iñarritu habla de su nueva obra, Babel, que protagoniza Brad Pitt y le valió el galardón de Mejor Director en el último Festival de Cannes. Asegura que su cine
lo condena a una vida de nómade, pero aprendió que el dolor es lo único que puede zanjar la brecha cultural entre los hombres.
Por Mónica Martin*
07.01.2007
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Precision. Con un año de producción y otro de rodaje, la realización de Babel exigió una muy cuidadosa logística en cuatro continentes.
Foto: gentileza uip
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Morocho, de mirada intensa y desmelenado como Beethoven al concluir los pentagramas de la sinfonía Heroica, Alejandro González Iñarritu llega a Río de Janeiro con guardaespalda y una secretaria negra azabache, de origen británico. Su inglés es perfecto y sus mexicanadas siguen intactas, tras la proyección internacional que le dio 21 gramos.
Rodeado de frutas y flores en su suite del Hotel Le Meridien, espía desde el ventanal la curva sinuosa y monocromática de Copacabana, ofrece gentilezas y champán, y saborea su éxito.
Babel, su útlima película, llegará el 18 de este mes a las carteleras de Buenos Aires con varios blasones: entre 19 aspirantes, lo convirtió en el Mejor Director del Festival de Cannes 2006, concentró seis nominaciones para los Golden Globe de febrero próximo, y es candidato para el afamado Oscar de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood. Los créditos de la cinta garantizan que cuatro primeras figuras del equipo técnico ya resplandecieron junto al brillo prestado del Oscar: el compositor Gustavo Santaolalla (Secreto en la montaña), la diseñadora Brigitte Broch (Moulin Rouge), el editor Stephen Mirrione (Traffic) y el director de fotografía Rodrigo Prieto (nominado por Detrás de la montaña).
A falta de honores, el díscolo Brad Pitt, el periodista y sex symbol de la Meca del cine, la protagoniza con poco pero significativo metraje, junto a una actriz tan exquisita como Cate Blanchett, que logra sostener sólo con miradas la gravedad de la historia, junto a una legión de actores no profesionales que hablan árabe, berebere, francés, inglés, italiano, japonés, español y hasta el lenguaje de señas. Rodada en el desierto mexicano de Sonora, la cosmopolita Tokio (Japón) y un primitivo pueblito de casas de adobe cercano a Ouarzazate (Marruecos), Iñarritu cuenta que el escritor Carlos Fuentes le dijo que “Babel es una película muy terrestre, con piel, aire, sudor, respirción. Rodar Babel, te aseguro, fue en sí misma una Babel”, suspira.
Durante un año cerró con llave la puerta de su casa y María Eladia –su esposa– y sus dos hijos se plegaron a su vida de gitano. “En México, tuvimos que hospitalizar a cinco personas por golpe de calor; en Marruecos, Brad Pitt tuvo que cargar cuesta arriba, una y otra vez durante horas, a una Cate Blanchett malherida; en Japón filmábamos como un comando guerrillero huyendo de la Policía en cada esquina, porque no se permitía rodar en ningún sitio ni había un Instituto de Cine que brindara apoyo logístico.”
Con un director hiperdetallista como él, la película costó US$ 25 millones de dólares, tiene 4.000 cortes, 2.500 puestas de cámara, y algunas tomas se repitieron 70 veces. Cada país ofrece un tratamiento cromático predominante: Marruecos es naranja; México, rojo eléctrico; y Japón, púrpura.
—Desde todos los frentes, “Babel” es la más compleja de sus propuestas, ¿por qué se impuso tamaño desafío?
—Babel nació como una necesidad moral de hablar de las cosas que rondaban en mi cabeza y mi corazón: comencé a filmar una película acerca de las diferencias entre los seres humanos, las barreras que nos separan, y terminé hablando de las cosas que nos unen.
—Yo veo puntos de contacto entre “Amores perros”, “21 gramos” y “Babel”: en las tres, un accidente automovilístico mutila un cuerpo y además destruye un orden establecido: una modelo pierde las piernas, una madre pierde el fruto de su vientre –los hijos–, y aquí una mujer que perdió un hijo también perderá la vida.
—No es mutilación sino dolor. Compartimos el dolor de sobrevivir a la pena y la miseria, lidiar con las grandes experiencias de la vida. Uno se sumerge en el infierno y aprende. Esa es la única posibilidad de igualdad que tenemos.
—¿Es consciente de que plantea que la vida es lo más efímero que tenemos, como una flecha que pasa y, en un minuto, no está más, se fue...?
—Más que en un minuto, en un segundo. Mi amigo Eliseo Alberto, gran poeta cubano, escribió: “Si un segundo nos basta para morir, qué no va a ser suficiente para cambiar nuestra vida”, y eso me parece una verdad.
—¿Cuánto se pierde y se gana estando en Hollywood?
—Mis hijos perdieron la sabiduría que yo había ganado con las historias de mis ancestros, pero ganaron una unidad familiar, porque uno se convierte en la única posibilidad de supervivencia. Hay una conciencia de inmigrante que hace que uno esté más alerta. Yo dejé mi zona de confort en mi país, con una compañía, un nombre, una casa, una personalidad, y cuatro días antes del 11 de septiembre (de 2001) llegué a Los Angeles con mi apariencia de turco a desarrollar 21 gramos, que era apenas un guión por la mitad. No fue muy cómodo, pero eso me hizo más fuerte y fui afortunado, porque he hecho el cine independiente que yo quise no trabajando para ellos sino con ellos.
—En la película, Gael García Bernal, dice: “El único problema de México es que está lleno de mexicanos”. ¿Viven la vecindad con EE.UU. como un sentimiento de inferioridad?
—Para ser cineasta hay que ser torero, pero quienes llegan con menos oportunidades que yo y se enfrentan con esa xenofobia americana viven con miedo.
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—¿Fue difícil lidiar con el ego de Brad Pitt?
—Yo lo había conocido en unos comerciales que hice con él para Japón, hace cinco años, y lo elegí para llevar la contraria, porque siendo él quien era –el típico norteamericano acomodado– era importante que estuviera en una película que habla de los prejuicios, de quitarnos las paredes. Me excitaba la posibilidad de que estuviera en el elenco.
—¿Respetó su guión o quiso modificarlo?
—Absolutamente, yo hice algunos cambios, improvisé, pero siempre se subordinó a la historia, fue una relación intensa, como todas las relaciones creativas, pero fue bastante accesible.
La carrera de González Iñarritu arrancó a los 21 años, como disc-jockey de una radio mexicana, WFM, en un programa de tres horas diarias. Siguió con la banda sonora de seis filmes (Garra de tigre, Un macho en el salón de belleza, etc.), pero al tiempo el sonido viró en imagen, ingresó a Televisa como productor, y luego abrió su brecha al fundar Zeta Films, su propia compañía de comerciales. Para su primer mediometraje, Detrás del dinero, tuvo a Miguel Bosé, y de una serie de 20 cortos que ilustraban la vida contradictoria de México, surgió Amores perros, con Gael García Bernal, premiada en Cannes 2000 como Mejor Film en la sección Semana de la Crítica y nominada al Oscar como Mejor Película. Dos años más tarde, como Wim Wenders, Ken Loach, Sean Penn y otros directores, fue invitado a participar en Septiembre 11, film colectivo que ilustraba el impacto mundial del atentado de Al Qaeda.
—¿Cuándo tuvo el primer reconocimiento de que se estaba convirtiendo en un cineasta con todas las letras?
—Todavía no me siento un director de cine y cada vez que empiezo una película siento que no sé cómo la voy a hacer. Mi proceso puede ser muy intelectual al principio, pero cuando la estoy haciendo creo que estoy lidiando con un animal vivo y nunca sé por dónde tomarlo. La inocencia es más poderosa que la experiencia. Cada película implica un talento para dominar a la bestia que te has puesto delante.
—¿El lenguaje quebrado de sus filmes es una necesidad suya o una virtud de su guio-nista, Guillermo Arriaga?
—Coincidimos, aunque su influencia y su visión son distintas a las mías. Mi padre siempre comenzaba a contarme las historias en el centro, un poquito a la derecha, o hacia el final. Entonces, para mí es algo natural tener la atención dividida. Creo, además, que el hombre es así, vivimos constantemente en el pasado y nuestra mente es una máquina de anticipación.
—¿Por qué dijo que “Babel” responde a la pregunta “quién soy y a dónde voy”?
—Mi vida se ha corrido a un lugar desde el cual no puedo regresar a mis orígenes tan fácilmente. Me gusta estar en un círculo, en autoexilio, en búsqueda constante, porque mi cine es nómade. Hoy me gusta, no sé si mañana me seguirá gustando.
*desde Río de Janeiro
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