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lino palacio (1903-1984)
La vigencia del humor blanco
El Museo Sívori exhibe más de treinta obras originales del gran ilustrador, creador de “Don Fulgencio, el hombre que no tuvo infancia”, la mucama Ramona y el ventajero Avivato. La muestra se ampliará con caricaturas de Churchill, Mussolini, Franco, Stalin y Hitler que Palacio firmó bajo el seudónimo de Flax en diarios de todo el mundo. El artista, arquitecto y pintor, murió asesinado en un robo por el que fue condenada la pareja de su nieto. Un final que ni siquiera Cicuta, el más venenoso de sus personajes, habría imaginado.
Por judith savloff
07.01.2007
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Personajes. El célebre Don Fulgencio, en un chiste del ’69, y una foto de Palacio. Abajo, la gallega Ramona, siempre lista.
Foto:
gentileza museo sivori |
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La muestra amenaza con cargarnos de nostalgia. Por eso de ver a personajes del pasado más ilustre de la caricatura nacional regalando globos de chistes con apariencia de ingenuos... eso de toparse con la malicia de niño bobalicón de Don Fulgencio, con los prejuicios de gallega bruta que encarnaba Ramona o con los querubines de tez de porcelana que ilustraban las portadas de Billiken en la década de 1940.
Sin embargo, las treinta obras originales que se exponen en el Museo Sívori muestran que los grandes personajes de Lino Palacio (1903-1984) no disparan necesariamente melancolía. Que su humor está vigente y que hasta puede asociarse directamente con algún producto de la televisión globalizada.
Tira de Don Fulgencio de 1950, doce años después de que el personaje naciera bajo el nombre de Señor Fulgencio en el diario La Prensa. Un amigo acaba de anunciarle por teléfono que le trajo alfajores como recuerdo de un viaje. Don Fulgencio agradece, corta e inmediatamente se pone a leer Los piratas del Caribe. Después se calza un parche en el ojo y una pata de palo: ahora sí está listo para pasar a buscar el regalo.
Sonrisa. Y entonces uno piensa: ¿será “el hombre que no tuvo infancia” abuelo de Mr. Bean, el personaje de la serie británica? ¿Un antecedente de ese hombrecito de ojos saltones y malicia estúpida, tanto como para invitar a “enemigos” a festejar Año Nuevo y convidarles vinagre para brindar mientras él saborea verdaderos snacks? La influencia es improbable. Pero aun así la filiación puede ser explicable. Cuando dijo: “El humor es un imprevisto, siempre que no sea desagradable. Si uno ve por la calle a un hombre lleno de condecoraciones y se cae, se ríe. Si se cae un mendigo, no”, Landrú sugirió una punta para entender por qué sobrevive esta comedia blanca cuando pasó la edad de oro de la historieta ingenua, de las comedias hollywoodenses de los 50, del Club del Clan. Pero el humor también puede versar sobre miserias. Funcionar como un digestivo, un analgésico. ¿De qué habla Ramona, con esas cejas gruesas como cepillos, cuando camina para atrás, como cangrejo, porque recorrió tres cuadras de más y quiere deshacer los efectos? ¿Qué nos dice sobre nosotros la carcajada al verla bien dispuesta a barrer la escalera “de abajo hacia arriba”? Igual que el ventajero Avivato, Ramona puede señalar lo que no podemos mirar desnudo sin vergüenza, zonas salvajes, clasistas, xenófobas de la sociedad.
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Palacio fue un cronista, un observador de la realidad que corrió el riesgo de no explicitar siempre juicios. En ciertas circunstancias no hizo falta. Vean las ilustraciones de sus apuntes de viaje de 1968, los pintores callejeros listos para los flashes de los turistas en Francia, las insoportables motos romanas, el solemne rito de arrojar monedas con deseos en la Fontana de Trevi. Pero otras veces, Palacio hizo de la opinión una herramienta. En breve, el Sívori incorporará a la muestra caricaturas sobre los líderes políticos que durante la Segunda Guerra Mundial publicó aquí y en el mundo con el seudónimo de Flax. Esta anécdota tal vez ayude a contornear su personalidad: en el ’66, como Flax, dibujó a Onganía con bigotes hitlerianos. Onganía se enojó. Y desde entonces, lo recreó de espaldas, ofendido o en penitencia.
Palacio también fue arquitecto, profesor, pintor, ceramista. Avivato y Don Fulgencio protagonizaron filmes. Y obtuvo más reconocimientos. En una carta del ’50, el pintor Raúl Soldi, el de la cúpula del Teatro Colón, le comentó: “El otro día vi a mis pibes alborotados y es que vieron mi nombre en una historieta de Ramona. Francamente, para ellos eso fue más importante que todas las críticas, y desde entonces le aseguro que tienen mucho más respeto por mis cuadros”. En el ’41, Walt Disney le había escrito: “Many thanks...”, por el libro de Don Fulgencio, con “mutua admiración”. Quino rescata en su página web: “La pulcritud de su línea, la armonía en la proporción” y “una temática más amplia y universal que el resto de los dibujantes argentinos”. En el ’82, Palacio recibió el Konex al humor gráfico. El 14 de septiembre del ’84 fue asesinado junto a su mujer en un intento de robo por el que la pareja de su nieto cumplió más de veinte años de cárcel. Como dice la presentación, un final que ni Cicuta, el más venenoso de sus personajes, habría imaginado.
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