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M.P. Shiel
El príncipe de
los detectives
En sus ficciones, todo es a gran escala: catástrofes globales, titánicas fantasías religiosas. Las intrigas del detective Zaleski, personaje único creado por Shiel que inspiró –entre otros– a Borges y Bioy Casares, son siempre de una extravagancia prodigiosa. Con “El príncipe Zaleski” regresa a las librerías de uno de los autores fundamentales de la literatura anglosajona.
Por Matias Serra Bradford
07.01.2007
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De a dos. Shiel y Zaleski: entre autor y personaje funciona un verdadero trabajo en colaboración.
Foto
: CEDOC Perfil |
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Tan confidente y razonable como consciente de sí misma, la literatura inglesa no ha escatimado fuerzas en perfeccionar el arte de la evasión. Fiel a este propósito, su feligresía suele ocultarse detrás de dos iniciales: E.M. Forster, J.G. Ballard, D.H. Lawrence, D.J. Enright, W.H. Auden. Admirado por finos bigotes autobiográficos como H.G. Wells y L.P. Hartley, en el censo de siglas las de Shiel, igual que las otras, funcionan menos para encubrir una identidad que como rúbrica, contraseña o marca de agua. Comparado con ellas, el uso de seudónimo deriva en un arte menor: un nombre postizo no es una objeción hacia lo heredado, sino el efecto de una incomodidad fonética, musical. Ambas coartadas son, en suma, arrebatos de insularidad, particularidades de una isla emboscada por la neblina. Terreno óptimo para el relato policial: ojos privados bajo contrato para elevar la sospecha a un estado de gracia. Si hablamos de detectives –profesión secreta de más de una adolescencia anticuada– ningún otro reino brindó tantos modelos por metro cuadrado; y ninguno como Zaleski.
El caso Shiel. Tras nueve hermanas, Matthew Phipps nació en el seno de la familia Shiel, en la isla caribeña de Monserrat, justo el día en que, años más tarde su padre pondría un pie en la vecina isla de Redonda, que por esta coincidencia le sería obsequiada. De una milla y media de largo y una de lado, Redonda es dos veces circular y el tiempo se la arrienda a criaturas que suenan a una lista de best sellers: iguanas, ratas y cabras salvajes “cuyas barbas casi rozan el suelo”. Criado en un clima metodista, Shiel rastrillaba la Biblia con su padre y pastor, y con las horas el Libro de Job se transformaría en lectura crónica. Decía dominar “seis o siete idiomas” y leía amenazadoramente despacio.
Acaso para desagraviar lo minúsculo de su caligrafía, en Shiel todo es a gran escala: antagonismos internacionales, catástrofe global, titánicas fantasías religiosas desplegadas a través de géneros populares. Hoy, su tremendismo apocalíptico parece subrayar la impresión de que escribir de ese modo ya no será posible, como si a la literatura la hubiera alcanzado un gas tóxico que habría dejado a sus practicantes incapacitados para ciertas inclinaciones de la prosa. Por cierto, y ya lo admitía un incondicional Julian Maclaren-Ross, Shiel está plagado de inconsistencias y despropósitos, pero como sugirió J. Rodolfo Wilcock –que tradujo La nube púrpura al italiano– nadie como Shiel para conquistar semejantes picos de volatilidad y precisión.
Una carta que rescató el experto y devoto John D. Squires nos envía a un día en la vida de Shiel: “Salto de la cama después de una orgía de sueño –doce, dieciséis horas– por la noche, o la mañana... luego desnudo durante una hora... luego a correr... y si hay viento y llovizna repetiré contento ‘¡Qué día feliz!’, disfrutando de la ausencia de dolor, consciente de que pronto estaré muerto, y éste es mi día, breve como guiño de rayo en la noche”. Y entre una excursión y la siguiente, escribe “fumando una larga pipa en una bata de terciopelo... como esos viajeros de Julio Verne trasladándome en una caja, lejos, lejos entre un mundo y otro”. Fue durante esas travesías que Shiel fraguó las historias de Zaleski.
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Buscado: príncipe adicto. Como corresponde a un detective que además ostenta el título de príncipe, las intrigas de Zaleski son de una extravagancia prodigiosa. Un crimen en una habitación cerrada, en la que un cadáver pudo haber sido asesinado dos veces. Una piedra preciosa que cambia de color a medida que se aproxima la muerte de su dueño. Una epidemia mundial de suicidios. Zaleski resuelve casi todos los casos sin renunciar a su diván, y descifra con sólo prestar oídos, precursor renegado de ese gótico moderno, el psicoanálisis. En una abadía en ruinas, su aposento alardea de tablas rúnicas, relicarios medievales, una antigua momia egipcia. Con Zaleski, el género absorbe el estilo (y es la posesión uno de los vicios de los aparecidos). Algunos arriesgan que este inspector inadmisible está inspirado en el conde Stenbock, legendaria figura decadentista; otros designan al príncipe Florizel de Stevenson. Fuera de la elemental filiación sherlockiana, también puede vérselo como secuaz del Carnacki de William Hope Hodgson, del Charlie Mortdecai de Kyril Bonfiglioli, y aun del Adriano VII de Barón Corvo.
Estos casos prueban que lo que se da entre un autor y un personaje emblemático es un verdadero trabajo en colaboración. Será por esta peculiaridad que ese detective de señoras llamado Kingsley Amis nos recuerda que los investigadores no se casan. Pero a Zaleski se le permitió al menos un papel como padrino. En el prólogo a Seis problemas para don Isidro Parodi, Borges y Bioy remiten el origen de Parodi al “principesco M.P. Shiel”, a ese Zaleski que “desde el retiro del remoto palacio donde suntuosamente se confunden la gema con la caja de música, las ánforas con el sarcófago, el ídolo con el toro alado, resuelve los enigmas de Londres”. En su pacto con Zaleski, Shiel participa como narrador y cómplice, y cae bajo el rapto de las reconstrucciones ceñidas de su héroe. La ficción más o menos excéntrica simula autorizarlo pero llamar a un escritor exquisito sería un modo cobarde de descalificarlo, de clausurar una obra a los lectores que merezca. Para alguien que prefiere ignorarlo casi todo, no sólo estos autores, sino la literatura entera le parecerá exquisita, y no tocará ciertos libros por temor a un desprendimiento de retina. La crítica equívoca o envenenada da pésimos criminales y peores consortes.
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