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LIBRO
La última hora de la Triple A
López Rega es el mayor misterio del peronismo. ¿Cómo hizo un sargento de policía retirado y modesto aficionado a la música lírica para convertirse en el personaje más poderoso y siniestro del gobierno de Isabel? José Pablo Feinmann y Marcelo Larraquy intentan responder un interrogante central, en momentos en que la Justicia argentina pone bajo la lupa a la AAA y a la ex presidenta.
31.12.2006
  e54
 

Título:López Rega. La biografía.

Autor
: Marcelo Larraquy

Editorial
: Sudamericana

Género
: Investigación Periodística

Primera edición
: Enero 2004

Páginas
: 473

   

Primer atentado del “Brujo”

Otro de los personajes que ostentaba armas por los pasillos del Ministero de Bienestar Social era Felipe Romero. Habías nacido en Italia, inició su militancia en Tacuara, y luego prosiguió su actividad política con los nacionalistas del MNA. Siempre aparecía pegado a Luis Palmas de las Carreras. Hacia 1973, Romeo no se desprendía de su Magnum 440, que tenía desde antes de que Clint Eastwood la popularizara en la película Harry el sucio. Romeo ofreció sus servicios al Ministerio con el propósito de cumplir su sueño de publicar un diario nacionalista, para el que nunca había podido reunir fondos. Los obtuvo con López Rega. El ministro necesitaba un arma más poderosa que Las Bases, y le confió a Romeo la dirección de El Caudillo, un semanario que nació por una decisión del Consejo Superior del Movimiento para contrarrestar las críticas de El Descamisado al gobierno peronista.
El Caudillo fue financiada en su mayor parte con avisos de Bienestar Social, que promovían el espíritu de paz y unión de las familias argentinas. Felipe Romeo, al que apodaban “la Viuda” en honor a su devoción por Hitler, solía llegar al Ministerio con cuatro o cinco custodios y algunas mujeres que mantenía. Si lo que Romeo buscaba eran instrucciones, entraba al despacho de López Rega, aunque ya tenía claro dónde estaba el enemigo. No esperaba que nadie se lo señalara. Pero cuando lo que necesitaba era plata, se sentaba en el despacho de Rodolfo Roballos, el director administrativo.
El Caudillo salió a la calle el 16 de noviembre de 1973, decidido a representar en forma pública la esencia del documento reservado del Consejo Superior Peronista. En el primer párrafo de su editorial explicaba su razón de ser:
“Hace mucho que estamos en la lucha. Por eso sabíamos de antemano que no bien el General llegara al país intentarían copar la revolución popular que tanto nos ha costado. No esperaron mucho. El primer día nomás quisieron apropiarse del palco de Perón. Así les fue. Los sacamos reculando. Podríamos, nosotros sí, hacernos los burros y dejar que se quemaran solos. Pero, como el pueblo lo exige, preferimos desenmascararlos y quitarles la capucha a estos recién llegados. Así lo hicimos. Les dijimos las verdades en la cara y los llamamos, para darles nombre y apellido, ‘traidores infiltrados’.”
A través de la revista, López Rega también atacaría a Gelbard: pronto dejarían de ser aliados y el empresario se convertiría en otro de sus enemigos. El editorial del primer número firmado por Felipe Romero ya alcanzaba al “poder financiero” que sostenía a los “infiltrados”. Las críticas se extendieron a Jacobo Timerman, director de La Opinión, por hacerle “el caldo gordo” a la Tendencia. A los dos los consideraban parte de un aparato sinárquico, fuerza de la oligarquía financiera internacional, que comandaba el “frente opositor” a Perón. La guerra que emprendía la revista también atravesaba el campo cultural, y alcanzó a dos periodistas del “repugnante panfleto marxista Satiricón, que promociona la cultura anal y la masturbación: Mario Mactas y Carlos Ulanovsky”. Los periodistas, que habían sido contratados por el Ministerio de Educación para hacer El Diario de los Chicos, fueron los primeros amenazados de muerte de una larga lista: “O Taiana los hace renunciar o el pueblo peronista los va a colgar”, proclamó El Caudillo.
En muchos casos, esas sentencias tendrían carácter de profecías, que hacían honor al lema de la revista: “El mejor enemigo es el enemigo muerto”.
La columna más temible se titulaba “¡Oíme!”, una doble página que representaba un modo más o menos brutal de marcar al enemigo. En los primeros números, los blancos eran temáticos –una “piba” guerrillera, el barbudo de las manifestaciones, un compañero confundido–, pero luego, cuando la Triple A empezó a sembrar la calle de cadáveres carbonizados, los ¡Oíme! tuvieron nombre y apellido. Las coincidencias entre los señalados por El Caudillo y los muertos serían feroces.

sigue




Nada de lo que Perón soñó para su tercer gobierno se había cumplido. Desde el mismo día de la asunción, el General vivió agobiado por las presiones. Había contraído muchos compromisos, algunos de ellos contrapuestos, para volver a la Argentina. Y había perdido el control de las fuerzas de izquierda y derecha del Movimiento que empezaba a imponer a los tiros sus opiniones. El 19 de octubre, a una semana de haber asumido el gobierno y poco antes de condecorar a Licio Gelli con la Orden del Libertador San Martín, Perón ya daba muestras de desaliento. Le escribió a Jorge Antonio, que seguía viviendo en Madrid, entre otras razones, porque no podía darle garantías por su vida si decidía trasladarse a Buenos Aires.
“¡Qué bien estábamos en Madrid cuando estábamos tan mal! Es lo que puedo decir desde aquí. Yo tengo la obligación de unir a todos los argentinos, pero algunos insensatos no lo entienden y las ambiciones y puñeterías de los apresurados me llenan de amargura. Gelbard anda bien, pero lo tenemos muy controlado. López Rega, enloquecido, me crea cualquier cantidad de problemas; así le irá. Usted no venga todavía; de estar aquí lo jugarán con uno u otro grupo y Usted se debe al país y al Movimiento que lo necesitan...”
Perón no envió la carta por correo. La llevó en mano el coronel español Enrique Herrera Marín, una de las amistades desde el exilio en República Dominicana, que había llegado de visita a Buenos Aires. Según el testimonio directo, Herrera Marín traía un plan de represión.
El 21 de noviembre de 1973, por la madrugada, Perón tuvo una crisis cardíaca. El médico Cossio era inhallable; Domingo Liotta, funcionario de Bienestar Social, había viajado de visita a China. El jefe de la custodia, Juan Squer, recurrió a un médico clínico que vivía a la vuelta de Gaspar Campos. Cuando el doctor Julio Lagleyze llegó a la residencia, encontró a López Rega asistiendo a Perón con un tubo de oxígeno portátil. El presidente tenía dificultades para respirar. El médico lo observó y diagnosticó un edema pulmonar. Le pidió al ministro tubos de goma para atar las manos y los pies de Perón, a efectos de reducir la circulación y aliviar el trabajo cardíaco, y llamó a un servicio de emergencias. Isabel le acercó una caja de medicamentos y le preguntó si alguno servía. Lagleyze encontró ampollas con aminofilina, e inyectó el remedio en el brazo del General. Al rato llegaron los médicos de la clínica de Olivos. Perón todavía estaba agitado. Unos minutos después, llegó el doctor Cossio, lo encontró en la cama y le recomendó que se durmiera. Había sido sólo un susto, dijo. En realidad, una taquicardia paroxística le había provocado un edema pulmonar supraventricular.
Este imprevisto obligó a suspender el viaje a los Estados Unidos que Perón proyectaba para visitar a Richard Nixon, con el propósito de reacomodarse a los nuevos tiempos que corrían. En Uruguay gobernaba José María Bordaberry, un presidente civil dominado por los militares; el general Augusto Pinochet acababa de aplastar la experiencia socialista de Salvador Allende en Chile, y comenzaba a percibirse, en su concepción y sus efectos, la estrategia de represión a la izquierda que había elaborado Washington para el continente.
En el último trimestre de 1973, las relaciones entre la Argentina y Estados Unidos fueron rediseñadas en los encuentros entre el canciler Vignes –un miembro de la P2– y el secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger. Bajo el eufemismo de “Nuevo Diálogo”, la Argentina se había propuesto ser una suerte de “vocero de Estados Unidos” en América Latina. [...] Tras la crisis cardíaca, el argumento oficial para explicar lo ocurrido fue lo mismo de la otra vez: una gripe. Dos días después, Perón, secundado por López Rega, apareció en televisión:
—Algunos me echaron con gato y todo, pero están equivocados: no estoy listo todavía.
El 26 y 27 de noviembre de 1973, los cables de la embajada norteamericana hicieron una evaluación más compleja. Informaban que aun cuando se tratara de minimizar la seriedad de la situación, el ataque había sido severo y la vida de Perón había corrido peligro. Consideraban que el equipamiento de la residencia era inadecuado para afrontar la emergencia médica, y tenían la información de que los médicos le habían recomendado a Perón que trabajara sólo dos o tres horas por día. En términos políticos, la embajada se inclinaba por la versión de que Perón ya estaba fuera de juego y que sus recaídas ponían a la Nación en constante alerta: la muerte del Presidente podía ocurrir en cualquier momento. Y en caso de que sobreviviera, existían serias dudas de que fuera capaz de hacer mínimos esfuerzos para resolver las divisiones dentro de su movimiento, combatir al terrorismo y lidiar con los problemas económicos, entre otras cuestiones. Sobre la sucesión, una vez ocurrido el deceso o la renuncia por motivos de salud, las especulaciones eran múltiples. [...]
Para diciembre de 1973, el ministro podía presentar con orgullo su balance de gestión en la función pública: la construcción de vivienda en el barrio de Villa Corina de Avellaneda, la inauguración de las piletas populares de Ezeiza, la puesta en marcha del plan “Venecia argentina”, que preveía la realización de un complejo turístico en las islas del Delta que podría albergar a ocho millones de personas [...] Para festejar la Navidad, López Rega, imitando la costumbre de Victoria Montero en Paso de los Libres con su horno de barro, mandó a elaborar 120 toneladas de pan dulce para distribuir en asilos y hospitales. Pero la obra de Bienestar Social –un “Ministerio con Vida”, como decía su Departamento de Prensa– que coronó el año 1973 fue la instalación del árbol de Navidad más alto del mundo; para ello se utilizó la estructura del Obelisco, en pleno centro de Buenos Aires. En un reportaje televisivo a la prensa, mientras recorría los puestos de las provincias que presentaban sus productos autóctonos, y rodeado de quince de sus custodios, López Rega dijo:
—Es un motivo de alegría ver que se ha podido concluir esta obra, que es una obra de arte de ingeniería, una obra única en el mundo. Todos los hombres mancomunados han demostrado que esta Argentina Potencia que proclama el General Perón es una realidad, vista en el Obelisco, en el centro de la Plaza de la República, como un símbolo de esperanza para todo el futuro del año que viene. Esta obra se hizo con el corazón y no con la mente. Aquí, bajo este árbol luminoso, se acuna el nacimiento del niño Dios.
Una semanas antes, la Triple A había firmado su primer atentado.
El primer atentado que se autoadjudicó la Triple A –primero denominada Acción Antiimperialista Argentina– fue una bomba colocada en el encendido del Renault 6 del senador radical Hipólito Solari Yrigoyen. El día anterior, en su oficina, había recibido un sobre que contenía un papel que sólo decía AAA. En ese momento no entendió qué significaba. El senador acababa de votar en contra de un proyecto de Ley de Asociaciones Gremiales que favorecía la centralización de la recaudación de las obras sociales de cada sindicato, y multiplicaba las trabas para el funcionamiento de la oposición. Los técnicos de la policía informaron que la bomba plástica era similar a las utilizadas por la OAS francesa. El senador sufrió quemaduras en las piernas. Para esa época, también habían sucumbido las esperanzas de Valori de asistir al alumbramiento del Plan Europa. El 14 de diciembre de 1973 fue a ver a Perón a Olivos y logró ingresar a la residencia, pero un miembro de los servicios secretos le dio un consejo discreto: que se fuera urgente del país. Había un plan para matarlo cuando estuviera ante la tumba de su hermano Leo en el cementerio de Castelar, al que pensaba ir por la tarde. Esa misma noche, Valori viajó a París. En entrevista con el autor, confesó que a esas alturas “había un comité de negocios en la Argentina formado por Gelbard, López Rega, (el almirante) Eduardo Massera y Licio Gelli, con la complicidad de Isabel Perón. En esa época, Perón ya no cortaba ni pinchaba”. Para terminar, su última decepción fue con el embajador argentino en Italia, Adolvo Savino. Según Valori, él mismo lo había hecho designar en Roma, pero luego Savino lo traicionó y se convirtió en un hombre clave de los negocios de Gelli con la P2 (entrevista con el autor). En la actualidad, Valori es titular de distintos organismos del Estado italiano.
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