Perfil.Com Google
            l  
edición impresa | domingo
cultura
Theodor W. Adorno

La teoría crítica en el exilio
Para los pensadores de la célebre Escuela de Frankfurt, el exilio se convirtió en la condición de existencia de su fertilidad intelectual. La reciente edición de las “Cartas a los padres” de Adorno puede ser leída como uno de los documentos más íntimos y excepcionales de aquella contingencia histórica, característica permanente de los frankfurtianos.
Por Agustin D’Ambrosio
31.12.2006
  e54
 

Vivir afuera. Adorno, su condición de emigrante y la narración del mundo político de la época.

Foto:
CEDOC Perfil

   

La publicación de la correspondencia de un autor tal vez pueda justificarse a partir de la luz que ésta consiga echar sobre algún aspecto de su obra, en el caso de que el destinatario original fuera otro intelectual. Pero cuando las cartas fueron dirigidas a sus familiares, la violación de la privacidad parecería no indicar otra cosa que la fascinación del público por la vida de los escritores más conocidos. Las Cartas a los padres de Theodor W. Adorno –recientemente editadas en nuestro país–, en tanto abarcan el arco temporal coincidente con los años de destierro del filósofo, pueden ser leídas como un documento del exilio, y así evitar el destino de la anécdota trivial.

Una vida dañada. Cuando Adorno llega a los Estados Unidos no era un intelectual de prestigio tan cimentado como el compositor Arnold Schönberg, el escritor Thomas Mann o el cineasta Fritz Lang, para mencionar algunos de los miembros de esa comunidad de emigrados alemanes afincados en la costa oeste, la “California alemana”. El ascenso del nacionalsocialismo al poder había truncado sus posibilidades de desarrollar una carrera académica y aún no había publicado las obras que lo convertirían en una de las figuras clave de la llamada Escuela de Frankfurt. Se trataba de un joven filósofo que padecía las precarias condiciones económicas (en comparación con su acomodada posición en Alemania) y el aislamiento propio del exilio mientras aún intentaba consolidarse como autor. La melancolía de esos años caracteriza una de sus obras estilísticamente más logradas, Mínima moralia, que describe a sus padres (pidiéndoles que guardaran el secreto, el libro sería el regalo para su amigo Horkheimer cuando éste cumpliera 50 años) como “un manuscrito muy voluminoso, redactado al modo de los aforismos nietzscheanos, que se refiere a una variedad relativamente grande de objetos filosóficos, pero sobre todo a la siguiente cuestión: en qué se ha convertido ‘vivir’ en las condiciones del capitalismo monopólico”. La amarga experiencia del destierro aflora de continuo en esos aforismos: “Todo intelectual en el exilio, sin excepción, lleva una existencia dañada, y hace bien en reconocerlo si no quiere que se lo hagan saber de forma cruel desde el otro lado de las puertas herméticamente cerradas de su autoestimación”.

sigue




Por otra parte, si bien Adorno intentó permanecer en Europa hasta último momento, los Estados Unidos se convertirían en un puesto de observación privilegiado para su crítica de la cultura en el capitalismo tardío. Podría decirse que la cultura norteamericana fue para Adorno lo que la economía inglesa fue para Marx: el caso modélico en el cual se manifiestan las tendencias (regresivas) que anuncian lo que en el resto del planeta aún no está desplegado, pero a las cuales también está destinado.
En tierra de nadie. Probablemente haya sido Martin Jay el primero en percibir con claridad que el exilio de los frankfurtianos no constituyó sólo una contingencia histórica. En su investigación sobre el recorrido del Instituto de Investigación Social de Frankfurt, La imaginación dialéctica, escribía: “Aunque las exigencias de la historia los forzaron al exilio como parte de la migración intelectual de la Europa central después de 1933, habían estado exiliados en relación con el mundo externo desde el principio de su colaboración. Lejos de ser una fuente de remordimiento (...) esta posición fue aceptada, e incluso alimentada, como el sine qua non de su fertilidad intelectual”.
Según el historiador marxista inglés Perry Anderson, la atrofia práctica del movimiento obrero en los países centrales desde los años 30, reprimido por el fascismo y encorsetado por el stalinismo, fue la desencadenante de lo que él considera la hipertrofia teórica del marxismo occidental y el desplazamiento de su interés desde la política y la economía hacia la filosofía. La discontinuidad entre teoría y práctica teorizada por el autor de Dialéctica negativa se enmarca en las preocupaciones de la teoría marxista en su forma posclásica. Imposibilitado de superar la castración de ese encierro en el pensamiento, pero sin abandonar su intransigencia frente a la sociedad capitalista, Adorno construyó un marxismo aporético.
A partir de la década del 40, el proyecto inicial de los intelectuales vinculados al Instituto de Investigación Social de Frankfurt, que incluía el intento de relacionar la teoría crítica con la práctica política, fue parcialmente abandonado. La negatividad crítica quedaba retraída sobre la teoría sin posibilidad de vehiculización práctica, hasta convertir la teoría en la única praxis posible. Esta “estrategia de hibernación” (Habermas), que ha sido insistentemente acusada de esterilidad, se construía sobre la consigna de la lucidez extrema en un contexto que –no sin motivo– se percibía sombrío. Enfrentados al nazismo, críticos del stalinismo al igual que de la democracia burguesa norteamericana, el exilio se convirtió en una condición permanente de los frankfurtianos.


Esta edición | Ultimo Momento| Política | Economía | Cultura | Sociedad | Internacional | Deportes | Espectáculos | Columnistas
Noticias | Fortuna | Caras | Hombre | Luz | Mía | Semana | Semanario | Look
SuperCampo | WeekEnd | Parabrisas | Joker/Crucigrama
Página de inicio | Contáctenos| Publicidad | Privacidad | Quiénes somos | Fundación Perfil | Fideicomiso
© Perfil.com 2006 - Todos los derechos reservados